El Mirón. 1ª parte

 




El Mirón

 

 

 

 

Por Kamataruk

 

 

 

Capítulo 1

 

El que busque en esta historia una relación incestuosa padre e hija al uso que se olvide: jamás he ansiado copular con  Gabriela.

 

Desde que su madre murió, siendo  mi hija todavía un bebé, la he criado yo solo y por supuesto que la he tocado pero jamás lo he hecho con intención sexual alguna. Lo crean o no les aseguro que nunca he deseado obtener placer carnal de ella de forma directa: ni cuando he limpiado su sexo, ni cuando he aplicado cualquier tipo de crema sobre su cuerpo, ni cuando he tenido que aplicarle algún medicamento por vía rectal.

 

Nunca.

 

Jamás.

 

Ni tan siquiera he tenido el más mínimo deseo libidinoso hacia mi princesa cuando nos bañábamos juntos desnudos y alguna parte de su cuerpo rozaba mi pene por descuido, o cuando le enjabonaba los senos o el resto de sus partes íntimas durante el aseo: ni cuando era un bebé ni ahora que ya es toda una mujer.  Cuando llegó su menarquía, los primeros tampones se los coloqué yo mismo y eso no supuso ni para ella ni para mí trauma alguno.

 

Me tocó hacer de padre  y madre al mismo tiempo y me defendí bastante bien dadas las circunstancias.

 

Con estos antecedentes, es fácil  comprender que la desnudez en nuestra casa jamás ha supuesto un problema para alguno de los dos. No es que vayamos todo el día como nuestra madre nos trajo al mundo pero compartimos el baño sin problemas, por poner un ejemplo.  Es más, recuerdo la primera vez la niña me vio el pene erecto. Con su natural candidez lo único que llegó a preguntarme fue que si me dolía. Intenté explicarle lo más sencillamente posible lo que me sucedía y decirle que no se preocupara, que era algo natural y que simplemente  que aquella hinchazón se bajaría sola. Y como eso fue exactamente lo que pasó ya no le dio mayor importancia.

 

Permítanme que les ponga en antecedentes de nuestra historia aun temiendo hacerme pesado. La cosa viene de lejos, de cuando yo no era más que un adolescente  de unos trece o catorce años, con las hormonas a cien y la cara llena de acné. Me enamoré perdidamente de Silvia, una chica de mi edad que estaba muy por encima de mis posibilidades.  Era una niña rubia y esbelta, con ojos color miel,  cuerpo de bailarina, eterna sonrisa, entrepierna caliente y corazón de hielo y yo un chicarrón grande, algo entradito en carnes e inocente como un cervatillo. Resumiendo: ella era la diosa y yo el friki.

 

La reina de mi corazón tenía una hermana mayor de la que aprendió muchas cosas y casi todas malas.  Era la abeja reina alrededor de la cual revoloteaban un enjambre tanto de chicas como de chicos. Ellas deseaban ser las amigas de la chica más popular del instituto y ellos suspiraban por bajarle las bragas.

 

Tanto las unas como los otros conseguían su objetivo con facilidad.

 

Era tan fácil llevársela a la cama que incluso yo lo hice sin dificultad al primer intento. Aquella noche sin luna, en la que los dos retozamos sin descanso en su cama  de sus padres aprovechando que éstos habían ido a visitar a su hermana al centro de desintoxicación  ha sido una de las mejores experiencias de  mi vida.

 

Yo era un chico  bisoño y primerizo, ella tenía experiencia sobrada por los dos así que sólo tuve que dejarme llevar y disfrutar. Ni siquiera perdió el tiempo en preliminares, me abrió la puerta de su casa vistiendo la camisa del uniforme del instituto desabrochada.  Dejaba ver sus largas piernas, sus bonitas tetas y una vulva tan impoluta como popular en el barrio. Apenas entré en aquella casa, me llevó a la habitación de sus progenitores, me empujó sobre la cama y se me tiró a pelo, sin importarle lo más mínimo que yo fuese un novato. A Silvia el sexo, como el resto de las cosas, le gustaba a su modo.  Dirigió la cópula a su gusto, dominándome igual que hacía con la chusma de salidos que la rodeaba y a los que ordeñaba sin descanso.  Me cabalgó como lo que era, como una amazona experta;  sacó de mí hasta el último aliento, me llevó hasta el mismísimo cielo para después tirarme a la basura cuando terminó conmigo.

 

Con el poco resuello que me quedaba le juré amor eterno mientras me montaba y ella se limitó a reírse en mi cara.  Me echó de su casa a patadas apenas exploté en su vientre, por lo visto esperaba a otro galán al que trajinarse esa misma noche. Me lo dijo bien clarito, no tenía por qué ocultarme nada:

 

–       El polvo ha estado bien Pedro pero no creo que a mi novio le haga mucha gracia verte por aquí. Mejor será que te largues, tiene muy malas pulgas y más cabreado que se va a poner: voy a dejarle esta noche, me aburren los chicos celosos…

 

 No tuve que esperar ni cinco minutos oculto en la penumbra del patio.  Vi llegar un coche  de alta gama que aparcó frente a la puerta de mi amada. Reconocí el vehículo de inmediato: era el del mejor amigo de mi hermano mayor. El cornudo tendría por entonces diecinueve años y por lo visto le gustaban la carne fresca ya que, como ya les he contado, Silvia no pasaba de los catorce cuando sucedió todo aquello.  Me quedé petrificado, pensé que se iba a montar una gorda cuando la chica mandase a paseo al musculitos.

 

Pero no fue así, el silencio era absoluto, hasta que al agudizar el oído pude escuchar unos gemidos, y no de dolor precisamente.  Rodeé la casa hasta llegar a la ventana de su cuarto y entonces contemplé una escena que me fue tremendamente familiar. De hecho, acababa de protagonizar una exactamente igual.

 

Lo que vi a través de aquel ventanal me cambió para siempre. Comprobé que es rigurosamente cierto que en la cama las diferencias de edad se acortan hasta hacerse imperceptibles.  Era imposible distinguir cuál de los dos era el adulto y cuál la adolescente. La estampa de Silvia con la camisa cayéndole por los hombros, sudorosa y empitonada, moviendo la cadera de forma frenética, exprimiéndole el jugo a la verga de aquel hijo de puta caló en mi tan hondo que ha marcado el devenir de mi vida desde entonces; parecía un ángel caído del cielo pecando como si no hubiese mañana. Era lo más hermoso que había visto en mi vida.

 

Había descubierto algo que me gustaba incluso más que la propia Silvia: verla follar... con otro.

 

Mecánicamente y sin ser consciente de que podía ser descubierto pegué mi cara al ventanal, me bajé la bragueta y actué en consecuencia. Comencé a regalarme una paja mirando al amor de mi vida teniendo sexo con un tercero. Fue entonces cuando ella me vio. Era imposible que no lo hiciera, entre ella y yo no nos separaría más de dos o tres metros y la estancia estaba lo suficientemente iluminada como para poder distinguir con claridad a cualquier mirón que espiase a través de los cristales tal y como era mi caso.

 

Esperé que ella gritara como una loca y que yo huyese de allí despavorido pero no ocurrió ni lo uno ni lo otro. Ella me sonrió dulcemente por primera vez desde que la conocía. No me miró con su desprecio habitual, ni siquiera con la más absoluta indiferencia, se agarró las tetas con firmeza y siguió con lo suyo. Sin duda estaba gozando del polvo y no parecía nada molesta por tener un espectador furtivo masturbándose a su salud.

 

Quiero pensar que parte de culpa de tan extraña actitud fue su inminente orgasmo ya que, casi de inmediato, cerró los ojos,  liberó sus tetas, clavó sus uñas en el pecho de tan despreciable tipejo y terminó con él con una andanada de sacudidas pélvicas secas y profundas. El tipo aullaba como un lobo y no era para menos. Silvia era una auténtica fiera, tanto en la cama como fuera de ella.

 

Yo alcancé mi cénit casi a la par de los dos amantes, desparramando el esperma por mi mano. No fue mucho, el coño de Silvia me había dejado los testículos como uvas pasas, pero sí lo suficiente como para que se formase un pequeño charquito en el alfeizar de la ventana.

 

Salí de mi trance en el momento justo, Silvia me hacía gestos ostensibles con la mirada para que me esfumara. Me agaché aun con la verga colgando en el preciso instante en el que al musculitos le apeteció cambiar de postura. Permanecí quieto durante el segundo asalto, intentando no delatar mi presencia. Por lo que escuché de la cópula el semental coloco a mi amada a cuatro patas y disfrutó del ano que esta le ofreció para distraerlo como le vino en gana. En aquel momento hubiese dado una mano por verlo pero tuve que conformarme con los gritos de Silvia que, a modo de locutora de sucesos, me iba narrando de forma más o menos explícita lo que su amante de turno le estaba haciendo en el trasero.

 

La chica no me mintió, mandó a paseo a aquel buen mozo esa misma noche. Tras el consiguiente portazo y la sarta de improperios contra la joven el tipo se largó a ahogar sus penas en alcohol pero eso sí, con la escopeta totalmente descargada. 

 

–       Levántate, mirón. – Dijo Silvia después de abrir la ventana de su cuarto. De nuevo la camisita sin cerrar era lo único que cubría su cuerpo -. ¿En qué coño estabas pensando? Si llega a pillarte ese animal te destroza…

 

–       Lo… lo siento.

 

–       Me ha dejado el trasero hecho unos zorros por tu culpa…

 

–       Lo siento, de verdad.

 

–       Tranquilo, no ha sido la primera vez – dijo mientras se encendía un cigarrillo -. A ese cabrón le gusta romperme el culo. Ha sido divertido hacerlo contigo delante. Es…

 

Tragué saliva y le volví a repetir mi ofrecimiento, aun con el esperma de otro todavía goteándole del ojete:

 

–       ¿Quieres salir conmigo?

 

Su rostro cambió de nuevo, parecía molesta.





–       ¡Otra vez con eso!

 

–       No soy celoso.

 

–       ¿Cómo dices?

 

–       Que… que yo no soy celoso.

 

–       ¡Lárgate a dormir! Mañana tenemos clase en el instituto…

 

En mi desesperación continué humillándome:

 

–       No me importa que te lo hagas con otros si estás conmigo, por favor…

 

–       ¿Pero qué chorradas dices? – Dijo bastante molesta.

 

–       Lo que oyes. No me importa que tengas sexo con otros, siempre que estemos juntos. Incluso puedes hacerlo delante de mí, si es lo que quieres. No… no me importa, de verdad. Yo… te quiero…

 

Aquella declaración abierta y sincera en lugar de agradarle todavía la enfureció más.

 

–       ¡Tú no estás bien! ¿Te estás escuchando? ¿Qué lo haga delante de ti con otros? ¡Joder! Tú has tomado algo…

 

–       ¡No, no!  No me molesta… de verdad…

 

–       Eso lo decís todos, pero a la hora de la verdad…  os cabreáis como un mono...

 

–       ¡No, te lo juro! Ponme a prueba.

 

–       No juegues con fuego, Pedro. Es divertido al principio pero después te va a doler…

 

–       Ponme a prueba, ya verás…

 

 

 

Con un “lo pensaré” me fui a casa la mar de contento.

 

Para mi sorpresa esa posibilidad se transformó en certeza:

 

–       Vale, tú ganas. – Me dijo al día siguiente sin darle la menor importancia.

 

 A los ojos de la gente yo podría parecer un pringado pero yo era el chaval más feliz del mundo: salía con la chica más popular del instituto.

 

La noticia fue un auténtico bombazo cuando unos días después se confirmó. No hizo falta ni redes sociales  y la tecnología que hay ahora, bastó con que me diese un tremendo beso de tornillo en medio del patio del recreo.  El jefe de estudios nos llamó al orden pero eso sólo hizo que el asunto tuviese más impacto. Silvia fue mi primera novia, y última. Jamás he amado a otra mujer que no fuese ella.

 

No tardó ni veinticuatro horas en ponerme a prueba. Durante la última hora de clase ya me expresó claramente sus intenciones:

 

–       Esta noche voy a montar una fiestecita casa. He quedado  sobre las once, papá trabaja y a mamá ya le habrán hecho efecto los somníferos.  Dejaré la ventana abierta. Tú no estás invitado. Sólo mira, si es que tienes estómago… cariño.

 

–       Vale… - le contesté temblando de emoción.

 

Ese día aprendí que el término “fiestecita” tratándose de Silvia significa que son varios los hombres los que gozan de su cuerpo por turnos o de manera simultánea.  Lo cierto es que no se anduvo por las ramas y me echó un órdago a las primeras de cambio: uno de los tres sementales a los que se cepilló aquella noche no era otro que mi propio hermano y los otros dos mis primos carnales.  El tiro le salió por la culata, nunca mejor dicho: mi excitación se multiplicó por mil al conocer la identidad de los amantes de mi novia.

 

El hecho de que los propietarios de las barras de carne que entraban y salían de su cuerpo fuesen de mi misma sangre no restó carga erótica a la cosa, es más, la elevó al infinito. No dejé de masturbarme como un mandril conforme mis allegados iban gozando de mi amada por todos sus agujeros. Ellos pusieron todo de su parte pero Silvia salió victoriosa, pudo con los tres cipotes dejándolos inertes y satisfechos aun cuando su cara quedó cubierta de esperma y su ano muy dilatado.

 

Cuando todo terminó y los chicos se marcharon ella salió a la ventana exultante. Yo creo que pensaba que por fin iba a librarse de mí cuando me preguntó:

 

–       ¿Qué te ha parecido?

 

–       ¡Genial!  - Contesté con total franqueza.

 

–       ¿Genial? ¿Cómo que genial? ¿No has visto quién eran?

 

–       Si, ¿y qué?

 

Mi actitud pusilánime la irritó hasta el infinito.

 

–       ¡Lárgate, no quiero volver a verte más! – Me dijo cerrando la ventana con tal virulencia que el cristal se hizo añicos.

 

Estuvo varios días sin hablarme hasta que un día me asaltó en el patio y me dijo:

 

–       Está bien. Si es así como quieres llevar esto me parece perfecto.  Pero sólo me tocarás cuando a mí me dé la gana. O lo tomas o lo dejas.

 

Y así reanudamos nuestra peculiar relación.  Los dos estábamos encantados con ella: Silvia  tenía como novio a un pelele como yo, un monigote al que humillaba y mangoneaba en público  y al que le ponía los cuernos un día sí y otro día también y yo tenía como novia a la chica de mis sueños. No tenía sexo con ella ni falta que me hacía,  me bastaba con saltar la verja de su jardín para consumar mis fantasías eróticas de verla fornicar con otros hombres.

 

Yo sólo quería verla follar. Era todo un espectáculo.

 

Al resto de la gente, en especial mi familia, mi actitud para con ella les parecía del todo incomprensible. Concretamente mi hermano no lo asumía. Cuando cumplí los dieciocho se hartó de verme ir de aquí para allá como alma en pena, espiando a Silvia y sus incesantes correrías sexuales:

 

–       No entiendo como sigues con esa guarra. Se la folla cualquiera. Yo mismo me la he tirado un montón de veces y lo sabes. Me canso de repetírtelo: ella está en otra liga,  no es para ti, pequeño… déjala…

 

–       No te metas en mi vida. – Le repetía una y otra vez.

 

–       Juré que no te lo diría pero…

 

–       Pero ¿qué?

 

–       Joder. Hasta papá se la folla en casa cuando mamá trabaja… no te enteras de nada.

 

Cuando fui a Silvia con el cuento, ella no lo negó en absoluto.  Sólo me preguntó acerca de la identidad de mi informante y  se mostró bastante molesta cuando se la dije.

 

–       Ese imbécil no vuelve a ponerme una mano encima en su puta vida.

 

Después de un rato muda hizo la pregunta que yo estaba esperando:

 

–       ¿Te molesta?

 

–       No. – Respondí de inmediato aunque mi tono no resultó del todo convincente.

 

De repente, comprendió el porqué de mi falta de entusiasmo.

 

–       ¡Espera, espera, espera! ¡A ti no te jode que me haya tirado a tu padre! – Dijo cada vez más encendida - ¡A ti lo que te jode es… no haberlo visto! ¡Quieres ver cómo me tiro a tu padre, ¿no?!

 

Simplemente di la callada por respuesta. Su reacción fue tan terrible como imprevisible:

 

–       ¡Pues entérate, pervertido de mierda! ¡No vas a verme follar con tu padre ni con nadie más en tu puta vida!, ¿Lo entiendes? ¡Estás enfermo… enfermo! ¡Llamaré a la policía si vuelves a acercarte a mí! ¡Vete de mi vista, pervertido de mierda!

 

Y se largó, dejándome el corazón resquebrajado. Lo que terminó de rompérmelo fue el que una semana más tarde su mamá abandonase a su papá  llevándosela al otro lado del país.





–       Es lo mejor – me decía mi hermano -. Estaba muy buena pero es una puta…

 

–       ¿Una puta? – le dije realmente molesto.- ¿Por qué es una puta? ¿porque le gusta follar? ¿por eso es una puta? Si fuese un chico sería un tío guay, un ligón, un triunfador, pero como es una chica es una golfa, una guarra y una puta… ¿no es eso?

 

En el fondo mi hermano es una buena persona pero también más simple que el mecanismo de un tenedor así que contestó lo que pensaba en realidad:

 

–       Pues… básicamente… así es… ¿no?

 

Le di un puñetazo tan fuerte que le rompí la nariz y me largué de casa. Busqué a Silvia por todos los lados pero parecía que se la había tragado la tierra. Derrotado, volví  al hogar familiar aunque jamás he llegado a perdonar a mi hermano, me centré en mis estudios, aprobé una oposición y pasé a formar parte del monótono funcionariado del Estado. Me emancipé de mis padres pero no volví a mantener relación con ninguna chica. De hecho sólo he tenido relaciones sexuales completas de manera voluntaria dos veces en mi vida: la primera, el día en que Silvia de desvirgó en su cama y la última aquella tarde de otoño en la que apareció en mi puerta en día de mi vigesimoquinto aniversario.

 

–       ¡Felicidades! – Me dijo sin más cuando abrí la puerta de mi apartamento.

 

No pude hablar de la emoción.

 

–       ¿Te acuerdas de mí? – Me dijo algo indecisa -. Me dijeron que podría encontrarte aquí.

 

Por supuesto que me acordaba de ella. No había dejado de pensar en ella desde el día en el que la conocí. No tenía muy buena cara, estaba pálida y con unas ojeras considerables. Vestía ropas amplias y su aspecto, sin ser desaliñado, denotaba algo de dejadez. Aun así seguía conservando parte  de esa belleza felina de cuando era adolescente y esos ojos vivarachos que nunca podré olvidar.

 

–       ¡Silvia!

 

–       Hola. ¿Puedo pasar? He traído un par de pasteles y una botella de bourbon…

 

–       Por supuesto.

 

Yo tenía un montón de cosas que preguntarle pero ella no tenía ni la más mínima intención de contestarlas. Entre copa y copa intenté sonsacarle información pero en lugar de hablar se acercó y calló mis labios con un beso. Y a ese beso le siguieron un montón más que formaron una senda de baldosas amarillas que nos llevaron hasta mi cama.

 

Volvió a hacerme el amor con la misma fogosidad que la primera vez para después abrazarla con ternura. Con ella entre mis brazos fui feliz y, entre besos y caricias, le juré que nunca la dejaría ir. Para mi desgracia  el alcohol y yo no congeniamos demasiado bien y caí en un sueño muy profundo del que no me desperté hasta bien entrada la mañana siguiente. Comprobé, con todo el dolor de mi corazón, que mi mariposa había volado una vez más.

 

Ya no la volví a ver.

 

Un año después recibí la llamada del Departamento de Servicios Sociales, me dijeron que Silvia había muerto y que si quería hacerme cargo de mi hija Gabriela. No sé cuál de las dos noticias me dejaron más impactado: saber que el amor de mi vida había muerto o que era padre.

 

 Tras el funeral y antes de asumir la paternidad de la pequeña, estudié la documentación de la misma llegando a la conclusión de que era poco probable que yo fuese el padre de la criatura: entre el encuentro sexual con Silvia y el nacimiento de la niña apenas pasaron cinco meses.  Estaba claro que,  cuando Silvia y yo hicimos el amor, ella ya estaba embarazada.

 

Aun así  acogí a Gabriela como hija mía sin vacilar y le partiré la cara como hice con mi hermano a quien se atreva a ponerlo en duda.

 

Continuara….



 






Comentarios

  1. Hola. Ya que has copiado la primera parte de mi historia opino que deberías terminarla. Kamataruk.

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    1. Hola, hace tiempo que visite tu blog y esta es la historia que mas me gusto, espero que no te moleste que la haya publicado y claro que si me lo permites publicare las demás partes.

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    2. No sé si sigues en activo, me gustaría que te pusieras en contacto conmigo por correo. Está en el blog. Gracias

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  2. Hola Dulce, la verdad has adaptado muy bien varias sagas muy pero muy bien.
    Por favor continua con tus extensiones, la verdad te adaptas muy bien a los relatos e incluso dales un poco más de contexto para entender mejor lo que piensas.

    Sigue Adelante y muy buenos relatos

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    1. Hola Escritor Loco, muchas gracias por tus palabras y si pronto estaré continuando con los relatos, me motivan mucho tus palabras, y te agradezco mucho que te tomes un momento en escribirme

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