CRISTINA CAPÍTULO 2
CRISTINA
CAPÍTULO 2
Esa noche no podía dormir del remordimiento. Veía a mi
amor durmiendo junto a mí y me sentía la mujer más malvada y egoísta sobre la
faz de la tierra. Esa misma tarde me había dejado violar de la forma más
humillante; me deje hacer por ese viejo que Pablo detesta y muy a mi pesar lo
disfruté. Luego había limpiado las evidencias y recibido a mi marido como si
nada hubiese pasado; incluso cuando me preguntó cómo había estado el día, le
respondí que muy bien. Hicimos el amor, y mientras lo recibía en mi cuerpo, me
excitaba recordando lo que había pasado esa trágica tarde.
El Espacio de las Pequeñitas… :3 …
A la mañana siguiente desperté cerca de las diez. Pablo
ya se había ido. Quise pensar que todo había sido un sueño, pero la incomodidad
de mi ano no me dejaba engañarme. Medité un rato en la cama y decidí terminar
con esa locura. Me levanté, me duché y me vestí; inconscientemente me puse solo
ropa ajustada: short de jeans, rotos a media nalga, y un peto negro, sin
brasier. Sabía que don Tito llegaría en cualquier momento y quería que se calentara
al verme, quería que se fuera con las ganas de follarme; mi conciencia me
castigaba pero no podía denegar del morbo de sentirme puta.
Estaba haciendo el aseo en el dormitorio cuando sentí la
cerradura de la puerta. Cuando don Tito se apareció en la habitación y me vio,
puso esa extraña cara de degenerado sonriente.
―Hoy pareces una adolescente. Veamos qué tan traviesa
puedes ser ―dijo al acercarse. Lo detuve con mis manos en alto.
―No, don Tito. Lo de ayer fue un error. Quiero que me
devuelva esas llaves y se largue de aquí ahora mismo ―le dije decidida.
―Ja... ¿Crees que es así no más?, ¿pretendes que renuncie
a follarte como si nada? Ya es tarde Cristina, ya fuiste mía y los dos sabemos
que te gustó ―me increpó el viejo asqueroso mientras se desabrochaba la sucia
camisa―. Estaré viejo y feo, pero mi verga te gusta. ¡Así que déjate de
estupideces y arrodíllate!
―¡Fuera de mi casa viejo asqueroso! ―grité disimulando mi
respiración agitada.
―Así que la perrita esta brava ―dijo sonriéndose―. Pues
veamos cuanta fuerza de voluntad tiene.
―No tengo que demostrarle nada. ¡Ahora largo de mi casa
viejo desgraciado!
―¡Pues no!, solo me iré si me haces un último favor.
Yo no quería caer en su juego, pero supe que no se iría,
no tal fácilmente como yo deseaba.
―Anda, Cristina, ayer te portaste muy bien ―dijo mientras
bajaba su pantalón―. Solo una pajita, es lo único que quiero.
Saco su verga y me la mostró; ya la tenía semi erecta. Me
quedé mirando como empezaba a pajearse frente a mí.
―Solo cinco minutos y luego se va, ¿escuchó? ―dije tan
decidida como me fue posible.
―Está bien, como tú quieras ―masculló y luego me empujó
sobre la cama―. Siéntate ahí.
Se quedó de pie frente a mí. Su verga ya estaba
completamente parada, esperando por las caricias que iba a recibir. No podía
creer que de nuevo estaba ahí sentada, sobre mi cama matrimonial, dispuesta a
satisfacer a aquel viejo verde. A cualquier mujer le parecería una pesadilla,
pero yo me había entregado como una puta viciosa el día anterior; el muy
canalla había aprovechado ese morbo enfermizo que despertó dentro de mí. Muy a
mi pesar, ese morbo estaba volviendo a dominarme y sentí mi entrepierna
mojarse. Mis ojos se clavaron en el pedazo de carne que me había humillado y
perforado por todos lados la tarde anterior.
―Anda, córreme una buena paja de despedida. ―El viejo
meció su verga contra mis pechos.
Acerqué mi mano y atrapé su cosa, estaba dura y caliente.
Empecé a pajearlo despacio, tratando de controlar el morbo que crecía dentro de
mí. ¿Cómo puedo ser tan sucia?, pensaba. Me di cuenta que me excitaba portarme
así.
―No seas tímida, apriétamela fuerte. ¡Muéstrame lo puta
que eres!
El maldito sabía atacarme, intuía que me excitaba
escuchar que me llamaran puta. En ese momento empecé a perder el control. Le
apreté fuerte su mástil, con mi otra mano acaricie sus velludas bolas, y
comencé con un frenético sube y baja. Mi respiración era agitada y tímidos
gemidos delataron los instintos de zorra que se habían liberado dentro de mí.
―¡Perfecto!, aaah..., así me gusta putita, mmm... que se
noté lo sucia que eres ―me decía con malicia―. Como que te gusta agarrarme el
pico, perra de mierda..., aaaah..., anda no te aguantes más... ¡Chúpamelo!
Su cara maliciosa desbordaba lascivia. Me trataba como a
una esclava y yo me portaba como su perra, dominada por el morbo que me
provocaba serle infiel a mi amado marido; en nuestra propia cama, y con ese
viejo asqueroso que él detesta, nuestro descarado vecino. Pablo sabía que ese
tipo me deseaba desde hace mucho tiempo, pero ni se imaginaba que yo ya me
había entregado a él como una puta. Pero aún tuve fuerzas, la lujuria no me
había dominado por completo y me resistí a complacer sus sucios deseos. Me
moría por chupar ese pedazo de carne, de meterlo en mi boca y lamerlo como una
niña hiciera con un delicioso dulce, pero me contuve, me aguanté las ganas de
obedecer las viles peticiones de don Tito.
―¡Ni lo sueñe!, viejo asqueroso, solo un minuto más y se
ira de mi casa... nunca me volverá a tocar ―dije entre jadeos de excitación
contenida.
Don Tito bajó sorpresivamente sus manos y me apretó los
pechos, los magreó violentamente sobre el peto mientras yo me desquitaba
apretando con todas mis fuerzas la verga erecta que tenía entre mis manos.
―Estas tetas me fascinan..., aaaah... Son ubres de vaca
en celo..., lo único que quieres es un toro que te la meta..., ¡puta
lamedora!..., anda, ¡chúpame el pico! ― Me soltó uno de mis pechos y empujó mi
cabeza hacia su tieso pené. Me resistí, mis gemidos de excitación se mezclaron
con mis jadeos de esfuerzo por contener los deseos que me invadían―. Abre la
boca puta, deja sentir tu lengua..., aaah..., ¡no te resistas más y chúpamela!
―jadeaba mientras trataba de obligarme a engullirla.
De pronto ya no pude más. La perra dentro de mí gano la
batalla, las ganas de meterme su polla en la boca se volvieron incontenibles.
Mis manos se quedaron en la base de su miembro, dejando su húmedo y glorioso
glande frente a mi cara ― ¡Sí!, ¡si! ―grité, y me lancé a devorar su gruesa verga;
pero don Tito, justo antes que la cazara entre mis labios, me la arrebató.
―Se acabó el tiempo. Si no quieres, no soy quien para
obligarte ―dijo con ironía burlesca.
Se abrochó los pantalones y, luego de dedicarme una
maliciosa sonrisa, caminó hacia la puerta. La perra insaciable dentro de mí
había despertado y no pude dominarla. Estaba tan cerca y a la vez tan lejos de
librarme de ese viejo miserable, traté de luchar... pero perdí.
―Don Tito ―lo llamé tiernamente. Él se volteó y me miró
con esa mueca maldita tan común en él, esa mueca que celebraba su victoria―.
Por favor..., quédese.
―Lo siento, pequeña, pero tengo tanto que hacer.
Yo sabía lo que don Tito quería, que me humillara frente
a él, eso lo calentaba. Me estiré de lado sobre la cama, mi mano se deslizó
sobre mis pechos y le hablé como una niña pidiendo un juguete.
―¿No quiere jugar conmigo, don Tito?... ¿No quiere sentir
mi lengua sobre su cosa?... ¿Acaso no quiere meter su verga en mi boquita?...
Folle mi boquita..., por favor..., déjeme lamer su tranca..., y seré suya ―pedí
como una viciosa, como una adicta que está dispuesta a dar lo que sea por
droga, y mi alucinógeno era la pichula de ese viejo asqueroso. En ese momento
me sentí capaz de hacer cualquier cosa por sentirme una perra usada por el que
quisiera gozarme.
Se sacó rápidamente los pantalones y se acercó. Su
actitud era violenta y me asustó. Se subió a la cama, agarró mi cabeza y
bruscamente me metió la verga en la boca.
―¡Toma puta!... ¡¿No querías tula?!... ¡Chúpala
perra!..., ¡cométe
―¡Toma puta!... ¡¿No querías tula?!... ¡Chúpala
perra!..., ¡cométela toda! ―gritaba mientras me pegaba fuertes palmazos en la
cola―. Anda..., ¡chúpasela a este viejito caliente!... ¡Qué culazo de puta que
tienes!
El miedo que sentí no tardó en convertirse en excitación.
Nuevamente estaba en su poder y él lo sabía. Me apretaba violentamente el culo
y manoseaba mis piernas a la vez que me exigía que le comiera su herramienta
como una muerta de hambre.
―¡Come de lo que tu marido marica no tiene, puta culona!
―me lanzaba mientras me daba fuertes palmazos en las nalgas.
No demoró mucho en despojarme de mi escasa ropa y tenerme
desnuda a su entera disposición. Yo me sentía abusada, sentía que no podía
hacer nada frente al deseo incontrolable de ese viejo inmundo, y eso me
calentaba. Me tomó del cuello y me puso boca abajo; luego metió sus dedos en mi
entrepierna y con mis propios jugos lubrico mi malogrado orificio posterior.
―Hoy se la meto primero por el culo, señora Cristina
―dijo, y me enculó de un solo empellón. Grité de dolor y lo insulté, le rogué
que saliera pero fue inútil. Él solo se reía entre jadeos e insultos para mí y
mi esposo. Vi el retrato de mi matrimonio mientras el viejo me gozaba y más
puta me sentí; el primer orgasmo de ese día llegó mientras miraba el rostro de
mi marido en la foto.
―¡Más duro!, ¡pártame el culo, don Tito! ―le grité al
viejo maldito.
Esa mañana don Tito, mi viejo vecino, volvió a hacer lo
que quiso conmigo: su verga recorrió todos mis orificios, sus manos recorrieron
todo mi cuerpo y su leche inundó toda mi boca.
***
Durante esa semana vino todos los días a abusar de mí.
Siempre era igual, al principio me resistía pero siempre terminaba entregándome
a don Tito. Los insultos y las vejaciones nunca faltaban, a veces me pedía
algún atuendo especial para saciar sus asquerosas fantasías y yo, como una
putita, lo complacía.
Cuando acababa y me tenía desnuda sobre la cama, le
gustaba escuchar cómo me declaraba su sumisa esclava a cambio de la promesa que
me tomara de vez en cuando. En poco tiempo me di cuenta que le calentaba
escucharme decir que no podía resistirme a entregarme cuando el morbo me
dominaba. En una de estas ocasiones fue cuando empezó a interrogarme por mis
salidas matinales con escasa ropa. Fui sincera, mientras le lamía su flácida
verga, le conté de mis caminatas buscando comentarios soeces hacia mí; le
confesé como me excitaba ver a los tipos en la calle volteándose a mirarme y
como me mojaba cada vez que me decían alguna grosería. Mientras hablaba, pude
ver como su mástil reaccionaba, supe que le calentaba oír mi confesión, y yo
misma me excité al recordar mis paseos. Le pedí que me follara.
Esa tarde, antes de irse, me ordenó que a la mañana
siguiente me pusiera una falda y un peto ajustados. Dijo que me acompañaría a
uno de mis paseos. Me puso nerviosa la incertidumbre que plantó en mí. ¿Qué
pretendía?, esas caminatas habían empezado todo y me preocupaba el estado en
que me ponían. Esa noche me quedé dormida tratando de decidir si obedecería o
no los deseos de don Tito.
Al día siguiente, decidí que sería lo mejor salir como él
lo había dicho. ―Así por lo menos no caigo en sus manos ―pensé. Llegó como a
las once; abrió con su llave, entró en mi dormitorio y se me quedó mirando. Al
momento me ordenó cambiar de falda, revisó mi ropa y me entregó una más provocativa.
―Esta es blanca, don Tito, se me traslucirá el tanga
negro ―traté de hacerle ver.
―Tú solo ponte lo que te digo ―masculló―. Te espero
afuera. No me hables, yo te seguiré. En su momento me acercaré y te diré que
hacer. ―Iba a salir pero volvió con cara de haberse acordado de algo―. Ah, y
ponte tu sortija, que todos se den cuenta que eres una mujer casada.
Don Tito salió de la casa, dejándome con la prenda en la
mano. ¿Cómo iba a salir así a la calle?, se me trasluciría todo. Dudé unos
minutos pero luego me cambié; cualquier cosa por no caer en las manos de ese
viejo. Me miré al espejo y pude ver como la falda elasticada que me había
puesto se acomodaba a las formas de mis caderas; a contraluz dejaba en completa
evidencia el diminuto coraless que llevaba debajo. Me desesperé, pero pronto
comprendí que no tenía alternativa. En el ajustado peto ya se notaban los
pezones algo duros, de solo imaginarme así en la calle, mostrándome... Tomé el
anillo de encima del velador y me lo puse. Salí y vi al viejo sentado frente a
su casa, tomé la dirección contraria e inconscientemente adopte mi caminar más
coqueto.
No tardé en llamar la atención. Los hombres en la calle
se daban vuelta a mirarme y los comentarios picantes invadieron mis sentidos.
Mi resistencia no duró demasiado y el morbo despertó en mi interior. A veces me
daba vuelta y veía a don Tito; caminaba como a cinco metros tras de mí. No se
perdía detalle de las cosas que me decían y tenía un ángulo privilegiado para
deleitarse con el vaivén de mi expuesto trasero. Al rato llegué a una esquina y
me detuve a esperar la luz verde.
―En la otra esquina toma un autobús ―escuché a don Tito.
No lo miré―. Y que vaya lleno, ¿escuchaste?
No dije nada, solo crucé la calle y me acerqué a la
parada. Pasaron un par de buses sin mucha gente, los deje pasar. El tercero
venia repleto; los que van a los barrios más populares siempre vienen llenos.
Me hice la tonta, pero el bus se detuvo, don Tito lo había hecho parar.
―Súbase, señora ―escuché. Sabía que era él.
Me subí.
El chofer fue el primero en mirarme con deseo, sus ojos
se clavaron en mis pechos y luego, cuando no podía verlo, seguramente en mi
cola. Me excité. El bus no iba demasiado lleno, se podía caminar entre la gente
parada en el pasillo.
―Al fondo. ―Don Tito venia tras de mí.
Me abrí paso entre la gente; muchos se dieron vuelta a
mirarme. Tuve que restregar mis pechos contra la espalda de algunos. Un
adolescente de baja estatura se dio vuelta en el momento justo para que al
pasar mis globos golpearan su rostro; una sonrisa traviesa invadió su cara y me
cerró un ojo. Mi morbo se aceleró. Por fin encontré un espacio donde poder
quedarme. Don Tito se quedó cerca de mí; lo miré, en su rostro había mucho
morbo, me observaba con deseo y pronto me di cuenta que no era el único. Varios
tipos, incluyendo al mocoso ese, me miraban con descaro. El nerviosismo y la
excitación me dominaron. Me aferré al pilar donde me sujetaba y mire hacia
fuera, tratando de controlarme. Un par de ancianos ocupaban los asientos
delante de mí, ninguno de los dos tenía el menor recato al mirarme. No los
culpe, me veía preciosa y estaban solo a centímetros de mí; era un regalo para
ellos, en cualquier parte hubieran tenido que pagar para ver un espectáculo
como el que les estaba dando.
De reojo pude ver como don Tito se acercó y se paró
detrás de mí, luego apoyó su bulto en mis nalgas y sentí como me punteó con
descaro. Instintivamente traté de atrapar su garrote con mis nalgas,
lamentablemente el sutil meneo de mis caderas se volvió evidente.
―Calma, pequeña, no ves que tenemos público ―susurró don
Tito a mi oído―. Todos ya pueden ver cómo te restriego el pico en el culo, no
tienes para que mostrarles cuanto te gusta. Recuerda que llevas tu sortija de
matrimonio, eres una mujer casada. ¿Acaso quieres que todos piensen que eres
puta?
Esa palabra, esa maldita palabra. Mi excitación creció y
apenas podía contener las ganas de arrodillarme y suplicar por una verga;
suplicar por alguien que se animara y abusara de mi cuerpo. Pero comprendí que
debía mantener la compostura, no podía darme el lujo de perder el control. Supe
que debía calmarme y entrar en razón, pero no podía dejar de presionar con mis
nalgas el duro bulto de ese viejo desgraciado.
―Quiero que a cualquier hombre que se te acerque le digas
que eres una mujer casada ―dijo de pronto don Tito.
No dije nada, no comprendí a lo que se refería.
―¿Entendiste? ―Insistió.
Seguía sin comprender pero asentí con la cabeza.
―Dime que eres una mujer casada. ―No obtuvo respuesta―. A
cambio te voy a culiar bien culiada esta tarde. Ande, señora Cristina, dígame
que la deje tranquila porque es una mujer casada.
¿Qué pretendía ese viejo?, no lo sabía, pero debía
obedecerlo. El morbo me dominaba y él era amo de mi morbo. Necesitaba que
saciaran mi cuerpo, necesitaba que abusara de mí cuando llegara a casa,
necesitaba ser usada como una perra. Sin apartar mi trasero de su bulto me
volteé y con tono de súplica le dije:
―Por favor, señor..., soy una mujer casada.
Su apoyo se volvió más evidente; sus manos se posaron en
mis caderas y solo la delgada tela de mi falda y sus pantalones impedía que me
penetrara. Paré la cola y la restregué contra sus embestidas. La excitación que
me provocaba dejarme magrear y puntear por ese viejo en frente de todos los
demás que pensaban que era un desconocido para mí era increíble. De pronto don
Tito se calmó y apretándome con sus manos me hizo recobrar la razón.
―Solo te bajas del bus cuando yo diga, ¿entendiste? Y
recuerda lo que te dije ―me dijo, se apartó y ocupó el espacio junto a mí.
¿Qué había querido decir?, pues pronto lo averigüé. Lo
miraba con suplica, estoy segura que en mi cara se podía leer: ―lléveme a casa
y fólleme por favor―, cuando sentí al primero.
Era más alto que don Tito, más joven pero igual de
regordete. Me presionó las caderas a la altura de la ingle, obligándome a parar
la cola y comenzó a restregarme su bulto en el culo, pude sentir un miembro
duro y deseoso por penetrarme. Me punteó descaradamente; un total desconocido,
al que no podía verle ni la cara con claridad, se estaba dando el lujo de
restregármelo a placer. La idea, al tiempo que me excitaba me asustó, pero no
hice nada para detenerlo. Miré a Don Tito, parecía molesto. En un momento de
lucidez entendí todo, ahora todo era más claro, volteé mi rostro lo más que
pude hacia el hombre que se aprovechaba de mí, y dije:
―Por favor, señor..., soy una mujer casada.
A ese hombre no le importaron mis palabras, no le importó
que fuera casada. Es más, al igual que a don Tito, mis suplicas incentivaron
sus avances. Una de sus manos se deslizó bajo mi peto y atrapó uno de mis
pechos. Apretando su mano con mi brazo, contuve ligeramente los bravos magreos
que sufrían mis globos. Sin embargo, el par de ancianos en frente de mí se
daban clara cuenta de los abusos de los que era víctima. Cerré los ojos para
evitar la vergüenza, y sin querer hice que mis sentidos se centraran en como su
verga buscaba desesperada la entrada en mi cuerpo. No pude evitar parar la cola
todo lo que pude y entregarme a sus avances, obediente y sumisa. Sus envistes
se volvieron más violentos justo cuando el anciano sentado frente a mí encontró
el valor de acariciar mi pierna. La frenética punteada y los fuertes apretones
a mis pechos cesaron de repente; aquel tipo se apartó. Supuse que había mojado
sus pantalones, me lo imaginé y se me hizo agua la boca. Don Tito estaba
complacido y excitado, su mirada lo delataba. No pasó ni medio minuto y otro
tipo ―otro hombre completamente desconocido― se apegó a mis caderas y me empezó
a puntear.
―Por favor, señor..., soy una mujer casada.
Les encantaba, no había duda. Disfrutaban de la voz
suplicante y el cuerpo sumiso. Esta vez las dos manos se escabulleron bajo mi
peto. No puedo negar que lo deseaba. Cerré los ojos y volví a dejarme hacer;
sabía que los demás miserables a mí alrededor miraban y esperaban con ansias su
turno. Eso era precisamente lo que quería don Tito; cuando se acercó y me
punteó descaradamente no fue más que para mostrarles a esos hombres lo sumisa
que podía ser ante el avance de quién quisiera aprovecharse de mí.
La mano de aquel anciano degenerado había tomado
confianza, sus caricias sobre la parte interior de mi pierna se deslizaron en
un suave y tiritón vaivén hasta desaparecer bajo mi faldita. Cuando el tercer
extraño se apegó a mi cuerpo, para hacerme sentir su palpitante bulto...
―Por favor, señor..., soy una mujer casada.
...y masajear mis pechos, sentí los dedos del anciano
apartar mi ropa interior y bañarse en los jugos de mi conchita. Lo miré y me
encontré con su sonrisa malévola. Observó detenidamente los cambios en mi
rostro cuando empezó a juguetear con mi desprotegido clítoris. La sensación de
ser manoseada a placer por aquellos extraños y a vista y paciencia de quién
sabe quién, me tenía al borde de la locura. Apenas podía aguantar los gritos de
placer. La respuesta a los punteos del extraño de turno ―un tipo muy moreno y
algo bajito― eran innatas; no me importaba tener que inclinarme un poco para
que mis nalgas alcanzaran su paquete. A ratos se quedaba quieto para sentir
como yo restregaba mi cola en su tranca; incluso fue así como término: Estaba
quieto, disfrutando de mis movimientos y de repente se agarró bien de mis
pechos y me dio un fuerte empellón. Pude sentir los pálpitos de su miembro
escupiendo su ardiente leche. Cuando estuve momentáneamente libre, mis ojos se
clavaron en el anciano que acariciaba mi hambriento coñito. Recordé las
instrucciones de Don Tito.
―Por favor, señor..., soy una mujer casada ―le dije.
Su sonrisa se acentuó y lentamente empezó a meter sus
dedos en mi conchita. No pude evitar morder mi labio inferior para contener un
gemido; el viejo asqueroso se deleitaba con los estragos que estaba provocando
en mi entrepierna y mi cuerpo no tenía fuerzas para resistirse. En eso sentí
unas inquietas manos que se metieron bajo mi falda; alguien manoseaba y
apretaba mis nalgas a placer. Desvié mi atención del anciano y vi al mocoso del
pasillo completamente extasiado magreandome la cola. ―¿Qué puedo hacer?, es su
turno de usarme un rato ―pensé, y me deje hacer.
Dos dedos del anciano jugaban dentro de mí, mientras su
pulgar rozaba hábilmente mi clítoris. Realmente lo hacía bien y me traía al
borde del orgasmo; el vejete tenía su experiencia. Me imaginé la calentura de
ese viejo al estar jugando con la entrepierna de una mujer como yo, preciosa y
de la edad de su nieta y ya no pude más. Me costó demasiado disimular el orgasmo
que invadió mi cuerpo, cerré las piernas atrapando la mano del viejo, quien
reaccionó revolviendo con violencia sus dedos en mi coñito. Por si fuera poco,
el mocoso se abrió paso bajo mi tanga y presionó con uno de sus dedos mi
agujerito posterior. El orgasmo no hizo más que acrecentar mi excitación.
―¡Disfrutas como perra! ―me dije, y me excite más. Mis caderas se movían
sensualmente para el gusto de los tipos que observaban el espectáculo. Cuando
miré había tres o cuatro hombre mirando y esperando su turno. Era una puta y
estaba más excitada y descontrolada que nunca; si alguien quería que se la
chupara…, solo tenía que pedirlo.
Un hombre muy moreno y de mal ver se acercó y empujó al
mocoso. Sin embargo, el chico mantuvo su posición y lo encaró.
―¡Espera tu turno idiota! ―reclamó el muchacho.
El otro tipo lo apartó nuevamente y me dio un buen
agarrón en la cola. Se disponía a abrazarme cuando el muchacho volvió a
intervenir. Pero esta vez me di cuenta que traía una corta pluma en la mano. Me
quede helada.
Estaba demasiado excitada y asustada al mismo tiempo, me
quede en blanco. Un apretón en el brazo me hizo reaccionar. Don Tito, que se
había dedicado a disfrutar del espectáculo, me hacía señas para que bajara del
bus. No sé si fueron los nervios o la conducta innata de la perra dentro de mí
por obedecer al viejo, pero de inmediato me abrí paso a la puerta de atrás, y
aprovechando que el bus estaba detenido baje rápidamente detrás de don Tito. La
puerta se cerró y el bus prosiguió su marcha.
Me sentí momentáneamente a salvo, pero vi que el bus se
detenía veinte metros más allá y que bajaban tres hombres de los que había
visto esperando su turno. Me calenté y aterroricé al mismo tiempo. Mi nueva
personalidad quería entregarse a las perversiones de aquellos hombres, pero la
esposa fiel, la antigua Cristina, gritaba porque la dejaran volver a casa y
esperar a su marido. Don Tito me agarró del brazo, abrió la puerta de un auto
que se detuvo frente a nosotros y me subió detrás de él al vehículo. A una orden
de mi vecino el conductor se puso en marcha. Cuando desperté de mi estupor, me
di cuenta que escapábamos en un taxi.
El taxista se me quedo viendo por el espejo, seguramente
pensaba que éramos padre e hija. Don Tito tenía una gran sonrisa de
satisfacción en la cara; no era para menos, me había comportado como él lo
había planeado. Seguramente al verme deseada por todos esos hombres
inescrupulosos, y luego verme disfrutar de sus avances a pesar de pedir que se
detuvieran, lo habían llevado al paraíso del morbo.
De todas formas mis deseos seguían latentes, nadie había
satisfecho mi calentura de perra y muy a mi pesar sabía que Pablo, mi amado
marido, no podría hacerlo. Necesitaba del viejo bastardo de mi vecino y él lo
sabía.
De pronto reparé en las miradas lascivas del taxista,
admiraba mis piernas y se esforzaba por ver más allá. ―¿Cuánto querrá ver? ―me
pregunte, la idea acentuó mi excitación; ya estaba entregada al morbo, la perra
dentro de mí me dominaba y no podía hacer nada para detenerla. Abrí
inocentemente mis piernas, delicadamente, sin que don Tito se diera cuenta. Le
mostré mi ropa interior al taxista. El tipo era un cuarentón, muy morocho, de
abundante bigote, macizó y se notaba que no era muy alto, más bajo que yo
―nunca podría estar con una mujer como yo―. Seguramente en casa le esperaba una
esposa con sobre peso, morocha como él y con tres embarazos a cuestas. Sin
embargo, en ese momento podía deleitar su vista con mi cuerpo. Las ideas en mi
cabeza volaban y la ansiedad por ser usada crecía a cada instante.
―¿No es cierto que mi nuerita es preciosa amigo? ―le
preguntó sonriente don Tito, mientras pasaba su mano por detrás para apoyarla
en mi hombro.
El taxista no dijo nada, entendió el comentario como un
reproche y dejó el retrovisor para atender el camino.
―¿Dónde van? ―nos consultó al llegar a la primera
intersección.
―Acá, a la izquierda, mi buen amigo ―le indicó Don Tito―.
Usted tan solo conduzca, yo le indicaré el camino.
No entendí por qué don Tito no le daba una dirección o
una indicación más precisa, supuse que solo quería alejarse un par de cuadras
más de los tipos que nos habían tratado de seguir.
El relajo de aquellos momentos de calma en el taxi,
después del tremendo susto que había pasado, me hizo volver a la cordura. ¿Cómo
había permitido que aquel viejo me humillara de esa forma? Supe que estaba
fuera de control, que digo, estaba loca al arriesgar mi vida con Pablo por unos
momentos de morbosa lujuria. Me dije que eso tenía que acabar, mi voluntad
tenía que imponerse frente a aquellos extraños deseos. Mire a don Tito y me
prometí que apenas llegara a casa lo mandaría a la mierda, nunca volvería a
caer en sus garras, no me volvería a quebrar.
No sé cuánto tiempo estuve atrapada en mis cavilaciones,
no fue hasta que reconocí la esquina que acabábamos de doblar, que me incorporé
sorprendida sobre el asiento: ¡Don Tito acababa de indicarle al chofer que
doblara por la calle donde se ubicaba la empresa constructora donde trabajaba
Pablo! Quise engañarme, pensar que no era más que una coincidencia, mi vecino
no tenía por qué saber donde trabajaba mi marido, pero mis esperanzas se
desvanecieron cuando el muy canalla le pidió al taxista que se detuviera.
Pablo trabaja en un barrio industrial del Norte de la
ciudad. La cuadra donde nos encontrábamos estaba llena de empresas. Cincuenta
metros frente a nosotros, por el lado contrario de la avenida, se levantaba el
tosco edificio corporativo donde trabajaba. Ya pasaba del medio día y era
cuestión de minutos que los trabajadores, incluido mi marido y sus amigos,
salieran a comer a los distintos boliches cercanos. Entre en pánico ante la
posibilidad de que mi amado Pablo me encontrara vestida así subida en un
cacharriento taxi con el mal nacido de nuestro vecino. No se me ocurrió nada
mejor que agacharme y recostarme sobre
el asiento, quedando con la cabeza sobre las piernas de don Tito.
―¿Qué le pasa? ―preguntó extrañado el taxista.
―Mi linda Cristina, aquí no puedes hacerlo preciosa ―dijo
con jocoso cariño don Tito, mientras me acariciaba el cabello.
Vi aparecer la cabeza del taxista entre los dos asientos
delanteros. Aprovechó de mirarme con descaro. Para lograr agacharme había
tenido que acostarme, quedando con la espalda arqueada y mis piernas juntas y
dobladas. Con la diminuta falda que traía, el taxista tenía un panorama
increíble. El viejo le dio unos segundos para disfrutar del panorama, luego suspiró
simulando congoja.
―Verá, mi buen amigo, mi querida nuera tiene un extraño
problema. ―Don Tito seguía acariciando mi cabello como si fuera una niña―.
Sufre crisis de pánico, la única manera de tranquilizarla es dándole cariño.
El morocho arqueo una ceja extrañado. Yo no dije nada,
pues en realidad estaba asustada, solo quería irme de ahí.
―Vámonos a casa ―suplique.
―No podemos hasta que haga lo que vine a hacer, querida.
El taxista no dejaba de mirarme; no pude evitar desplazar
mi brazo y dejarlo ver la forma de mis pechos. A pesar del miedo no podía
desprenderme de esos malditos impulsos exhibicionistas.
―¿Qué dirá su hijo cuando sepa que no la llevó a casa de
inmediato? ―preguntó el morocho con saña, intuí que le interesaba mantenerme en
su taxi, no sé si por deseo o por el dinero extra.
―Ella no deja de portarse como una niña hasta que llega a
su casa, es más, cuando llega no recuerda nada de lo que hizo desde la crisis.
Dígame si no es extraño ―le explicó don Tito, aparentando estar aproblemado. No
sabía lo que pretendía con todas esas mentiras, pero me quede callada, no
quería que el taxista temeroso de meterse en problemas nos obligara a salir del
auto.
―Eso si es raro. ―dijo extrañado el morocho, parecía
escéptico.
―Pues cree que haría esto si no estuviese seguro. ―Don
Tito alargó la mano y atrapó uno de mis pechos, lo masajeo un momento y tras
ver la cara de asombro del mirón soltó una carcajada―. Jaja, sé que es para no
creerlo, pero así es no más.
Estaba asustada y de seguro se me notaba en la cara,
porque el taxista se quedó con la boca abierta al ver cómo me dejaba magrear
por quien se suponía mi suegro. Pese a todo lo que me había prometido a mí
misma, otra vez estaba en las manos de aquel viejo desgraciado, no podía hacer
ningún escándalo, menos desmentir sus palabras pues no podía permitirme salir
del taxi en aquella facha y arriesgarme a que mi inocente esposo me viera así.
Además, la idea de ser abusada quizá a pocos metros de Pablo hizo que mi
temperatura volviera a elevarse. Al taxista se le notaba en la cara una mezcla
entre asombro, calentura y envidia. Don Tito también se dio cuenta.
―La verdad es que más de una vez me he aprovechado de la
situación ―le dijo en tono de confidencia―. Es increíble cómo se calma cuando
le hacen cariño, es como una amorosa gatita.
―Por favor, vámonos a casa ―le insistí.
―Lo siento, preciosa, pero debo recoger los documentos
que me encargó tu marido ―dijo contrariado mi supuesto suegro. Luego se dirigió
al taxista que no quitaba ojo a mi escote―. ¿Usted Podría cuidar de ella? Por
favor, será máximo media hora.
El huraño morocho quedó mudo; en su rostro podía leerse
su incredulidad.
―Por favor, ya ve como se pone esta pequeña, está
asustada y no querrá salir del auto por nada del mundo hasta que llegue a casa.
No se preocupe que no le dará ningún problema, solo le pido que la tranquilice
un poco mientras estoy fuera ―insistió don Tito.
―¿Está seguro que no le traerá ningún problema?, ella
podrá reclamarle a su marido que no la llevó directo a casa cuando se lo pidió.
―Claro que no. No se preocupe que no es la primera vez
que le pasa. Como le dije, una vez en casa olvida todo lo que le pasó, todo lo
que escucha o hace en este momento ya no lo recordará.
El taxista miró para todos lados, como buscando una
cámara escondida, estoy segura que no podía creer que le estuviera pasando algo
así.
Estaba asustada. En las dudas de aquel tipo vi la
posibilidad de que nos bajara del taxi. Idealmente podría decir que no y
llevarme a casa, pero si don Tito insistía nos bajaría a ambos, exponiéndome
ante Pablo. En mi desesperación decidí seguir con el morboso juego de mi
supuesto suegro. Total, después de aquel día que más daba que aquel morocho me
admirara un rato. Además, el perjudicado iba a ser él con la calentura
insatisfecha que se iba a llevar; así que me acomodé en el asiento, paré la
cola para que la falda se subiera un poco más, arqueé la espalda y saqué mi
brazo para dejar al descubierto mi generoso escote. El taxista se llevó la mano
a su bigote, como para peinarlo, y tomó su decisión.
―Está bien, vaya tranquilo ―dijo ufanamente.
―Ok, vuelvo en un rato ―aceptó agradecido don Tito. Luego
abrió la puerta, pero dudo antes de salir. Debí saber que me tendría una
sorpresa preparada―. De todas formas sería mejor si se sienta acá atrás, para
calmarla en caso que se asusté.
―Está bien ―dijo ansioso el taxista. Sentí que abría la
puerta y se bajaba. Don Tito hizo lo propio para darle paso al morocho. Pude
ver mejor a aquel oportunista; era más bajo de lo que pensé, inclusive más que
el viejo, vestía un desgastado pantalón que poco combinaba con la camisa barata
que traía a medio abrochar. Se veía nervioso y ansioso. ―A que tipejo me obliga
a exponerme este viejo― me dije. El tipo entró y, apenas acomodó sus piernas
bajo mi cabeza, pusó su mano sobre mi hombro.
―Trátela como si fuera una niña, tranquilícela. Ella se
siente segura en el auto, mientras se sienta así no tendrá ningún problema ―le
aconsejó mi supuesto suegro. Luego se fue.
El taxista se quedó tranquilo un minuto, seguramente
esperando que don Tito se perdiera de vista. De reojo pude verlo como me miraba
con descaro, lo mire hacia arriba y me encontré con su rostro sobrecargado de
ansiedad, me dedicó una malévola sonrisa.
―Tranquila, pequeña, Cholito te cuidara mientras vuelve
tu papi.
―Gracias Señor ―le respondí, no se me ocurrió otra cosa,
lo único que quería era salir de ahí lo antes posible, antes que me viera
Pablo. Y si ese negrucho quería ser amable, para mí mejor.
Pero muy a mi pesar no tardó en aprovecharse de la
situación. La mano que acariciaba mi hombro descendió lentamente hasta mi
pecho. Aunque estaba apoyada en sus piernas podía sentir como le bombeaba el
corazón. Otro desconocido se extasiaba manoseando mi cuerpo. ―¡Esto debe parar!
―pensé, y retiré su mano hasta mi hombro. No quise
mirarlo y cuando trató de volver a tocarme me protegí con mis brazos. Por unos
momentos me sentí a salvo, parecía que se había resignado a acariciar la suave
piel de mi hombro y contemplarme con descaro, pero la lujuria en tipos como él
es más fuerte que el mínimo respeto que pudiesen sentir con el prójimo. No le
importó que estuviera casada y le dio lo mismo que me resistiera, pues su mano
volvió a buscar mis pechos. Traté de protegerme, de apretar mis brazos contra
mi pecho, pero insistía; me armé de valor y lo miré con reproche. Esta vez no
sonreía.
―No te portes mal con el Cholo, dulzura, ¿o quieres que
Don Cholo te saqué del auto?
Sus palabras fueron como si hubiera puesto una navaja en
mi cuello. Las posibilidades se arremolinaron en mi cabeza. Si me sacaba del
auto, Pablo o algún compañero de trabajo podrían verme; y el trolo ese nunca
aceptaría llevarme a casa si seguía creyendo que estaba mal de la cabeza. Por
otro lado, si le decía la verdad lo más probable es que se enfadaría o, peor
aún, se aprovecharía de lo mismo para abusar de mí. De pronto, a lo lejos,
sentí un timbre, muy similar al de los recreos de la escuela, supe que era la
una de la tarde, la hora de almuerzo. La brava expresión de mi rostro cambio
por una de miedo y suplica, mis brazos cedieron sin fuerzas y aquel bastardo
atrapó mis pechos indefensos. Volvió a sonreír.
Sus magreos y la maldita situación que había provocado
don Tito me horrorizaban tanto como me empezaban a excitar. Sentí vergüenza de
mi misma, ¿cómo podía ser tan débil?, ¿cómo mi cuerpo podía traicionarme así?
Las toscas manos que me tocaban y los degenerados ojos que me desnudaban no
eran los de mi marido, eran de un pobre diablo que nunca había ni podría estar
con una mujer como yo; joven, bella y delicada. Y aun así sentí la temperatura
entre mis piernas expandiéndose, abriéndose, como el florecimiento de una rosa
en primavera.
―¡Dios!, que buenas tetas que tiene la princesita
―balbuceaba para sí el muy perro. Sus magreos se intensificaron y una lágrima
de impotencia rodó por mi mejilla.
Su mano izquierda se escabulló bajo mi camiseta, donde
sus ásperos dedos torturaron mis pezones. Su mano derecha bajó recorriendo mi
cintura hasta que llegó a mi cola, ahí me toqueteó y no tardó en levantarme la
faldita hasta que descubrió mi prieto trasero apenas protegido por aquel
diminuto coraless. Su tosca mano jugó con mi cola hasta que se molestó con ella
y empezó a golpearla. Las palmadas
resonaron.
―No, por favor ―le rogué.
De pronto me soltó. Por un momento pensé que se había
apiadado de mí, pero me levantó bruscamente y se desabrochó el pantalón. Al
instante apareció una tranca negra, venosa y con una cabeza hinchada y
brillante. Esperaba que me obligara a chupársela, a todos los hombres les gusta
y a las mujeres en mi estado les fascina, pero no lo hizo. Me volvió a tirar
sobre su regazo y volvió a darme de palmadas, aún más fuerte que antes,
mientras a tres centímetros de mi rostro se tiraba la verga.
―No, por favor…, mmm ¡no!―repetí con angustia, más para
disimular un gemido que para que se detuviera.
―Silencio, niña. Me estoy divirtiendo. ―Y más fuerte me
pegó―. La princesa tiene el culito más bonito y definitivamente más maduro que
la pendeja de mi sobrina ―balbuceaba. Estaba tan caliente que apenas y se
preocupaba de la baba que le caía por la barbilla―, y las tetas más grandes que
haya apretado en la vida.
Cuando se cansaba de pegarme en la cola volvía a apretar
mis pechos con una violencia enfermiza, sin dejar de pajearse frente a mí. Yo
lo miraba suplicante, mis cachetitos me ardían y mis pechos me dolían. Mi
calentura se retenía y se avivaba por el dolor, me sentía una víctima, como
nunca me había sentido con don Tito.
―¡Me duele!, ¡por favor!..., por favor don Cholo no me pegué más, haré lo que sea por usted pero no me pegué que me duele ―pedí entre lágrimas. Estaba a punto de salir del auto y escapar pero la sola idea de encontrarme con Pablo casi desnuda y toda marcada por los infames magreos de ese pervertido me infundían
un temor terrible. Aun así, el miedo a lo que me podría
pasar dentro de aquel inmundo taxi hacia que la idea de huir surgiera en mi cabeza
una y otra vez.
―Mi sobrinita entiende que me puede calmar dándome cariño
―dijo entre jadeos mientras me pegaba aún más fuerte―. Apenas tiene quince años
pero es muy inteligente.
Comprendí con qué clase de tipo me había topado. El muy
desgraciado no solo admiraba a su sobrina, sino que ya había abusado de ella
―pobre chiquilla ―pensé―, y maldito de ti, negro de mierda―. Supe lo que
quería. Y no sé si fue el deseo por que dejara de lastimarme o el deseo de
satisfacer a un pervertido violador de jovencitas, pero tomé su miembro y lo
relevé de la paja que se estaba haciendo. Los golpes cesaron y sus magreos se
convirtieron en caricias.
―Eso es, buena niña, trata bien al Cholito y él tratara
bien a la sucia princesita. ―Era increíble con qué clase de loco me había
dejado el viejo pervertido de mi vecino. Le apreté la verga, la tenía dura como
piedra. Su mano empezó a hurgar bajo el coraless y se encontró con mi húmeda
entrepierna.
―Guauu, a mi sobrinita no se le moja hasta que estoy
adentro, la princesita me tiene sorprendido.
Su loca forma de hablar y la idea de que aquel hombre
abusaba de su sobrina lo convirtió en un completo monstruo para mí, más maldito
que don Tito, mas insano que todos aquellos miserables que me manosearon y
puntearon en el bus. Y yo estaba a su merced, la mujer de Pablo, el hombre
honesto, el marido fiel, y sentía como sus dedos entraban en mi cuerpo y como
buscaron mi agujerito posterior y lo presionaron para abrirse paso. Cerré los
ojos para sentirlo mejor, sus dedos eran gruesos e impertinentes, uno presionó
con fuerza y se abrió paso, pare la cola instintivamente y me lo enterré por
completo.
―¡Que princesita juguetona!, así me gusta, más que
princesita parece putita ―dijo el muy degenerado. Y esa maldita palabra me
revolvió por dentro. ¡Si!, eso era, una putita entregada a un maldito
pervertido y, no lo podía negar, lo estaba disfrutando. Y no pude resistirme,
sabía que le gustaría escucharme y también sabía que me volvía loca cuando no
les importaba.
―Don Cholo, no me pegué, por favor, seré una niña buena
―dije con la respiración entrecortada, mientras contemplaba la verga que tenía
atrapada en mi mano, la estrujaba y cada vez la sentía más gruesa y palpitante.
Su cabeza estaba brillante y no pude evitarlo, presioné desde la base hasta
arriba de tal forma que de la punta de su capullo afloró una gran gota de
fluido―. Seré la princesa de mi marido y la putita de usted ―dije antes de
poder contenerme y con mi lengua recogí el brillante producto de la punta de su
negra tranca. Su sabor era salado, más fuerte que el de don Tito, mucho más
salvaje que el de mi marido, era delicioso.
Al muy perro se le fue el aire como si le hubieran
clavado un cuchillo en el pecho. Con mi lengua limpie todo su capullo y lo
seguí ordeñando, ansiosa por jugo de verga negra. No aguante más y lo cacé con
mis labios y lo introdujé en mi boca. Mi lengua lo abrazaba con hambre y mi
boca lo succionaba como una bebita que lucha contra un biberón que apenas
suelta unas gotas de leche.
―¡Qué buena putita!, mi sobrina nunca lo ha chupado con
hambre, siempre obligada ―dijo el muy bastardo mientras me culeaba con sus
dedos.
―Don Cholo, dele su semilla a la princesa, por favor,
escupa su semilla en ella ―supliqué, apenas liberando su miembro y parando mi
cola para clavarme aún más profundo sus dedos. De solo pensar que esa verga en
mi boca había violado a la sobrina de aquel bastardo me volvía loca, más puta
me sentía al disfrutarlo.
―¿Esta tranca negra a estado dentro de su sobrina, Don
Cholo? ―le pregunté extasiada.
―Anoche estuvo dentro del culo de mi vieja mujer y hoy en
la mañana dentro del coñito de mi joven sobrina. Siente sus sabores mi putita
―anunció entre jadeos.
―Siento el sabor de su sobrina, su sucia verga violadora
esta deliciosa… Por favor, se lo suplicó, entrégueme su semilla. ―Estaba como
loca, había olvidado que mi marido estaba muy cerca, compartiendo con
compañeros de trabajo, sin saber que su bella esposa era víctima de un maldito violador
y abusador. Ya no me importaba, si aquel miserable hubiera salido del auto en
ese instante lo habría perseguido rogándole por mas verga.
De pronto sentí los gemidos que anunciaban el éxtasis;
introduje hasta la garganta su gruesa tranca, respiré el aroma de sus bolas
peludas, luego la volví a sacar y pajear con fuerza para volver a echármela a
la boca otra vez y otra vez. Sentí que cambio su dedo en mi culo, ahora era más
grueso, más sabroso, y con su mano libre me dio de nalgadas descontroladas.
Esta vez era la perra la que dominaba. El dolor se convirtió en calentura y más
deseé complacer a aquel perro bastardo.
―Bebe, princesa. No quiero a la putita, quiero a la
princesa de papi para que beba toda mi leche. ―Su mano dejó de darme azotes
para retener mi cabeza. Eso me gustaba, era su instrumento de placer, era su
presa, no podía dejarme escapar, debía alimentarme.
Sus chorros fueron intensos, mi lengua los recibió con
júbilo. Llenó mi boca de semen caliente mientras me la follaba, mientras me
comía su polla, mientras me tragaba su leche, mientras un orgasmo recorría mi
cuerpo deseando que metiera su mano entera en mi culito. Fui sucia, la perra
dominó, me tragué hasta la última gota amarga de leche y no dejé de chuparla
hasta que me la quitó, como una buena putita.
Se quedó ahí como aturdido, respirando entrecortado,
acariciándome el cabello. Volví en mí y sentí vergüenza, había compartido mi
cuerpo, el templo de Pablo, de su mujer, con ese mugriento taxista. Aparté su
flácida verga de mi rostro y lloré. Él se rio.
―No llores princesa, te has portado muy bien, ya no te
pegaré, ya no te daré de nalgadas como a una niña mala ―dijo mientras me
obligaba a mirarlo―. Pero no soy tonto, la princesa no me conoce, no soy tonto y
siento grandes ganas de complacer a la princesa. ―Me sonrió en forma maliciosa,
se arregló los pantalones, me apartó y se bajó del auto. No entendí lo que me
había dicho, pero intuí que no era nada bueno. Apenas me asomé para ver si
había alguien cerca. Alcance a ver un tipo que observaba el vehículo desde el
frente de la avenida, era alto, flaco y desgarbado, me vio y me asuste, volví a
esconderme. Rogué porque volviera don Tito y nos fuéramos de ahí.
Apenas me había acomodado y bajado la falda cuando el
taxista abrió la puerta del otro lado. Se asomó, con su rostro insano y esa
maldita mueca de burla.
―No soy tonto ―dijo, mientras entraba y se hincaba en el
borde del asiento―. No he terminado contigo, princesa ―siguió diciendo mientras
trataba de abrir mis piernas. Me resistí―. ¿Qué?, ¿la princesita quiere salir
del auto, del taxi de don Cholo?
―No, por favor, ya déjeme―supliqué.
―Esa es la princesa de papi, la que más me gusta. Mi
sobrina también tiene un papi y una mami. Me gusta pensar en ellos cuando juego
con su hija, cuando ella dice “no” lo disfrutó más ―dijo mientras seguía
tratando de abrir mis piernas.
―¡Abre las putas piernas de una buena vez!, ¡¿o quieres
que te saqué de mi auto?! ―gritó con un cambio de actitud que me congeló de
miedo. Dejé de oponerme, si me resistía ese hombre me iba a lastimar, no tenía
duda de eso. Abrió mis piernas con delicadeza. ―Eso es, mi princesa ―dijo con
un tono tranquilo que me asusto más aún. Volvió a abrir sus pantalones, su
verga estaba tiesa y palpitante otra vez.
―¡No!, don Cholo, por favor, que le diré a mi marido, mi
cuerpo es de él, de nadie más ―supliqué. Pero fue inútil, las negativas y las
suplicas excitan más a un violador que la complacencia. Y a la perra dentro de
mí le encantó que no me hiciera caso, que se aprovechara pese a mis suplicas.
El muy bastardo levantó mi camiseta, dejando mis pechos
libres, y se tendió sobre mí. Era mucho más bajo que yo, así que me miraba
desde abajo con una sonrisa diabólica en la cara, mientras instalaba la punta de
su tranca sobre mi coñito.
―¡No!, se lo suplicó, no lo haga, me va a doler ―pedí
desesperada. Sabía que no me haría caso, que lo haría de todas maneras, pero la
vergüenza y el repudio volvían a darle paso a la perversión. La perra se hacía
cargo de mis reacciones, obligándome a suplicar, a pedir clemencia,
complaciendo al pervertido y obteniendo el goce que tanto disfrutaba.
―Te va a doler como la primera vez princesa, tu marido no
tiene la tranca de este negro.
―¡No!, por favor, se la volveré a chupar, ¡por favor!
―No soy tonto, sé que me la chupaste así de rico para
evitar que te poseyera. Se nota que no conoces este tipo de hombres, machos que
no se conforman con una corrida. ―Y fue entonces cuando me la clavó de una sola
vez hasta el fondo―. ¡Siente como te parte don Cholo! ―me soltó mientras yo
trataba de ahogar un grito con mis manos.
El muy perro se aferró a mis tetas, que le quedaban a la
altura justa, y me embistió sin ningún miramiento.
―Ahora estoy pensando en tu papi, en tu mami…, en tu
marido, princesa. Ahora, mientras te la meto, mientras gozó de tu conchita
jejeje ―se burló.
―Ya déjeme, me duele, no soy suya, soy de mi marido,
¡suélteme pervertido! ―aullaba mientras lo abrazaba con mis piernas. La perra
suplicaba conmigo, usando mi desesperación para complacer al miserable ese.
―Estas más apretada que mi sobrina. Tu marido la tiene
pequeñita, ¿no? ―me dijo extasiado de morbo. Tenía razón, su verga era más
grande y más fuerte que la de Pablo, y más gruesa aún, aunque no tan larga,
como la de don Tito. Era el tercer hombre que me tomaba en mi vida. Me sentía
sucia, avergonzada e increíblemente excitada.
―Mi marido la tiene más pequeña…, pero me ama… Déjeme…
soy una mujer casada.
―No, hasta que te dé todo lo que pediste. Una corrida en
la boca no es más que leche. Una corrida dentro de la concha… es la semilla de
un macho.
Quería preñarme. El muy animal me violaba, se apareaba
conmigo a la fuerza para preñarme como a un macho se cruza con una hembra, como
un potro monta a una yegua. La idea me volvió loca y me arrancó un orgasmo que
me obligue a disfrazar de dolor y angustia.
―Aaaaaaah, don Cholo, ¡no!, déjeme por favor… Aaaayyy…
hágalo por atrás…, mmmm…, mmm…, mi culito esta apretadito…, aaaaaah…, disfrútelo
y córrase en él…, mmm…, pero déjeme, ¡por favor!
―No princesita, te voy a dar una cría, que tu maridito
idiota criara como suya…, aagggrr… Y en unos años, una noche cualquiera, voy a
ir a tu casa, voy a matar a tu marido, te volverá a violar y te haré mía para
siempre. Y tú le dirás a tu cachorro que su verdadero padre soy yo, tu
verdadero macho ―divagaba el muy maldito en una fantasía insana y terrible
mientras continuaba saciando su calentura penetrando mi carne.
Mis piernas seguían el vaivén de las embestidas de don
Cholo, el taxista pervertido. Mis chalas con taco se mantenían en mis pies y
golpeaban la puerta y los asientos mientras ese miserable magreaba mis tetas a
placer. Ahí estaba, siendo abusada a escasos metros de mi marido, por un abusador
horrible, por una tranca gruesa, negra y dura, con claras intenciones de darme
un hijo. Estaba al límite del éxtasis, y no dejaba de pedirle que se detuviera,
que me dejara, porque sabía que eso lo excitaba aún más.
Cuando aquel hombre se asomó a la ventana, supe que era
el mismo que había visto frente a la avenida. Era alto y desgarbado, su maldita
sonrisa mostraba dientes amarillos por el tabaco y sus escasos cabellos
bailaban como pelusas de un chaleco viejo. ―Debe estar esperando su turno ―pensé―.
Se la chuparé con gusto ―decidí. No tenía caso negarlo, me encantaba.
Esas ideas fueron demasiado para mí; el orgasmo más largo
e intenso de mi vida lo tuve en el asiento trasero de un mugriento y
destartalado taxi, contra mi voluntad, en manos de su dueño, un completo
extraño, y en frente de otro malviviente que no hiso nada por ayudarme. Esta
vez no lo pude disimular y don Cholo se corrió conmigo, sentí su capullo
inflarse dentro de mi cada vez que expulsabapotentes chorros de su semilla. Me
embistió con una fuerza increíble al soltar las últimas descargas de su semilla
dentro de mí… Supe que me había preñado.
Se quedó tirado sobre mí un momento, sus babas corrían
por mis pechos y uno de sus dedos se había depositado en mi boca. Se lo chupé.
Cuando se levantó se encontró de frente con el tipo
desgarbado.
―Es su turno ―le dije―. Lo necesito.
Don Cholo me miró sorprendido. En ese momento apareció
don Tito. De un empujón saco al fisgón calvo de la ventana.
―!¿Qué has hecho hijo de puta?¡ ¡¡¡Voy a llamar a la
policía!!! ―gritó, el tipo flaco se fue muy rápido, obviamente no quería
meterse en problemas.
El taxista discutió con don Tito, diciéndole que él mismo
se la había encargado y que a su hijo no le haría ninguna gracia si se llegaba
a enterar. Todavía se creía el cuento de mis crisis de pánico y mi vecino no
hiso nada por desmentirse. De pronto vi a ese inmundo hombre tal cual era, un
insignificante taxista, con una vida por lo más mediocre. Don Cholo solo
existía en su morbosa imaginación, no era más que un personaje que se había
permitido interpretar para abusar de mí. Su coraje de macho había desaparecido,
estaba frente a mi supuesto suegro rogándole para que no llamara a la policía;
me dio la impresión que lloriqueaba cuando decía que tenía que mantener a
cuatro hijos, y que si iba a la cárcel quedarían sin sustento.
Don Tito le dio un par de manotazos y el muy miserable ni
intentó defenderse. De pronto el taxista desapareció, lo único que vi fue a mi
viejo vecino, iracundo, insultando al miserable que me había violado,
defendiéndome…
Sé que suena estúpido, él mismo me había llevado a vivir
aquella horrible experiencia, aprovechándose de mi nueva personalidad, de mis
nuevos deseos. Pero no pude evitarlo, sentí unas ganas increíbles de ser su
mujer, de complacer las necesidades de su carne como una hembra obediente hace
gozar a su macho protector.
Al fin le dijo al taxista que nos dejara en una plaza.
Nunca sabría donde vivía y debía olvidar todo eso si no quería tener problemas
con la ley. Yo no decía nada, me mantenía inmutable y estuve escondida hasta
que don Tito me dijo que bajara. Luego subimos a otro taxi que nos dejó en
casa.
Una vez solos me eché a llorar, más por vergüenza que por
otra cosa; quizá también por la culpa que sentía. Le había dado tanto placer a
ese patán abusador, ¡y lo había disfrutado!, no podía creer lo que había hecho
pero de solo recordarlo me excitaba.
Don Tito me llevó al dormitorio, me sentó y me trajo un
vaso de agua, luego me mando a ducharme. Cuando volví lo recordé todo y volví a
llorar, por arriba y por abajo. El viejo me pidió que le contara todo, que me
desahogara con él. Mientras lo hacía me acariciaba el pelo, consolándome.
―¡Caray!, lo siento, Cristina, no pensé que llegaría a
tanto ―dijo cuando terminé de contarle lo que había pasado en el taxi―. Pero
son gajes del oficio.
Luego se levantó y se dispuso a marcharse.
―¿A dónde cree que va? ―le pregunté desafiante. Él se
quedó ahí, mirándome con curiosidad. Me levanté y me acerqué. Lo tomé de la
mano y lo conduje a la cama. Desabroche su cinturón y deje caer sus
pantalones―. No quiero que me deje sola, don Tito, no ahora cuando más lo
necesito.
Me sacó la toalla, me tendió en la cama y me penetró por
detrás. No fue brusco, lubricó su verga en mi conchita y luego casi con cariño
me la metió en el culo.
―No se corra en mi cola, don Tito ―dije después de un
rato―. Quiero que me preñe.
FIN CAPÍTULO 2.







Comentarios
Publicar un comentario