El Mirón Capítulo 2
Los primeros años de Gabriela transcurrieron de forma más o
menos normal, siempre teniendo en cuenta que la ausencia de una mamá marca
mucho. Mi hija era algo retraída, poco habladora y bastante vergonzosa; todo lo contrario de su madre. Sin embargo,
en lo referente al físico, eran como dos gotas de agua. A veces me quedaba embobado viéndola y a
menudo cambiaba su nombre por el de Silvia de tan parecidas que eran. A pesar
de ello, me reitero en mis afirmaciones iniciales: no sentía el menor deseo
carnal hacia mi niña, ni siquiera cuando las tetitas comenzaron a marcársele y
los primeros pelitos rubios aparecieron en su sexo. Nuestra vida era todo lo
normal que puede ser cuando una madre falta.
El Espacio de las Pequeñitas… :3 …
Pero un día sucedió algo que lo cambió todo.
El tráfico de la ciudad es imposible así que, cuando la niña
ya fue algo mayorcita, decidí utilizar transporte público para llevarla y
traerla a casa desde su colegio. Jamás tuvimos incidencia alguna hasta aquella
tarde con el metro atestado de gente.
Tendría Gabriela unos diez años y los cambios en su cuerpo
comenzaban a hacerse patentes. Marcaba ya las curvas que de adulta tiene, tanto
en sus caderas como en su pecho. No recuerdo el motivo exacto por el cual mi princesita llevaba puestas ropas deportivas
aquel día en lugar del uniforme colegial. Las mallas oscuras, algo cortas de
talla, se soldaban como un guante a su anatomía pero el resultado no era nada
fuera de lo habitual para una chiquilla de su edad. No le perfilaban en absoluto el sexo aunque
quizás realzaban su culito carnoso de forma algo excesiva pero para nada
obscena.
El viaje transcurría como siempre cuando un movimiento brusco
del ferrocarril subterráneo provocó que un desconocido se interpusiera entre mi
hija y yo. No dije nada ya que tenía
perfectamente controlada a mi pequeña y tan solo faltaban un par de paradas
para llegar a nuestro destino.
Casi de inmediato me percaté de que a Gabriela le cambiaba el
semblante. Iba a preguntarle el motivo cuando bajé la mirada, descubriéndolo
por mí mismo lo que sucedía: aquel tipo le estaba tocando el culo.
No se trataba de un roce fortuito, ni siquiera de un toqueteo
clandestino: era una metida de mano en toda regla. Con la palma abierta apretaba los glúteos de
mi niña una y otra vez por encima de la ropa.
Cuando se cansaba de sobar una nalga se pasaba a la otra para luego tomar el camino de vuelta. En su
ir y venir introducía uno de los dedos por el canalito que los separaba los
glúteos. Yo creo que llegó incluso a
explorar el comienzo de su vulva hurgando por la parte de abajo. El hombre se
estaba dando un homenaje y ella no decía nada. Podría interpretarse que estaba
paralizada por el miedo y yo… yo
comenzaba a sentir cosas que creía olvidadas: un cosquilleo en mí adormecida
verga al ver a mi dulce Gabriela sobada por otro hombre.
Exactamente igual que me sucedió años atrás con su mamá.
El desconocido, envalentonado al ver que sus actos no tenían
consecuencias, fue un poco más allá y, juntando dos de sus dedos, los introdujo entre las piernas de mi niña.
No era descabellado pensar que, de esta forma, llegaba a tocar completo el sexo
de la pequeña a través de la fina tela. Recuerdo que eso casi me hace eyacular allí mismo.
El último tramo del trayecto transcurrió como un suspiro
contemplando como aquel tipo jugueteaba con los pliegues de mi princesa
mientras ella cerraba los ojos y se dejaba hacer. Se me caía la baba al verlo.
A pesar de que yo deseaba que aquello no terminase nunca el
tren llegó a su destino demasiado pronto
y, en cuanto se abrió la puerta automática, mi pequeña salió despavorida
como alma que lleva al diablo fuera del vagón como si estuviese haciendo algo
malo. No tuve más remedio que seguirla, intentando mal que bien disimular mi
erección a los viajero. Cuando pasé al lado de aquel pervertido aún tuvo la
osadía de llevarse los dedos a la nariz para recrearse con sus efluvios y me
pareció escuchar de sus labios un murmullo insolente que decía:
– ¡Qué putita tan
caliente! Está pidiendo verga a gritos.
Cierto o no lo que sí sé es que mi pantalón se manchó tras
ese comentario tan sucio hacia mi única hija.
Cuando salimos del suburbano ninguno de los dos hicimos
comentario alguno sobre lo acontecido. Al llegar a casa recuerdo que varié el
orden establecido para tomar el baño y fui yo el primero que se introdujo en la
tina. El agua estaba calentita pero yo aún más evocando lo sucedido aquella
tarde. Volví a empalmarme recordando la
furtiva metida de mano; desde mis aventuras sexuales con Silvia no me sentía
tan excitado. Retomé mis viejas costumbres onanistas y allí, en medio de la
bañera, me masturbé lentamente mientras
me parecía estar viendo todavía aquella manaza estrujando el culito de mi
Gabriela. Apenas mi simiente se confundió con la espuma entró mi niña en el
cuarto de baño con una enorme sonrisa en la cara. Parecía que por ella nada
malo hubiese ocurrido, era la pureza hecha carne.
– ¿Me haces un
hueco? – me preguntó mientras se desnudaba.
Yo todavía estaba erecto y nada me apetecía menos que sentir
el candor de su cuerpo cerca del mío pero no acerté a buscar una excusa
coherente así que accedí. Tuve que tragar saliva al ver su culito a un palmo de
mi cara justo antes de que se sentase entre mis piernas. Lo había contemplado
mil veces y jamás hasta entonces había sentido algo parecido; sin duda el
haberlo visto sobado por otro hombre
cambió mi perspectiva acerca de él.
Por fortuna para mí cuando Gabriela tomó asiento lo hizo de
forma que no hubo contacto alguno entre mi sexo y su espalda. No quise arriesgarme y me incorporé para no
correr riesgos.
– ¿Ya te vas?
– Tengo que hacer
la cena, princesa.
– Vale. –Dijo sin
más aparentemente conforme.
Intenté disimular mi erección pero me fue imposible. Mi cipote quedó a apenas un palmo de la cara
de Gabriela que lo miró un instante para después centrarse en enjabonar su
cuerpo como si nada. Salí del baño secándome con la toalla como alma que lleva
al Diablo.
La cena transcurrió tranquila, hablando de cosas
intranscendentes como siempre, pero al arroparla en la cama no pude resistirlo
y saqué el tema de lo sucedido en el metro.
– ¡Papi, lo
siento! – dijo muy alterada al verse descubierta. Pese a la escasez de
iluminación pude ver sus ojos azules humedecerse y temblar -. ¡No sabía qué
hacer! Aquel señor comenzó a tocarme y… todo estaba lleno de gente y… yo… yo…
– Tranquila,
tranquila… no pasa nada. – Intenté tranquilizarla dándole unos besitos en la
frente.
– Sé que estuvo
mal, que debería haberte dicho algo pero…
La pobre niña estaba tan alterada y era tan inocente que no
cayó en la cuenta de que yo era incluso más responsable que ella de lo
sucedido. Al fin y al cabo se supone que un padre debe velar por la integridad
de su hija y yo no había movido ni un dedo por auxiliarla al verla en manos de
aquel desalmado.
– No pasa nada,
no pasa nada… - repetía yo una y otra
vez más intentando convencerme a mí que a ella -. Lo… lo hiciste… lo hiciste
bien.
Ella se quedó muda, supongo que no esperaba esa respuesta. De
hecho ni yo mismo podía creer lo que acababa de salir por mi boca; era algo
completamente opuesto a lo diría cualquier padre responsable a su hija.
Pero no contento con eso expresé con mayor claridad mi deseo:
– Gabriela, si
algún hombre vuelve a tocarte en el metro o en cualquier otro sitio como hizo
ese señor… -dije tragando saliva -… deja
que lo haga, ¿entendido?
Ella siguió callada intentando asimilar una orden tan
desconcertante.
– Haz siempre lo
que esos hombres mayores te pidan, no te niegues a nada, ¿comprendes?
Ella se limitó a asentir, creo firmemente que no entendía una
palabra de lo que yo le decía.
– Déjate hacer o
haz todo lo que te digan pero luego, cuando estemos a solas, me lo cuentas,
¿vale?
Tras un instante de duda ella respondió:
– Sí… sí papi.
Tras aquella inapropiada conversación salí atropelladamente
de su cuarto, avergonzado por mi propuesta. Tardé mucho en dormirme aquella
noche reflexionando sobre todo lo ocurrido.
Al final llegué a la conclusión de que había hecho mal y quise decírselo
a Gabriela. Cuando me dirigí a su habitación creí oírla llorar pero al
acercarme más comprobé que no eran llantos lo que escuchaba salir de su boca a
través de la puerta sino ahogados gemidos… ahogados gemidos de placer
preadolescente.
Sin duda los toqueteos de aquel desconocido habían tenido su efecto: mi niña, mi pequeña princesa, mi dulce Gabriela ya se había hecho mayor y había aprendido a tocarse a mis espaldas.
Me di media vuelta y dejé que disfrutase de su cuerpo a
solas.
A partir de aquel día la forma de tratar a Gabriela cambió
diametralmente. Los primeros días,
cuando salíamos del colegio, solía cambiarla de ropa en cualquier
establecimiento cercano a su centro educativo.
La obligaba a utilizar el tipo de indumentaria que yo entendía como
provocativa para los hombres maduros: minifaldas cortas, mallas ajustadas,
camisetas de tirantes y cosas así. Combinaba esa ropa con un ligero maquillaje
y tuvieron un efecto relativo a la hora
de incitar a los pervertidos: muchos la miraban pero pocos se decidían a ir más
allá. Cuando nos metíamos en el metro y me separaba de su lado enseguida la
veía rodeada de hombres. Para mi
desgracia la mayoría se contentaban con admirar su belleza. Los más osados sí
que utilizaban el dorso de la mano para darle toquecitos en el culito más o
menos intensos pero la mayoría de veces se trataba de roces debidos a las
apreturas propias del medio de transporte.
Aquellos tocamientos no estaba mal pero mi vicio era tal que
me parecían poco; yo quería que fuesen más allá con ella. Mi grado de necesidad
era tal que insté a Gaby para que buscase el contacto pero le daba vergüenza así que decidí no
insistir con el tema; al fin y al cabo era sólo una niña.
Sorpresivamente fue el destino el que cambió el rumbo de los acontecimientos. Uno de esos días, no
recuerdo con exactitud el motivo, no
pude hacerle el cambio de indumentaria y entramos en el metro justo en la hora
que los ejecutivos terminan sus quehaceres.
Tomamos una línea distinta a la habitual pero aun así decidí probar
suerte pese a que aquellos señores trajeados no me dieron muchas esperanza: yo
solía colocar a mi niña entre la gente más modesta, trabajadores, inmigrantes y personas de
perfil económico bajo. Perdónenme mi perjuicio pero yo pensaba que aquellos
tipos estarían más dispuestos a
toquetear a la chiquilla que señores aparentemente respetables. En cuanto me
separé de ella vestida con el uniforme
escolar pude comprobar lo equivocado que estaba. Lo que pasó aquel día en el
suburbano fue todo un espectáculo.
Aquellos señores trajeados, con toda probabilidad gente con
estudios y buen sueldo, actuaron como lobos: olieron la carne fresca y echaron
mano al trasero de la niña de inmediato. Y no fue sólo uno sino varios los que
acudieron junto a ella como moscas a la miel. Pude observar hasta tres tipos
distintos magreando su culito, piernas y
espalda por turnos. Incluso uno a veces interrumpía al otro atropelladamente
pero ni aun así dejaban de meterle mano. Busqué el ángulo que me permitió ver
la cara de Gaby y estaba roja como un tomate. Actuó como una buena chica,
obedeció mi mandato permaneciendo callada mientras aquellos extraños palpaban
su cuerpo de manera obscena. No dijo nada, ni siquiera cuando uno de aquellos
tipos deslizó la manaza bajo su axila para acariciarle el bultito que salía de
su pecho preadolescente.
Supongo que no habrá que apuntar que llegados a este punto yo
tenía una erección de caballo. No pude evitarlo, transcurrido el tiempo y
pensándolo fríamente fue una auténtica locura lo que hice, me metí la mano en
el bolsillo y comencé a tocarme. Yo creo que una señora que estaba a mi lado se
dio cuenta de mis maniobras pero no dijo nada, ni siquiera cuando el olor a
esperma se hizo más que evidente a varios metros a la redonda.
Cuando aquellos tipos abandonaron el tren otros ocuparon su
puesto y siguió la fiesta. Al llegar al
final de la línea fueron por lo menos una docena los que habían recorrido de
cabo a rabo la anatomía de mi princesa de manera impune. Hicimos el trayecto de ida y vuelta varias
veces, hasta que terminó la hora punta;
perdí la cuenta de los hombres que tocaron a la niña ni las veces que mi verga
expulsó sus babas aquel día.
Al llegar a casa, durante el baño y sentada entre mis
piernas cumplió mi deseo contándome los detalles de lo
sucedido:
– Un señor me
tocó el culo… - me dijo mientras hacía un montoncito jugando con la espuma.
– Fueron varios…
– No, no – dijo
negando con la cabeza -. Uno me tocó el
culo de verdad… por debajo de la braguita… sobre la carne.
Tal revelación me pareció desconcertante ya que se me había
pasado por completo aquel detalle tan extraordinario.
– ¿Ah, sí? ¿Cuándo?
– Cuando entró
tanta gente de golpe. Se agachó un poco,
levantó mi faldita y me tocó… por
detrás.
– Vaya…
– Sólo fue un
ratito…
– Entiendo.
– También…
también me dijo algo…
– ¿El qué?
– Que… que otro
día no me pusiera bragas… ¿por qué crees que lo hizo, papi?
No supe qué decir. Decidí en ese instante adoptar la propuesta de ese extraño: a partir de ese
momento Gabriela dejó de llevar ropa interior durante nuestras excursiones por
el suburbano por si algún aventurado quería transgredir los límites otra vez.
Medio sumergida en agua noté que Gaby se balanceaba más de lo
acostumbrado sin articular palabra. Era su forma de expresar que algo la
inquietaba. Las mejillas rosadas y los
pezones empitonados dejaban bien a las claras cuáles eran sus necesidades en
aquel momento pero supongo que mi presencia la cohibía. Al ver que no se
decidía a dar el siguiente paso le ayudé un poquito; agarré su brazo por la
muñeca y bastó con acercársela a su entrepierna para que ella hiciese el resto. Fue la primera vez que me demostró ser digna
heredera de su madre: sin importarle mi presencia, se regaló una soberana paja
a la salud de todos los desconocidos que la habían sobado. Estaba tan caliente
que quise pensar que se los hubiese follado a todos de haberlos tenido allí en
ese momento.
Yo por mi parte cerré los ojos e imaginé que aquellos sonidos
guturales eran producidos por mi pequeña entregándose a todos esos hombres sin descanso. La evoqué
sudorosa, con una enorme verga taladrando su ano mientras otra utilizaba su
boca para darse placer. Me agarré el
cipote y me uní a ella en sus maniobras onanistas pero no obtuve el resultado
deseado.
Imaginarla no era lo mismo que verla.
El fin de semana descansábamos. Para ser honesto hice alguna
intentona de exponerla pero resultó peligrosa. El metropolitano va menos
ocupado esos días y es más sencillo ser descubierto así que me limitaba a
regalar a Gabriela durante la semana. El
cambio de indumentaria y de recorrido resultó un éxito; cuanto mejor era el
barrio más pervertidos había. Los
toqueteos y metidas de mano a la niña eran constantes y yo no dejaba
masturbarme al verlos, pese a que eso estuvo a punto de costarme más de un
disgusto. Verla convertida en el objeto
del deseo de otros era como una droga, no podía controlarme. Era todo un vicio,
tal y como me sucedió antes con su madre.
Como buena droga, pronto comencé a requerir dosis más altas e
intensas. Estaban muy bien los magreos y las metidas de mano colectivas pero
quería ir más allá, quería verla de verdad en manos de otro hombre: lo quería
todo.
Decidí contemplar las distintas opciones, todas tenían pros y
contras así que opté por la que intuí menos arriesgada: aprovechar la
experiencia adquirida en el metro y darle una vuelta de tuerca.
Tras repetir trazado, horario y vagón una y otra vez comencé
a reconocer a algunos “habituales” del metro. Supongo que se salía de lo normal
que una chiquilla tan pequeña se dejase tocar como lo hacía Gabriela así que,
en cuanto la reconocían, se agolpaban a su lado como buitres a la carnaza.
Había uno especialmente recurrente y vicioso, según me contó la niña fue el
primero que se aventuró a meterle la puntita del dedo a través del ojete. Les describiría su aspecto pero lo creo
irrelevante, lo que sí que puedo decirles que era como un reloj suizo; entraba
y salía del vagón siempre en las mismas estaciones y a la misma hora, con el
efluvio del ano de Gaby perfumando sus falanges.
Estuve tentado de contarle mi plan a Gabriela pero no lo
hice. Por una parte no deseaba asustarla
pero por otra quería ver si su semejanza con Silvia se limitaba iba más allá de
su aspecto físico. En realidad anhelaba descubrir si aquella actitud frágil y
retraída de la niña enmascaraba el furor uterino heredado de su mamá.
Hacía calor el día primaveral en el que decidí dar el salto
sin red. En cuanto lo vi entrar en el vagón me coloqué junto él y Gaby haciendo
más que evidente mi presencia pero a aquel tipo le trajo sin cuidado; o no se
dio cuenta o no le dio la más mínima importancia. Fue a lo suyo
rápidamente. Con la impunidad que da la
manada no tardó ni un minuto en deslizar su manaza bajo la faldita de cuadros y
comenzar a dedear con rudeza el orto a
medio hacer de Gabriela. No era muy alto y mi hija es esbelta así que no le
resultó difícil ejecutar la maniobra de perforación. Penas tuvo que recostarse
un poco. Gabriela, acostumbrada ya a ser tratada de ese modo por los hombres
que la acosaban día tras día, apenas se movía mientras aquel tipo jugueteaba
con su ano. Inclusive abría levemente las piernas para facilitarle las cosas al
pervertido.
Todo transcurría como de costumbre pero la cosa cambió cuando
agarré la mano de la lolita justo en el momento en el que aquel desconocido se
dispuso a abandonar el tren con una sonrisa de oreja a oreja.
– ¡Venga,
sígueme! – Le ordené-. ¡Vamos!
Aquel mandato la pillo
de improviso, cosa que nos retrasó un poco. Maldije unas cuantas veces mi
torpeza dando saltitos en el andén intentando divisar al tipo. Lo descubrí unos
metros delante, en dirección a la salida más próxima. Tirando de Gabriela
procedí a seguirle como un poseso. La pobre niña tuvo que agarrarse la faldita
para que esta no se le subiese más de lo debido y enseñase su secreto a todo el
mundo. Cuando subimos las escaleras que llevaban a la calle de dos en dos a
punto estuvo de caer varias veces. Una vez fuera del suburbano me fue más
sencillo localizarlo. Discretamente seguimos sus pasos hasta un edificio de
oficinas. Se puso lívido cuando nos vio entrar en su mismo ascensor. Mi hija
por el contrario volvió a ruborizarse al reconocerlo. Fue divertido ver sus rostros esquivándose
mientras el elevador subía. Por desgracia no estábamos solos, de hecho intentó
escabullirse cuando en mensajero que nos acompañaba hizo el amago de salir pero
se lo impedí discretamente. En cuanto cerraron las puertas y estuvimos los tres
a solas, explotó:
– ¡Qué cojones
quieres, cabrón! Soy abogado y tengo buenos contactos. No intentes joderme con
esa putita, te lo advierto. Puedo arruinarte la vida con sólo una llamada…
– Sólo quiero
hablar…
– ¡Tampoco te daré
dinero! No sacarás de mí ni un céntimo, lo juro por tu puta madre… No tienes
pruebas de nada…
– No quiero tu
dinero…
Yo intentaba adoptar
un tono conciliador pero cada vez el hombre iba poniéndose más nervioso así que
corté por lo sano y le dije claramente lo que quería. Al escucharme, se quedó
mudo, creo que por primera vez en su vida ya se veía a la legua que era un
charlatán de mucho cuidado. Gabriela tembló como un flan cuando escuchó cómo yo
ofrecía su cuerpo abiertamente a un desconocido pero eso no me detuvo.
– Espera, espera,
espera… ¿dónde está el truco? ¿Llevas un micro? ¿El teléfono móvil grabando o
algo así? ¿Es una jugada de la arpía de mi ex mujer?
No pude reprimir una sonrisa y tampoco evitar pensar que
aquel tipo había visto demasiada televisión.
– Puedes
comprobarlo si vas a sentirte más tranquilo. No llevamos nada ni ella ni yo.
Resultó cómico verle palpar mi tórax intentando descubrir
algún micrófono. También hizo algo similar con Gabriela pero cuando llegó a sus
tetitas sobre la camisa no pudo despegar las manos de ahí. Supongo que al
tocarla y ver que ninguno de los dos hacíamos algo al respecto le tranquilizó.
– ¿Y… quieres que
yo… ya sabes? – Dijo dando ligeros apretones a las manzanitas de mi pequeña -
¿quieres… que lo haga con tu hija?
– Correcto…
quiero, quiero que te la folles.
– ¿Y no quieres
nada a cambio?
– Ya te he dicho lo que quiero.
– ¿Mirar y nada
más?
– Eso es…
El hombre se tomó su tiempo magreando a mi nena a manos
llenas.
– ¡No me pegará
alguna enfermedad de esas!
– Tranquilo. Es
su primera vez.
– ¡No jodas!
– Es virgen… y
está sana, no hay problema.
Aquello fue demoledor para minar su tenue resistencia.
– Y ella qué opina.
– ¿Ella? Ella no
pondrá problemas. Hará todo lo que tú quieras.
– ¿Seguro?
– Seguro.
Aquel era el momento clave de todo aquel embrollo, el momento
en el que Gabriela debía demostrarme si era digna hija de su madre.
Gabriela me demostró que la sangre de Silvia corría por sus
venas y, venciendo su vergüenza, alzó
sus ojos azules y clavó su mirada impoluta en aquel tipejo. De sus labios no
brotó una palabra, pese a que habíamos
ensayado ese momento infinidad de veces. En lugar de eso se levantó la falda de
cuadros y le mostró a aquel malnacido su delicado secreto. Por si eso fuera
poco utilizó sus dedos para abrirse la
vulva y comenzó a masturbarse delante de él.
No hizo falta que dijese nada. Era obvio que la niña estaba
de acuerdo con mi proposición indecente.
Les juro que fue un momento mágico, posiblemente uno de los
más excitantes de mi vida. Me pareció ver a la mismísima Silvia ofreciendo su
sexo en aquel instante. Se me puso la polla dura como una piedra en pocos segundos
al ver como aquel extraño la devoraba con la mirada.
– Margarita,
puedes irte a casa ya… - le dijo el hombre a su secretaria apenas irrumpimos en
el mugriento bufete.
– Pe… pero…
– Cierra la
puerta al salir. No quiero que nada me moleste esta tarde. Tengo entre manos un
caso muy importante.
– Pe… pe…
– ¡Largo, joder!
No quiero volver a verte hasta mañana…
- Le gritó maleducado.
– Bien, vale.
Pero…
– ¡Fuera, fuera,
fueraaaaaaa!
A la pobre mujer apenas le dio tiempo a coger su bolso y
largarse como alma que lleva al diablo. Que su malhumorado jefe le dejase ir a
casa antes de tiempo era algo tan inusual que no era cuestión de ponerle
reparos. En cuanto la empleada se
marchó, el pervertido centró sus atenciones en Gabriela.
– Pasa por aquí,
tesoro. Voy a echarte un polvo que no olvidarás en tu vida. – Le dijo
agarrándola por el talle para conducirla a su despacho.
Enseguida le levantó la falda, echándole mano a la carne del
culo directamente.
– Veo que eres
una buena chica – continuó -. Buena y obediente a lo que le ordena su papi, no
como las mías que son tan brujas como su madre.
Mi intuición me decía que aquel tipejo era un puerco vicioso y no me equivoqué en absoluto. Fue
delicado como un mandril con mi princesa.
Después me sentí culpable por haber sometido a mi hija a una iniciación
tan poco romántica pero mi situación no me permitía elegir un amante más
apropiado para estrenarla. En cuanto entramos en el despacho y sin dejar de manosearla a conciencia, le estampó un beso en los
morros que casi la deja sin aire. Después, ni siquiera tuvo la precaución de
apartar los papeles que abarrotaban su mesa, así que recostó a Gabriela sobre
ellos y se lanzó a tumba abierta a saciar sus
más bajos instintos. Su estado de excitación era tal que se las vio y se
las deseó para desabrocharle los botones de la camisa escolar. Creo que estuvo
a punto de correrse al ver sus pechitos libres de trabas, empitonados y duros,
apuntándole desafiantes.
– ¡Qué buena
estás, putita! – Exclamó entre lametones cada vez más intensos a los pezones
-. Voy a darte lo que andas buscando,
niñita…
Gaby no dejó de mirarme mientras el abogado le hacía un sostén de babas. A veces ella entornaba los
párpados, sobre todo cuando a él le desbordaba la lujuria y le mordisqueaba los
senos con virulencia, pero no decía
nada. Me quedé embelesado mirándola allí
inerte como una estatua. Abierta de piernas, servil y sumisa, dejó que su
desconocido amante le subiese la falda por completo, formando con ella una
especie de franja alrededor de su vientre plano. Pude ver el estado de su
sexo, rezumaba flujos a diestro y
siniestro. Brillaba como el lucero del alba: estaba lista para su primer polvo.
Casi me faltó el aire al contemplarla en esa pose tan lasciva
y explícita; era la viva imagen de su madre
ya muerta.
Me bajé la cremallera y actué en consecuencia. Creo que no hace falta que les cuente lo que
hice mientras aquel extraño arrebató el
virgo a mi pequeña Gabriela.
Ella chilló cuando su himen estalló en mil pedazos, aquel
tipejo fue de todo menos cuidadoso iniciándola.
Apenas sus pantalones le llegaron a los tobillos se agarró el balano por
el entronque y, con su gorda cabeza, llamó a la puerta de la vulva infantiloide
que tenía a su entera disposición. La
excitación de Gaby era grande y su lubricación generosa, aunque no lo
suficientemente como para aliviarle el mal trago. Al chanchullero
letrado le trajo sin cuidado que se tratase de poco más que una niña y le
endosó una estocada barriobajera de una única trayectoria que hizo estragos
en la pueril anatomía de la
potrilla. No dejó de apretar la angosta
entrada, jurando y bufando como un camionero, hasta que logró clavársela lo más
adentro que pudo. Después, cuando las paredes de la vagina se relajaron lo
suficiente, se la folló como un perro
salido, con movimientos secos y espasmódicos mientras los papeles caían al suelo por todos
los lados mientras Gabriela gritaba una y otra vez.
Sin dejar de tocarme, busqué el mejor de los ángulos para
recrearme, aquel que me permitió observar la ensartada en primer plano. El
movimiento de aquellas pelotas peludas acompañando a la verga en su ir y venir
en el interior de Gabriela es algo que no olvidaré en la vida. Tampoco el
hilito de sangre que aquel intenso tratamiento originaba a su paso. La niña se
retorcía como una anguila, sin duda aquella serpiente la estaba destrozando por
dentro.
Aquel animal
eyaculamos casi al mismo tiempo: él en la vagina de mi hija y yo sobre la
moqueta de su sucio despacho. La enorme mancha que dejé en ella así lo
atestigua.
– ¡Joder, qué
bueno! - Dijo el abogado con voz
entrecortada una vez se quedó sin munición. Lo había dado todo, el muy salido.
Sonriente y lleno de gozo ante tal inesperado regalo recibido
por mi parte dejó de aplastar a mi hija y tomando asiento en su vetusto sillón
de cuero intentó recobrar el aliento. La niña no dejó de llorar e intentó
aliviarse encogiéndose como un ovillo y
agarrándose las piernas pero el hombre tenía otros planes así que acarició las
piernas de Gabriela, abriéndolas de nuevo lo que le permitió ver un primer
plano del atentado cometido. Ella no dejaba de gimotear visiblemente dolorida
pero eso a él le trajo sin cuidado. Quería algo más: lo quería todo… como yo.
– Pues no
mentías, hijo de puta. Era virgen de verdad tu niña. Hacía mucho tiempo que no
me follaba a una zorrita tan tierna… demasiado diría yo.
Fue entonces cuando me miró y descubrió mi mano sobre mi
cipote toda cubierta de lefa. Tampoco me será fácil olvidar su risa socarrona
al verme de aquel modo:
– ¿Te ha gustado
lo que le he hecho a tu putita? ¿Estás satisfecho, papi?
– S… sí. – Tuve
que admitir.
– Es una pena
hacerse viejo, joder. Hace unos años la hubiese puesto mirando a Cuenca para
partirle el culo como Dios manda. Tráemela mañana y veré lo que puedo hacer.
No me dio tiempo a replicar.
– Ahora estaría
bien hacerle unas fotos para
inmortalizar el momento. No sé dónde coño he metido la cámara… no te vistas,
princesa… que vas a posar para mí…
Confieso que yo no estaba preparado para aquella
circunstancia así que mi reacción fue negativa.
– No. Eso no. Ya
es suficiente por hoy.
– ¿Pero qué
dices? Venga, ¿Cuál es el problema? Seguro que tú tienes un montón de esta
putita en pelotas. No seas borde y deja que le haga unas pocas, es un diamante
en bruto…
– He dicho que
no.
– ¡No me jodas!
¡Te pagaré lo que quieras! – Dijo mientras amagaba con incorporarse.
Aquella obsesión por ofrecerme dinero terminó de agotar mi
paciencia así que la siguiente vez que hizo amago de abrir la boca le reventé
la nariz tal y como años atrás había hecho
con mi propio hermano. No me considero un hombre violento pero sé
utilizar los puños cuando es necesario y además aquel tío era poca cosa. Se desplomó contra el sillón como un saco de
patatas.
Mientras lloriqueaba como un niño Gabriela y yo nos fuimos de
allí a toda prisa. Ella se compuso un poco la vestimenta durante el trayecto en
el ascensor.
Cuando llegamos a casa me invadió la culpa y tuve el enésimo
arrebato de arrepentimiento. Quedó en caldo de borrajas cuando Gabriela volvió
a masturbarse en mi presencia durante el baño. Aquel hecho me demostró dos
cosas: la primera que, sin duda, se había quedado con lo bueno de todo lo
ocurrido y la segunda y más reveladora… que un solo hombre era poco para ella.
Autor: kamataruk





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