PAULINA CAPÍTULO 2

 



Nota de CLARACION: según el autor de este relato en su primera aparición la edad de Paulina es 13 años, aunque claramente a lo largo de las páginas y para no tener problemas se ha ido modificando la edad del persona pero la edad oficial de Paulina es 13 años.

 

 

Caminaba en un trance muy extraño. Estaba ensimismada, no podía creer lo que acababa de vivir. Había sido víctima de los manoseos de un hombre mayor, un extraño. Seguramente nunca sabría cómo se llamaba y le había practicado el primer mamón de mi vida. Sí, es verdad, en ese momento tenía novio y todo lo que tiene que ver con una relación amorosa, pero, a fin de cuentas, no era más que una relación de cabros chicos, apenas nos dábamos besos, ni siquiera lo dejaba toquetearme mucho, menos debajo de la ropa. De memoria seguí el camino que tomaba todos los días después de bajarme del bus. En mi boca todavía podía sentir el sabor de la eyaculación de aquel obrero. No podía creer que, aparte de habérsela chupado, me había tragado toda la leche de su corrida. Y la había encontrado exquisita. ¡Qué vergüenza!, no estoy orgullosa de lo que les digo, pero es la pura verdad. Esa esencia salada y viscosa permanecía en mi paladar, en mi garganta, y sentía una sensación tibia en mi barriguita, donde mi cuerpo se esforzaba en hacerla parte mí.

 

El Espacio de las Pequeñitas… :3 …

 

Estaba a unos pocos metros de mi casa cuando divisé a mi padre. Había pedido el día libre para hacer unos trámites, no esperaba que estuviera en casa ya a esas horas, seguramente se tomaría el resto del día para descansar. Estaba discutiendo acaloradamente con nuestro vecino de al lado, don René, un divorciado de unos cincuenta años con cara de pocos amigos. Ese hombre nunca se había llevado bien con mi papá, eran enemigos desde que nos mudamos a esa casa. Mi papi aseguraba que el muy viejo verde miraba de una manera descarada a cualquier mujer que se le cruzara, incluyendo a mi madre y a mí. Cosa que lo molestaba sobre manera.

 

Crucé junto a ellos. No quise ni saludar a papá. Pensé que se me notaba en la cara lo que había hecho y me moría de vergüenza que me saludara con un beso y sintiera el aroma a verga que impregnaba mi rostro. Así que pase detrás de él rápidamente. Don René, sin embargo, me vio pasar; se tomó un momento para mirarme de arriba abajo y me cerró un ojo. Aparte la mirada rápidamente y entré a casa antes que mi padre se diera cuenta de aquella indiscreción. Me asustaba mucho siquiera pensar que se trenzaran a golpes, y estaba segura que si papá hubiera visto como me miró el vecino le caía encima a trompadas.

 

Estaba ansiosa por ducharme y sacarme la peste inculpatoria que me había pegado aquel hombre del bus. Me encontré con mi madre y temí que me preguntara por mi aspecto, así que, antes que me dijera nada, le indiqué por la ventana la pelea de mi padre con el vecino, para distraer su atención.

 

―¿Pasó algo? ―le pregunté, simulando interés en la discusión de afuera.

 

―¡Ay!, ese hombre no tiene remedio. Estaba regando los árboles del jardín, cuando tu padre sorprendió a ese viejo verde con un par de hombres que recogen la basura mirándome y haciendo comentarios quien sabe de qué calibre ―respondió ella, con un leve tono de repugnancia.

 

―¿Qué pasa? Parece que también empezaste a odiar al vecino ―dije, mientras entraba al baño.

 

―Sí, ese degenerado me tiene harta ―replicó, antes de alejarse hacia la cocina.

 

Mientras me duchaba, repasé lo que me había sucedido en el bus. No entendía qué pasó, el cómo había actuado ni lo que había sentido. Esas extrañas sensaciones nunca me habían embargado de una manera tan sobrecogedora. Habían sido innegablemente placenteras, eso lo sabía, pero desconocía su origen, y eso me asustaba.

 

Al rato dejé de quebrarme la cabeza haciéndome esas preguntas y no pude resistirme a revivirlo en mi cabeza. No pude evitar tocarme ahí donde ese hombre metió sus manos y sus robustos dedos. Uno de los míos no tardó en representar paupérrimamente a la gorda verga que ese tipo me metió en la boca, mientras trataba de imaginar que el ardor que aún sentía en mi trasero era tan intenso como cuando lo estaban perforando. Fue el primer orgasmo que me provoqué yo misma. Antes me había tocado, pensando en las historias de mis compañeras y soñándome haciendo cosas prohibidas con mi novio, pero nunca había sentido un placer ni siquiera comparable al que me provoqué ese día en la ducha, a estas alturas no podría asegurarlo, pero creo que me corrí, con un dedo en la boca y otro en el culo.

 

Cuando me secaba me puse a pensar en lo que había provocado la pelea de mi padre con el vecino. Escuché a papá hablar con mi madre en la cocina; me sentí aliviada, pues eso significaba que el enfrentamiento no había llegado a mayores. Sin embargo, no tardé en comprender que los descargos de papá solo habían cambiado de objetivo. Por lo que pude escuchar, en ese momento recriminaba a mamá por las prendas que usaba, que eran muy pequeñas y que dejaban ver demasiado de sus piernas, que ajustaba mucho su cintura y le apretaba mucho las pechugas.

 

―¡¿Qué pasa contigo, Ángela?!, últimamente te vistes como puta ―le decía mi padre.

 

―No grites esas tonteras. La Pauly te puede escuchar ―lo reto mi mamá. Luego ya no escuché más. Mi papá siempre me cuida. Seguro, como no me vio entrar, no sabía que yo estaba en casa. En ese momento lo supo y, una de dos, siguió molestando a mamá en voz baja o dio por zanjada la discusión.

 

Antes de continuar debo decir que si hay una mujer a la que envidie por su belleza esa es mi madre. Su nombre es Ángela y para mí es simplemente perfecta. Yo heredé de ella todo lo que tengo: mis piernas largas y bien formadas, mi cintura de Barby, mi hermosa y sensual carita y mis bien formadas tetas; aunque, debo decir, que las de ella son de mucho mayor tamaño, lo que provoca un desorden de hombres a su alrededor cuando sale de casa. Por esto no me extraño que el vecino y esos dos basureros, que supongo son los mismos que me miran con cara de perros en celo cuando me los topo en la calle, hayan estado mirando a mi mamá. Lo que si no tenía explicación para mí, era la provocativa indumentaria que estaba usando últimamente. Ella siempre había sido recatada, como toda mujer respetablemente casada, pero esa temporada algo le pasó. Ahora lo sé, y de verdad la entiendo, no tenía alternativa, pero en esos momentos ni me imaginaba el tormento que vivía mi madre y no entendía su provocativo nuevo estilo.

 

Esa noche tomé mi diario ―así es, el mismo que ustedes están leyendo en este momento ―, metí la lámpara debajo de las sabanas y me afané en contarle todo lo que me pasó ese día. Cada detalle de lo ocurrido en el bus y como cambio mi forma de entender y vivir mi sensualidad. Terminé bastante tarde, pero aún así no pude quedarme dormida. No tardé mucho en volver a tocarme, soñando con las manos del asqueroso que había abusado de mi inocencia en aquel sucio asiento de bus.

 

Al día siguiente, en la escuela, el sueño me consumía y no me podía concentrar en nada. Y, para rematar, justo después del primer recreo del día me tocaba gimnasia, clase dirigida por el sueño erótico de todos mis compañeros, la profesora Vivian, una mujer que poco tenía que envidiarle a mi madre, quizá por eso nos llevábamos bien, pues ambas coincidíamos en las incomodidades que puede traer la belleza. Pero esa mañana no tuvo piedad con nadie y no perdió tiempo en empezar la clase con un agitado calentamiento de baile. Entre mi sueño y mi desconcentración, no pude seguirle el ritmo. A ella le extrañó, pues yo era su mejor alumna.

 

―¿Qué pasa, Paulina?, te quedaste hasta tarde viendo tele anoche ―me recriminó.

 

―No, maestra, ¿cómo cree? ―le dije, aunque no andaba muy lejos de la verdad―. Me siento un poco mal, eso es todo.

 

Ella me miró algo preocupada y me autorizó para ir a ducharme y cambiarme. Yo, contenta, le hice caso al instante y me fui a los camarines.

 

Seguí el oscuro pasillo que llevaba a las duchas hasta que la música de la clase se tornó en un murmullo lejano. Siempre iba a los vestidores acompañada de mis compañeras, quizá por eso no había reparado en lo tétricos que eran hasta ese momento. Casi chocó con el conserje de la escuela que estaba parado en la penumbra. Esto, lejos de tranquilizarme, me puso más nerviosa, pues, el cojo Juan, como era conocido por todos, no era para nada amigable e infundía miedo por su forma adusta de tratar a los alumnos. Me duché tiritando, no sé si de frio o de miedo por las mil escenas de películas de terror que se me vinieron a la cabeza. Corté el agua de la regadera y salí envuelta en mi toalla. Tomé mis cosas que colgaban de un perchero de la pared, justo sobre el extremo de un banco largo de madera. Vi todas las mochilas de mis compañeras colgadas a lo largo del muro y un cosquilleo de culpa recorrió mi conciencia, por un momento sentí el impulso de volver a ponerme el equipo de gimnasia y volver a clases.

 

Dejé caer la toalla sobre el banco mientras buscaba mis braguitas de cambio en mi mochila. De pronto sentí un sonido que me puso los pelos de punta. Asustada, miré a los casilleros que estaban junto a la entrada. Por el ventanal que había en la parte superior del muro, entraba el sol matutino que a esas horas dibujaba la sombra de todo el mobiliario del vestidor en la pared contraria. Me quedé de piedra cuando distinguí en ella la figura de una persona agazapada tras los casilleros. Tragué saliva, no sabía qué hacer, quien quiera que estuviera ahí, seguramente me vigilaba a través de las oscuras rendijas de los armatostes de metal. Tenía que ser un hombre, no había otra razón por la cual estuviera espiándome que no fuera los deseos de verme desnuda. El único que me vio alejarme de la clase a cambiarme había sido el cojo Juan. Apenas se me ocurrió no tuve duda alguna, esa figura era de baja estatura como el tipo en cuestión y de ella nacía una vara larga, como si el muy canalla no pudiera despegarse del trapeador que llevaba para todos lados. Me puse muy nerviosa. Me senté sin saber qué hacer. Aún estaba desnuda y seguramente ese hombre tenía una vista esplendida de mi cuerpo. Me hice la tonta y volví a envolverme en mi toalla. Como pude, terminé de secarme tratando de que no se diera cuenta de que lo había descubierto. Me daba mucho miedo pensar en cómo podía reaccionar si lo ponía en evidencia. En un arrebato de desesperación el muy degenerado podría hacerme daño para que no lo acusara en la dirección del colegio.

 

El conserje era un hombre no muy viejo de unos treinta y tantos años, muy moreno de algo más de un metro y medio de estatura, conocido en la escuela como el “cojo Juan” ya que, al parecer, tenía una pierna más corta que la otra, lo que le provocaba una leve cojera al caminar. En definitiva, era un hombre que solo podía soñar con una chica como yo, como aquel obrero del bus.

 

De pronto empecé a sentir esa sensación entre mis piernas, aquella que había nacido del magreo abusivo de un desconocido. Y ahí, al saberme espiada por un degenerado que seguramente estaba loco de calentura por haber tenido la oportunidad de espiarme y contemplarme sin ropa, esa sensación volvió a tomar fuerza, generando placenteros escalofríos que recorrieron mi cuerpo. Apenas pude aguantar los deseos de tocarme como lo había hecho la noche anterior. Esta sensación me descontrolaba y hacía que olvidara todos mis temores. De pronto fui consciente que me gustaba sentir los deseos de hombres asquerosos que quisieran aprovecharse de mí y que eso había generado las sensaciones más placenteras de mi vida.





 

Decidí dejarme llevar por mis deseos y darle algo para el disfrute a ese maldito fisgón. Disculpen el vocabulario, pero me excita insultarlos, me hace sentir ultrajada. Con esta decisión dominando mis acciones, me paré lenta y sensualmente al tiempo que volvía a quitarme la toalla. Ya me había visto por unos minutos, cuando aún no lo descubría. Esta vez sería distinto, ya lo vería el muy sinvergüenza. Me incliné a buscar una crema en mi mochila, parando mi trasero para que el voyeur lo observara a gusto mientras me demoraba en encontrar lo que buscaba. Al cabo de un rato encontré el escurridizo pote, así que dejé de menear la cola y empecé a echarme crema en las tetas totalmente descubiertas. Las apretaba y piñizcaba a gusto, lo que provocó que me excitara más todavía. Seguí aplicándome aquel viscoso ungüento en el cuerpo, esta vez bajando por mi cintura, llegando a mis piernas y repasando de una manera muy coqueta mis jóvenes posaderas. Luego, fuera de mí producto del placer, olvidé al desgraciado que me espiaba y me dediqué exclusivamente a darme placer con mis caricias. No tardé en caer en uno de esos nuevos y exquisitos orgasmos que tanto me hacían gozar, y, para el gusto de quien me viera, fue con una mano en mi zorrita y un dedo de la otra metido en mi anito. Cuando volví en mí, desparramada sobre el banco, respirando agitadamente, asustada miré a los casilleros. Sentí un increíble alivio. La sombra ya no estaba.

 

Me vestí rápidamente y me dirigí al patio. La maestra Vivian seguía con la clase. Me senté a observar. Al rato me di cuenta de cómo, desde la ventana de la oficina del director, estaban éste y el cojo Juan mirando detenidamente a la profesora, que destacaba todas sus sinuosas curvas por sus transpiradas y apretadas prendas de gimnasia.

 

En un principio no me extraño, ya que la profe tiene un lindo físico, esculpido por el ejercicio, que crea unas fabulosas curvas ahí por sus caderas y por su esbelta cintura. Pero después me acordé de los rumores que corrían por la escuela de lo deseoso que estaba el director de ponerle las manos encima a la maestra Vivian. Esto no era nada nuevo, ya que es conocida la fama de caliente del director, incluso se rumoreaba que, pese a su mala apariencia y los años que lleva encima, más de cincuenta casi sesenta, este viejo se habría cogido a varias profesoras que han pasado por la escuela. La razón, según contaba el mito, su enorme y siempre hambriento miembro.

 

Seguí observando la clase y la manera como admiraban a la profe estos dos morbosos, cuando me percaté que el cojo Juan me miraba más a mí que a la maestra, lo que reafirmó mis sospechas de que él era el fisgón de hacia un rato.

 

Ese día, por reunión de profesores, nos dejaron salir más temprano de la escuela. Olvidé que lo habían anunciado la semana pasada, así que fue toda una sorpresa para mí. Al bajarme del autobús me sentía muy excitada por haber estado pensando en mi experiencia del día anterior durante todo el viaje. Solo quería llegar a mi casa a ducharme y acariciar mi cuerpo, mezclando las manos del obrero y los ojos del cojo Juan sobre mi cuerpo.

 

Cuando abrí la puerta de mi casa todo estaba en silencio. Pensé que no había nadie y supuse que mi madre estaba en el supermercado, de compras. Me dirigía a mi pieza a dejar mi bolso cuando escuché que alguien estaba en la habitación de mis padres, más precisamente, en la cama de mis padres; ustedes podrán suponer el tipo de sonido que me llamó la atención. Me emocioné. Mis padres estaban teniendo relaciones sexuales, pensando que yo llegaría en algunas horas más. Me divertía la situación. Alguna vez una compañera nos contó que había descubierto a sus padres encamados cuando era pequeña y saltó furiosa a decirle a su papá que no le hiciera daño a su mamá. Pero yo ya no era una nena. Sabía, en ese momento más que nunca, lo que significaba el disfrute del sexo. De pronto imaginé a mi madre abrazada a mi papi, unidos bajo las sabanas, intercambiando gemidos en la oreja. ―Mi papi… ―pensé. ¡Ahí!, no sé por qué, pero en mi estado sentí unas ganas increíbles de ver a mi padre desnudo haciéndole el amor a mi madre. Se me ocurrió que quizá estarían desnudos sobre la cama y que, si me asomaba un momento, con un poco de suerte, quizá podría ver la verga de papá, toda erecta, en son de guerra. Y supe de inmediato que esa imagen haría maravillas con mis nuevas sensaciones. Imaginarla, toda húmeda y rígida, rozando mi cuerpo, endulzaría los nuevos orgasmos que había descubierto.

 

Pero recapacité. Me recriminé a mí misma. ―¿Qué pasa contigo, mujer? ―me dije indignada―. ¡Es tu propio padre! ―Pensé en irme a dar una vuelta al parque para dejarlos disfrutar en paz, para que mi papá no perdiera el permiso que seguramente había conseguido en el trabajo para poder estar a esa hora en casa.

 

Cuando salí al jardín, me quedé pasmada. ¡El auto de mi padre no estaba! Miré para dentro mientras miles de ideas me daban vueltas en la cabeza. Quise pensar que papá había prestado el auto, o que lo tenía en el taller, pero ni yo me lo creía. Decidí asegurarme, no podía irme así como así. No sabía realmente que estaba pasando, pero había tantas posibilidades. ¿Y si mi madre le estaba poniendo los cuernos? No me podía ir con esa duda. Necesitaba asegurarme que en esa cama estaban mis dos padres o ninguno de ellos.

 

Entre otra vez a la casa, esta vez sigilosamente y con el mayor de los cuidados. Si eran mis padres no los quería molestar. Los sonidos de la cama rechinando seguían quebrando a ratos el silencio de los pasillos, y algunos gemidos afligidos parecían leer la angustia que me atenazaba. Llegué a la puerta de su habitación que, para mi suerte, solo estaba junta. Recordé que en la pared de junto hay un espejo, por lo que pensé que sería muy fácil ver lo que pasaba sin que me vieran. Empuje silenciosamente y de la manera más cauta que pude la puerta, dejando solo el espacio justo por donde podría mirar y ver el reflejo de todo lo que sucedía en la cama en ese momento.

 

Lo pensé unos segundos. ¡Entiéndanme!, estaba asustada y no sabía con lo que me iba a encontrar. Pero terminé por armarme de valor y me asomé.

 

No sé cómo explicarles lo que sentí en ese momento. Cualquier cosa que les diga quedara corta. Simplemente quede paralizada y horrorizada. Mi madre estaba tirada boca abajo sobre la cama, con unas pantys rojas hasta el muslo ―que yo nunca le había visto― sujetadas por un porta ligas del mismo color. Tenía un cojín en el estómago, lo que hacía que su trasero se parara de una manera descomunal hacia el techo. Tenía agarradas las cobijas con las manos y pude notar como mordía el otro cojín de la cama mientras, pese a sus ojos cerrados, sus lágrimas recorrían sus mejillas para terminar humedeciendo la funda de la ropa de cama. Sobre ella, la figura de un hombre obeso arremetía con fuerza contra su cuerpo. Se notaba el grosor exagerado de ese miembro, que, yo suponía por la posición, entraba y salía del trasero de mi madre. Reconocí a aquel maldito que empalaba a mi madre: ¡era el vecino!, aquel que el día anterior estaba discutiendo con mi padre, don René.

 

―¡Eso, maldita puta, quiero abrirte bien ese culo! ¡Quiero abrirte como nadie lo ha hecho! ―le gritó el viejo gordo, mientras ella empezaba a gemir con una mezcla de placer y dolor.

 

Mi madre dejo de lado los tímidos gemidos y empezó a gritar descontroladamente.

 

―¡Aaaaaaaah! ¡aaaaaaaaaaayyy! ¡Deja mi culo! ¡Sácamela!, por favor, me duele ―rogaba mamá―. Te lo chuparé, pero déjame, sácamela, maldito, ¡ya no aguanto más! ―Sus suplicas parecían satisfacer al muy desgraciado, pude verlo en su malvado rostro. La angustia de mi pobre madre lo excitaba, lo complacía.

 

―¿A quién crees que engañas? Sé muy bien que te está gustando, si me pides que te suelte es para calentarme y que té de más duro ―le respondió el viejo, mientras le pegaba fuertes palmadas en las nalgas, dejándolas rojas por la rudeza de sus golpes.

 

Nunca en mi vida me sentí tan impotente y asustada, no sabía qué hacer. Por un lado, ella rogaba que la dejaran de martirizar, pero el movimiento de sus caderas me desconcertaba, pues parecían responder a los salvajes envistes de don René con un meneo frenético. Incluso, el viejo se detuvo a tomar aliento por unos momentos y fue mi mamá la que se empaló, comiéndose ella misma toda la robusta espada de carne que le metían por el culo. No supe que hacer, no sabía si intervenir o no, no sabía si mi mamita era obligada o era cómplice de aquel morboso acto de traición contra mi papi.

 

La cama de mis padres rechinaba con aquel tórrido ejercicio sexual. Pensé que se caería, desarmada por sus cuatro patas, pero, tanta era la pasión del enculamiento, que estuve segura de que, si eso llegaba a pasar, esos dos seguirían chocando sus cuerpos sobre lo que quedara en pie.

 

En un momento el viejo sacó toda la extensión de su verga y abrió las nalgas que hace un segundo golpeaba, dejando un dilatado ano ahí donde su verga taladraba sin descanso. Me tapé la boca automáticamente, desesperada por retener el grito de asombro que estuve a punto de expeler. No podía creer el sufrimiento que toleraba mamá. El pene del viejo se me hiso tan grande como la trompa de un elefante. Bueno, bueno, sí, estoy exagerando, pero imaginen lo que fue para mí ver por primera vez una pichula tan enorme. Medía, con seguridad, más de veinte centímetros, y era gorda como mi antebrazo, lo juro por Dios. La del obrero, esa que me la había metido en la boca, no era tan grande, eso seguro, pues aún la tengo grabada en mi memoria.

 

Nunca olvidare como don René metió su dedo gordo en el orificio posterior de mi madre. Ella tenía todo el culo parado para él, mientras el muy asqueroso le hurgaba hasta donde podía, extasiado por el abuso que cometía.

 

―Ya no lo tienes tan apretado, zorra ―le decía a mamá―. ¿Ves?, te dije que mi taladro hace maravillas. Ahora tu ojete está listo para que se lo prestes a tu marido. Ya no te va a doler tanto y tu cornudo amorcito pensara que fue él el que te terminó desvirgando el culo ―se burló.

 

―¡Ay! ¡Ay! ¡Aaah! ―gemía mamá. Parecía ida en la tortura anal que recibía, como si el dolor y la vergüenza no le permitieran escuchar las sucias palabras de aquel hombre.

 

―Eso, putaaaa ―la instó con rabia, extasiado, el muy animal―. Eso, disfruta los dedos en el culo. Hasta adentro. Toma, siéntelos. ―Y le clavó varios dedos al mismo tiempo.

 

Era inhumano el castigo que resistía mi pobre madre. Sentí que ya no podía tolerar más y estaba dispuesta a entrar en aquella habitación y detener aquella horrenda tropelía. Pero de pronto, mi mamá quebró su agónico silencio.

 

―¡Ay! Gra… cias, do… don René. Esta, muy ricoooo ―dijo en el momento en que yo apoyaba la mano en la puerta para entrar. Me detuve en el acto, sorprendida por lo que escuchaba―. Lo siento hasta dentro, dele más adentro, por favor… Necesito su vergota ahí adentro otra vez, por favor, ¡sígame culeando!

 

Congelada, vi como mi madre se rearmó y volvió a ponerse en cuatro patas, en una pose que llamó al viejo a tomarla de sus exquisitas caderas y clavarle la verga con todas las energías que recuperó mientras usaba sus dedos para invadirla por ahí atrás. Si antes los vi darse con ganas, ahora lo hacían como si el mundo se fuera a acabar si no unían fuerzas para destrozarse en ese salvaje enculamiento.

 

No entendía nada. Mis compañeras, asiduas a probar cosas que yo ni siquiera me imaginaba, me habían contado como se podía hacer el amor por el ano, pero ellas siempre dijeron que lo habían hecho para satisfacer a sus parejas, no por gusto propio. Alguna opinó que no era tan malo, que lo había terminado disfrutando, pero todas coincidían en que debía hacerse con cuidado, debía ser un acto cariñoso para no lastimarse. Sin embargo, mis propios ojos eran testigos de cómo




mi madre disfrutaba como perra en celo el salvaje acto sodomita que le practicaba el viejo René.

 

―Ya sabes cómo me gusta terminar, perra ―dijo de pronto el vecino. Dicho esto, salió del interior de mi madre y se echó de espaldas junto a ella, dejando sus piernas abiertas contra el borde de la cama. Parecía cansado, exhausto por el esfuerzo físico que le había significado poseer a mamá con ese ímpetu salvaje que yo acababa de presenciar.

 

Volví a sorprenderme al ver el tamaño de ese falo que quedó apuntando al techo. No acababa de explicarme como mi madre podía preferir a ese viejo antes que a mi padre. El muy canalla, al lado de mi papi, era feo y viejo. Pero no les mentiré, me excité observando como ella se bajó de la cama y se arrodilló entre las piernas de aquel hombre, tomó sus perfectas y grandes tetas, y con ellas atrapó el enorme pico del maldito, dejando fuera solo la húmeda cabeza de ese miembro. La que no tardó en capturar con sus labios. Comenzó a hacerle una paja con sus tetas sin dejar de emitir gemidos de excitación.

 

―Mmmmm. Aaaaarrgggh, uuuuuff, mmmmm ―gemía, como esperando el merecido premio de la tarde.

 

En un momento la gran excitación de mi madre fue evidente. Estaba siendo víctima de un gran orgasmo; de lo que el maldito se percató.

 

―Comételo todo, ¡perra! ―le dijo don René, mientras agarraba fuertemente la cabeza de mamá, obligándola a tragar todo lo que salía de su miembro. El muy canalla se contrajo del gusto con cada estertor que le generaban los chorros de semen que soltaba en la garganta de mamá. Supe exactamente lo que sentía aquella mujer, que cada vez me costaba más reconocer, yo misma lo había vivido el día anterior. No lo negaré, en ese momento se me hiso agua la boca. Esto siempre quedara entre nosotros, así que no tiene caso negarlo, apenas resistí el impulso de entrar y pedirle un poco de semen a mamá, si hubiera llegado tarde por el ultimo chorro, lo hubiera recibido de su misma boca.

 

Cuando todo acabo, mi madre quedó tirada, apoyada al borde de la cama, dejando que el viejo vecino masajeara a gusto sus tetas.

 

No aguanté más, la excitación y rabia que sentía me impulsaron a salir huyendo de mi casa. Sentada en el parque, me bajo la indignación. No me podía explicar cómo una mujer tan hermosa como mi madre se dejará sodomizar por el asqueroso enemigo de su marido. Sería un poco más entendible, aún no perdonable, si ese hombre fuera atractivo, pero era un monstruo. Quizás esa extraña preferencia por los hombres despreciables que sueñan con poseerte a toda costa era algo heredado de mi madre, pensé, pero pronto lo descarté al recordar a mi padre. Él era lo que se podría llamar un hombre atractivo y mi madre lo había elegido para pasar el resto de su vida.

 

Confundida aún por todo lo que había sucedido, decidí decirle a mamá lo que había visto, y dejar que ella me explicara. Ya era la hora en la que acostumbraba llegar a casa de la escuela, así que volví a casa.

 

Cuando llegué, mi madre estaba haciendo aseo en su dormitorio, seguramente para limpiar cualquier residuo de lo que podría haber dejado lo acontecido en aquella habitación. Me dirigí directamente a ella antes que me faltará el valor.

 

―Mamá, necesito hablar contigo ―le dije.

 

―Sí, mi amor, ¿qué pasa?, espero no te hayan mandado a llamar el apoderado ―me respondió divertida y jovial. Yo no entendía cómo podía estar así después de lo que había visto. Me indignó más que nunca la traición que había cometido contra mi papi.

 

―Esto es serio, mamá ―la enfrenté, obligándola a mirarme, pero me faltó coraje para confesarle que había sido testigo presencial de toda esa abominación―. Llegué temprano del colegio, te escuché en la pieza y vi salir a ese hombre de la casa ―le mentí a medias―. Y quiero que me digas en este preciso instante ¿por qué engañaste a mi papá? ¿Y, por qué con ese miserable que él tanto detesta?

 

Ella me miró incrédula por un instante. Luego, como si comprendiera que no había forma de negarlo, se llevó las manos a la cara, se sentó en la cama y explotó en llanto.

 

―Perdón, perdón, perdón ―empezó a balbucear―. No es mi culpa, te lo juro. Yo no quería ―siguió, con una aflicción que me rompió el corazón.

 

No supe que pensar. Ella no lo sabía, pero yo la había visto, había visto el goce y la entrega con la cual se entregó a ese hombre.

 

―Entonces, ¿por qué?, ¡¿por qué te dejaste poseer por ese animal?! ―exploté iracunda.

 

―Escúchame, mi amor. Te juro que yo no quería, yo no quería ―me decía entre lágrimas.

 

Me conmoví. Al cabo era mi madre y verla así apaciguo mi rabia. Por lo menos sufría por lo que había hecho. Estaba destrozada. Yo no sabía si era por el dolor de darse cuenta de la traición que había cometido o por haber sido descubierta por mí. La dejé ahí y fui a la cocina por un vaso de agua, volví y se lo entregué.

 

―Y bien. Quiero saber, quiero saber ¿por qué? ―la presioné cuando la vi más calmada.

 

 

 

―Hace un par de semanas ―empezó―, fui a tomar una ducha a media mañana. Dejé la persiana de la ventana abierta. La casa del vecino tenía todas las ventanas cerradas, supuse que él estaría en el trabajo y hacia un sol tan bonito que quería ducharme sin estar encerrada. Fui una tonta.

 

Guardó silencio por un momento y rehuyó mi mirada antes de continuar.

 

―Unos días después, apareció un sobre bajo la puerta. Me extrañó porque, como sabes, el cartero deja las cartas tiradas en el jardín. Pensé que tu padre me había dejado una nota romántica o una tontería así. Pero nada que ver. El sobre contenía una foto de mí, duchándome, ¡con todas las tetas al aire!

 

Se sintió la rabia cuando dijo estas últimas palabras.

 

―Se notaba que la foto había sido tomada de atrás de una ventana. No era una buena foto, pero se distinguía claramente que era yo. Me volví loca de la angustia. No podía ser otro que don René, y tú sabes cómo lo detesta tu padre. Estaba muy asustada de que él se enojara conmigo, echándome la culpa de que yo me le había mostrado intencionalmente.

 

―Pero mi padre no es así. El habría entendido ―protesté.

 

―Mi amor, tú lo conoces como padre, yo siempre lo he conocido como hombre, celoso e iracundo por lo demás. Así que no le conté nada, me hice la tonta pensando que nada pasaría. Pero me equivoqué. Al día siguiente apareció otro sobre, con otra foto, esta vez más vergonzosa que la anterior. Estaba en la sala, helada de pánico viéndome en esa vil fotografía cuando sonó el teléfono. Nunca imaginé que fuera él, el vecino. Apenas contesté me pidió disculpas. Dijo que lamentaba mucho haberse aprovechado de mi descuido para sacarme esas fotos. Que quería aliviar su conciencia y devolverme todas las fotografías y los negativos.

 

Ahí comprendí que mi pobre madre había sido una ingenua. Ella siempre fue a la antigua, e inocente, tampoco muy capaz de adaptarse a la nueva era. Ella no sabe que hoy por hoy ya nadie ocupa los revelados de fotos, todo es digital. Quizá pensó que por la edad de don René no podría esperar nada más. Pero bueno, me mordí la lengua y seguí escuchándola.

 

―Don René me invitó a su casa a tomar un refresco, devolverme las fotos y, según él, empezar una nueva relación con nuestra familia. Acepté, pensé que eso solucionaba todos mis problemas. Agradecí al cielo que ese hombre hubiera recapacitado y fui a verlo, fui a recuperar esas fotos para destruirlas lo antes posible. Estaba convencida que, si actuaba rápido, tu padre nunca las vería.

 

Mamá me miró, buscando mi comprensión. Supongo que mi rostro aún reflejaba duda, quizá una imperiosa necesidad de saber, así que continuó.

 

―Fui de inmediato a verlo. Me hiso pasar como si fuera una amiga de hace mucho tiempo. Yo quería que me entregara las fotos e irme de ahí de inmediato, pero me invitó algo de tomar. No me negué, no quería molestarlo y nunca me imaginé que me traería vino. Recibí la copa a regañadientes, pues insistió en que un traguito no me haría mal para relajarme un poco. Nos enfrascamos en una conversación que para mi sorpresa resultó bastante amena. No me di cuenta y pasamos un buen rato bebiendo, me tomé no sé cuántas copas de vino. Fui una tonta, estaba entretenida y de verdad pensé que aquel hombre quería hacer las paces con nosotros, primero conmigo y luego con tu padre.

 

De alguna forma comprendí a mamá. Claro que habría sido bueno tener un vecino amistoso en vez de esas continuas peleas que nos echaban a perder el humor a todos cada cierto tiempo. Pero yo sabía cómo había terminado todo, así que deseché esas banales esperanzas de mi cabeza.

 

―Estábamos de lo mejor ―continuó mamá―, cuando el vecino me preguntó si alguna vez le había sido infiel a tu padre. ―Ella me miró, yo la miré―. Nunca, le respondí. Le aseguré que ni siquiera se me había pasado por la cabeza una cosa así. Igual le dije que me incomodaban ese tipo de preguntas. Me pidió que me calmara y que tuviera confianza en la discreción con que él tomaría todo lo hablado con su nueva amiga y vecina. Yo ya estaba un poco bebida, tú sabes que no me gusta tomar, así que le hice caso. Además, no tardó mucho en cambiar de tema y en rellenar mi copa, “a modo de compensación”, me dijo.

 

Mamá sacudió la cabeza indignada con ella misma.

 

―No estaba apurada. Faltaban horas para que tú llegarás de la escuela y la conversación se había tornado entretenida otra vez. Me empezó a contar las copuchas del barrio, y yo, la muy tonta me quede ahí escuchándolo. Estábamos sentados en el mismo sillón de tres piezas, uno en cada esquina. Yo estaba cruzada de piernas, con el vestido de verano verde floreado que tu papá me regaló para mi cumpleaños. Él dijo que se me veía muy bonito, que mis piernas se veían esplendidas con ese vestido.

 

―Sí, es cierto ―le dije―. Ese vestido se te ve precioso. ―No sé por qué lo mencioné. Quise animarla y las palabras salieron sin haberlas procesado demasiado. De alguna forma sabia para donde iba todo aquello y, no les voy a mentir, empecé a sentir esos extraños cosquilleos en mi entrepierna. Supe que la




historia de mi madre me estaba humedeciendo y la culpa que sentí hiso que mi disgusto para con ella se transformara en comprensión.

 

Ella me sonrió, miró a la ventana, como inundada por el regreso de la vergüenza, y continuó:

 

―Don René llevó la conversación a sus tres matrimonios. No sé cómo paso, pero de pronto estaba hablando de los gustos sexuales de sus exesposas. Yo solo lo escuchaba, hasta que me preguntó muy naturalmente que cómo era la vida sexual de una mujer tan hermosa como yo. Le dije que esa pregunta me hacía sentir incomoda, que eran temas que no se debían hablar con extraños. Pero se lo dije media risueña, creo que para ese momento ya me había tomado como cuatro copas de vino. Me dijo, en medio de risas, que él ya no era un extraño y que yo ya sabía todo de su vida sexual, “cuando la tenía, cuando estaba casado” dijo; y eso me hiso gracia, me reí con él y le conté la verdad.

 

Bajó la mirada, seguro se debatía si debía contarme eso a mí o no.

 

―Anda, dime, ¿qué le dijiste? ―la animé. Más allá de todo, quería saberlo, quería saber la respuesta a esa pregunta.

 

―Pues la verdad ―dijo con pesar―, que la vida sexual que mantengo con tu padre es de lo más común. Que nunca me había metido nada en la boca ni por otros lugares que no están hechos para eso. Y que nunca practicábamos ninguna posición rara.

 

Me pregunté si esa respuesta había sonado tan deprimente a los oídos de don René como sonaron en los míos. Mi madre se notaba avergonzada, tampoco supe si por el hecho en sí, o por la mezquindad de felicidad que traslucían sus palabras.

 

―Mientras le decía todo eso me sentí extraña ―siguió mamá, dejando el incómodo tema de la vida sexual de su matrimonio de lado―. Me empecé a excitar. En ese momento me pareció una locura y me concentré en tratar de desentenderme de la humedad que emanó de mi entrepierna. Pero el tipo siguió metiendo el dedo en la llaga. Me dijo que estaba muy asombrado de que el dueño de una mujer tan espectacular como yo, no me disfrutara como era debido. Me sonrojé y le agradecí el piropo, mientras apretaba fuertemente las piernas, aguantando el calor que empezó a emanar por ahí.

 

«Me dijo que no tenía que agradecerle nada, pues él solo decía la verdad. Ay, Pauly, debí haberlo frenado en ese mismo momento. ―Se dio un par de golpes en la frente, como si con eso consiguiera acallar su recriminación―. Como me vio sonreírle, aprovechó la oportunidad y empezó a decirme que siempre le había fascinado mi cuerpo. Dijo que mis piernas eran largas y hermosas, que mi trasero era un portento de lo parado y voluminoso que era, que tenía una cintura de avispa y una cara de modelo. Traté de parar la seguidilla de halagos que me lanzaba sin ningún respeto, pero entiéndeme, ya estaba algo mareada por el vino y esas sensaciones dentro de mí disfrutaban de todos esos cumplidos. Eso que sentía no distinguía que ese hombre no debería estar hablándome así, solo se enardecía, como si cada palabra fuera un trozo de carbón que caía en las llamas que me quemaban por dentro. Cada vez me sentía más húmeda y me asusté cuando noté que mis pezones comenzaron a ponerse duros.

 

Las lágrimas volvieron a aflorar a los ojos de mi madre mientras rememoraba todo aquello. Yo, por otro lado, no pude evitar sentir exactamente lo que ella describía. Me alegré de que estuviera tan inmersa en su relato, ya que sentía rebosar la tibieza de mis mejillas, y una madre conoce a su hija; si ella hubiera puesto la suficiente atención, estoy segura de que se habría dado cuenta de la calentura que me provocaba su historia.

 

―No sé de donde saqué fuerzas, pero llegó un momento en que le pedí que se detuviera, que no era correcto que se refiriera a mí de esa manera. Y, además, le dije que ya tenía que irme y que le agradecería mucho si me pasaba las fotos, que era a lo que realmente había ido a su casa.

 

«El me volvió a pedir disculpas y me dijo que lo esperara mientras iba a buscar las fotos. No tardó en volver con un sobre en las manos. Me lo entregó y pude comprobar que dentro traía varias fotos y unos negativos.

 

Volví a reparar en el detalle de los negativos. ¿Sería el viejo tan arcaico como para haberla fotografiado con una cámara de rollo? Lo dudaba. No se lo dije en ese momento, pero pensé que lo más seguro era que la habían timado. Pero bueno, tampoco dediqué mucho tiempo a cuestionar eso. Estaba ansiosa por saber que había pasado a continuación.

 

―Le agradecí al muy canalla. En ese momento pensé que todos mis problemas estaban resueltos. Me sentía contenta por eso y muy alegré, seguramente por las copas de más que me había permitido beber. Me estaba despidiendo cuando él me pidió si era posible que le concediera un favor muy grande. Yo le dije que estaría encantada mientras estuviera a mi alcance. Me pidió, con algo de temor, si podía mostrarle las tetas, ya que a él le maravillaban y soñaba con verlas de cerca.

 

«Ay, cariño, ¿cómo te lo puedo explicar? Me sentí tan extraña con lo que me pidió. Me excite como pocas veces en la vida lo he hecho. Lo disimulé como pude. Los nervios hicieron que soltará una risa que pareció envalentonarlo, pues siguió rogándome que me apiadara de él, ya que nunca, por su aspecto, ninguna mujer tan espectacular como yo lo haría.

 

Me sentí atrapada entre la insistencia de don René y el torrente de sensaciones que me inundaba en ese momento. No sé cómo razoné, desconozco cómo llegué a tomar esa decisión, tal vez el alcohol, no sé. Pero, en fin, acepté ―sentenció mamá, apartando la mirada de la vergüenza que sintió. La observé con detenimiento y me percaté que sus pezones se notaban allí, debajo de su blusa.

 

―Pero le dije que lo haría con una condición ―continuó, como si ese detalle la excusara de alguna manera―. Lo haría solo si prometía que no trataría de tocarme. Él aceptó de inmediato. ¡Qué tonta fui! ―Se volvió a tomar la cabeza como gesto de impotente arrepentimiento.

 

Me acerqué a su lado y la abracé. No quería que sintiera que la odiaba. Al fin y al cabo, la entendía mucho más de lo que se imaginaba.

 

―No te voy a mentir, hija. Me sentí muy bien al dejar caer los tirantes de mi vestido frente a ese hombre. Parecía al borde de un infarto cuando me vio llevar las manos a mi espalda para desabrochar mi sostén. Estaba sentada ahí, junto a él, casi al medio de su sillón, cuando le mostré mis tetas. Me sentí orgullosa de ellas y satisfecha por la reacción del viejo ese. Quedó petrificado. Me las miraba como si fueran un tesoro resplandeciente. ―Se rio sin entusiasmo, como a quien le causa gracia la indolencia del destino.

 

«Me quede ahí, con mi vestido enrollado en la cintura y el sostén tirado en el suelo, mostrándole las tetas que solo tu padre tenía derecho a disfrutar. Él se paró, inquieto, como si no creyera lo que estaba viviendo. No entendí su comportamiento, suponía que, al fotografiarme desnuda y luego ver las fotos, no se encontraría con nada nuevo. Luego comprendí que no solo eran las tetas que veía, sino que mi sumisa aptitud, que le demostré al desnudarlas para él, era lo que de verdad lo tenía loco. Esa sola idea me provocó una oleada de morbo que no había sentido en la vida. Y ahí nos quedamos, él excitándose mirando desde todos los ángulos las tetas que le mostraba, y yo, excitándome mirando la lujuria de aquel hombre crecer.

 

Guardó silencio. Supe que le costaba ser tan sincera conmigo. Acaricie su brazo con la mano que la rodeaba para darle ánimos. Ansiaba saberlo todo.

 

―No pude esconder mis pezones. Nunca pensé que los iba a tener tan erectos. Él se debió de haber dado cuenta de lo que sentía porque se atrevió a suplicarme que le permitiera tocar las tetas que le mostraba. Me asusté y me abracé por instinto, tratando de proteger mis pechos de sus acechantes manos. Le dije que ni lo pensara, que solo mi marido podía tocarme ahí, en una zona tan íntima de mi cuerpo. Don René insistió, me prometió que nadie nunca sabría que me había dejado acariciar por él. Me dijo que no se podía morir sin tocar tan gloriosos y perfectos melones. Ay, cuando escuché “melones” sentí que me hacía pipi encima, me humedecí, extasiada por la admiración que me dedicaba.

 

«Así que lo dejé, hija. Dejé a Don René, el vecino que tu padre detesta, que me tocara. Las liberé de la protección de mis brazos y le dije que lo dejaría tocarme, siempre y cuando, dejara de hacerlo en cuanto se lo pidiera.

 

«Se volvió a sentar a mi lado. Lo hiso casi en cámara lenta, como si temiera espantarme. Sus ojos muy abiertos estaban fijos en mis rechonchas ubres cuando, al fin, posó sus garras sobre ellas. Tomó una en cada mano y empezó a recorrer cada centímetro de ellas, al principio con suavidad, cada vez con más fuerza; hasta que el tierno masaje se tornó en un fuerte magreo. Las apretaba para formar una hermosa rajita entre las dos. ―Mamá se las tomó y pude ver a lo que se refería. El choque entre las dos montañas de carne generaba un abismo donde cualquiera se vería tentado a caer―. Lo disfruté, hija mía. Lo siento, pero es la verdad, lo disfruté.

 

La abracé más fuerte, apoyé mi cabeza en su hombro y me quedé mirando el escote, donde aún se mantenía dibujado el grácil encuentro de sus ubres.

 

―La pasión con que ese hombre cargaba sus caricias me hacían sentir la mujer más atractiva del mundo. Luego recordaba que las manos que me tocaban no eran las de tu padre y sentía una extraña combinación de reproche y culpa, pero cargada de morbo, como una puta que disfruta su trabajo. ¿Me entiendes? ―me preguntó sorpresivamente.

 

La miré, temerosa de que hubiera descubierto la excitación que me embargaba.

 

―Claro que no, solo eres una jovencita ―se respondió sola, y volvió a perder su mirada por la ventana.

 

La esperé. Sabía que no daría marcha atrás, no mientras yo no la detuviera.

 

―Me preguntó si tu padre me las tocaba así, como él ―dijo al fin―. Fui sincera y le confesé que no, que mi marido hace mucho tiempo había dejado de sentir aquella pasión animal que él me estaba  mostrando. “¿Así que no te a estrujado los pezones?” me preguntó, y meneé la cabeza, avergonzada de comprender lo que indirectamente acababa de dejarle hacer. Me los agarró con fuerza y me los piñizco con saña, como si fueran las perillas de un antiguo aparato descompuesto que se arregla a la fuerza. Y gemí, no me pude aguantar y le regalé unos gemidos de mujer en celo que no pude reprimir. Y casi me desfallecí cuando el viejo oportunista aprovechó mi debilidad para liberar su lengua sobre una de mis tetas. La recorrió con ella desde la base hasta un poco más arriba del pezón. Cerré los ojos, entregada a las exquisitas sensaciones que inundaban mi cuerpo y que ahogaban mi cordura, y me dejé caer sobre el sillón, entregada a los avances del vecino.

 

«El muy pillo se dio cuenta de mi estado y se aprovechó. Puso una de sus manos sobre mi pierna y empezó a subir por mi muslo mientras me chupaba majaderamente las tetas. No sabía que me pasaba, no pude aguantar y le pedí que no parara. “No paré, no paré, por favor” le pedí, con una angustia que dominaba mis palabras, mientras sentía como Don René desgarraba mi ropa interior. De pronto, en un momento de lucidez, entre en razón y le pedí que se apartara, que me dejara de hacer eso, pero no me hiso caso. Fui incapaz de




apartarlo a la fuerza. Sabía que lo que estaba haciendo estaba muy mal, pero mi cuerpo parecía inmune al raciocinio de mi conciencia. Se dejaba hacer, ignorando mis suplicas, cómplice del muy traicionero ese. Apenas si me dejaba apoyar mis manos sobre sus hombros, pero la fuerza que imprimía en aquel intento de empujón era ridícula.

 

«El viejo, excitado por la placentera negativa de mi parte, me manoseó con desesperación. Mi agarraba el poto y las piernas como si no hubiera un mañana, loco de calentura.

 

El tono de mi madre cambiaba con el ritmo del relato. Parecía no darse cuenta de la excitación que emanaba de su cuerpo cada vez que el relato se tornaba más tórrido.

 

―El regordete viejo ese paró su alocada carrera de excitación y se paró frente a mí. Yo aproveché y me incorporé como pude para tratar de recuperar algo de dignidad. Pero él no pensaba dejarme en paz. Bajó lentamente sus pantalones y liberó frente a mí una verga mucho más grande que la de tu papá ―dijo esto último con los ojos muy abiertos, mirando a la nada, como si la estuviera viendo reflejada en la pared. Luego volvió en sí y siguió contando―. Asustada, me volví a tirar hacia atrás en el sillón.

 

Cuando reaccioné, tratando de alcanzar mi sostén, que estaba tirado en el suelo, él me dio un fuerte empujón. Quedé ahí sentada, invadida por un mar de sensaciones, miedo, culpa, calentura.

 

«En ese momento me lo dijo. ―Mamá se apartó de mis cariños para mirarme a la cara―. En ese momento se sacó la máscara de buena persona y se mostró tal cual era, como un maldito traicionero. Nunca olvidaré sus palabras: “Espera un momento, Ángela. ¿Ves eso?”, dijo y señaló la biblioteca que estaba pegada a la pared. Ahí, tras la mampara de la puerta superior, pude distinguir el lente de una cámara. Lo miré entre indignada y confundida. “Es una cámara” me confirmó. “Bueno, y tú sabes, a buen entendedor pocas palabras”, y se rio con una expresión de complacencia que destruyó cualquier esperanza que pudiera haber tenido de salir libre de pecado de esa casa. ¡Fui tan estúpida, mi amor, tan estúpida!

 

En ese momento brotó una lágrima que, acariciando lentamente la mejilla de mamá, fue a dar sobre uno de sus grandes pechos. Realmente la vi arrepentida y afligida por todo lo que le había pasado. La volví a abrazar, esta vez con más fuerza. De alguna manera sabía cómo se sentía, yo misma me vi obligada a hacer cosas que ni en mis peores pesadillas se me ocurrió que haría; y, sin embargo, las había disfrutado y las seguía aprovechando en mis sesiones de autocomplacencia. Pero el caso de mamá era distinto: Yo apenas tengo un novio que es algo más que un amigo, incluso nunca he intimado con él; mi madre, por otro lado, está casada desde su juventud con mi papi, tienen una familia y viven juntos. Aún ahora, me cuesta imaginar la culpa que sintió al disfrutar todo aquello que le pasaba.

 

―El viejo se despojó por completo de sus pantalones. ―Me quedé expectante. La miré, hambrienta de los detalles que pensé se iba a reservar―. Se puso de rodillas en el sillón, con una pierna a cada lado de mí, y golpeó con su verga toda parada la línea entre mis pechos. “Agarra esos melones” me ordenó, “sepáralos para que mi pichula se acurruqué por ahí, bien calentita entre ellos”. Fue tan vulgar. Antes dijo cosas subidas de tono, pero ya teniéndome entregada, sumisa, derechamente me trató con las peores palabras que te puedas imaginar.

 

―Tranquila, mamá, en el colegio escuchó de todo ―exageré, para tranquilizarla. Quería que me siguiera contando con lujo de detalles. Ella me miró y me regaló una pequeña sonrisa que, combinada con la humedad de sus ojos, se me antojo demasiado sacrificada.

 

―Estaba tan enojada con ese hombre. Pero comprendí que debía hacer lo que me decía o le haría llegar las fotos y el video a tu padre. Eso no lo podía permitir por ningún motivo, así que lo hice, agarré mis melones y casé con ellos toda la extensión de la pichula que me ofreció.

 

«No pretendo excusarme, pero me sentí poseída por sensaciones nunca antes experimentadas. Sentía odio y repulsión por aquel viejo, pero no podía dejar de admirar con disimulo aquel enorme aparato de carne que nacía de ese cuerpo pasado de peso y años. No sé, en ese momento no sabía por qué, simplemente estaba caliente porque me iban a violar.

 

«Su largo pene se asomaba entre mis tetas como diez centímetros. Se dio cuenta que no le había mentido cuando le dije que no tenia experiencia en ese tipo de cosas, lo que no pareció molestarle; al contrario, el muy perverso tenía una sonrisa de satisfacción en su malévola cara. Me agarró las tetas y me mostró como tenía que moverlas para acariciar su larga tranca con ellas. Me dijo que esa era una “rusa”, y que las putas tetonas como yo debían ser expertas en eso. Cuando tomé el ritmo, el solo se dedicó a menear sus caderas, clavándome la pichula erecta entremedio de mis ubres. La sensación era tan nueva para mí, tan caliente, tan lujuriosa. Con cada acto abominable, con cada insulto de ese vil hombre, mi cuerpo reaccionaba con excitación. Pronto lo entendería, pero en esos momentos me volvía loca mi incapacidad para controlar mis instintos. ¿Por qué no recuerdo haberme sentido así?, me preguntaba, mientras su tibia tranca se restregaba contra la íntima piel de mis senos, y su glande dejaba vestigios de sus húmedas emanaciones en mi barbilla, cerca de mi boca.

 

«”Nunca te habían cogido las tetas, ¿no es cierto?, puta”, me dijo don René, y yo me excitaba por la agresión verbal. “Eres una hermosa virgen, tienes sin explorar tus agujeros más ricos. Y ahora los tengo toditos para mí, para perforarlos como quiera. Me voy a culear a la virgen más rica de la tierra, porque te aseguro que eso sentirás cuando te clave esta pichula” vociferaba, convencido de la superioridad de su miembro sobre el de tu padre. Y yo no aguante más, me fui, me fui perdida en un desconcertante orgasmo.

 

De pronto mi madre se abrazó a mí con fuerza y pude sentir los apenas perceptibles movimientos en sus caderas. Se estaba corriendo. Trataba de disimularlo, pero yo me di cuenta. Se los juró, mi madre se corrió contándome aquella morbosa historia, y me abrazaba fuerte, como arrimándose a mi cuerpo para no caer en un arrebato de éxtasis. Yo también la abracé fuerte y casi podría asegurar que sentí las corrientes de sus estertores internos que se mezclaron con los míos. Apreté mi boca contra el hombro de mamá para contener mi propio orgasmo.

 

―Aaaaah, aaaaah —gimió mi madre―. No pude evitarlo y gemí, gemí, aaaaaah, mmmmm, aaaaaargh ―seguía, tratando de disfrazar de historia lo que sentía en ese momento―. No pude aguantarme, cariño. Envuelta en esas imparables convulsiones, no me aguanté e hice algo insólito para mí. Me incliné y me comí su capullo, lo atrapé entre mis labios y lo retuve, chupeteando todo el viscoso jugo de pico que había expelido hasta el momento, que no era poco, era abundante y sabroso. Me lo tragué, como una posesa, como una drogadicta angustiada.

 

«Don René me agarró la cabeza y, olvidándose de mantener la verga entre mis pechos, me la metió en la boca hasta donde pudo. No lo rechacé, aquel éxtasis parecía interminable, quería devorarle la tranca. Por puro instinto agarré con mis dos manos todo el tronco que no me podía tragar y empecé a apretarlo y pajearlo, ordeñándolo para comer todo lo que estuviera dispuesto a soltarme en la garganta.

 

«El viejo, pesé a mi desesperada resistencia, de pronto apartó su sabroso miembro de mi boca. Se paró y de un brusco movimiento me dio vuelta, me puso en cuatro patas sobre el sillón y me levantó el vestido hasta la espalda. “Para el culo para mí, zorra”, me dijo con una indescriptible excitación en su voz. Miré a la cámara ahí sobre el mueble y me convencí de que no tenía alternativa. Pero no me mal entiendas, no buscaba una razón para hacerlo, buscaba una excusa para entregarme sin que mi conciencia estallara en mil pedazos. Así que arqueé mi espalda y le paré el culo, entusiasmada, como una perra que ve a su amo después de mucho tiempo. El muy puto me dio de nalgadas, fuertes nalgadas que yo recibí como si de caricias se trataran. “¡Ay! ¡Ay!” me quejé. De pronto dejo de pegarme y me bajo los calzones. “¡No, por favor, noooo!”, le pedí, le rogué, pero mi cuerpo aún estaba revelado, y mis suplicas no hicieron mella en el culo que se ofrecía, ni en don René, que me agarró de las caderas y me la clavó entera de un solo empellón.

 

Mamá se soltó del abrazo que manteníamos mientras me contaba y se abrazó ella misma, avergonzada.

 

―Ese hombre me poseyó como nunca nadie lo ha hecho, hija. No estoy orgullosa de eso. Ni te imaginas como me engaño, aún no te cuento todas sus tropelías, pero no quiero que pienses que tu madre es una mala persona. Quiero pensar que soy una víctima. ―Me miró, angustiada―. Necesito que lo entiendas.

 

―Sí, mamá, lo entiendo. No te preocupes. ―La verdad, no lo entendía muy bien, pero ya lo haría. Nunca imaginé lo que mamá me contó a continuación―. Continua, mamá, ¿qué pasó después? ¿No le dijiste nada, lo dejaste hacer y ya?

 

―¡Claro que no! ―respondió con convicción―. Claro que me negué, pero ya me tenía ensartada. Y como te digo, mi cuerpo no me hacía caso, no podía reunir la fuerza de voluntad para empujarlo y sacarlo de mi interior. “¡¡Suéltame, viejo asqueroso!!”, le decía, pero no me hacía caso. “¡¡Me lastimas!!” le grité, porque la verdad sentía que me partía en dos con su tremenda cosa. ¡¡¡Por favor, déjeme, me duele mucho!!!, le supliqué, tratando que se apiadara de mí. ¡¡¡Sáquemelo, por favor!!!, lloré, pero eso más lo calentaba. Me resistí inútilmente a la brutal follada que me daba. El muy perro hacia chocar violentamente su cuerpo contra mi trasero. El estruendo sonaba como un húmedo aplauso mientras me encajaba toda su tranca con toda la fuerza de su calentura. Me violó sin piedad.

 

«Don René tenía razón al decir que me desvirgaría, pues así me sentía, el dolor era terrible, la tenía muy grande. Pero irremediablemente todo ese sufrimiento se tornó en un placer inigualable. Me sentí llena de su carne y poseída como nunca. Mis ruegos se detuvieron y mis gritos se volvieron gemidos, que, si bien no eran más débiles, infundían al ambiente un aura de placer y, ¿por qué no decirlo?, de agradecimiento. La violación que ejercía sobre mí se transformó en un coito que, aunque carente de amor, estaba lleno de pasión desenfrenada.

 

Admiré la honestidad de mi madre. Aceptaba el placer que había sentido estoicamente. Pero me extrañaba la falta de culpa. Pero fue ahí que me lo contó, y pude entenderlo todo.

 

―”¿Sabes por qué estás tan excitada, puta?” me preguntó de pronto don René. “Porque puse un polvito mágico en tu vino, jejeje. Sé que no te puedes aguantar, ni siquiera ahora que lo sabes” me dijo. Y arremetió con más fuerza todavía sobre mi cuerpo. Tenía razón, respondí a sus envistes clavando mi parado culo bajo su panza. En ese momento entendí toda esa extraña excitación. El muy puto me había rogado. Todo era una trampa para violarme y, aun sabiéndolo, no pude luchar contra todo lo que sentía. Seguí llevándole el ritmo a sus violentos embistes, gimiendo descontroladamente. “Siga, viejo maricón, más fuerte, más fuerte” lo toreé, y mis gemidos fueron más desgarradores cuando me la dejaba clavada hasta el fondo, cuando me levantaba de las caderas para penetrarme con todo el peso de mi propio cuerpo.

 

«Me sentí como una tonta putita engañada. Como una niña embaucada para entregar el placer secreto de su cuerpo. Aquel viejo llevaba años deseándome y en ese momento me hacía suya a su antojo y de la forma más brutal. Todas estas ideas revolotearon en mi cabeza, incendiadas por la droga que ese canalla había puesto en quien sabe que cantidad en el vino que me ofreció. Y fue tanta la lujuria, el morbo, la calentura, que no pude aguantar. Estallé en un frenético orgasmo, aún más fuerte y extenuante que el primero.





Había gozado relatando su primer orgasmo. No me lo había podido ocultar. Pero esta vez fue distinto. Ahora su historia había dejado en evidencia el vil engaño del que había sido víctima. Y sus palabras irradiaban desprecio y congoja por lo sucedido. Pobre mamá. Ahora lo entendía todo, efectivamente ella era la verdadera mártir de todo eso.

 

―”Ven, date vuelta y comete esto” me ordenó el viejo al ver menguar las convulsiones de mi cuerpo y mis gemidos de placer. Me dio vuelta y me lo plantó entre las tetas de nuevo. Agarró mi cabeza y me obligó a recibir en mi boca toda su descarga de semen. Emití todo tipo de sonidos guturales mientras me bebía hasta la última gota del moco de don René, que me ultrajó por medio del chantaje, que me drogó para obtener los placeres que solo tu padre tiene derecho a disfrutar. Exhausta, por fin pude librarme del miembro húmedo y lacio del gordo ese. Se apartó de mí y tomó la cámara que estaba sobre el mueble. “Esto me hace dueño de tu cuerpo” me dijo, y se fue, me dejo sola tirada en el sillón de su sala. Llorando volví a casa, y desde entonces me he convertido en su esclava.

 

―¿Desde cuándo?

 

―Ya van casi dos semanas.

 

Sentí una rabia enorme. Mi madre estaba siendo violada física y psicológicamente por nuestro vecino, aquel hombre que mi papi ha odiado desde que llegamos al barrio. Me sentí impotente y frustrada. ¿Qué podía hacer para ayudar a mamá?

 

―No puedes hacer nada, mi amor ―me dijo, como si hubiera leído mi mente―. Lo único que te pido es que me ayudes a guardar el secreto. Lamento mucho que te hayas enterado así. Pero no quiero que te preocupes. Estoy segura de que el muy desgraciado pronto se cansará de mí y todo esto no será más que un mal recuerdo.

 

―Cuenta conmigo, mamá. Guardaré tu secreto y te ayudaré como pueda.

 

―Sabía que entenderías, hija.

 

Dicho esto, me regaló una caricia en la mejilla y se fue al baño. Se quedó ahí, lavando su cara o quien sabe qué, así que me fui a mi habitación, a mi baño, pensando ¿por qué mi madre había empezado a vestirse de una forma tan sensual últimamente si su intención era que Don René se olvidara pronto de ella?

 

 

FIN CAPÍTULO 2.








 

 

 




Comentarios

Entradas más populares de este blog

¡HOLA! Aclaración para todos.

El manjar del Albañil 2 “Laila”

El manjar del albañil 4 “Laila”