El Mirón 3
Por Kamataruk
Capítulo 3
Después del encuentro con el apestoso abogado me
replanteé nuestra situación. Pese a que la experiencia no había resultado del
todo mala decidí dejar el asunto del metro por algún tiempo. Las clases de Gaby
prácticamente habían terminado, llevar el uniforme ya no tenía razón de ser y,
con la llegada del verano, el suburbano estaba menos concurrido con lo que
nuestros juegos se tornaban más peligrosos.
También temía la volver a encontrarnos con aquel indeseable a pesar de
que no suponía amenaza alguna: tenía tanto que callar como nosotros.
El Espacio de las Pequeñitas… :3 …
La verdadera razón era que yo quería algo más… y mi mente
calenturienta me hacía pensar que mi niña
también aunque tenía una razón objetiva que lo justificase: Gabriela se
tocaba cada vez más.
Conforme pasaban los días llegué a desesperarme; no sabía
qué hacer. Veía masturbarse a Gabriela a diario. Mi pequeña no se escondía, lo
hacía delante de mí sin reparos pero
aquello no me motivaba lo suficiente, no me excitaba por sí sola si no estaba en compañía de otro
hombre.
Mi memoria era buena
pero poco a poco los detalles del primer encuentro sexual de
Gabriela se iban difuminando en mi
cabeza. Fue entonces cuando recordé las palabras de aquel tipo sobre el asunto
de las fotografías. Tras mucho pensar
llegué a la conclusión de que el siguiente paso tenía que inmortalizarlo de
algún modo para poder recrearlo ante mis ojos y no depender de la capacidad
retentiva de mi mente.
Como hacer fotografías me pareció un recurso algo pobre,
al salir del trabajo compré una cámara de vídeo gama alta, de esas tan
pequeñitas que apenas ocupan la palma de la mano. Un día, a la vuelta del trabajo, me dirigí
hacia casa por una ruta diferente a la habitual, pasé bajo un puente. Me
percaté de un detalle de esos que uno está tan acostumbrado a ver qué pasa
desapercibido; fue entonces cuando se me
ocurrió una idea. Era algo descabellado y del todo despreciable pero mi grado
de desesperación era tal que en aquel contexto me pareció la solución ideal a todos
nuestros problemas. Visto con la perspectiva
que da el tiempo, es una de las pocas cosas de las que realmente me arrepiento
de aquellos días. Podría haberle sucedido algo realmente grave a mi
pequeña y no me lo hubiese perdonado
nunca.
Creo que cuando Gabriela me vio llegar sudoroso a casa
notó algo distinto. Me conocía lo suficiente como para saber que sólo había una
cosa que me ponía así de nervioso.
Despaché a la niñera dándole una generosa propina y, en cuanto se fue,
la niña me siguió hasta su cuarto como un perrito. Saqué de su armario un
vestido de tirantes con algo de vuelo y muy corto, el tono azul conjugaba con
el color de sus pupilas.
–
¡Póntelo! - Le dije muy nervioso.
Ella accedió sin decir nada pese a que la gasa era tan
fina que se le transparentaba algo los
pezones. Le hice que se maquillase más
de lo acostumbrado, en tonos más vivos y rojizos. Se calzó sus sandalias recién estrenadas y la
mejor de sus sonrisas. Las braguitas se
quedaron en el cajón… como siempre que salíamos de caza.
Estaba preciosa, parecía como si fuese a asistir a una
boda aunque en realidad su destino no podía ser más distinto.
Minutos después ella
miraba distraída a través de la ventanilla de mi auto. El frescor del
aire acondicionado apuntaba directamente
su vulva. Tal era su entrega que apenas se retorció un poco en el asiento al
ver el lugar al cual le llevaba. El
despacho del abogado era un palacio a comparación de aquello.
En uno de los arcos ciegos del puente de la autopista
dormitaban varios bultos sospechosos. No sé si aquellos hombres estaban borrachos o colocados o sencillamente
dormían, lo que sí sé es que ni siquiera se dieron cuenta de nuestra
presencia. En cuanto intuí que nadie nos
veía desde la carretera encendí la cámara, enfoqué a Gabriela y le dije:
– Ve con
ellos.
Ella vaciló, como es lógico.
– ¿Con ellos?
– Sí.
– Y… y qué
hago…
– Lo que
ellos quieran. – Murmuré sin poder mirarle a la cara.
Como es lógico la niña dudó.
– ¿Todo?
– Sí. – Dije
tras un momento de vacilación-. Todo.
La acompañé un poco en su viacrucis pero pronto solté su
mano y me dediqué a manipulara la cámara.
La escena resultó antológica. Gabriela tuvo que sortear varias botellas
vacías hasta que por fin llegó junto a
uno de aquellos tipos. Se quedó pétrea
como una estatua. Estuve tentado de dirigirla pero no quise quitarle
espontaneidad a todo aquello.
– “¡Venga,
hazlo, joder! – Murmuré para mis adentros -. ¡Tíratelos!”
La puse a prueba por segunda vez y tampoco me decepcionó.
Cuando comenzó a darle pataditas en el costado a uno de
aquellos despojos humanos casi me revienta la cremallera del pantalón, y más
aún al ver a aquel tipo desperezarse poco a poco.
– ¡Qué
carajo…! – Dijo el indigente viendo turbado su sueño etílico aún con el sol en
lo alto.
Al descubrirse
pude ver el rostro del Romeo. No estaba
mal dadas las circunstancias aunque, por la cara de Gabriela, intuí que ella
pensaba todo lo contrario. Era un tipo relativamente joven, de rasgos
sudamericanos y algo menudo. Supongo
que se trataba de un inmigrante sin papeles que se buscaba la vida deambulando
de un lado para otro aunque los detalles de su existencia no me interesaban en
absoluto. Yo de él requería otra cosa.
Y Gabriela también.
– ¡Qué
quieres, niña! ¡Lárgate, este no es sitio para vos! - Le dijo bajando el tono, como si no
quisiese despertar al resto de sus compañeros.
Iba a seguir hablando pero se quedó con la boca abierta
cuando los tirantes del vestidito de mi niña resbalaron por sus hombros y este
cayó al suelo. Para él no hubo más que
el cuerpo desnudo de Gabriela ya que ni siquiera me miró cuando me acerqué
cámara en ristre.
– ¡Ven, ven
aquí bonita! – Exclamó separando por completo la manta bajo la cual dormitaba y
ofreciendo a la niña su improvisado colchón de cartón.
La verga me dolía tanto
mientras ella se agachaba que peleé con mi pantalón hasta que logré
sacarla. Me costó más de lo acostumbrado,
es difícil maniobrar tan solo con una mano.
El tipo alargó la mano y tomó la de la niña atrayéndola
hacia él. Visiblemente nervioso, la ayudó a tenderse boca arriba mientras sus
manos ya comenzaban a explorar la tierna anatomía de mi pequeña. No sabía con qué quedarse primero si con sus
pequeñas manzanitas, con sus lánguidas caderas o con su lampiño sexo. Movía las manos de un lado para otro como temiendo
que todo aquellos fuese solamente un sueño del que iba a despertarse de un
momento a otro.
Gabriela aguantaba impasible, mirando a la cámara
fijamente. Así permaneció incluso cuando
el indigente le abrió las piernas y enterró su rostro entre sus muslos. Su estoicismo se quebró apenas la lengua de
aquel tipo hizo de las suyas en su vulva infantiloide. Comenzó a derretirse como una vela, se llevó
el puño a la boca intentando mitigar sus gemidos pero no podía disimular lo
evidente: estaba encantada con lo que aquel desconocido le estaba haciendo
sentir entre sus piernas.
El hombre le comió el coñito como si no hubiese mañana.
Le succionó la vulva intensamente y se bebió cuantos flujos salieron del
interior de mi pequeña. Él le levantó las piernas para degustarlo más
profundamente, introduciéndole la lengua todo lo adentro que pudo mientras
Gabriela no dejaba de suspirar. Estaba preciosa, parecía un ángel, ruborizada
al máximo y completamente entregada a los lujuriosos mensajes que le enviaba su
cuerpo a medio hacer. Incluso se abrió
de piernas más todavía al sentir que el
mancho dejaba de chuparla, sabía lo que iba a suceder después.
– “Muy bien,
pequeña, muy bien. Ábrete más.” – Pensaba yo dándome al manubrio mientras lo
grababa todo.
En cuanto Gabriela sintió su segunda punzada se enroscó a
su amante como una enredadera. Gimió y lo abrazó con fuerza. La verga entró muy
dentro, pero todo lo que él le daba era
poco para ella. En tipo la folló con muchas ganas, supuse que debido al tiempo
que llevaría sin catar una hembra por el ímpetu que ponía. Comenzó a gritar
como un loco mientras la montaba.
– ¡Toma
verga, pichula…! ¡Ábrete toda, que me vengo!
No duró mucho la pelea, apenas un par de minutos. Tras
una sucesión de bufidos e improperios el extranjero eyaculó en la entraña de mi
princesa, derrumbándose sobre ella intentando recuperar el aliento tras el
acto. Ella permaneció inmóvil, aplastada hasta que él se echó a un lado,
buscando aire. La jovencita había pasado
un buen rato pero, tal y como me confesó después, no había alcanzado el cénit
durante el coito. A diferencia de su primera vez, no había llegado al orgasmo y
eso la confundió.
Fue entonces y sólo entonces cuando me di cuenta de que
el polvo había tenido otros espectadores. Los gritos y gimoteos de los amantes
habían despertado a otros dos de los inquilinos de aquel improvisado albergue
que miraban incrédulos lo que acontecía ante sus ojos.
Ni siquiera les dejé reaccionar.
– ¿A qué
esperáis? Es vuestro turno. – Les dije señalando el cuerpo de mi hija que continuaba abierta
de piernas.
– ¿Seguro,
míster?
– Pues claro…
es toda vuestra.
Envalentonados por mi propuesta no se hicieron de rogar y, acercándose a la
niña, comenzaron a desvestirse. Su
aspecto no era muy diferente de los del primer
semental, aunque me di cuenta de que uno de ellos estaba bastante bien
dotado. Fue el que llevó la voz
cantante, el que colocó a Gabriela a cuatro patas y el que ordenó al otro para que se colocase en la
posición que él deseaba:
– ¡Métesela
por la boca mientras yo se la ensarto a perrito, wey! - Le dijo.
La pobre Gabriela desconocía por completo aquella
variante del sexo. No sabía que sus mullidos labios podían utilizarse para otra
cosa distinta que dar besos más o menos húmedos. Así que, cuando aquel tiparraco le acercó la verga a la cara,
instintivamente echó el rostro hacia otro lado, gesto que me molestó un poco. No era lo acordado, debía someterse sin
reservas y eso me dolía. Me había desobedecido pero pensé que, al fin y al
cabo, era sólo una niña y todo aquello verdaderamente le sobrepasaba.
Afortunadamente para mí el buen señor no se conformó ante
la negativa y la agarró firmemente de la cabeza, golpeándole la cara con el
cipote.
– Venga,
bonita, ábrela para mí. Te gustará…
Pero Gabriela no
parecía muy dispuesta a cooperar y cerró los labios a cal y canto. Tanto se preocupaba de defender su boca que
desguarneció sus partes bajas y esa fue su perdición. El tercero de los hombres
aprovechó su momento ensartándole la verga en la vagina completamente a
placer. Mi niña lazó un alarido, hecho
que aprovechó el que acosaba su rostro para meterle la polla por la boca. Hice
un primer plano antológico del rostro de la niña llenándose de carne, hinchado
como un globo. Tenía una cara de asco terrible,
a duras penas podía contener la arcada mientras él le follaban la boca. Las lágrimas no tardaron
en aparecer en sus pupilas azules.
Visto con perspectiva
no me extraña, aquellos tipos no eran precisamente el paradigma de la
limpieza y una sucia verga no es el mejor inicio en el arte de la felación para
nadie y menos para una niña.
– ¡Eso es,
chiquita!
– ¡Dale duro,
Juan! – Les jaleaba el otro desde el suelo.
Les costó algo coordinarse a la pareja de sudamericanos
pero cuando lo hicieron el espectáculo valió la pena. Gabriela apretaba los puños mientras los
otros dos gozaban de su cuerpo sin mesura. Lloraba como una Magdalena y de su boca
brotaban espumarajos de babas pero aguantó el envite bastante bien,
dadas las circunstancias. No lo debía
hacer nada mal a pesar de su inexperiencia porque, pasados unos minutos, el
galán que gozaba su boca se vino en ella. Lo supe de inmediato ya que la regada
de nuevo sorprendió a la chiquilla llenándole de proteína masculina. Suerte tuvo él semental de andarse con ojo y
sacársela a toda prisa, ya que, de no haberlo hecho de ese modo, la dentellada
que hubiera recibido hubiese sido de órdago.
– ¡Uf, qué
bueno! – Dijo el hombre al eyacular en
la garganta de mi niña.
Ella agachó la cabeza y el esperma brotó como un geiser
de su boca, entre tosidos y convulsiones. Se formó bajo Gaby un charquito
blancuzco que enseguida se entremezcló con su cabello, que caía hasta el suelo
totalmente alborotado mientras el tercero en discordia seguía follándola.
– ¡Muévete,
perra! - Gritó el que disfrutaba su
vagina, y no conforme con la pasividad de la chiquilla le lanzó una palmada en
la nalga para que ella pusiese algo de su parte.
Gabriela acató el mandato y acompasó sus movimientos con
el semental logrando que la penetración fuese más intensa.
– ¡Eso es,
putita! ¿Ves como si pones interés la cosa mejora?
Y como premio le soltó un segundo cachete que marcó su
culito de un rojo tenue.
Entre tanto yo me las ingeniaba para enfocar lo mejor que
podía con una mano mientras me daba placer con la otra. Intentaba alargar mi momento lo más posible,
no quería perderme detalle de la follada. En aquel momento no sabía cuándo
volvería a presenciar algo semejante. Lo
que terminó de matarme fue cuando mi pequeña princesa arqueó la espalda y alzó
su rostro sudoroso hacia donde yo me encontraba. Hermosa, radiante, con una
media sonrisa endiabladamente sexy y la barbilla cubierta de esperma. Parecía
otra, parecía Silvia en estado puro.
Apenas verla me manché los zapatos con mi propia esencia.
Ella alcanzó el clímax de manera estridente y eso motivó
todavía más al macho que la cubría.
Aquel tipo buscó su orgasmo con ahínco y en lugar de contenerse lo dio
todo contra el cuerpo de mi chiquilla. El espectáculo fue tremendo. Gabriela
parecía una muñequita de trapo entre las garras de aquel animal. Fue tan
violento que parecía querer partirla en dos.
Cuando todo terminó apenas le di tiempo a Gabriela para
recuperarse. Le ayudé a colocarse el vestido rápidamente y la saqué de allí en
volandas.
– Vuelva
cuando quieras, míster. Puede grabar cuanto le plazca.
– Tráenos a
la princesa de vuelta otro día.
– Ese culito
necesita mi vergota…, putita…
Conforme nos alejábamos de allí iban ahogándose sus risas
e improperios. En cuanto llegamos al
coche me alejé del lugar lo más rápido que pude. Sólo allí me di cuenta del aspecto deplorable
de Gabriela. Realmente daba pena
verla. Al detenernos en el siguiente
semáforo quise limpiarle la cara de esperma pero ella rechazó la ayuda con un
seco:
– ¡No me
toques! - Me gritó apartándome la mano
con firmeza.
Fue la primera vez que me gritó en su vida.
Al llegar a casa se encerró en el baño, algo que no había
hecho jamás hasta entonces. Sentado en
un sillón, derrotado y abatido, esperaba yo sus reproches por lo ocurrido.
Escuchaba su ir y venir del lavabo a su cuarto pero no tenía el valor
suficiente para acercarme a ella. Después, se encerró en su habitación dando un
portazo. No tuve las agallas suficientes como para pegar
mi oído a su puerta como hacía otras veces por si escuchaba sus gemidos. Lo
sucedido aquella tarde era tan excesivo que ni siquiera se me pasó por la
cabeza que pudiera estar tocándose.
Al día siguiente huí cobardemente de mi casa,
refugiándome en mi trabajo. Ni siquiera
entré a su cuarto a despedirme como acostumbraba. Me limité a gritarle desde el
pasillo el menú del almuerzo y dos o tres cosas de lo más intranscendentes.
Apenas me centré en mi tarea durante la jornada laboral,
mi mente daba vueltas intentando buscar algo coherente que decirle. Con
una torpeza infinita, inventé una disculpa
tan débil como mi moral. La ensayé decenas de veces durante el trayecto hasta
nuestra casa pero al llegar no hubo
lugar a exponerla: Gabriela se plantó ante mí
maquillada en exceso, vestida con sus botines altos, su minifalda más
corta y su top más ajustado.
No hizo falta que me dijese nada, bien sabía yo lo que
quería. Se limitó a lanzarme las llaves de mi coche. Nos íbamos de caza y, con
ella como arma, cobrarse piezas era un juego de niños.
Noche tras noche
recorrimos durante aquel tórrido verano todos y cada uno de los
callejones tanto de nuestra ciudad como de la capital cercana, a cuál más
sórdido y deleznable. Gabriela se folló
a cuantos tipos se fue encontrando en ellos, sin importarle edad, raza estado
físico. Y digo bien, se los tiró ella y no al revés ya que era mi niña la que galopaba encima de
aquellos desarraigados uno tras otro sin parar. Más de una noche agotaba las
baterías de la cámara y hubo ocasiones en las que ni aun así tuvo suficiente mi
pequeña. Más de una vez el sol de la mañana la descubrió con la cabeza metida
en la bragueta de tipos a los que ni las profesionales más curtidas hubiesen
tenido estómago de satisfacer.
Ni qué decir tiene que, durante aquellas madrugadas yo me masturbaba tantas veces que nada
brotaba ya de mi agotado cuerpo. Lo
normal era que me doliesen los huevos de camino a casa, con el sol rayando el
horizonte.
Recuerdo
especialmente una noche en que la niña estaba tan agotada tras una intensa
ración de sexo que tuve que introducirla yo mismo en su cama. Resultaba
grotesco al tiempo que excitante verla dormir entre sábanas con motivos
infantiles, vestida como una puta y con los restos de esperma ensuciando tanto
su cabello como la comisura de los labios. La desnudé por completo y estuve
mirando su plácido reposo durante un buen rato.
No negaré que verla en aquel
estado me provocó un leve cosquilleo en la entrepierna pero siempre he pensado
en que aquella reacción, lógica por otra parte, se debía a más a su semejanza
física con la desgraciada Silvia que por ella misma: satisfaciendo su apetito
sexual, madre e hija se asemejaban la una a la otra como dos gotas de agua.
Aquel verano fue
toda una locura, un antes y un después en nuestras atormentadas vidas: mientras
sus compañeras de curso estaban de vacaciones en la playa o en algún campamento
de verano, Gabriela realizó un máster en sexo
follando con desconocidos.
Pasados los años reconozco que fue una auténtica suerte
que mi pequeña no contrajese alguna enfermedad venérea o algo peor pero también
es cierto que la niña aprendió latín en relación al sexo durante aquel largo
periodo estival.



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