CRISTINA CAPÍTULO 3

 



Ese día había vivido cosas inimaginables. Me manosearon no sé cuántos hombres y me violó un degenerado inmundo. Sin embargo, don Tito me había salvado y defendido. Se convirtió en mi héroe pese a ser el causante de todo. No pude dejar que se fuera. Estaba tan choqueada y excitada a la vez que no podía dejarlo irse y dejarme sola.

 

 

El Espacio de las Pequeñitas… :3 …

 

 

―¿A dónde cree que va? ―Me levanté y me acerqué. Lo tomé de la mano y lo conduje a la cama. Desabroché su cinturón y bajé sus pantalones―. No quiero que me dejé sola, don Tito. No ahora, cuando más lo necesito.

 

Él me sonrió de esa malévola forma que ya había aprendido a apreciar. Con ese gesto ruin me hacía sentir violada y usada. Me sorprendió entender que don Tito tenía la capacidad de excitarme solo con ese tipo de detalles. La perra en mí lo necesitaba y no tuve fuerzas para negárselo. Lo invité a quedarse y él tuvo la cortesía de penetrarme por el culo; incluso fue considerado, lo hizo con cariño.

 

Mi viejo Tito tenía la tranca erecta y dura. Después de ver el espectáculo del bus y de escuchar mi relato de cómo me habían violado es ese mugriento taxi, de seguro necesitaba del placer que yo podía darle. Él me había salvado de los perros que querían obligarme a saciarlos, y él había golpeado y humillado al Cholo, al tipejo que se jactaba de abusar de su sobrina. Y yo lo necesitaba.

 

Estaba tirada de espaldas sobre la cama, con las piernas abiertas y encogidas a más no poder para darle paso libre a su cuerpo sobre mí. Sentí su vigorosa tranca culeándome, palpitando con poder dentro de mi ano; y abracé su robusto cuerpo, lleno de canas. Ese era el hombre que me había salvado, que me había defendido. Era mi macho. Lo besé con cariño, como nunca; pues siempre había sido con ese excitante asco que me provocaba al obligarme, cuando yo dejaba que metiera su lengua en mi boca. Esta vez yo metí mi lengua en su boca, buscando la suya para quedar completamente enlazados, respirando el mismo aire, compartiendo la misma saliva, restregando el mismo sudor entre nuestros cuerpos desnudos. Fue un beso de amor.

 

―No se corra en mi cola, don Tito ―dije después de un rato―. Quiero que me preñe.

 

Sin despegarse de mi cuerpo, solo con la habilidad de sus caderas, don Tito sacó el pico que llenaba mi agujerito posterior.

 

―¡Aah! ―exclamé tiernamente, cuando, provocándome un placentero dolor, su capullo dilató mi anillo rectal. Inmediatamente después, sentí un angustioso relajo cuando la misma entrada se contrajo, vacía ya de la carne que la gozaba.

 

Cuando don Tito hizo ademan de soltarme de su abrazo, seguramente para guiar su aún insatisfecho pene hacia mi hambrienta concha, sentí una angustia terrible. Estaba excitada a un nivel desconocido para mí. Ya no era solo la perra traicionera que siempre destrozaba mi cordura. En ese momento mágico, sentía que las dos gozábamos del viejo vecino, formando un trio perverso. Él, enfermo de calentura, ella, loca de lujuria, yo, hambrienta de cariño.

 

―No, por favor, no me suelte ―balbuceé―. Abráceme, abráceme ―le supliqué, mientras compensaba mi pedido con un movimiento de caderas que buscaba la punta de su verga perdida. Nos besábamos apasionadamente cuando mi extasiada y húmeda concha alcanzó su hinchado glande.

 

―¡Aaaahhhhh! ―gemí, cuando un oportuno empellón por parte de don Tito nos volvió a acoplar en un solo ser―. Aaaah. Ah, ah…, aaaahh ―seguí, cuando sus envistes se volvieron más agresivos.

 

Sentía su potente abrazó sobre mi cuerpo al mismo tiempo que gozaba de sus esfuerzos por llegar hasta lo más profundo de mi ser con su fabuloso órgano penetrador. El placer era sublime al tener a don Tito amándome, pero supe que podía ser aún más intenso. Solo necesitaba ser honesta. Entregarme por completo a él, abriendo mis fantasías, desnudando a la perra encerrada en mí, entregándosela en bandeja de plata.

 

―¡Llámeme puta, don Tito! ―le pedí entre gemidos―. ¡Aah! ¡Dígame…, ah, que soy…, una sucia! ¡¡¡PUTA!!! ¡Aaah! Mmmm.

 

―¡¡¡PUTA!!! ―me gritó con ira―. ¡¡¡PUTA!!! ¡¡¡PUTA!!! ¡¡¡PUTA!!!

 

Y más fuerte me dio. Más brutales fueron sus embestidas al chocar con mi entrepierna, combinando el sonido del violento contacto de las carnes con el húmedo chapoteo de nuestro insano apareamiento.

 

Chupábamos nuestros rostros con hambre. Pensé en lo fabuloso que sería tener otra pichula para meterme a la boca, casi me corrí imaginando que podría ser la de Pablo, mi marido, quien me la prestara para chuparle la excitación de ver a su mujer violentada de esa manera.

 

La lengua de don Tito se metía por mi oreja, se paseaba por mi nariz y sobre mis ojos, y chorreaba baba dentro de mi boca. Yo respondía lamiendo su cuello y su barbilla. Inclinando mi cabeza y forzando mi cuello al máximo, me permitía lamer su pecho peludo. Encontraba sus pezones rodeados de canas y los relamía con ansias. Me agarraba violentamente del pelo para guiar mis deseosos besos ahí donde los deseaba. Lamí todo su rostro, limpiando su sudor, así como él recogía el mío, mientras me follaba cada vez con más pasión e ímpetu. Apenas se alejaba por unos segundos de mi cuerpo para contemplar mis tetas, que saltaban al ritmo de sus acometidas. Las chupaba un poco, lastimando con sus dientes mis pezones.

 

―¡Ay! ―exclamaba cuando un mordisco castigaba mis ubres―. ¡Ay! ¡Ay! ―me quejaba, cuando mordía mis brillantes senos. Pero no lo apartaba, lo dejaba. Y él volvía, volvía a fusionarse a mi cuerpo, nuestras bocas volvían a pegarse, nuestros alientos volvían a fundirse en un remolino de calentura.

 

―¡Ruégame que te suelte, puta! ¡Grítame que soy un viejo asqueroso que no te merece! ―me pidió de repente. Me sentí extasiada de felicidad. Al igual que yo, el abrió su morbo y desnudo sus fantasías para mí. Lo amé por eso―. ¡Dime que eres una mujer casada!

 

―¡Suéltame maldito viejo! ¡Sáquemela! ―lo complací, sintiendo calambres de morbo al hacerlo―. ¡No quiero su pichula en mi cuerpo! ―No solo él disfrutaba de mis insultos y suplicas, de mi desprecio fingido. Yo también gozaba al verlo enardecerse, al escucharme renegar del placer que sentía, mientras mi cuerpo se aferraba al suyo con furiosa codicia―. ¡Suélteme, don Tito! ¡¡Soy una mujer casada!!

 

―¡Toma, puta! ¡Te tengo toda la concha llena! ¡Me pides que te la saqué, pero tu choro me la chupa toda! ¡Eres la señora más puta! ¡La puta más buena! ―me insultó. Él sabía. Ya no solo estaba metido en mis carnes, sino que también en mi cabeza. Violaba mis sentidos, mi morbo, mi inconsciente, y lo hacía con la misma violencia con que penetraba mi cuerpo―. ¡Tu marido debería estar aquí, para ver cómo te meto toda la pichula, putaaaa!

 

―¡No!, ¡viejo caliente! ¡Aah! Mmmmm, ¡aaahh! ¡Aaaah!

 

De pronto sentí la agonía en su respiración. Supe que ya no aguantaba más. Sin embargo, yo estaba en un éxtasis tal, que no podía permitírselo. Sentí que no era suficiente. Mi instinto quería que mi macho me preñara y algo me decía que para lograrlo debía darle más, debía ayudarlo para que fuera capaz de entregarme su semilla más potente, para ser suya para siempre.

 

―Don Tito ―le susurré con pasión―. No se vaya. No acabe todavía, por favor ―le supliqué, esta vez, con toda sinceridad―. Déjeme recargarlo más. Déjeme invocar su semilla. Déjeme engordar sus bolas.

 

Por un momento me miró con el gusto grabado en la cara, justo antes de cerrar sus ojos para concentrar toda su fuerza de voluntad en complacerme. Sus embistes se detuvieron y pude ver el esfuerzo en su rostro al retener la eyaculación que pugnaba por derramarse dentro de mí. Completamente ensartada, sentí la rigidez de su falo, contenida en una puja permanente, levantando las barreras internas de sus músculos perineales, conteniendo el semen, manteniéndolo en sus peludos testículos.

 

Admiré como libraba esa batalla. Otra vez luchaba por mí, esta vez contra su propio frenesí. Acaricié su rostro, rezando por su victoria. Cuando vi que sus gestos se relajaban, me permití volver a besarlo. Tiernamente humedecí sus labios y los acaricié con los míos.

 

―Gracias, don Tito― le dije entre mis delicados besos―. Ahora déjeme engordárselas. Quiero que hoy me preñe. Quiero convertir su semen en leche sagrada.

 

Dejó que lo sacara de mí y que lo empujara para dejarlo de espaldas en la cama, ahí, justo en el lado donde Pablo dormía todas las noches, donde mi marido se recostaba a ver una película los fines de semana. Se me ocurrió hacérselo saber y no me reprimí.

 

―Mi marido duerme ahí, don Tito ―le dije, mientras me incorporaba para hincarme a un costado de él. De inmediato una de sus manazas capturó una de mis nalgas y la amasó con pasión.

 

―Si supiera lo puta que eres, zorra. Si supiera lo sucia que es su putita.

 

―Pablo es mi marido ―respondí, apremiante―, soy su esposa, su mujer ―le aseguré―. Pero no soy su puta. Isssffh. Yo soy la puta de usted, don Tito, mmmm, soy su hembra y usted es mi macho, ooohh. ―Así me declaré suya, casi gimiendo, mirándolo a los ojos mientras mi mano rodeaba las robustas bolas que contenían el perverso simiente de su ser.

 

Aquella malévola sonrisa otra vez. Una potente palmada resonó en la habitación y le devolví la sonrisa. Era mi dueño y yo necesitaba de él, como una perra que no se imagina el mundo sin su amo.

 

Mis deseos me llevaron a mirar su tremendo pico. Estaba embadurnado de nuestros fluidos, y lloraba goterones blancuzcos que demostraban que la lucha por retener su eyaculación había sido encarnizada. Se me hizo agua la boca al contemplar aquella magnifica verga, que, hasta hace solo unos minutos, había estado enterrada por completo en mi encharcada vagina, y que, antes de eso, se había abierto paso en mi recto, haciéndome suya de la manera más ruin. No lo dudé. Me acerqué a oler la calentura mezclada de ambos y, con apetito, rescaté todo el semen que don Tito no alcanzo a retener. No desperdicié ni una gota, inclusive, los restos que yacían perdidos entre su barriga y su peluda ingle terminaron absorbidos por mis hambrientos lametones.





―Eso puta, cómetela toda, dale cariño a esa pichula ―me pidió, y estuve contenta de complacerlo. Me aseguré de que me viera tragar, exagerando el gesto con mi garganta, como si tragara un gran sorbo de medicina.

 

―Mmmmm. Esta rico, don Tito, muy rico, mmm. ―dije sinceramente. Luego relamía mis labios para demostrarle que no dejaba que nada se perdiera.

 

Me esforcé varios minutos, que sentí muy cortos, limpiando y chupando su tremendo falo y las inmediaciones de su peluda ingle. Pero faltaba lo mejor. El gran objetivo estaba un poco más abajo y, pese a mis ansias, lo reservé para el final.

 

Amasé las peludas bolas de don Tito con cariño reverencial.

 

―¿Aquí esta guardada su semilla, don Tito? ―le pregunté, deslumbrada, sin dejar de observar los enormes testículos. Agradecí cuando abrió sus piernas, dejándolos más expuestos a mi admiración.

 

―Todo el moco del mundo para ti, putita ―me animó. ¡Ay!, ¡cómo me encantaba que me llamara así!

 

Me hinqué más atrás, quedándome en cuatro, para así poder llegar ahí abajo a lamer las gordas bolsas de cuero que cautivaban mis sentidos. La ingle de don Tito era muy peluda, pero sus bolas estaban cubiertas por vellos muy cortos. Parecían un par de duraznos. Disfruté bañándolos con mi saliva, recorriéndolos con mi lengua. Los gemidos de don Tito me convencían de que con mi cariñoso tratamiento lograba que se crearan más espermios al interior de sus testículos.

 

Las manos de don Tito apretaban mis tetas con cierto cariño y me golpeaban el culo con cierta violencia. Estaba totalmente desnuda para él y, a cambio, me dejaba amar su escroto con pasión lamedora.

 

―Ve más abajo, puta, lámeme el culo ―me pidió. Así que levanté sus testículos y me permití recorrer con la punta de mi lengua todo el espacio que apareció entre ellos y el encuentro de las nalgas peludas, que, por cierto, tampoco pude dejar de lamer.

 

―Aaaahhh, ooooh, iiiisssssh ―escuchaba a don Tito disfrutar. No tardó en permitirle a sus manos acariciar mi cabello mientras yo degustaba sus partes más secretas.

 

Estaba ida. Nunca hubiera pensado que podría entregarme a ese nivel a satisfacer las turbias perversiones de aquel viejo. Pero en ese momento no era “aquel viejo”, era mi macho, era el hombre que me había protegido y defendido. Sí, de los mismos monstruos a los cuales me entregó, pero no me importaba. En ese momento era mi macho y yo era puro delirio. Quería quedar preñada y mi instinto de hembra me decía que aquel miserable era el macho alfa del territorio. Y yo adoraba, lamía y masajeaba con mis labios el recibiente y fábrica de su simiente. La quería para mí, solo para mí.

 

―Don Tito ―lo urgí de pronto―. Por favor, llené sus bolas de leche, estos ricos duraznos, por favor, engórdelos de semen.

 

―Claro, putita, sigue así, regalonéalos a ellos y a mi Pichulón y te darán lo que quieras. Te daré toda mi leche. Te llenaré tu hambrienta zorra y derramaré mis mocos hasta lo más profundo de tu cuerpo.

 

Lamí y chupé con más ahínco, entusiasmada por las promesas del viejo, de mi macho. Sentí que los bolones de carne engordaban con cada gemido de don Tito, con cada lametón sobre ellos y bajo ellos. Por allá, donde sus nalgas ocultaban su culo, mi lengua se afanaba por llegar a él.

 

―Pichulón, Pichulón, por favor, hazte fuerte, carga tus duraznos de moco para mí ―le dije a la herramienta que, eternamente erecta, yacía inclinada hacia un lado sobre la barriga de Don Tito. Sentí que la había abandonado por mucho tiempo, pues estaba llorando, con su cabeza llena de viscosas lágrimas. Sentí que debía atenderla, incluso disculparme por mi descuido―. Perdóname, mi amor ―me disculpé con la hermosa barra de carne―. Ven para acá que te demostraré cuanto te quiero. ―Y la tomé fuertemente, y la estrangulé, obligándola a entregarme más lágrimas. Me las comí. Estaban deliciosas. Estaban tibias y frescas, y tenían el sabor salado espeso del fluido preseminal que no está completamente libre de espermios―. Estas delicioso, Pichulón ―seguí hablándole, extasiada por su promesa de leche―. ¡Ven!, ámame, ámame por la boca ―le rogué y lo ayudé a meterse entre mis labios. ¡Dios! Qué caliente y rico estaba. Lo tomé con ambas manos, para cubrir la superficie que mi boca no era capaz de engullir, y lo masturbé con desesperación, tragándome todo lo que escupía aquel palpitante glande―. Pichulón, Pichulón, ay, Pichu… mmmmmm, que rico, Pichulón. ―Las manos de don Tito cayeron sobre mi cabeza para violentarla contra su instrumento amatorio. Liberé una mano para masajear sus huevos peludos, sintiendo en mis caricias como engordaban de leche caliente.

 

―Eso, puta. Trátalo bien. Dile que lo quieres más que al insignificante pico de tu marido.

 

―Pichulón, ay, mmm, ay, que rico, Pichulón, te amo, te amo. Eres tan gordo y fuerte. Ah, mmmm. El piquito de Pablo no se compara contigo, mi amor. Pichulón rico, ay mmmm ah ―le dije extasiada. En ese momento sentía que aquel robusto falo tenía vida propia. Hasta me olvidé de don Tito, mientras le confesaba mi amor a su mástil de carne.

 

De pronto don Tito me agarró del pelo y me apartó de mi adorado Pichulón. Se paró y me dejó tirada sobre la cama. Puso sus puños en su cintura y me miró, desnudo, con su mástil rebotando en el aire de la tensión que soportaba.

 

―Bien, están llenos, putita. Tengo las bolas cargadas de semen fértil ―me dijo con malicia y satisfacción―. ¿No querías que te preñara? Pues estoy listo.

 

No pude evitar sonreír como niña con muñeca nueva. Me sentí dichosa ante su promesa de impregnarme con su semilla.

 

―Gracias, don Tito. No se arrepentirá, estaré en deuda por el resto de mi vida con usted. ―Me sentía la hembra más afortunada de la ciudad.

 

―Te voy a dar como la perra que eres ―me prometió. Agarró un cojín de la cabecera de la cama y  allá, donde sus nalgas ocultaban su culo, mi lengua se afanaba por llegar a él.

 

―Pichulón, Pichulón, por favor, hazte fuerte, carga tus duraznos de moco para mí ―le dije a la herramienta que, eternamente erecta, yacía inclinada hacia un lado sobre la barriga de Don Tito. Sentí que la había abandonado por mucho tiempo, pues estaba llorando, con su cabeza llena de viscosas lágrimas. Sentí que debía atenderla, incluso disculparme por mi descuido―. Perdóname, mi amor ―me disculpé con la hermosa barra de carne―. Ven para acá que te demostraré cuanto te quiero. ―Y la tomé fuertemente, y la estrangulé, obligándola a entregarme más lágrimas. Me las comí. Estaban deliciosas. Estaban tibias y frescas, y tenían el sabor salado espeso del fluido preseminal que no está completamente libre de espermios―. Estas delicioso, Pichulón ―seguí hablándole, extasiada por su promesa de leche―. ¡Ven!, ámame, ámame por la boca ―le rogué y lo ayudé a meterse entre mis labios. ¡Dios! Qué caliente y rico estaba. Lo tomé con ambas manos, para cubrir la superficie que mi boca no era capaz de engullir, y lo masturbé con desesperación, tragándome todo lo que escupía aquel palpitante glande―. Pichulón, Pichulón, ay, Pichu… mmmmmm, que rico, Pichulón. ―Las manos de don Tito cayeron sobre mi cabeza para violentarla contra su instrumento amatorio. Liberé una mano para masajear sus huevos peludos, sintiendo en mis caricias como engordaban de leche caliente.

 

―Eso, puta. Trátalo bien. Dile que lo quieres más que al insignificante pico de tu marido.

 

―Pichulón, ay, mmm, ay, que rico, Pichulón, te amo, te amo. Eres tan gordo y fuerte. Ah, mmmm. El piquito de Pablo no se compara contigo, mi amor. Pichulón rico, ay mmmm ah ―le dije extasiada. En ese momento sentía que aquel robusto falo tenia vida propia. Hasta me olvidé de don Tito, mientras le confesaba mi amor a su mástil de carne.

 

De pronto don Tito me agarró del pelo y me apartó de mi adorado Pichulón. Se paró y me dejó tirada sobre la cama. Puso sus puños en su cintura y me miró, desnudo, con su mástil rebotando en el aire de la tensión que soportaba.

 

―Bien, están llenos, putita. Tengo las bolas cargadas de semen fértil ―me dijo con malicia y satisfacción―. ¿No querías que te preñara? Pues estoy listo.

 

No pude evitar sonreír como niña con muñeca nueva. Me sentí dichosa ante su promesa de impregnarme con su semilla.

 

―Gracias, don Tito. No se arrepentirá, estaré en deuda por el resto de mi vida con usted. ―Me sentía la hembra más afortunada de la ciudad.

 

―Te voy a dar como la perra que eres ―me prometió. Agarró un cojín de la cabecera de la cama y lo puso a la altura de mi abdomen―. Échate ahí, perra ―me ordenó, y yo obedecí. Me tiré sobre el  voluminoso almohadón, quedando con la cola apuntando al techo―. ¡Eso, puta!, para el culo para tu macho ―me dijo, y me dio tremendas y sonoras palmadas en las posaderas. Se volvió a subir a la cama y se acomodó detrás de mí. Amasó mis carnes con pasión, mientras me decía con el mismo ímpetu―: ¡Qué tremendo pedazo de culo que tienes, Cristina! Todos esos hijos de puta que te puntearon en aquel bus darían la vida por tenerte así.

 

―Pero soy suya, don Tito, soy su puta, de nadie más ―le dije, orgullosa.

 

Él sonrió. Algún día le confesaría lo caliente que me ponía la mirada malévola que acompañaba ese burlesco gesto.

 

―Ande, por favor, ¡poséame!, ¡préñeme! ―le rogué sin poder aguantar el ansia de sentir su arma cargada dentro de mí.

 

Gracias a Dios me hizo caso y me soltó las nalgas y se abalanzó encima mío como un potro monta una yegua. Primero sentí a Picholón abriéndose paso entre mis carnes, estaba tibio y duro como tanto me gustaba. Luego, el robusto cuerpo de don Tito cayó sobre mí, apresándome bajo su gorda anatomía. Su peludo pecho araño mi espalda con sus duras canas y hasta pude sentir sus pezones rozar mis omoplatos con el vaivén de las estocadas que me propinaba.





―¡Aaah! ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Aaah! ―exclamé ante la ansiada cogida que me dio. Sus caderas eran como una potente prensa que me estampaba tremendos acoplamientos. Aquel viejo se convirtió en una máquina, “una máquina de fertilización”, pensé, ida en una excitación animal―. ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Eso, don Tito! ! ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Deme lo que necesito! ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Deme lo que un macho le debe dar a su hembra!

 

―Jaja, puta. A este macho le gusta gozar a sus perras. Aguanta que cuando lo merezcas, lo vas a tener ―me prometió.

 

Y yo entendí.

 

―¡No! ¡Aaah! ¡Suéltame, viejo asqueroso! ¡Aaah! ¡Sácamela! ―le grité, multiplicando el placer que sentía con cada palabra―. ¡No! ¡Viejo animal! ¡Aaah! ¡Deja de violarme! ―Cada silaba se convertía en una corriente eléctrica que con cada estocada manaba de su poderoso Picholón ―. ¡Aaah! ¡Sáqueme su asquerosa pichula, don Tito! ¡Aaah!

 

―¿De verdad eso quieres?, ¡puta! ―me preguntó al oído. Del pelo me agarró para obligarme a escucharlo fuerte y claro.

 

Tan esperanzada y atrofiada mente excitada estaba que me asusté como una niña ante la amenaza de un adulto. No aguanté ni siquiera la posibilidad de que me quitara el placer de recibir su semen.

 

―¡¡No!!, don Tito, ¡por favor!, no me dejé. Sígame culeando, ¡por favor! ―le rogué y, gracias al cielo, él siguió follandome como el macho que era―. ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Aaah!

 

Metió las manos debajo de mi cuerpo y me agarró las tetas con fuerza desenfrenada, y las uso como soporte para asestarme estocadas aún más furiosas.

 

―¡Aaah! ¡Aaayyyy! ¡Aaah! ¡Aaayyy! ―gemí por calentura y placentero dolor―. ¡Ay! ¡Aaaah! ¡Me lastima, don Tito! ¡Me hace daño! ―le confesé sin esperar que se detuviera. No me decepcionó―. ¡Aaah! ¡Aaayyyy! ¡Aaah! ¡Aaayyy!

 

De pronto don Tito me agarró de la cadera, saco el cojín de debajo de mí y me giró para dejarme de costado.

 

―Ahora vas a ver, puta, como un verdadero macho preña a su hembra ―me amenazó deliciosamente. Su voz irradiaba ira y lujuria descontrolada. Temí por mi cuerpo, temí el dolor que estaba destinado a sentir. Pero él se mostró entusiasmado, meneándose bajo el control de la perra que ahora dominaba mis actos. Don Tito tomó mi muslo y lo levantó hasta dejarlo pegado a su pecho, metió una de sus piernas entre las mías al mismo tiempo que la otra me la encajaba entre las nalgas, quedando entrelazados en una perfecta llave. Sentí como su verga entró hasta donde nunca pensé que podría llegar. Me quedé sin respiración, completamente llena con su tieso pedazo de carne. Aquella bestia que tanto amaba me martirizo de una manera despiadada y violenta. Estaba orgullosa de ella. Don Tito fue poco menos que indulgente, no sé si por querer alargar su placer o por el grito de dolor que escuchó con la profunda puñalada.

 

―¡¡¡Aaaaaah!!! ―grité y gemí al mismo tiempo. Sufrí y disfruté de una forma sublime. ― ¡Aaaaaaaaaaaaaayyyyy! ―continúe gritando en un susurro de angustia. Me faltaba el aire. Nada ni nadie me había preparado para algo así. Apenas respiraba para mantenerme con vida mientras sentía la profundidad de las delicadas estocadas que don Tito empezó a propinarme―. ¡Aaaaaaaaaaaaaah! Qué…, qué…, ri…, co… ¡Aaaaaaaaaaaaaah!

 

―Ssssshhiiiii, tranquila, yegua ―me tranquilizó como si fuera una sufrida perra pariendo―. ¿No querías macho? Aquí lo tienes, ¡metido hasta donde tu marido nunca llegara!

 

Sus movimientos eran cuidadosos, pero estaban cargados de pasión. Eran hábiles y dolorosos, potentes y desgarradores, amorosos e insanos. Me agarró las tetas con una mano y me metió los dedos de la otra en la boca. Se los chupé con hambre. Eran parte del cuerpo de mi macho, los deseaba, mi lengua jugo con ellos, ensalivándolos, saboreándolos.

 

―¡Eres mía, Cristina! ¡Mía como nunca lo serás de tu marido! ―me dijo con rabia, pegado a mi oído. Hambriento me lamió el cuello hasta las orejas. Su respiración se transformaba en gemidos lastimeros cuando exhalaba su pasión sobre mi rostro. Sus labios rosaban mis mejillas cuando me decía―: ¡Puta! ¡Puta! ¡Puta! ¡Aaaah! ¡Puta! ¡Mmmmm! ¡Eres tan rica, putona hija de perra! ―Y yo chupaba con más ganas sus gordos dedos, imaginando que su mano era un pulpo de vergas, vergas de mi macho.

 

―Don… Tito, don… Tito. ¡Aah! Deme… la. Ya no… mmmmm… aguanto más ―dije, como pude, cuando me sacó los dedos de la boca para apoyarse sobre la cama―. Se lo ruego. ¡Ah!, por favor, ¡Préñeme!

 

El empezó a rugir como un demente. Supe que venía. No podía ser otra cosa. El cuerpo de don Tito empezó a convulsionar como nunca lo había sentido. Metió sus manos por detrás de mí cuello y las entrelazó sobre mi hombro. Sentí la fuerza de sus brazos cuando su poderoso abrazo me propinó las puñaladas más profundas, dolorosas y placenteras de mi vida. Como un energúmeno, teniéndome ensartada de la forma más invasiva del mundo, don Tito me la metió como un vigoroso toro.

 

―¡¡¡AAAAAAGGGGGRRRRRH!!! ―Su grito fue poderoso, pero lastimero, como el de una bestia herida de muerte―. ¡AAAAAAAAGGGGGRRRRH! ―La misma pasión, pero con menos energía.

 

Comprendí que mi macho se desprendía de su divina simiente un segundo antes de sentir el poderoso chorro de leche que me inundo en lo más profundo de mis ovarios.

 

―¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAH!!!!!! ―aullé junto a él, en un orgasmo sin precedentes. Tanto placer sentí, tal fue el éxtasis que experimenté, que rugí, llena de energía, como si un rayo de lujuria me hubiera golpeado en plena tormenta de morbosos pecados―. ¡¡¡AAAAH!!! ¡¡¡AAAAH!!! ¡¡¡AAAAH!!! ¡¡¡AAAAH!!! ―no podía para de proferir. No era yo, no era la perra hambrienta de placer que luchaba conmigo, sino que era una sinergia entre la pasión de ella con el instintivo cariño que me había permitido rebalsar sobre nuestro macho―. ¡¡¡AAAAH!!! ¡¡¡AAAAH!!! ¡¡¡AAAAH!!! ¡¡¡AAAAH!!! ―Podía sentir como los chorros del rico semen seguían chocando con las paredes en mi interior. Si había un rincón donde aquella vigorosa verga no pudo llegar, en ese momento era invadido por la fuerza de la erupción del fértil capullo, el mismo capullo que unos minutos atrás me había dejado sorber sus deliciosas lágrimas―. ¡¡¡AAAAH!!! ¡¡¡AAAAH!!! ¡¡¡AAAAH!!! ¡¡¡AAAAH!!! ―Los gemidos de mi macho cesaron unos instantes antes de que los estertores de Pichulón mermaran definitivamente, dejándolo inerte dentro de mi cuerpo. Pero yo seguía convulsionando, sintiendo múltiples orgasmos estallar uno detrás de otro, como una bomba de racimo que barrio con mi cuerpo y psiquis por igual―, ¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAH!!!!!! ¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAH!!!!!! ¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAH!!!!!! ―No podía controlar la contracción de mis músculos, no podía controlar los salvajes estertores que me invadían, poseyéndome como el torrente de un brioso y caudaloso río―. ¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAH!!!!!! ¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAH!!!!!! ¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAH!!!!!! ―De pronto, después de infinitos minutos, quizá horas, quizá segundos, mi vista se nubló y ya no supe nada más. Me fui, me perdí no sé dónde. Solo sé que nunca había estado ahí.

 

 

 

***

 

 

 

Cuando abrí los ojos, apenas formando una ranura debido al descomunal peso de mis parpados, una intensa luz me obligó a cerrarlos otra vez. Me sentía drogada, apenas dominaba los músculos de mi cuerpo. Me obligué a enfrentarme a aquella luz y tras algún esfuerzo me acostumbré a ella y pude ver donde me encontraba.

 

El techo estaba formado por múltiples cuadriculas blancas, algunas de ellas brillantes, que eran las que me habían segado. No entendía dónde estaba, apenas podía mover el cuello para orientarme. Tampoco podía hablar. No razonaba, parecía encerrada en un sueño.

 

De pronto escuché la voz de un hombre.

 

―Los análisis arrojaron semen de dos hombres ―dijo con voz neutra.

 

―¡¿Qué?! ―oí una voz familiar.

 

―Eso significa que fueron dos agresores ―continuó la voz desconocida.

 

―¡Dios mío! ― exclamó la otra con pesar, y esta vez la reconocí. Era Pablo, mi marido. ¿O no?

 

Quise llamarlo, pero no pude. Volví a irme.

 

Cuando desperté, no sé cuántas horas después, los efectos del sedante se habían aligerado bastante. Reconocí una sala de hospital. Por un instante me asusté. No recordaba nada de lo que había pasado. Tardaría unos minutos en hacerlo. Vi a Pablo dormido en un sillón junto a mí.

 

―Pablo ―susurré.

 

El despertó de inmediato, saltó a sentarse en la cama y tomó mi mano. Lucía demacrado y se notaba que había llorado mucho.

 

―Mi amor, ¿cómo estás? ―me preguntó a modo de saludo. No espero respuesta de mi parte―. No te preocupes, todo saldrá bien.

 

―¿Qué pasó?

 

―No te esfuerces. El doctor dice que es normal que no recuerdes nada ―trató de tranquilizarme―. Ojalá nunca lo recuerdes ―dijo luego para sí.

 

―¿Qué pasó? ―exigí esta vez.

 

Pablo no pudo mantenerme la mirada, no sé si por temor a la pregunta que le hacía o por vergüenza, pues sus lágrimas volvieron a incordiar su rostro.





―Te atacaron, Cristina ―me dijo al fin, con un hilo de voz, sin mirarme―. Abusaron de ti en nuestra propia casa.

 

―No, Pablo… ―No completé lo que quería decir, pues ni yo lo entendía. Había despertado libre de quién sabe que droga o calmante. Pero no me sentía violentada. Al contrario, sentía mi cuerpo en un estado de relajo que ningún sedante podría conseguir. Era como si hubiera ganado una medalla olímpica después de un gran esfuerzo. Mi cuerpo, y toda entera, descansaba en un letargo magnifico, satisfecha por algo que no recordaba. Pero eso no podía ser resultado de un ataque, de una violación. Quería decirle a Pablo que estaba equivocado, que alguien le había informado mal. Estaba cansada, pero, de alguna forma, me sentía mejor que nunca. Quería decírselo, tranquilizar el evidente sufrimiento que sentía, cuando los recuerdos se arremolinaron en mi mente.

 

Recordé el bus y la tropa de desalmados que se aprovechó de mí. Me vi huyendo de la mano de don Tito de los animales que habían quedado prendados de mi sumisión. “Soy una mujer casada” resonó mi propia voz en mi cabeza. Me vi subiendo a un mugriento taxi. La angustia volvió a apoderarse de mí cuando me sentí atrapada en aquel vehículo, temiendo la posibilidad de que Pablo me sorprendiera ahí. Las manos, el peso del taxista sobre mí, su negra verga entre mis piernas. Y otra vez mi salvador. Don Tito apareció y me defendió, insultó e, incluso, golpeó al hijo de puta que me había violado en el asiento trasero de su taxi. Y los deseos locos que provocaron esas insanas desventuras volvieron a activar las chispas de placer por todo mi cuerpo. Cuando recordé el insano y maravilloso acto amatorio que mantuve con don Tito, no pude evitar que mi entrepierna se humedeciera otra vez. Inconscientemente llevé mis manos a mi vientre, preguntándome si habíamos conseguido en realidad nuestro propósito.

 

―Fueron dos tipos ―me dijo Pablo, volviéndome a la realidad.

 

―Sí ―quise decirle―. Fueron el Cholo y don Tito, pero solo el Cholo me violó.

 

―El vecino vio algo raro. Un tipo salió corriendo y dejo nuestra puerta abierta. Cuando llamó para ver si todo estaba bien, nadie respondió, así que entró y te encontró.

 

―Don Tito ―dije, casi sintiendo su aliento en mi oreja y su cuerpo sobre mi piel.

 

―Sí, don Tito ―dijo Pablo, extrañado―. ¿Lo recuerdas?

 

―Él me salvó ―le dije, aún media ensimismada. Y no falté a la verdad, porque, después todas las atrocidades que viví ese día, lo necesité para apaciguar los deseos de mi cuerpo, y él estuvo ahí para salvarme, convirtiendo una pesadilla en un caudal de placer que me llevó al éxtasis total.

 

No pude reprimir las lágrimas al rememorar el increíble orgasmo que había vivido. El solo imaginar que no podría volver a sentir algo así me produjo una congoja terrible.

 

―No he querido llamar a tus padres, ni a tus hermanas ―me informó en tono avergonzado. Entendí que se sentía culpable por todo lo que creía que había pasado. Él había sido el altruista que me propuso que empezáramos de abajo, sin la ayuda de nuestras familias. Por eso habíamos empezado nuestra vida de casados en el barrio donde él creía que me habían terminado violando. Seguramente no había tenido el valor de mirar a mi padre a la cara y decirle lo que le pasó a su hija. Me apiade de él. No podía decirle la verdad, pero tampoco soportaba hacerlo sufrir de más.

 

―Sí, gracias ―le dije en tono amoroso―. No habría aguantado tenerlos aquí, mirándome con reproche. ―Apreté cariñosamente su mano, haciéndole ver que no lo culpaba de nada.

 

Pero al mismo tiempo la culpa me invadió a mí. Me había comportado como una vil callejera y me esforcé en complacer los sucios deseos de don Tito, el hombre que durante la última semana me visitaba en casa y hacia conmigo lo que quería. No pude evitar pensar que esa última vez fue distinto a los otros días. Está vez me había entregado por completo. Al sentirme su esclava, sumisa en todas las formas imaginables, me sentí dichosa, libre como nunca lo había sido.

 

―Será nuestro secreto ―le dije a Pablo, sabiendo que no entendería el real alcance de mis palabras.

 

 

 

Al día siguiente me sentía mucho mejor. El doctor, en su ronda matutina, me dijo que esa misma tarde me daría de alta. Estaba ansiosa por irme a casa. Ya no soportaba tener a Pablo todo el día sufriendo a mi lado. La culpa me hacía sentir infame y cruel, pero comprendía que si le decía la verdad realmente lo destrozaría. Era mi marido y lo amaba, la sabia. Sin embargo, no podía sacar de mi mente lo que le había dicho a don Tito: Yo era la mujer de Pablo, pero la puta de él. Cuando lo recordaba me agarraba la cabeza, ¿cómo había llegado a eso?, ¿era la verdad o solo un impulso del momento? No lo podía negar, mi cuerpo seguía reaccionando a los recuerdos, a las actitudes desenfrenadas a las que me había entregado.

 

Cerca del medio día una enfermera entró a la habitación y le dijo a Pablo que teníamos visita. Nos miramos extrañados. Habíamos acordado que nadie de nuestras familias tenía que enterarse de lo sucedido. Pablo salió tras la enfermera. Cuando volvió, se quedó junto a la puerta para mantenerla abierta y dejar entrar a las personas que lo seguían. Eran la señora Raquel y su marido, don Tito, mi salvador.

 

Mi respiración se agitó de solo verlo. Tuve que toser para disimular mi entusiasmo. Crucé las piernas para contener las palpitaciones de mi vagina y rogué que no se notara la instantánea erección de mis pezones por sobre el camisón del hospital.

 

―Cristina, querida, ¿cómo estás? ―me saludó la vecina―. Héctor y yo hemos estado muy preocupados por ti.

 

Existen varios nombres que usan como diminutivo Tito. Nunca se me había ocurrido preguntarle a don Tito cual era el suyo.

 

―Bien, señora Raquel ―le respondí con una sonrisa forzada―. No fue nada muy grave. Hoy mismo me dan de alta ―le dije, suponiendo que nadie le había contado el detalle de lo que me habían hecho. Cuando miré a don Tito, esté me miraba con un semblante difícil de descifrar.

 

―Qué bueno que Héctor pasaba por ahí y se dio cuenta que algo pasaba. Sino quién sabe lo que estaríamos lamentando hoy. ―Con esas palabras Pablo y yo dimos por hecho que don Tito se guardó para él los detalles de su supuesto hallazgo. Pablo me había contado que don Tito le dijo a la policía que cuando entró en la casa me había encontrado desnuda sobre la cama, semi inconsciente. De inmediato me había envuelto con las sabanas y llamado una ambulancia. Yo respaldé su declaración aduciendo que recordaba algunas cosas de cuando él llegó.

 

―Estamos muy agradecidos con don Héctor, señora Raquel ―reconoció sinceramente Pablo. Esa misma mañana me había confesado lo mal que se sentía con don Tito, puesto que, además de todas las riñas antiguas que habían tenido, cuando yo aún seguía inconsciente, Pablo lo había acusado de tener algo que ver con lo que me pasó. “Estuve a punto de matarlo”, me había confesado Pablo. Sin embargo, después que yo confirmé su oportuna intervención en los hechos, se sintió muy mal por haberlo acusado injustamente. Por eso supe que las palabras dirigidas a la señora Raquel, también tenían la intención de disculparse con don Tito―. Pese a nuestros desencuentros anteriores, debo decirle, don Héctor, que me encuentro en deuda por lo que hizo por Cristina ―terminó diciendo Pablo, extendiéndole la mano a don Tito como muestra de conciliación.

 

Aquella morbosa situación me generó una extraña sensación. La misma que hubiera tenido si, en vez de darse la mano, don Tito estuviera escupiendo a Pablo a la cara mientras me follaba. Era una  mezcla entre desprecio y morbo, que inundo mi vagina de ansias por el hombre más fuerte de la habitación.

 

En ese instante la puerta se abrió y entró el mismo doctor de la ronda de la mañana. Traía un recipiente trasparente en una mano y un documento en la otra. Se disculpó por si era inoportuno y nos dijo que debía decirnos algo antes de llenar los papeles del alta. Seguramente pensó que don Tito y la señora Raquel eran mis padres porque nos planteó la cuestión sin tapujos.

 

―La ley nos obliga en estos casos a ofrecerle la pastilla del día después, Cristina ―dijo, dejando el recipiente que traía sobre la bandeja móvil de la cama. Pude ver que contenía solo una pastilla―. No es necesario que la tomé en este momento, pero si desea esperar y pensarlo, debe indicarlo en esta forma. ―Y dejó el documento sobre la misma bandeja. Luego se despidió y nos dejó.

 

La señora Raquel lucia impresionada. Recién cayó en la cuenta de la gravedad de lo sucedido. Tuvo el tino de guardar silencio, igual que todos los demás.

 

No podía creer lo que estaba sucediendo en ese momento. Tenía al alcance de mi mano la capsula que acabaría con cualquier posible embarazo. Con Pablo no nos cuidábamos, así que también existía la mínima posibilidad de que estuviera en cinta de él. Por otro lado, si lo estaba, lo más probable era que don Tito fuera el verdadero progenitor. Y los dos estaban en la habitación, mirándome, expectantes.

 

―Es solo una pastilla ―atinó a apuntar la señora Raquel. Agradecí su intención, aunque no tenía ni idea de lo que de verdad pasaba por mi cabeza.

 

―Deberías tomarla de una vez ―dijo Pablo. Lo miré y supo leer en mis ojos la incertidumbre―. No podemos vivir con esa duda por el resto de nuestras vidas.

 

Don Tito me miraba. No supe cómo interpretar aquellos ojos. Me sentí afrontada a una responsabilidad que no podía llevar por mí misma. Me sorprendió darme cuenta de que estar en cinta de cualquiera de los dos, era una situación que no me molestaba. Pablo era mi marido, lo amaba como tal. Don Tito era el hombre que me había llevado al núcleo mismo del placer, era mi macho, al que ya estaba decidida a no renunciar.

 

―Sé que soy el menos indicado para opinar ―dijo de pronto don Tito, llamando la atención de todos―, pero, en fin, ahí va. Deberías hacerle caso a tu marido, Cristina. Una decisión así no es como decidir si tomaras el autobús o un taxi. Un mal viaje no te debería acompañar toda la vida.

 

Pablo y la señora Raquel me miraron. Don Tito, cuando se dio cuenta que solo yo lo miraba, me observó con ese gesto que ponía cuando me ordenaba algo y asintió con la cabeza, incitándome a tomar la pastilla. Lo entendí como una orden. También comprendí sus palabras más allá de lo que podían  hacerlo las demás personas en la habitación. Existía otra posibilidad que no contemplé hasta ese momento. Algo muy importante se me había escapado: el Cholo, ese maldito taxista, también me había llenado con sus asquerosos mocos.





Tomé la pastilla del recipiente y me la llevé a la boca. La tragué. Al instante sentí un alivio increíble. Pese a todo mi instinto de hembra progenitora, agradecí el impulso, la orden que me había transmitido mi macho. Aquel hombre que empezaba a llevar las riendas de mi voluntad.

 

―Tienes toda la vida por delante, Cristina. Un marido que te ama. Un macho que sabrá tratarte como te mereces. Ahora solo queda mirar para adelante ―dijo don Tito.

 

La señora Raquel se tomó del brazo de su marido y Pablo se sentó junto a mí para abrazarme. Ninguno de ellos entendió el significado real en las palabras de don Tito. Yo sí, y mi cuerpo se alteró por las ansias de estar con mi macho otra vez.

 

 

 

Pablo se tomó unos días en el trabajo y me llevó a ver a mis padres. Ninguno de los dos pretendía contarles nada, pero ya hace tiempo que no los visitábamos. De todas formas, debíamos viajar a verlos porque mi madre iba a cumplir sesenta años. Todos los años, en el cumpleaños de mamá o papá, todas mis hermanas y sus familias nos reuníamos en la casa patriarcal fuera de la ciudad.

 

A Pablo le extrañaba que yo no estuviera tan lastimada psicológicamente como él esperaba que estuviera. Yo, por el contrario, lo veía cabizbajo y desganado. Tuve que ser yo la que lo animara, diciéndole que la verdad es que poco recordaba de ese día y que para mí era mucho mejor así. Le dije muchas veces que no debía sentirse culpable, que, así como no había sido culpa mía, tampoco había sido culpa suya. Pesé a todo, quizá para mejor, me dejó tranquila por las noches, seguramente temiendo que yo no pudiera aguantar el contacto íntimo con un hombre habiendo pasado tan poco tiempo desde mí supuesta desgracia.

 

Durante los dos días que estuve en mi casa antes de viajar, Pablo no se despegó de mí, así que no supe nada de don Tito. Solo la señora Raquel apareció unas horas antes de que saliéramos a preguntarme como lo estaba sobrellevando. No me atreví a preguntarle por don Tito. Temía que se me notara en la cara los deseos que tenia de verlo. Él era el único con quien podía conversar acerca de lo sucedido, y necesitaba desahogarme, decirle todo lo que sentí cuando me hizo más suya que nunca, decirle que haría cualquier cosa con tal de que volviera a regalarme otra cogida como aquella.

 

Llegamos a la casa de mis padres tarde noche. Mis hermanas, Ana y Erika ya habían llegado. Con Pablo ocupamos la habitación donde viví toda mi adolescencia. Cuando bajamos a cenar mis sobrinos  revoloteaban por todas partes. La mayor de mis hermanas ya tenía cuatro críos, cuál de todos más escandaloso y desordenado. Ana, por su parte, solo tenía a Bri, una bebita de tres años. Ella era apenas dos años mayor que yo y todos siempre nos decían que nos parecíamos mucho. Incluso nos molestaban porque Pablo y Braulio, su marido, también se parecían bastante. Con Ana siempre tuve mucha confianza y éramos muy cercanas. Siempre conversábamos bastante, aunque fuera por teléfono. Por eso apenas nos quedamos un rato solas me preguntó por qué no la había llamado, que por qué estaba perdida el último tiempo.

 

―A ti te pasa algo, te conozco. Y por el brillo de tus ojos sé que no es nada malo ―me acusó, entusiasmada por sonsacarme lo que fuera que me pasaba.

 

En ese momento apareció Erika para salvarme. Nos llamó a reunirnos a la sala. Todos estaban sentados a la mesa. Cuando me retiraba, Ana me tomó discretamente por el brazo y me dijo en voz baja:

 

―Más rato me vas a contar. Hoy reunión de chicas en el desván.

 

Reunión de chicas en el desván era nuestro viejo código para reunirnos a tomar algo en el entretecho del tercer piso de la casa, a escondidas de mis padres en esos tiempos. Ese día seria a escondidas de medio mundo pues Erika, con sus cuatro críos y su marido mal genio seguramente no podría acompañarnos.

 

La cena fue un intercambio de novedades por todos lados. Al parecer a uno de mis sobrinos lo habían premiado en el colegio por su buen rendimiento en matemáticas. Waldo, el marido de Erika, fue ascendido en el trabajo. Papá había logrado al fin que el manzano del fondo del patio diera frutos dulces. Bri había aprendido a avisar para ir al baño. Entre toda esa algarabía, solo Pablo se notaba desganado y distraído. Yo sabía cuál era la razón, pero la verdad ya me estaba cansando de tener que subirle el ánimo todos los días y a cada rato.

 

Cuando se hizo tarde y todos se fueron a acostar, le avise a Pablo que iría a tomar una copa con Ana al desván; él conocía el viejo código.

 

―Espero no pienses contarle nada ―me dijo. A veces parecía más avergonzado que yo por todo lo que pasaba en nuestras vidas.

 

―No, quédate tranquilo, ya lo hablamos y a mí tampoco me interesa que nadie me miré con cara de pena ―le dije algo molesta―. Ya me basta contigo ―le solté antes de cerrar la puerta al salir.

 

Ana ya estaba en el desván. Vestía su camisón de dormir, igual que yo, como en los viejos tiempos. Ya se servía vino de una copa y no tardó en servirme una apenas entré.

 

 ―Y bien, ¿qué ha sido de tu vida, hermanita? ―me preguntó cuándo me senté junto a ella. El techo era más bajo de lo que recordaba. También nosotras éramos más pequeñas cuando lo frecuentábamos y estaba más desocupado que en esos tiempos. Parecía que papá había guardado todas nuestras cosas a medida que nos fuimos yendo de casa.

 

Lo había meditado durante la cena. Luché contra mi propio juicio tratando de encontrar una razón ineludible para poder desahogarme con mi hermana. La verdad es que no encontré ninguna, pero tampoco encontré una razón de peso para no confidenciarle algunas cosas, por lo menos las que no me avergonzaban.

 

―¿Cuál ha sido el mejor sexo que has tenido, Ana? ―le pregunté en vez de responder su pregunta. Ella se sobresaltó. Teníamos toda la confianza del mundo, pero igual se vio sorprendida por la confidencia que le pedía revelar. Cuando se recuperó del impacto se largó a reír. Noté que ya estaba medio borracha. La botella de vino ya estaba a la mitad. Me pregunté cuanto tiempo había estado ahí esperándome.

 

―Jajaja. Esa es una pregunta difícil de responder.

 

―Yo lo tuve hace apenas unos días. El jueves en la tarde para ser exacta ―le confesé, entusiasmada por poder decírselo a alguien al fin.

 

Su risa se tornó en extrañeza, pero sus ojos la delataban. Llamé su atención.

 

―¿Con pablo? ―quiso saber.

 

―No ―respondí de inmediato. Con ella no había problema. Nos contábamos todo. De adolescentes nos tapábamos todos nuestros secretos, incluidas las infidelidades con nuestros novios. Por eso ella sabía que yo no le había sido infiel a Pablo nunca, ni siquiera antes de comprometernos.

 

―¡¿Qué?! No te creo ―exclamó en voz baja, como si temiera que otros oídos escucharan esa conversación.

 

No dije nada, solo asentí con la cabeza, sonriéndole de oreja a oreja.

 

―¿Con quién?

 

Me lo esperaba. Era la pregunta que cualquiera me hubiera echo y que a nadie respondería. No abriría esa puerta, era una de las cosas que me avergonzaba a morir. No podía decirle que era un vecino casado de la edad de nuestro padre, feo y gordo, pero con una potencia sexual sin igual y un morbo que era capaz encenderme de maneras que no sabía que podía hacerlo. Así que solo le di una respuesta que mantenía la mayoría de esos detalles en secreto.

 

―Es un hombre experimentado ―le dije, enigmática.

 

―”A mí me gustan mayores, esos que llaman señores” ―empezó a cantar, y yo me reí, dándole a entender que estaba en lo cierto. No sé qué edad se imaginó, pero se saltó ese detalle, al parecer estaba más interesada en otra cosa―. ¿Cómo fue?

 

―Bueno, fue… fantástico ―le dije, buscando cómo definir lo indefinible―. Fue extraordinario. Fue como si me sacara de mi cuerpo, me pusiera una bomba de infinitos orgatones, me volviera a meter y apretara un botón para hacerla estallar en millones de esquirla ardientes de placer. ―Me perdí en aquella descripción tan descabellada. Solo cuando terminé me percaté de cómo me miraba Ana, desconcertada.

 

―Guau, parece que sí que te voló la cabeza.

 

―Pero dime tú, ¿cómo fue el mejor orgasmo de tu vida? ―Estaba ansiosa por hacerla parte de mi entusiasmo.

 

Pero ella se forzó a sonreír. Yo la conocía, algo le pasaba. Con un gesto la apuré a responder.

 

―¡Ay!, Cristina. Me avergüenza decirlo, pero creo que nunca he sentido uno.

 

Me quedé helada. Estaba tan concentrada en la experiencia que había tenido y en tratar de compartirla que no consideré la realidad de Ana. Nunca se me ocurrió que fuera una mujer anorgasmica.

 

―¿Qué? Pero si llevas casada cinco años ―le dije aún sin poder creerlo―. ¿Y Braulio?

 

―No sé si es algo de él. Tampoco tuve con mis antiguos novios ―me dijo afligida―. Supongo que es mejor así. Si nunca viví uno por lo menos ni siquiera sé de qué me pierdo.

 

―Eso no puede ser. Somos hermanas, y muy parecidas según todos. ¿Cómo puede ser que seamos tan distintas en algo así? ―le dije―. Pero dime, cuando lo haces ¿lo disfrutas?

 

―Pues claro. A veces yo soy la que ando molestando a Braulio para que hagamos cositas.





―Y entonces ¿qué pasa?

 

―No sé. Siempre he escuchado que un orgasmo es algo muy rico y que es inconfundible del mero placer de hacerlo, pero yo nunca he llegado a sentir algo así.

 

―Qué raro ―le dije, honestamente extrañada―. Y qué me dices de tus fantasías. A veces no es solo el acto sexual, el contacto físico. Muchas veces una siente placer por otras cosas.

 

―Bueno, ya que nos estamos sincerando, siempre he soñado con tener relaciones sexuales con un hombre que la tenga bien grande ―me confesó, entre avergonzada y desahogada. Nunca sabría cuánto la entendí.

 

―A ver, aquí entre nos, ¿de qué porte la tiene Braulio?

 

Ella levantó sus dos manos y algo dubitativa extendió sus palmas, mostrándome con ellos el largo aproximado de la verga de su marido. Le calculé como quince centímetros, algo parecido a la de Pablo.

 

―Pues es más o menos lo que tiene Pablo ―le confesé.

 

―Pero tú con Pablo igual tienes orgasmos ¿verdad?

 

La pregunta me hizo pensar. ¿Acaso la verdad era que me había engañado todo el tiempo con Pablo? ¿Acaso, don Tito, esa extraordinaria última vez, me había hecho conocer lo que realmente era un orgasmo? Era una posibilidad, pero no me convenció demasiado, pues con don Tito igual había tenido orgasmos antes del día D, más intensos que con Pablo, eso sí.

 

―Sí ―le terminé respondiendo con seguridad―. Pero los que he tenido con este nuevo sujeto son mucho más intensos. Y la última vez hasta me dejó inconsciente.

 

―¡Noooooo! Estas bromeando ¿cierto? ―me dijo sorprendida.

 

―Es verdad. Te lo juró ―le dije, entre divertida y orgullosa.

 

―Dime, ¿de qué porte la tiene?

 

Cuando abrí mis manos, imitando su forma de compartir el tamaño de una verga, se quedó con los ojos como platos.

 

―¡La tiene enorme! ―exclamó. Casi pude sentir lo excitada que se puso de solo imaginar un pico de esas dimensiones.

 

―Y tan gorda como larga ―le aseguré.

 

―Ay, hermana, que envidia. ―Y vi que no lo decía en broma. Me sentí mal por ella, y culpable por haber compartido algo que le generara ese vacío.

 

―¿Por el tamaño es que te hizo sentir mejor que Pablo? ―me preguntó, metida en todo eso como si de pronto no existiera otro tema.

 

Me vi tentada a contarle con lujo de detalles todo lo que me había pasado, pero seguía avergonzándome la situación que me llevó a encamarme con don Tito. No le podía decir a mi hermana que había descubierto que la admiración de los hombres me excitaba, y que empecé a salir con ropa sexy para que me dijeran cosas en la calle. No creí que me comprendería, así que me lo guardé. Ni imaginar contarle de mi aventura en el bus. Qué decir de lo que me hizo el Cholo en el mugriento asiento trasero de su auto. No, había cosas que mi hermana no estaba lista para escuchar. Pero tampoco podía guardarme todo, ya era tarde para eso, por la curiosidad que desperté en ella y por las ganas que yo tenía de desahogarme con alguien.

 

―No fue solo el tamaño, Ana ―le aseguré―. Fue su calentura, su aguante…

 

―¿Su aguante? ¿Cuánto tiempo estuvieron haciéndolo? ―me interrumpió. Su mirada me presionaba a entrar en detalles.

 

―Me estuvo provocando todo el día casi, proponiéndome cosas, haciendo cosas que me encendían, ¿entiendes?

 

―No, en realidad no te entiendo mucho, pero dime ¿Cuánto tiempo estuviste con él teniendo sexo?

 

―Como una hora más o menos.

 

―Guauu. ¿De corrido o con pausas? ―quiso saber cómo si no creyera lo que le estaba diciendo.

 

―Cuando toma cuerda no hay como pararlo. Apenas se toma una pausa cuando se corre, pero no tarda mucho en querer más.

 

Ana se tapó la boca ante lo que yo le decía.

 

―¿Cuántas veces te lo hace? ―me preguntó sorprendida.

 

―No, no, tú dime qué te pasa.

 

―Ay, hermana, es que Braulio, cuando lo hacemos dura diez minutos y queda rendido. Ni pensar en volver a provocarlo, porque apenas se da vuelta se queda dormido.

 

Por fin entendí el drama de Ana. Braulio no era tan parecido a Pablo después de todo. Con Pablo podía mantener relaciones muy satisfactorias. Incluso sé que es capaz de llevarme al orgasmo. Bueno, o eso esperaba. Me puse a pensar que ahora que conocía el tamaño de la herramienta de don Tito, mi querido Picholón, y la forma que tenia de tratarme, obligándome, si era preciso, a satisfacerlo, quizá ya no me bastaría la pasión de mi marido para llegar a un orgasmo. ¿Sería tan malo pensar en don Tito cuando estuviera con Pablo?

 

Dejé de pensar en mí y me enfoqué en mi hermana. Estaba algo tomada y volvía a servirse otra copa de vino. Parecía arrepentida de lo que me había confesado. Entre risas nerviosas vi cómo le caía una lágrima por la mejilla. Me compadecí de ella. Me imaginé lo que sería estar atada a un hombre que no fuera capaz de responder a mis deseos sexuales. Dudaba poder vivir así, menos aún en ese momento, que sabía lo que se podía llegar a sentir junto a un amante que te desea con pasión animal, y que sabe conjugar su morbo con el tuyo.

 

No supe que decirle a Ana. Ella era más recatada que yo. Así como ella sabía que yo nunca le había sido infiel a Pablo, yo estaba segura de que ella tampoco había engañado a Braulio. Pero no pude evitar tratar de darle esperanzas.

 

―No te preocupes, hermana ―le dije, abrazándola cariñosamente―. ¿Quién sabe? Quizá aparece alguien que te haga sentir como te mereces.

 

Pensé que se reiría o que se enfadaría conmigo por insinuarle que le seria infiel a su marido. Pero nada de eso pasó. Se quedó terminando su copa, hasta que al fin me dijo:

 

―Cuéntame de nuevo, ¿qué se siente?

 

 

 

Volví a mi antiguo dormitorio. Estaba encendida por la conversación que había tenido con Ana. Media borracha como estaba, hasta me supo morboso el saber el tamaño del miembro de mi cuñado.

 

En la oscuridad, me deshice del camisón de dormir y me quedé desnuda junto a mi cama. Pablo no lo sabía, pero, aparte de él, otro hombre había compartido ese lecho conmigo, un antiguo novio que tuvo la suerte de dormir conmigo cuando mis padres estaban de viaje. En ese momento debí haber pensado en él o concentrarme en mi marido, que estaba a mi completa disposición en ese momento. Pero mi mente, contaminada por el alcohol, navegaba por turbias imágenes, donde veía a don Tito, con su macabra sonrisa, follando a una sufrida mujer. Me la imaginé en cuatro patas, sufriendo como una perra los embistes de mi poderoso macho. Cuando vislumbré su rostro, sentí estertores de humedad en mi entrepierna, al percatarme que era Ana. Mi hermana era la mujer que gozaba de aquel grotesco apareamiento. Y me miraba, con la cara llena de placer y gozo, y me decía: ―Gracias hermana, gracias. ―Y don Tito le daba palmadas en el culo, y ella gemía, bien sabía yo, de dolor y de placer.

 

Me metí a la cama, desnuda y entusiasmada por el morbo que me generó mi traicionera imaginación. Abracé a Pablo y metí mis manos bajo la camiseta que usaba para dormir. Deslicé mi mano bajo su pantalón de pijama y me encantó encontrar su verga erecta a más no poder. ¿Estaba despierto o lo desperté? No me importó. Se giró quedando de espaldas. Me besó, nos besamos. Sus manos encontraron mi cuerpo desnudo.

 

―¿Estás segura? ―me preguntó, cuando le sacaba su camiseta.

 

No le respondí. Tan solo me metí bajo las sabanas y fui por su pequeña imitación de Pichulón. No tenía el tamaño adecuado, pero si el sabor fuerton de la calentura de un hombre. Se la chupé con ansias. Lo escuché gemir, seguramente extrañado que mantuviera mis agasajos por tanto tiempo ahí abajo. Antes de conocer cómo se debía comportar una hembra de verdad, apenas y se la chupaba un momento. Sin embargo, él no sabía que ya me habían enseñado a disfrutarlo, que ya no era ningún sacrificio succionar su miembro, esperando que derramara todos esos goterones de líquido preseminal, y que me encantaba tragármelos. Acaricié sus bolas, pequeñas al lado de las de don Tito, pero me calenté imaginando que mi hermana disfrutaba con un miembro similar. Disfruté imaginándome salvando a Ana, mostrándole el camino a satisfacer sus necesidades, permitiéndole gozar con el poder y la virilidad de un macho de verdad. Tendría que enseñarle muchas cosas. Tendría que enseñarle a portarse como una verdadera hembra, pero de seguro estaría complacida y ansiosa de aprender.

 

Fue Pablo quien me obligó a sacarme su pene de la boca y me pidió a través de agarrones y empujones que me subiera sobre él. Sentí su verga dentro de mí cuando me monté como una experta jinete. Me recliné hacia él y nos besamos. Me agarró las tetas con delicadeza. Puse mis manos sobre las de él y apreté, muy fuerte para que entendiera que no era el momento para andarse con cuidado, no era el momento de la ternura, era el momento de la pasión.





―Aaaahh ―se quejó cuando arremetí con violencia mis caderas―. Aaah ―gimió cuando lamí su oreja.

 

Volví a alzarme sobre su cuerpo, trayéndolo conmigo.

 

―Chupa ―le ordené, al mismo tiempo que agarraba su cabeza para guiarla a mis tetas desnudas.

 

Me obedeció. Chupó con hambre mis tiernos senos. Pero no era suficiente. ―Golpéame ―quise decirle―. ¡Muérdeme!, ¡insúltame!, ¡cógeme como a una perra! ―Pero era demasiado. Sabía que no lo entendería. Así que me lo guardé, reprimiendo mis nuevos instintos. Casi podía ver a la perra dentro de mí, masturbándose, imaginándose a don Tito y todo lo que nos hizo, viéndome en ese momento, insatisfecha con mi marido.

 

―Aaah ooooh aaaaah oooooh ―gemí, recordando más que sintiendo.

 

Rescaté a Pablo de mis tetas y lo besé otra vez.

 

―Damé como perra ―me atreví a pedirle y me desmonté de él y me puse en cuatro patas.

 

Él me siguió, se puso detrás de mí y me la metió.

 

―Estas empapada ―me dijo, confundido pero satisfecho―. Aaaah ¿De qué hablaron en el desván? Aaaah ¡Mira cómo estás! ooooh

 

―Aaaaah. Ana me dijo como disfrutaría acostándose con un hombre como tú. Aaaaah ―le dije, hablándole a don Tito.

 

Pablo me cabalgó con más ímpetu. ¿Quién lo diría? Mi marido también tenía su morbo guardado.

 

―¡¿Te calienta?! ―le pregunté.

 

No me respondió, pero sus arremetidas no dejaban lugar a dudas. Pero no eran suficiente para mí. Quería escucharlo y estaba tan caliente que no me importó nada más.

 

―¡¿Te calienta, puto?! ¡¿Te calienta saber que mi hermana quiere culear contigo?! ―Me sentí tan bien al decirlo y tan ansiosa de escucharlo que me alcé hacia él, llevé mis manos hacia atrás y tomé sus  de un macho de verdad. Tendría que enseñarle muchas cosas. Tendría que enseñarle a portarse como una verdadera hembra, pero de seguro estaría complacida y ansiosa de aprender.

 

Fue Pablo quien me obligó a sacarme su pene de la boca y me pidió a través de agarrones y empujones que me subiera sobre él. Sentí su verga dentro de mí cuando me monté como una experta jinete. Me recliné hacia él y nos besamos. Me agarró las tetas con delicadeza. Puse mis manos sobre las de él y apreté, muy fuerte para que entendiera que no era el momento para andarse con cuidado, no era el momento de la ternura, era el momento de la pasión.

 

―Aaaahh ―se quejó cuando arremetí con violencia mis caderas―. Aaah ―gimió cuando lamí su oreja.

 

Volví a alzarme sobre su cuerpo, trayéndolo conmigo.

 

―Chupa ―le ordené, al mismo tiempo que agarraba su cabeza para guiarla a mis tetas desnudas.

 

Me obedeció. Chupó con hambre mis tiernos senos. Pero no era suficiente. ―Golpéame ―quise decirle―. ¡Muérdeme!, ¡insúltame!, ¡cógeme como a una perra! ―Pero era demasiado. Sabía que no lo entendería. Así que me lo guardé, reprimiendo mis nuevos instintos. Casi podía ver a la perra dentro de mí, masturbándose, imaginándose a don Tito y todo lo que nos hizo, viéndome en ese momento, insatisfecha con mi marido.

 

―Aaah ooooh aaaaah oooooh ―gemí, recordando más que sintiendo.

 

Rescaté a Pablo de mis tetas y lo besé otra vez.

 

―Damé como perra ―me atreví a pedirle y me desmonté de él y me puse en cuatro patas.

 

Él me siguió, se puso detrás de mí y me la metió.

 

―Estas empapada ―me dijo, confundido pero satisfecho―. Aaaah ¿De qué hablaron en el desván? Aaaah ¡Mira cómo estás! ooooh

 

―Aaaaah. Ana me dijo como disfrutaría acostándose con un hombre como tú. Aaaaah ―le dije, hablándole a don Tito.

 

Pablo me cabalgó con más ímpetu. ¿Quién lo diría? Mi marido también tenía su morbo guardado.

 

―¡¿Te calienta?! ―le pregunté.

 

No me respondió, pero sus arremetidas no dejaban lugar a dudas. Pero no eran suficiente para mí. Quería escucharlo y estaba tan caliente que no me importó nada más.

 

―¡¿Te calienta, puto?! ¡¿Te calienta saber que mi hermana quiere culear contigo?! ―Me sentí tan bien al decirlo y tan ansiosa de escucharlo que me alcé hacia él, llevé mis manos hacia atrás y tomé sus caderas para ayudarlo a darme con más fuerza.

 

―¡Sí! ―me susurró con potencia a escasos centímetros de mi oído―. ¡Me las culearía a las dos juntas! ―me aseguró con pasión desenfrenada.

 

Y esas palabras sonaron tan reveladoras que no pude evitar correrme con él. Mientras sentía aquel orgasmo, me sentí dichosa ante la convicción de saber que, algún día, yo y mi hermana seriamos las putas de don Tito, mi macho.

 

 

 

 

 

FIN CAPÍTULO 3.





















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