El mirón Capítulo 4
El inminente comienzo de las clases me provocó tal
desasosiego que prácticamente salíamos
de caza todas las noches; daba igual el día de la semana, quería aprovechar el
tiempo para poder ver a mi niña en los brazos de desconocidos.
El Espacio de las Pequeñitas… :3 …
Me costaba un mundo asumir lo obvio: durante el periodo lectivo, el
ritmo de nuestras escapadas nocturnas debía reducirse de forma irremediable de
manera drástica. Gabriela debía
acudir al colegio a diario y ya tenía una edad en las que las tareas escolares
absorbían buena parte de su tiempo libre. Resultaba inviable compaginar los
estudios con el frenesí sexual en el que se habían convertido nuestras vidas
hasta entonces. Otro hándicap importante
a la hora de practicar nuestro pasatiempo favorito eran las inclemencias del
tiempo; las noches eran cada vez más frías y la niña se pasaba casi todo el
tiempo prácticamente en pelotas y al raso.
Pero siendo todas esas cosas importantes había otra
circunstancia que me obligaba, muy a mi pesar, a minimizar la frecuencia
nuestras excursiones: Gabriela comenzaba a hacerse muy popular entre los “sin
techo” y eso era muy pero que muy peligroso. Si nos descubrían, nuestro
peculiar modo de vida sería historia.
Cada vez me
costaba más encontrar lugares en los que
el número de potenciales amantes de Gabriela no fuese excesivo.
Aunque se me endurecía la verga imaginándomela en el centro de una apoteósica Gang Bang,
prefería peregrinar durante la noche de un lugar a otro y entregarla a dos o
tres hombres como mucho a permitir que se la tirasen grupos más numerosos de
hombres. Lo hacía de ese modo por
motivos de seguridad para, en la medida de lo posible, controlar los
acontecimientos y que todo aquello no se desmadrase.
Lo que sucedió aquel tórrido verano es que el “boca a
boca” acerca de las andanzas de Gabriela
corría como la pólvora entre aquellos machos habitualmente faltos de sexo. Acudían en manadas a los lugares que más
frecuentábamos en busca de carne fresca y gratuita. Tal era la cantidad de sementales deseosos por
montar a mi potrilla que se formaban verdaderos tumultos y peleas apenas
nos acercábamos con el coche a los sitios de costumbre. Como es lógico, yo tomaba las precauciones
que podía para proteger nuestro anonimato: jamás repetía un mismo lugar dos
días seguidos, no guardaba pauta alguna y en lugar de volver a casa
directamente después de la última orgía
daba mil vueltas con el coche conduciendo de manera caótica. Aún así
más de una vez me había dado la impresión de que alguien nos seguía y
eso me ponía tremendamente nervioso.
Puedo parecer un puto pervertido pero juro por mi vida
que adoro a mi hija por encima de otra cosa en el mundo y antes me arrancaría
el corazón que permitir que Gabriela fuese lastimada.
Me volví paranoico, hasta tal punto que compré una vieja
furgoneta para que mi vehículo habitual
no pudiera ser identificado. Fui lo más cuidadoso que pude, evité llevarla a
los lugares más conflictivos pero aun así tuvimos varios sustos. Cuando un negro gigantesco nos persiguió navaja en
mano gritando que quería su culo me di cuenta de que aquellas prácticas tan peligrosas debían
terminar: antes que mi placer insano estaba por encima de todo la seguridad de
Gaby.
Como la hormiga del cuento, pasé el invierno alimentándome de lo recolectado
en verano. Visionaba una y otra vez las grabaciones de Gabriela abriéndose de
piernas a los mendigos pero llegó un momento en el que mi vicio era tan grande
que aquellas dosis enlatadas ya no tenían efecto en mí. Además, hacer un vídeo mientras uno se
masturba no es fácil, por tanto la mayoría de las películas que rodé durante la
primera temporada veraniega no tenían ni un mínimo de calidad. En la mayoría de las ocasiones me
servían más para evocar en mi mente la
escena en cuestión que para otra cosa.
Al llegar la primavera
yo andaba como un alma en pena, era poco más que un despojo humano. Hacía semanas que no se me levantaba.
Gabriela, por el contrario, estaba radiante.
Las tetitas se le habían desarrollado a un ritmo considerable y a los
pezones puntiagudos del verano anterior les acompañaban ya unos graciosos
bultitos que se hacían notar bajo las prendas ceñidas con las que solía
vestirla. Era todo un espectáculo observar cómo a los hombres se les iban los
ojos hacia los bultitos de mi niña que, libres de sostén alguno, titilaban
conforme paseábamos por algún centro comercial de la capital.
Con todo, el cambio más relevante en la anatomía de mi
hija se produjo en sus caderas. Quiero pensar que su costumbre de abrirse de
piernas no tuvo nada que ver en su ensanchamiento pero lo cierto es que
éstas formaban una silueta seseante que me
recordaban cada vez más a la malograda Silvia. Tenía un culito tremendo mi Gabriela:
respingón, redondito… perfecto… permeable. No había objeto de formas fálicas en
nuestra casa que no tuviese acomodo en tan deliciosa vaina.
La preadolescente
seguía masturbándose frente a mí
impúdicamente, ya fuera durante nuestros largos baños de espuma o en cualquier
otro momento del día. Me consta que
hacía todo lo posible para que yo pudiese excitarme y unirme a ella en su
orgasmo casi perpetuo; se exhibía y
abría su vulva para que no me perdiese detalle de sus prácticas onanistas. Inclusive un día, mientras daba brillo a su
bultito, alargó su otra mano con la firme
intención de acariciarme el miembro y
darme placer tal y como hacía con el resto de los hombres pero
la detuve antes de que tal cosa
sucediese.
- ¡No,
Gaby… eso no!
- Pe… pero
yo quiero. Quiero hacerlo, de verdad. Por favor… papá… déjame intentarlo a mí.
Por favor…
Recuerdo su cara de pena al verse rechazada. No estaba
acostumbrada a que algo así sucediese con un hombre. Era demasiado pequeña para comprender que,
pese a su buena intención, cualquier intento de excitarme por sí sola era
perder el tiempo. Sólo había una cosa que podía lograr mi erección: verla
follar con una tercera persona.
O con varias.
Jamás hablamos del
aquel asunto pero la pobre chiquilla me debió ver tan desesperado durante los días sucesivos que una noche de viernes actuó de una manera impropia
para una niña de su edad.
Recuerdo que yo intentaba darme placer mientras veía en la pantalla cómo mi chiquilla
cabalgaba a uno de aquellos mal nacidos a buen ritmo. Reparé en la presencia de Gaby entrando en el
salón pero eso no me detuvo; no había necesidad de ocultar mis actos,
masturbarnos el uno frente al otro era algo tan habitual como desayunar o
lavarnos los dientes. No fue hasta que se interpuso entre la pantalla y yo
cuando me di cuenta de que algo diferente sucedía: Gabriela no llevaba puesto
su pijama de corazoncitos sino que estaba lista para la batalla. La miré embobado. La ropa sexi de la anterior
campaña le quedaba todavía más ceñida y corta que entonces; el maquillaje
utilizado en aquella ocasión era excesivo incluso para mi gusto pero lo que
realmente me mató fue ese fuego en la mirada, tan habitual en su madre y
novedoso en ella al menos hasta entonces.
Gabriela me lanzó las llaves de la furgoneta sin decir
nada. Simplemente me tendió la cámara de vídeo con su mano. No hizo falta que
pronunciase ni una palabra, yo sabía lo que quería: era el momento de volver a
nuestras viejas costumbres.
A la furgoneta le costó arrancar. Después de tanto tiempo
aparcada en el garaje era algo normal.
Una vez logré ponerla en marcha, Gabriela se sentó en el asiento
delantero y nos pusimos en acción. Yo estaba tan nervioso que las manos me
temblaban, incluso me saltó la marcha del auto
varias veces y cometí alguna que otra infracción de tráfico. Parecía un
yonki en busca de su dosis de droga y, a decir verdad, así era.
No me anduve por las ramas, fui a lo seguro. Conduje el auto hacia el puente de la
autopista en el que la entregué a indigentes por primera vez. Se trataba de un
campamento latino casi permanente, jamás
me había fallado; allí siempre había alguien.
Detuve la furgoneta a una distancia prudencial y, aprovechando los
últimos rayos de sol, analice las posibilidades desde la lejanía. Para ser
sincero, lo que vi no me gustó. Torciendo el gesto le dije:
– Cre… creo
que son muchos. Mejor será que busquemos otro lugar con menos gente.
– ¡No! – Dijo
Gabriela, negando con la cabeza – Por mí está bien.
– Pe… pero…
sólo desde aquí ya se ven seis, tal vez siete…
incluso más.- le advertí.
Pero Gabriela siguió meneando la cabeza. Estaba decidida
a seguir adelante a toda costa.
– Por mí está
bien, papá – repitió -. Tú… sólo mira y disfruta. Es… es mi regalo de
cumpleaños.
Caí en la cuenta de que era el día de mi aniversario. En
aquel tiempo yo estaba tan mal que ni siquiera me había acordado de eso.
– Gracias.
Nuestras miradas se encontraron. Todavía me parece estar
viendo sentada junto a mí, con su minúsculo top palabra de honor y su minifalda
negra, tan ceñida que, al sentarse, apenas daba de sí para ocultar su coño infantil. Estaba exultantemente bella. Sus labios
teñidos de rosa brillante, su larga cabellera rubia cayendo sobre sus hombros
desnudos y los zapatos de tacón completaban el puzle convirtiéndola en lugar de
una niña en un arma de destrucción masiva, prácticamente irresistible para
cualquier hombre que se precie. Pero lo que a mí me maravillaba era el fulgor
de su mirada, el mismo que tenía su madre cuando necesitaba sexo.
Nadie hubiese dicho que se trataba de la misma niña
asustadiza que apenas soltaba prenda en el cole. Le faltaban unas semanas para cumplir los
once años pero juro que nadie lo hubiese asegurado al verla como yo la vi
aquella noche.
– ¿Lista?
– Sí.
– ¿Estás
segura?
– Sí, papá.
Vamos allá.
Salí del coche, le abrí la puerta del auto y, tras dejar
una distancia adecuada entre
nosotros, la seguí como un corderito
sigue a su mamá. Con un suave balanceo
de caderas se aproximó a la fogata central donde se concentraban sus próximos
amantes, esquivando botellas, excrementos y porquería.
Cuando el primero de aquellos tipos la vio llegar le
cambió la cara. Levantándose como un resorte
le dijo sonriendo:
– ¡Vaya,
vaya! Señores, miren quién viene por aquí de nuevo… nuestra putita preferida… y
su papá el mirón…
Sus compadres dirigieron la vista hacia Gabriela.
– ¡Joder! –
Exclamó otro, sabedor de que aquella noche les había tocado la lotería y,
golpeando a otro que dormitaba medio borracho, continuó-. ¡Ves, te dique que
era cierto! ¡Es ella!
– ¿Quién?
– ¡Ella, la
niña guarrona! ¡Te va a dejar seco, wei! Nos va a dejar secos a todos, ya lo
verás. Nadie te la habrá chupado mejor que ella, te lo juro.
– Hola,
princesa. Mi verga y yo nos alegramos mucho de verte de nuevo- dijo el primer
macho acariciándose el bulto de forma obscena.
Gabriela era una chica de pocas palabras. Le costaba
arrancar pero, cuando lo hacía, nada ni nadie podían pararla. Antes siquiera de
llegar al grupito ya lanzó por los aires su comprimido top y ya en tetas, se
introdujo en el círculo de improvisadas camas que ellos habían formado
alrededor del fuego.
Observó a los hombres, siete en total, y eligió al más
veterano que ya tenía los el miembro viril medio desenfundado. Se arrodilló frente a él y se paró el mundo.
Ver a Gabriela follar siempre era y es un espectáculo pero cuando es ella la
que, en lugar de dejarse hacer, toma la iniciativa es simplemente apoteósico.
Me atrevo a decir que ni siquiera la difunta Silvia puede estar a su
altura.
No tardó ni un minuto el fulano aquel en entrar en
trance. Con los ojos en blanco se dejaba comer la polla por mi dulce niña. Movía ligeramente las caderas pero en
realidad era Gaby la que hacía todo el trabajo. Su cabellera rubia iba y venía
a un ritmo no muy rápido pero sí constante.
Era una especie de martillo pilón
que se retorcía buscando un correcto ángulo de ataque, una estrategia
infalible con la que, más pronto que tarde, terminaría derrumbando la resistencia de aquel cipote latino
utilizando profundas inserciones orales como munición.
A Gabriela le
traía sin cuidado el tamaño, la curvatura o la higiene de las vergas de los
hombres, tenía muy claro que el lugar donde
alojarlas de manera adecuada era en alguno de sus agujeros, ya fuese en
su boca o en su coño o incluso su ano.
Yo me acerqué todo lo que pude, hasta prácticamente un
metro de donde todo sucedía. Escuchaba cada chapoteo de la polla de aquel
extraño en la boca de la niña, cada quejido, cada gruñido, cada suspiro. No
quería que aquellos tipos se pusieran nerviosos así que opté por no sacar la
cámara de mi bolsillo; prefería no perderme ni el más mínimo detalle con mis
propios ojos.
– ¡Mírela,
papi! Mire cómo se la jala. Es una puerca su bebita… - Dijo aquel tipo.
Sin dejar de mamar, Gaby me buscó con la mirada. Cuando
vi el bulto que iba y venía en su mejilla manché mi ropa interior. No hizo
falta que me tocara para llegar a ese cénit que tantas veces se me había negado
durante los días previos.
– ¡Te cambió
la cara, hermano! ¡Jé, jé, jé! – Dijo uno de aquellos tíos con sorna,
dirigiéndose al mamado.
– Es… es
tremendo cómo la mama. Parece que se te vaya a meter el bóxer por el ojete…
– Toma,
putita, toma… prueba de ésta. Seguro te encanta también. Todos queremos
participar.
Gabriela aceptó de buen grado el segundo estilete. Y a
este se le unió un tercero, y luego un
cuarto y tras él el resto. Enseguida los hombres formaron un círculo y en medio
mi pequeña se afanaba en dar placer a cuantas pollas se le ponían por
delante. Como no podía abarcarlas a
todas a la vez, les regalaba cortos pero intensos tratamientos ya fuese con la
boca o con alguna de sus dos manos. En
seguida las vergas estuvieron todas en pleno apogeo, incluyendo la mía. Comencé
a tocarme lentamente en busca de mi próxima
corrida, quería alargar mi eyaculación todo lo posible.
– ¿Qué te dije?
Es buena, ¿eh?
– Esta mina
es fantástica.
Cuando le apeteció y no antes dejó Gaby de chupar pollas
y, tras limpiarse las babas con el antebrazo, se dirigió a uno de ellos
diciéndole:
– Túmbate
ahí, sobre los cartones…
– Será un
placer, princesa.
– ¡Verás cómo
se lo tira! Es toda una fiera…
Como una tigresa acecha a un cervatillo se acercó mi
princesita a su próximo amante. Tras colocarse sobre él se lamió la palma de la
mano, manchándola con abundantes babas, después se la pasó por el coño varias
veces y, para finalizar, agarró el estilete por la base, guiándolo hacia el
interior de su vulva ardiente sin la menor vacilación. Recuerdo que se la jaló
lentamente, gustándose, deleitándose con cada centímetro de polla que iba
ensanchándole la entraña. Poco a poco su
vulva hizo el milagro, haciendo desaparecer la espada erecta por su agujero
mágico.
– ¡Madre
mía! Se la clavó enterita…
– ¡Dale duro,
putita!
– ¡Mátalo de
gusto, perrita!
Aquellos consejos eran del todo innecesarios. Gabriela
sabía muy bien lo que tenía que hacer con una polla en su interior. Agarró de las manos al semental y tras
guiarlas hasta sus bonitos pechos comenzó a cabalgarlo.
Decir que lo hizo de manera intensa es quedarse muy
corto. Por decirlo en pocas palabras: lo violó.
Si el tipo se creía un amante consumado mi hija se
encargó de sacarlo de su error. Con ni siquiera once años le dio toda una
lección a aquel adulto sobre cómo follar.
Sin darle tiempo a reaccionar, le clavó las uñas en el pecho y, con una
sucesión de movimientos pélvicos a cual más salvaje, se lo tiró a pelo con una
furia desmedida.
Lo cierto es que Gaby pasaba de aquel tío, era a mí a
quien miraba mientras se lo tiraba. Se esforzó para que viese cómo aquel cipote
le taladraba la entraña. Le puso ganas,
corazón pero sobre todo vicio, mucho vicio y como recompensa, en apenas uno
segundos de lucha desigual, obtuvo su premio en forma de chorro de esperma
rellenándole el coño como un bollito de chocolate. El tipo lanzó un berrido tremendo mientras
sus babas estucaban el interior de mi pequeña princesa pero pronto quedó en
nada, ahogado por el grito de placer que profirió ella al venirse también.
Yo la había visto tener sexo muchas veces pero jamás llegar
al clímax de esa forma tan intensa y rápida. A fuerza de ir metiéndose pollas
una tras otra era normal que, a lo largo de la noche, su cuerpecito reaccionase
a tanto estímulo regalándole una o incluso varias bonitas corridas pero lo que
sucedió con aquel polvo en concreto fue algo extraordinario. Fue sexo en estado puro.
Recuerdo que
parecía una estatua, sudorosa y brillante, con los ojos cerrados y
totalmente inmóvil, disfrutando de las sensaciones que su joven cuerpo le
regalada, empalada por completo con la polla de aquel indeseable.
Noté el esperma resbalando por mis dedos pero no me
detuve. Seguí con lo mío.
Le pregunté días después acerca de aquel primer polvo y,
tras mucho insistir y muerta de vergüenza, me confesó que actuó de aquel modo sencillamente
porque tenía muchísimas ganas. Entendí
entonces que mi niña ya no lo era tanto y que comenzaba a tener sus propias
necesidades. Eso me turbó, y me gustó.
Si tenía algún remordimiento por instar a Gabriela a hacer lo que hacía
desapareció tras aquella noche.
Pero volviendo a lo de verdad importa, tal fue el
espectáculo que montaron los dos que el resto de inmigrantes se quedaron
paralizados, como temerosos de ser los siguientes. De nuevo fue Gabriela la que tomó la iniciativa
y, tras expulsar del paraíso de una
manera más o menos amable a su primer
amante, extendió su dedo hasta señalar al que iba a ser su segundo polvo de la
noche.
– Tú. Ven
aquí.
Una vez aplacado su furor inicial, la niña se lo tomó con
más calma. Además, todo hay que decirlo,
su segundo contrincante estaba bastante mejor armado que el primero así que lo
montó de manera bastante más pausada. Aun así me extraño tanta parsimonia, yo
le había visto enfrentarse a enemigos bastante más grandes. Pronto supe el motivo de su manera de actuar.
Alargó la mano, agarró la verga que tenía más próxima y, tirando de ella se la
llevó a la boca. Le costó un poco coordinarse pero cuando lo hizo el resultado
fue un coro de gemidos algo desafinados.
Si se sacó el cipote de la boca no fue por asco, ni por
una arcada ni nada semejante. Fue para instar a otros dos sementales a
acercarse.
– Venid. –
Les ordenó sin pestañear.
Sus deditos mágicos comenzaron a actuar, acompañando a
los otros dos agujeros de su cuerpo.
Fue la primera vez que la vi satisfacer a cuatro hombres
al mismo tiempo y eso me volvió loco. Alguno dirá que es el amor de padre el
que habla por mí, pero puedo asegurar que fue
lo más grande que había visto hasta entonces. Ni siquiera Silvia se había atrevido a hacer
algo semejante. No sé cómo se le ocurrió
la idea. Que yo sepa jamás había visto
hasta entonces película pornográfica alguna. Lo más que había hecho fue chupar
una polla mientras masturbaba otra o pajear pollas a dos manos mientras mamaba
otra pero añadir una cuarta verga por el coño era algo totalmente novedoso.
Aquella noche llegué a la conclusión de que la pasión por
el sexo de Gabriela es algo hereditario; mi niña Gabriela lleva el vicio en la
sangre.
Las siguientes dos horas fueron una sucesión de polvos,
felaciones y pajas. Gabriela arriba,
Gabriela abajo, Gabriela a cuatro patas, Gabriela por delante, Gabriela por el
culo...
Dentro de lo que cabe aquellos despojos humanos fueron
amables con ella. Obedecieron sus órdenes como si fuesen sus mascotas, sabedores
de que su total sumisión tenía un premio
impagable: un placer infinito.
Yo me exprimí la polla de tal forma que me produjo un
intenso dolor de huevos pero eso no importaba; en el pecado está la penitencia.
A las doce de la noche la última polla lanzó el canto del
cisne que se estampó en la cara de la Gabriela.
Se le veía agotada. Le costó
incorporarse y tuve que ayudarla a
caminar ya que le temblaban las piernas después de tanto mantenerlas
abiertas. Le puse la camiseta y limpié
como pude las babas que ensuciaban su rostro.
Abandonamos el lugar escuchando de fondo las lindezas que aquellos
desagradecidos le iban gritando:
– Vuelve
pronto, princesa. Mi vergota tiene leche sólo para ti.
– Te
echaremos de menos, perrita.
– Le diremos
a los demás que vuelves a estar por acá. Ven mañana y seremos muchos más.
Gaby se pegó a mí buscando sin duda mi protección. La
noche era fresca y noté que temblaba como un flan. Le coloqué mi cazadora de
cuero sobre los hombros y la apreté a mi cuerpo intentando que el suyo entrase
en calor.
– ¿Lo he
hecho bien, papi? ¿Lo has pasado bien? –
Dijo con un hilito de voz cuando llegamos a la portezuela de la furgoneta.
Que, aun en aquel estado lamentable, se preocupase por mí
de aquel modo me conmovió. No pude más que besarle la frente y confesarle mi
amor incondicional:
– Sí, mi
vida, sí. Has estado fantástica.
– ¿De verdad?
¿te gustó mi regalo?
– Sí, tesoro.
Ahora es tarde. Vayámonos a casa.
Le ayudé a ocupar su asiento. Con la luz de la furgoneta
y toallitas húmedas me fue más fácil terminar de asearla. Limpié los restos de semen que quedaban en
sus muslos y en la entrada de su vulva.
Luego me centré en su cara; sin el maquillaje volvió a aparecer la niña
inocente que en realidad era. Me costó
un poco deshacerme del esperma que permanecía adherido a la comisura de sus
labios, ya había comenzado a resecarse.
Rápidamente ocupé mi lugar, puse en marcha el vehículo. Gabriela se cobijó bajo
mi cazadora y en unos minutos su respiración se hizo más pesada y regular.
– Duerme,
pequeña, duerme – murmuré -. Te lo has ganado.
Pero el viaje duró menos de lo esperado. En medio de
ninguna parte aquel viejo cacharro se quedó varado, fruto de alguna avería
inoportuna.
CONTINÚA.




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