PAULINA CAPÍTULO 3

 



La confesión de mi madre me impactó de distintas formas. Por un lado, sentí un fuerte repudio por el vecino y lastima por ella. Por otro, sentí una gran excitación por el morbo que me generaba aquella tórrida historia. También me di cuenta de que mamá no esperaba mi ayuda ni la de nadie más. Me costó entenderlo al principio. Quizá ustedes piensen que es una locura, pero de verdad todo en su comportamiento me hacía pensar que ella no estaba precisamente pasándolo mal con todo lo que le pasaba. Porque pudo haber llorado mucho cuando me contó su supuesta desgracia, pero ella no sabía que yo la había visto follar con don Rene en vivo y en directo, y fui testigo de cómo incluso le agradeció al muy desgraciado por haberla desvirgado por atrás.

 

 

El Espacio de las Pequeñitas… :3 …

 

 

Ese día no volvimos a hablar de eso. La tarde transcurrió normalmente. Mi madre siguió con las labores de la casa y yo con mis deberes escolares. Seguro que ella, al igual que yo, estaba muy afectada con nuestra conversación, pero las dos supimos guardar la compostura. Eso sí, tuve que masturbarme encerrada en mi baño. No pude aguantar hasta la noche para disfrutar de la tibieza del enredo de mis sabanas. Sin embargo, planeaba hacerlo, pues sabía que no podría evitarlo una vez que le hubiera contado a mi querido diario todo lo sucedido esa tarde con mamá.

 

Obviamente no pensaba ser tan explícita cuando lo describiera en las páginas del libro de mis secretos. Pensaba contarlo como si le hubiese pasado a otro, o como una loca invención ficticia.

 

Cuando llegó mi papi en la tarde, mi madre estaba tan jovial como siempre, lo que terminó de convencerme de que ella no estaba sufriendo mucho que digamos. Miré a mi padre y no pude evitar sentir resentimiento contra todo lo que pudiera hacerle daño. Me imaginé consolando su sufrimiento si se llegara a enterar de todo lo que yo sabía. Lo represente en mi mente desquitándose de mamá recurriendo a mi cuerpo, más joven, más tierno. En mi fantasía no podía decirle que no. Él me trataría como una niña muy mala cuando yo le confesara que estaba al tanto de todo, que inclusive había sido testigo de cómo don René mantuvo insanas relaciones con mamá sobre su propia cama…

 

Papá me zarandeó, me estaba quedando dormida en el sillón de la sala luego de cenar con ellos. Me anduve molestando como una niña pequeña. Es que lo que imaginaba se estaba convirtiendo en un  ueño tan bonito.

 

―Paulina, mi amor, ve a acostarte que te estas quedando dormida ―me recriminó con dulzura.

 

A regañadientes le hice caso. Pero no tardé en recobrar el entusiasmo. Se me quitó todo el sueño cuando recordé mis planes de escribir y descargar mis sentimientos en mi diario.

 

Anuncié que me iba a acostar y fui corriendo a mi cuarto. Apenas entré cerré la puerta y, con cuidado, para que no sonara, puse el seguro. No pensé que nadie vendría, pero si papá se daba cuenta que ponía la traba quizá le llamara la atención y me preguntara por qué lo hacía, así que me esforcé en que no escuchara nada para que nadie llegará a interrumpir mi escritura ni mi posterior “relajación”.

 

Me puse una camiseta holgada y mis shortsitos de dormir sin calzones, pues sabía que a la larga serian una molestia. Luego me apresuré a abrir mi bolso de la escuela para sacar el libro de mis secretos. Nunca lo dejaba en ninguna parte, siempre lo traía conmigo. Mi mochila tenía un compartimento especial para guardarlo de cualquier mirada intrusa. O eso creía, porque, cuando metí la mano para buscarlo, ¡no estaba! Cuando miré dentro para cerciorarme de que no me había equivocado de bolsillo me quedé helada. Di vuelta todos los libros sobre la cama, desesperada. ¡No lo encontré! Revolví mi habitación con la esperanza de que estuviera por ahí, en algún lugar. Mi closet, todas mis cajoneras acabaron volteadas. Definitivamente no estaba en ninguna parte. En el fondo, sabía que me engañaba pensando que estaba en otro lugar que no fuese mi bolso.

 

Por fin me di por vencida y cambié la búsqueda por tratar de entender cómo no me había dado cuenta de su ausencia. Ese libro era mi tesoro más preciado y contenía mis secretos más íntimos escritos en sus páginas, incluso mi experiencia con aquel obrero en el autobús y lo que había sentido.

 

Traté de recordar la ultima vez que lo había visto. Estaba segura de que lo había llevado conmigo a la escuela, temerosa de que mamá leyera lo que me había pasado con aquel hombre.

 

No pude conciliar el sueño sino hasta muy altas horas de la noche, pensando en dónde y en que manos estaba mi adorado diario. Tampoco me toqué. Estaba tan preocupada que todos mis deseos se apagaron como una vela de cumpleaños frente a un niño entusiasta.

 

Al día siguiente, medio dormida por mi falta de sueño de las últimas dos noches, entré en mi sala de clases dispuesta a soportar una aburrida clase de biología. Dejé mi bolso junto a mi asiento, saqué mí  cuaderno y me dispuse a esperar a la profe.

 

―¿Qué te pasa?, parece que te hubiera mordido un zombi ―me dijo Silvia, mi mejor amiga de la escuela―. ¿Problemas con Pedro?

 

Tardé un poco en ordenar mis ideas. “Pedro”, tan lejano, insustancial en mi cabeza, casi un extraño. Pero era mi novio, y el chico que cualquiera de mis compañeras desearía tener.

 

―Recuerda que prometiste avisarme apenas estuviera disponible ―dijo Silvia en tono de broma. Era una fiel amiga, pero en ningún caso inmune a los encantos de Pedro. Cuando lo conoció me hizo jurar que le contaría a ella primero que a nadie que tamaño galán estaba disponible otra vez. La quería mucho, siempre trataba de subirme el animo cuando me veía decaída. Éramos bastante unidas, nos contábamos todo… Bueno, casi todo, pues ni pensaba contarle lo de mi mamá, menos lo que me pasó en el bus. Pero sí que sabía lo importante que era mi diario para mí.

 

―¡Noooo! ―compartió mi desesperación apenas le conté a que se debía mi estado de ánimo. Supongo que a ella tampoco le hizo mucha gracia la perdida de mis secretos pues en varias páginas salía mencionada contando los suyos. Silvia era la otra chica popular de la escuela. Es tan bonita como yo en su tipo de belleza. Hace mucho ejercicio conmigo, así que somos bastante semejantes en algunos aspectos. Pero ella es rubia y tiene una sensual nariz un poquito aguileña que les da un toque muy sexy a sus rasgos escandinavos.

 

La profesora entró en la sala antes de que tuviera ocasión para contarle más detalles. Silvia se dio vuelta en su silla y yo abrí el cuaderno de biología. Cuando me agaché para sacar un lápiz del bolsillo externo de mi mochila me di cuenta de que un pequeño papel, pegado con cinta adhesiva, colgaba del borde de la mesa. Lo cogí y lo desdoblé. Al leerlo no pude más que quedar petrificada en mi asiento. Decía:

 



 



 



 



 



 

La letra y la ortografía eran espantosas. No podía creer en el lío que me había metido. Que mi diario era muy interesante no podía significar otra cosa que lo hubiera leído. Y que si quería recuperarlo debía ir al taller del conserje que estaba en el subterráneo de la escuela quería decir que el hombre que lo tenía no podía ser otro que el cojo Juan, el pillo que me había espiado en los camarines cuando me cambiaba.

 

Asustada por el contenido de la carta y todo lo que daba a entender, no pude evitar recriminarme, casi maldecirme, por la pérdida de mi diario. Pensé en qué podía hacer al respecto durante toda la clase. Si tan solo no hubiera escrito con tanto detalle lo que me pasó en el autobús habría llevado corriendo la carta con la profesora Vivian para que se la mostrara al director, así ellos se arreglarían con el bribón del conserje, que seguramente había hurtado mi diario en día anterior. Pero no solo describía lo que me había pasado físicamente, sino que también en esas hojas me confesé, admitiendo las placenteras sensaciones que me había provocado ese hombre viejo y feo en el bus. En definitiva, llegué a la conclusión que no tenía más remedio que ir por él, ya que si su contenido era divulgado mi vida se convertiría en una pesadilla.

 

Llegando al final de la clase no podía aguantar el nerviosismo, sabía que el cojo Juan tenía mi diario, y realmente desconocía qué esperar de un hombre como él. Apenas sonó la campana salí disparada de la sala. No quería tener que explicarle a Silvia adonde tenía que ir, pues intuía que, lo que iba a vivir, pasaría a ser parte de esos secretos que no podía compartir con ella.

 

Al salir al patio me dirigí rápidamente donde me habían citado. La entrada al subterráneo quedaba al fondo de un pasillo por un costado del edificio de administración de la escuela. Abrí la puerta que decía “Taller Conserjería”. Ante mí apareció un corto descanso que daba paso a unas escaleras que bajaban. Era una bajada estrecha y oscura que terminaba en una tenue luz que alumbraba la habitación a la cual conducía. Abajo se notaba un ambiente húmedo y hasta medio lúgubre podría decir. La verdad yo nunca había entrado ahí, jamás, en todos los años en esa escuela, ni siquiera me pregunté que había detrás del portal donde me encontraba parada en ese momento. Muy nerviosa y asustada, me acerqué a las escaleras para mirar más de cerca ahí abajo. Aparte de la tímida luz que iluminaba el lugar, todo era oscuridad y grietas por doquier. Miré afuera y, cuando estuve segura de que nadie me veía, entré y cerré rápidamente la puerta tras de mí. Luego, inhalé fuertemente aquel húmedo y espeso aire y me dispuse a bajar las escaleras.

 

―Llegó ―susurro una voz que provenía de la habitación cuando mis pasos resonaron en los resquebrajados peldaños.

 

Sin decir nada seguí bajando lentamente. Cuando llegué abajo me encontré en una habitación no más grande que mi sala de clases, llena de diversas herramientas en sus murallas y una mesa de trabajo en un lado.

 

―Hola, señorita Paulina ―dijo una voz.





―¿Quién es? ―pregunté asustada.

 

―Soy yo ―respondió el cojo Juan, saliendo de detrás de las sombras de un viejo mueble metálico. Se desplazaba con su típica cojera, limpiando sus manos en un sucio paño de taller.

 

―¿Cómo está? Qué bueno que vino ―me dijo, apoyándose en la mesa, con un tono que no disfrazaba su satisfacción de verme ahí. Vi como sus ojos estudiaron mis piernas, mi blusita ajustada y luego mis nerviosos ojos.

 

―¿Usted tiene mi diario? ―le pregunté, temerosa, cuando me salió el habla.

 

―Sí ―dijo al mismo tiempo que asentía con la cabeza. Y sonrió cuando continuó diciéndome―: Me pareció muy interesante lo que se cuenta en él.

 

―No esta bien leer las cosas privadas de otras personas ―le encaré. Con cada segundo que pasaba en ese lúgubre lugar más me asustaba e indignaba―. Ni qué decir de robar las pertenencias de otros.

 

―Lo encontré tirado por ahí ―me mintió descaradamente―. Vaya a saber quién se lo sacó. Debería agradecerme haberlo rescatado de la basura. Tuve que leerlo para saber a quién devolvérselo.

 

―Entonces ya devuélvamelo de una vez ―le pedí, sin poder ocultar mi desesperación.

 

El cojo Juan volvió a esconderse detrás del mueble de donde había salido. Al adelantarme para ver que hacia me di cuenta de que tras el armatoste había un portal que daba a una pequeña habitación continua. El conserje no demoró en volver a aparecer de las sombras. Traía mi diario en sus manos.

 

―Aquí tiene, señorita Paulina ―me dijo cuando me lo estiró para entregármelo. Lo agarré y lo abracé con fuerzas entre mis brazos. Sentí un alivio enorme al tenerlo por fin conmigo otra vez―. Y no vuelva a perderlo. Nunca se sabe lo peligrosos que pueden ser algunos secretos.

 

Su mirada y sus palabras hicieron que se me pusiera la piel de gallina. Estuve a punto de salir corriendo de allí, pero lo que dijo a continuación me congeló ahí donde estaba parada.

 

―La profesora Vivian tiene algunos de esos, ¿sabe? ―Lo dijo con malicia. Al verme atenta a sus palabras continuó―. La profesora no es tan correcta como aparenta ser. Se cree muy digna y respetable cuando me ignora en los pasillos. ¿Sabía usted, señorita Paulina, que ella consumía drogas cuando tenía su edad? ―agitó la cabeza, entre divertido e indignado―. Lo que hace la juventud.

 

Sentí que sus últimas palabras me involucraban a mí también. Apreté mis manos sobre mi diario, consolándolo, tratando de decirle que ahora estaba a salvo, que ese hombre ya no seguiría violando nuestros secretos.

 

―Eso tampoco debería ser de su incumbencia ―traté de defendernos a ambas, a la profe Vivian y a mí.

 

―No, mía no, pero quizá sí de algunos respetables apoderados de este colegio.

 

No supe como rebatirlo. Tenía razón, esa maldita escuela podía ser muy conservadora con algunos temas. Además, la profesora Vivian era muy hermosa y llamaba la atención entre todo el cuerpo docente, lo que de alguna forma también generaba rechazo en las viejas que veían a sus maridos demasiado pendientes de ella y que no dudarían en aprovechar la oportunidad para presionar porque la echaran. Yo la entendía muy bien. Sabía que varias de mis compañeras y chicas de otros cursos me detestaban, ya fuera por envidia de mi belleza o por los celos que les hacía sentir cada vez que sus amigos y novios se volteaban a mirarme en el patio.

 

―Supongo que sabe que la profesora Vivian tiene un hijo enfermo. Que necesita una operación muy cara que financiara el seguro del colegio.

 

Eso si lo sabía. Se habían hecho varias actividades para recaudar fondos y todos nos pusimos muy contentos cuando el director anunció que el costo de la cara operación y el largo tratamiento serian cubiertos por un seguro de salud que cubría a todos los trabajadores de la institución y sus familias.

 

―¿Y qué tiene todo eso? Todos queremos a la profesora Vivian. Es una buena maestra y una buena madre ―le solté, asustada por la confianza malévola que irradiaba el rostro de aquel hombre.

 

―¿De verdad quiere saber?

 

―Sí, obvio, sino no lo preguntaría ―dije, molesta. No sé de dónde saqué el valor para encararlo así. Seguramente la rabia que me daba que el cojo Juan hubiera leído mi diario, mezclada con la indignación que me daba la certeza de que algo se traía entre manos con la profesora Vivian, avivaban mi irritabilidad, haciéndome sonar desafiante.

 

El cojo Juan se ubicó junto a al portal oculto en las sombras, lo señaló y me dijo:

 

―Entonces pasé. La invito cordialmente a enterarse de todo lo que va a pasar aquí en unos minutos―. Su tono fue muy formal, como si tratara de parecer un hombre educado, cuando a todas luces no lo era.

 

Miré aquel espacio oscuro y dudé. No sabía si era una invitación o una obligación entrar ahí. Es cierto que me había entregado mi diario, mi tesoro ya estaba en mi poder, pero también era consciente de que, si él quería, podría de un empujón echarme dentro de la tétrica habitación. Sin embargo, de alguna forma supe que no estaba en sus planes obligarme a nada. El muy sinvergüenza quería tentar mi curiosidad y lo había hecho a las mil maravillas.

 

―Ande, señorita Paulina, no tiene de qué preocuparse ―me aseguró al verme dubitativa todavía―. En esta escuela cuidamos a nuestras alumnas. ―El cojo tomó una vela de unos cajones, la prendió y entró en la pequeña habitación.

 

Respiré hondo y lo seguí. Entre tras él al misterioso cuarto. Lo primero en lo que me fijé fue en que junto a la puerta había una especie de ventana que antes no había visto por la falta de luz. Aquel sacado en la pared estaba cubierto por una reja de alambre, que comunicaba los dos espacios de ese mugriento taller.

 

El cojo Juan puso la vela sobre una mesa que estaba apoyada contra la pared, justo debajo de la reja, parecía un escritorio con vista protegida a la otra habitación, como si se tratara de la caja registradora de una tienda.

 

―No se asusté, solo miré lo que sucederá ―me dijo. Luego tomó la vela y salió de la pequeña estancia, cerrando la puerta tras él.

 

Me di cuenta de que en la reja colgaban herramientas, las que estorbaban para poder ver claramente el cuarto más grande. Me incliné sobre la mesa para esquivar los molestos trastos, de manera que, apoyando mis senos en aquel mueble ―lo que me obligó a parar la cola justo al borde de la superficie de madera ―logré tener una vista privilegiada y oculta de lo que estaba por suceder ahí fuera, además de una cómoda posición.

 

No pasó mucho tiempo y sentí que alguien golpeaba la puerta que anteponía las escaleras. Noté lo entusiasmado que estaba el cojo Juan cuando me hizo una seña para que guardara silencio; luego se dirigió a abrir. Escuché como conversaba con alguien. Después de unos momentos de cuchicheos inentendibles para mí pude oír pasos bajando las escaleras. Eran dos personas. Detrás del enano conserje apareció la escultural figura de mi profesora de gimnasia, la señorita Vivian.

 

La hermosa mujer andaba como siempre, con un peto que sujetaba sus voluminosos pechos y unas calzas largas de deporte que cubrían sus trabajadas piernas en su totalidad, pero que, por lo ajustadas que eran, ocultaban bastante poco las atléticas formas de sus largas extremidades.

 

―Dígame de una buena vez. ¿Qué es lo que quiere? ―le espetó, molesta, la profesora al cojo Juan.

 

―Solo que siga mis instrucciones al pie de la letra ―le dijo en tono gélido el conserje―. Para empezar, quiero que se cubra los ojos con esta venda. ―El hombre estiró la mano con un pedazo de tela en ella.

 

―¡¿Está loco?! ―reaccionó indignada la profesora.

 

Noté en sus ojos que estaba asustada a parte de molesta. Es extraño como una figura de autoridad, como lo era la señorita Vivian para mí, podía verse tan indefensa en algunas situaciones.

 

―Cálmese ―le dijo el enjuto hombre con tranquilidad―. Recuerde que al centro de padres de este distinguido colegio no le parecerá bien que una exdrogadicta como usted le haga clases a sus hijos. ―El conserje aún mantenía la mano estirada.

 

Fueron unos interminables segundos de duda. Estuve a punto de salir de donde estaba y decirle a la profesora que mandara al diablo al cojo Juan y saliéramos de ahí. Pero una mezcla de temores me  retuvo. No quería que mi diario se diera a conocer. Tampoco quería que por mi culpa se terminara sabiendo el secreto de la señorita Vivian, y que perdiera el trabajo y las posibilidades de costear la operación de su hijo. Además, si debo ser sincera con ustedes, la forma en que el endiablado conserje miraba a la profesora, y la ardiente curiosidad que nacía en mí por saber que pretendía hacer con ella, me mantuvieron expectante a la decisión de la atribulada mujer.

 

La profesora, luego de una penosa reflexión, tomó la venda y se la puso, dejándose completamente ciega ante todo lo que iba a ocurrir.

 

El conserje se acercó a ella e inspeccionó la venda, apretándola y asegurándola para que quedara firme. Luego, satisfecho, volvió a mirar hacia mi posición y me cerró un ojo. Me pareció tan diabólico como soberbio ese gesto cargado de indolencia.

 

El conserje la rodeó, admirando con descaró el atlético y desamparado cuerpo de la profe. Luego, el muy patán, acercó una silla y la puso junto a la profesora.





―¿Qué pasa?¡Qué esta haciendo? ―preguntó la profesora Vivian cuando sintió el arrastre de la silla contra el suelo.

 

El cojo se subió a la silla y le dijo:

 

―Quédese tranquila, profesora. Levanté las manos, por favor. ―Lo pidió con suma tranquilidad, como si se tratara de una tarea que realizaba con regularidad.

 

―¿Para qué? ―preguntó con angustia la mujer. Su tono, lleno de temor, me produjo una gran conmiseración.

 

―No se preocupe, solo hágalo ―respondió el cojo Juan, sin poder ocultar su excitación.

 

Me sentí muy confundida con lo que estaba pasando en ese oscuro taller. Quería ayudar a la profe, pero tenía miedo de interrumpir los planes del sádico conserje. Además, la mirada de deseo que ese hombre pequeño, desagradable y negro, le dirigía al cuerpo de la escultural mujer vendada frente a él, y el temor que irradiaba la profesora Vivian, habían empezado a despertar en mí los nuevos placeres que había aprendido a conocer tan recientemente, lo que me tenía poco menos que paralizada mirando el espectáculo.

 

No tardé mucho en darme cuenta de lo que pretendía aquel depravado. Se había subido a la silla para poder alcanzar las manos alzadas de la profe, que era bastante más alta que él, y así poder esposar sus muñecas a unas cadenas que colgaban de una cañería de acero que cruzaba la estancia de lado a lado. Lo hizo tan rápidamente que la profe no tuvo tiempo de reaccionar, sino hasta que ya estuvo irremediablemente atrapada, casi colgando en aquel lugar, que empezaba a parecer más una sórdida mazmorra que un oscuro taller.

 

La profesora Vivian quedó indefensa, con su hermoso cuerpo indefenso en toda su extensión. El largo de las cadenas solo le permitía doblar un poco las rodillas. Ella se revolvía para tratar de liberarse, pero era inútil. Si hubiera podido ver el grueso de las cadenas que la atenazaban se habría dado cuenta que no había posibilidad que pudiera forzar de alguna manera la tenaza de sus muñecas.

 

―¡¿Qué hace?! ¡Déjeme ir, maldito enfermo! ―la oí gritar. Pude sentir como esa bóveda convertía en eco aquellas desesperadas suplicas, encerrándolas en aquel apartado subterráneo.

 

―Por favor, suéltame, te lo ruego, déjame ir ―empezó a rogar la profe cuando ya no pudo retener las lagrimas que empezaron a recorrer sus mejillas.

 

El cojo la miraba ansioso, como si esperara algo. Yo no sabía qué. En la cara se le notaban las ganas que tenia de ponerle las manos encima a su víctima. Me sorprendí apremiándolo en mi cabeza para que lo hiciera cuando sonó la puerta del subterráneo. Me asusté, lo que estaba pasando en ese lugar era tórrido e insano; y yo era una ávida espectadora de la tortura de la profesora. Temí que las suplicas hubieran sido escuchadas por alguien que, curioso, se aventuraba a averiguar qué pasaba ahí abajo. Sin embargo, mi temor se transformó en curiosidad cuando me di cuenta de la satisfacción y jubilo que emanaban del rostro del cojo Juan, como si aquella intromisión fuera algo que esperaba con ansias.

 

Desde las oscuras escaleras apareció el nuevo personaje de esa ya truculenta historia y a paso lento se fue a sentar a un extremo de la habitación.

 

Se preguntarán quién era esa persona. Pues, ni nada más ni nada menos, que ¡el director de la escuela! En ese momento me cuadraron muchas cosas, seguramente él era el cerebro de toda esa maquinación. El cojo Juan no se habría atrevido a hacer algo así sin su apoyo, el pérfido conserje no era más que un esbirro, una herramienta para los perversos planes de la mayor autoridad del colegio.

 

Me pregunté como entraba yo en todo eso. Estaba atrapada en ese diminuto cuarto. Era imposible salir de ahí sin que aquellos dos depravados me vieran. Y una inoportuna reacción de cualquiera de ellos le podría dar a entender a la profesora Vivian que yo había sido testigo de todo lo que estaba pasando. ―No ―me dije―. No tienes alternativa, debes quedarte hasta el final.

 

Me tranquilizó darme cuenta de que, al parecer, el director no tenía idea de que yo estaba presenciando el espectáculo.

 

Mi cuerpo se estremeció ante lo que veía. El infame director se veía complacido con lo que tenía frente a él. El cojo Juan estaba, si cabía, más satisfecho aún, junto a la pobre profesora Vivian, que guardaba silencio en su incomoda, pero sexy posición, expectante ante la certeza de que otra persona había entrado en la habitación.

 

―¡¿Quién está ahí?! ―preguntó, alterada―. Ayúdeme, por favor ―pidió, mientras yo me mojaba, seducida por las insanas posibilidades que prometía aquella morbosa situación. No me siento orgullosa de eso, pero no puedo negárselos. Esa extraña sensación de placer que me invadió en el autobús y durante el relato de la violación de mi madre, volvió implacable, sedienta de ver como el escultural cuerpo de la profesora Vivian era aprovechado de quién sabe qué formas.

 

―Quieta, profesora ―la tranquilizó el cojo Juan, con contenida excitación en la voz―. Ya esta aquí. No hay vuelta atrás. Si se queda tranquila nadie sabrá su secreto y podrá conservar su peguita. No se preocupé, no va a ser tan malo, hasta lo disfruta, ya verá.

 

―No, por favor, déjeme ir, se lo suplico.

 

El cojo miró al director que no perdía detalle de todo lo que estaba pasando. El maduro vestía traje y corbata, como siempre, y estaba cruzado de piernas, medio echado en la silla y fumaba un cigarrillo que acababa de prender. Pude ver cómo, con un leve gesto de cabeza, autorizó al ansioso conserje para seguir adelante con sus planes.

 

El conserje admiró con malicia el cuerpo de la profesora mientras se acercaba a ella frotándose las manos, seguramente ansioso por poner en practica todos los deseos que aquel inalcanzable cuerpo despertaba en él. El pequeño moreno se paró frente a la profe. Ella estaba agitada por los nervios que evidentemente sentía. Mantenía su cabeza gacha en un paupérrimo intento de proteger su anatomía.

 

Me imaginé cómo se sentía la señorita Vivian ahí atada y sin poder ver nada de lo que acontecía a su alrededor, imposibilitada de defenderse ante cualquier ultraje que pretendieran ejercer sobre ella. Ignorante incluso de la identidad de todos los presentes. No pude evitar sentir una corriente de humedad que invadió mi joven y ansiosa entrepierna. Aún me era inexplicable por qué ese tipo de situaciones despertaban mi libido. Me sentí extraña pensando en lo contradictorio de las reacciones de mi cuerpo, pero luego recordé a mi madre y su evidente disfrute frente a la pasión salvaje de don René. Al fin me convencí de que lo que me pasaba no debía ser tan particular como pensaba. Así que me liberé a disfrutar de las tropelías que le iban a hacer a la profesora más bella y encantadora de la escuela.

 

―No, no, por favor. ―La profesora Vivian pareció adivinar las intenciones de aquellos hombres―. Juan, por favor, libérame. Quién sea que este ahí, por favor, ayúdeme ―rogaba inútilmente. Me pregunté si la profe sospecharía quien era la otra persona que disfrutaba teniéndola así en ese lúgubre lugar. Para ella podría ser cualquiera de los profesores u otro auxiliar, quizá un apoderado del centro de padres. Supuse que ni se le pasaría por la cabeza que el cómplice del cojo Juan era su mismísimo jefe, el director.

 

Al fin el cojo, extasiado por lo que estaba a punto de sentir, lentamente posó sus negras manos sobre los pechos de la profesora Vivian, cubiertos solo por aquel ajustado peto.

 

―¡No!, suéltame, desalmado ―exigió la pobre al sentir el indebido contacto.

 

El insano conserje hizo oídos sordos a los reclamos de su víctima y empezó a apretar y masajear apasionadamente ese hermoso par de melones que tenía a su disposición.

 

―Tiene unas duras y bien ricas tetas, señorita Vivian ―dijo el cojo, con pasión contenida―. Ya no me aguanto las ganas de lamerlas, de succionar sus pezones.

 

Con cuidado, tratando de controlar los instintos salvajes que guardaba, el conserje bajó el cierre que lucía la parte delantera del exigido peto. Con cara de pervertido se dio a observar como, poco a poco, bajaba aquella cremallera, liberando milímetro a milímetro los hermosos senos de su prisionera.

 

―Ooooooh, profesora. ¡Qué pechugas más hermosas! ―exclamó asombrado el cojo, atento al tesoro que había descubierto.

 

―¡No!, loco depravado. ¡No! ―se retorcía la profesora. Con los desesperados movimientos que hacía no conseguía más que extasiar aún más la fascinación del conserje, que admiraba como las esculturales ubres se balanceaban sensualmente, de lado a lado y chocando entre sí.

 

―No, por favor ―terminó balbuceando tímidamente. Me daban tanta pena, a la vez que me excitaban, esos cambios en ella. De repente cobraba fuerzas para arremeter con insultos y exigencias, para luego caer casi entregada a suplicar como una criatura indefensa―. Nooooooo, nooooooooh― gimió de repente, haciendo que mis piernas flaquearan ante el espasmo que sufrió mi entrepierna.

 

―¡Esta excitada! ―me dije imperceptiblemente. ¿Era posible?

 

―Tía, tengo hambre ―dijo el cojo, exultante ante su ocurrencia―. Deme un poco de leche, por favor, mamita. ―El maldito imitaba la voz de un niño. Se agarró el paquete de lo caliente que estaba. Y metió su cara asquerosa entre las tetas de la profe. El muy perverso relamió la excitante brecha que se habría entre las ubres antes de darse a atacar y succionar uno de los pezones de la indefensa mujer.

 

Mientras observaba como ese pigmeo se deba un banquete con la exquisita piel de las ubres de la profesora Vivian, relamiéndolas y chupándolas con desmedida pasión, me percaté de la erección en los pezones de la atribulada mujer. Ella seguía quejándose, a veces insultando a su agresor, y se debatía en tímidos balanceos tratando de alejarse de la hambrienta boca que se alimentaba de ella. Comprendí que la pobre, pese al desprecio que sentía, no podía evitar la reacción corporal que las indeseadas caricias bucales le estaban generando.

 

De pronto, la profe le propinó un fuerte rodillazo al cojo que le dio justo en la ingle.





 

―¡Aaaaarg! ―exclamó, después de soltar la pechuga que succionaba.

 

Aunque ustedes no lo crean, este acto de violencia y los posteriores improperios que el malsano conserje profirió luego, me excitaron sobremanera. Me sentí orgullosa de la profe al mismo tiempo que anhelaba ver la respuesta del adolorido abusador.

 

El director tuvo que taparse la boca para ahogar la risa que le dio ver al cojo Juan apoyado en un mueble con ambas manos en la entrepierna. Se convulsionaba, enmudeciendo los estertores de risa, esforzándose por no delatar su presencia.

 

La profesora yacía casi colgando de las cadenas en medio de la habitación. Estaba muy agitada y sus brillantes tetas, embetunadas por la saliva de su agresor, se movían al ritmo de su pesada respiración.

 

El cojo Juan, con cara de muy pocos amigos, se sacó la correa de su pantalón.

 

―Así que con esas estamos ―dijo mientras se posicionaba al lado de la profe. Dobló la correa por el medio, la tomó de ambos extremos y la hizo sonar haciendo que las caras interiores chocaran en un fuerte estruendo que resonó en el abovedado taller.

 

La profesora levantó la cabeza en un acto reflejo que delató la angustia que sintió. No sé si fue solo por el fuerte ruido o porque dedujo lo que le esperaba, pero me dio la sensación de que preparaba su cuerpo para lo que se avecinaba.

 

¡Plashhhs!, resonó el cruel correazo que el conserje propinó a sus regordetas posaderas.

 

―¡Ah! ―gritó la profesora Vivian.

 

¡Plashhhs!

 

―¡Ay! ¡No!

 

¡Plashhhs!

 

―¡Ay! ¡No! Por favor, me duele.

 

¡Plashhhs!

 

―¡Me duele! ¡Maricón! ¡Ay! ¡No!

 

Cómo explicar la temperatura que sentí al presenciar tan insano tormento. Ver al cojo Juan, un hombre feo, chico y desaliñado, medio desequilibrado debido a su cojera, dándole de correazos a tan hermosa y elegante mujer, hicieron que yo misma me llevara una mano a mis pompys, impaciente por sentir cualquier contacto sobre ellas.

 

Me fije en el director. Ya no había ni rastros del inaguantable arrebato de risa que sufrió. Ahora miraba la escena con un semblante satisfecho y maquiavélico. Me pareció que los ojos le brillaban bajo la escasa iluminación del cuarto. En su mano se alargaba el despojo quemado del cigarrillo, que había perdido hace rato la atención del maduro que había pretendido consumirlo.

 

¡Plashhhs!

 

―¡Ay! ¡No!

 

―¡¿No?! ¿Qué quiere que haga entonces, profesora?

 

Silencio.

 

¡Plashhhs!

 

―¿Qué hago?

 

―¡Ay! ¡No sé! ¡No sé!

 

¡Plashhhs!

 

―¿Qué hago?

 

―¡Ay! ¡Lo que quiera! ¡No más, por favor!

 

¡Plashhhs!

 

―¡Ay! ¡Ay!

 

Las lagrimas de la profe se escapaban bajo la venda, pero su cuerpo seguía desafiando aquellos correazos que atormentaban sus nalgas, pues su postura era integra, parando el culo para recibir el castigo como una esclava digna y salvaje.

 

¡Que ganas me dieron de que mi papi me azotara! Nunca lo había echo, pero que rico hubiera sido sentir en ese momento sus correazos en mis pompys.

 

¡Plashhhs!

 

―¿Qué hago? ―insistió el cojo Juan.

 

―¡Ay! ¡No sé! ¡No sé!

 

¡Plashhhs!

 

―¿Quieres que te chupé las tetas?

 

―¡Ay! ¡Sí! ¡Sí! Por favor.

 

¡Plashhhs!

 

―¡Ay! ¡Aaah!

 

―¿Qué quiere que haga?

 

¡Plashhhs!

 

―¡Ay! ¡Chúpame las tetas! ¡Por favor, Juan! ¡Chúpamelas!

 

―Eso, así me gusta ―dijo el cojo, cansado pero satisfecho, y volvió a zambullirse entre las ubres de la señorita Vivian.

 

La cabeza del cojo Juan se regocijó entre los pechos de la profe. Volvió a chupar, lengüetear y morder las prietas carnes y los erectos pezones. Esta vez no lo interrumpió ningún rodillazo. Solo los afligidos gemidos de la lastimada mujer protestaban por sus avances, o quizá eran resultado de otra cosa. Yo, por mi parte, envidiaba la libertad que tenia de gemir como una condenada.

 

―Aaaaaaah, aaaaayyyy. Aaaaaaah.

 

Las manos del cojo Juan se aventuraron lenta pero ansiosamente por la increíble cintura de la entregada profesora. Sus manos llegaron a sus caderas. Ella se remeció, en un inútil intento de apartarlas de ahí abajo. Esto pareció excitar aún más al cojo que, rápidamente, pese a los protestos de la profe, agarró la costura superior de sus calzas y las fue deslizando hacia abajo. El conserje liberó de sus chupeteos los exquisitos senos para ver, de primera mano, como despojaba lentamente a la profe de la prenda que cubría sus espectaculares piernas. A medida que la tela iba descubriendo la piel, las perfectas formas de los muslos de la señorita Vivian fueron desnudándose para los ardientes ojos que estaban ansiosos de verlos sin protección alguna.

 

El oscuro conserje se arrodilló junto a la profesora para terminar de sacarle las calzas por debajo de los pies. Le costo un poco pues el hombre se empecinó en hacerlo sin sacarle sus zapatillas deportivas. Estas eran de color rosado y pronto entendí porque el muy sinvergüenza insistió en dejarlas en su lugar. Cuando el cojo se apartó y pude ver a la señorita Vivian sin que nada me estorbara, me quedé petrificada por las formas increíblemente sensuales de la pobre mujer. Estaba con la espalda arqueada, manteniendo su cola parada. Sus nalgas evidenciaban el daño sufrido por los correazos al mostrarse sonrojadas. El cabello trigueño de la profe estaba tomado en una sola cola de caballo y su cabeza se apoyaba en uno de los brazos que se extendía hacia el techo. Las únicas prendas que cubrían su cuerpo eran el peto abierto por el frente, que solo se limitaba a enmarcar las evidentemente chupeteadas tetas, un delicado colaless, que se apreciaba ahí arriba donde sus voluminosas nalgas lo liberaban para ir a sostenerse a la altura de sus caderas, y las zapatillas rosadas que completaban un cuadro lujuriosamente sensual.

 

El cojo se apartó de la profesora Vivian y dirigió sus manos a sus pantalones. Aunque estaba de espaldas hacia mí, me percaté de inmediato de que había liberado su verga, lo que corroboré cuando dejó caer al suelo los sucios jeans. No llevaba ropa interior, así que pude ver su trasero peludo mientras él sí se deshacía de su calzado.

 

La obra maestra que componía la profesora Vivian por si sola, se vio morbosamente acrecentada para mí, cuando el cojo Juan llevó su decrepito cuerpo, desnudo de cintura para abajo, junto a la espectacular anatomía de la profe. El sádico conserje se paró tras ella. Durante unos instantes pude ver su vigoroso miembro. Como si tuviera vida propia saltaba de arriba para abajo sobre la peluda ingle del cojo.

 

Me avergüenza confesarlo, pero ver el miembro de ese hombre hizo que mi excitación aumentara vertiginosamente. Apenas pude controlarme, reteniendo mis ansias de salir ahí fuera y pedirle que acabara con mi virginidad, que metiera esa enorme y deliciosa pichula en todos los orificios de mi cuerpo, justo frente al director de la escuela. Luego de unos momentos de cruenta lucha entre mis instintos y mi razonamiento, comprendí que lo que me mantenía en aquel estado de excitación era la maliciosa trampa que le habían tendido a la profesora Vivian, y esos asquerosos pervertidos que la habían planeado y la llevaban a cabo ante mis maravillados ojos.





 

Al controlarme pude volver a ver como seguía lo que estaba pasando con la profe. Me percaté de que el cojo la había volteado un poco, seguramente para que yo no me perdiera de nada. El conserje tenía firmemente tomada de la cintura a la señorita Vivian. Con una mano presionó su ingle, llevándola un poco hacia atrás, obligándola a parar su descomunal trasero. El colaless se mantenía en su posición, como un guardián inútil convertido en testigo de primera mano de los sucios magreos del moreno hombrecillo.

 

―Qué delicia de culo que tiene, profesora Vivian ―le dijo el cojo morbosamente. Luego empezó a golpearle las sonrojadas nalgas con el húmedo falo que colgaba entre sus piernas―. ¿Qué le parece si lo perforo con mi cosa? ¿Eh?

 

―¡No! Por favor, se lo ruego, Juan. No me violé ―suplicó la pobre mujer. El tono de pánico en su voz sonaba desesperado―. Un asqueroso como tú no me merece, no debe poseer a una mujer como yo.

 

―Estas ultimas palabras no la ayudaban en nada. Ella no era tonta. Se me ocurrió que estuviera tratando de provocarlo en vez de alejarlo de ella.

 

―Así que la muy digna señorita Vivian es algo clasista, jajaja ―se burló el cojo―. ¿Acaso no quieres tener mi trompa negra entre las piernas?

 

―¡No! ¡Déjame! ―exclamó con asco la profe.

 

―Y ¿qué me puedes ofrecer a cambio? ―preguntó el cojo, mientras le manoseaba el culo y empezaba a sacar el hilo de su colaless de entre sus nalgas. Yo no entendía como la profe podía estar negándose y mantener la cola parada como la tenía. Me excitó pensar que estaba muerta de miedo porque la volvieran a azotar a correazos, y que por eso mantenía las poses que la obligaba adoptar el cojo y solo trataba de defenderse con suplicas que yo sabía no surtirían ningún efecto.

 

La profesora Vivian guardó silencio.

 

―Bueno, si no hay oferta, te la voy a meter toda, Vivian ―le dijo, satisfecho, el sádico conserje.

 

―¡No! ¡Te la chuparé! Te mamaré el miembro, pero, por favor, ¡no me la metas! ―reaccionó desesperada la profe. Sin embargo, sus caderas se remecían, no sé si por el nerviosismo o porque las rebeldes ancas ansiaban cobijar la tensa herramienta que colgaba tan cerca de ellas. La bella mujer se volteaba hacia atrás como si pudiera ver algo de lo que hacía su agresor.

 

El cojo miró al director. Este tenía una malévola sonrisa estampada en el rostro cuando asintió. El conserje se apartó de la señorita Vivian y fue a la pared a desenganchar el otro extremo de la cadena que mantenía erguida a su prisionera, permitiéndole bajar sus manos, aún con las esposas puestas.

 

―Al suelo, como la perra que eres ―le ordenó el conserje.

 

―¡Por favor, no! ¡Te lo comeré! Podrás terminar en mi boca. Luego te la limpio con la lengua, pero, por favor ¡no me la metas! ―lloraba desesperada la profe.

 

―Ok, tranquila, profesora. Si no quiere no hay nada que hacer ―dijo el cojo simulando congoja, pero con una malévola sonrisa en la cara―. Pero ya que me la va a chupar, debe hacerlo como Dios manda. Así que ande y páreme ese culazo que tiene, póngase como perra y paré ese redondo y portentoso culo para mí.

 

La profesora Vivian se arrodilló con las piernas juntas. Luego apoyó sus manos en el suelo. Estaba asustada, pero su cuerpo parecía no sentir ese miedo, ya que se movía como una gata, adoptando con sus espectaculares curvas la más erótica posición. Paró su extraordinario trasero, formando el más perfecto corazón, el que dejó perplejo al morboso conserje, al director y a mí.

 

El cojo se paseó extasiado alrededor de la hermosa profesora, que estaba en cuatro patas como él le había ordenado. El tipo la miraba lleno de júbilo al verla en esa pose tan erótica y deseable. El director se había inclinado sobre su silla para verla más de cerca, como si las perfectas formas de la señorita Vivian fueran un imán que estuviera a punto de sacarle los ojos. Yo no dejaba de admirar la escultural figura de esa mujer, me excitó pensar que yo también sería así de bella en unos años y que, sin lugar a duda, también atraería a ese tipo de criaturas perversas que querrían abusar de mí.

 

Al fin Juan no soportó más y tomó con fuerza las nalgas que componían esa maravilla. Desesperado tocaba, masajeaba y golpeaba el hermoso culo de la profe. De pronto, al darse cuenta del meneo de gozo de aquel delicioso culo, el conserje hundió su cara entre esas redondas y firmes nalgas, arrancándole un inolvidable gemido de placer a la sumisa mujer.

 

―Aaaaah ―resonó en aquella seudo mazmorra. Parecía que la vendada víctima no pudiera reprimir el caos entre las sensaciones de su cuerpo al ser invadida entre las nalgas por la lengua depravada de su torturador―. Aaaaaaaah, oooooooooh.

 

Estaba ida ante lo que presenciaba. No podía controlar mi excitación, no pude aguantar menear el culo imaginando la lengua de ese animal en mi agujerito, ni pude evitar que se me hiciera agua la boca, al ver tan perfecta cola, servida para los deseos de un desconocido.

 

Luego de unos momentos de lamidas incontrolables, el pequeño conserje se paró, rodeo el cuerpo de la atractiva hembra y se acomodó frente a su vendado rostro. Tomó a la profesora Vivian de su cola de caballo y la condujo hacia su erecta verga. Ella, al sentir el roce del miembro en su mejilla, explotó en un frenesí difícil de explicar. Sin poder contenerse, tomó ese pedazo de carne con sus dos manos, aún atadas, y lo metió en su boca descontroladamente. La profesora lo chupaba y lamía como si se le fuera la vida en ello. Yo no podía creer la desesperación de la que era víctima esa mujer que se suponía estaba  siendo abusada. Podía apreciar como meneaba su cuerpo para seguir el vaivén de la espectacular mamada que le estaba dando a aquel asqueroso hombre.

 

―Mmmmmm, mmmmmmm ―escuchaba que emitía desde el interior de su garganta―. Mmmmmmmmmm. Ah, mmmmmmm.

 

―Qué rico culearle la boca, profesora Vivian ―le decía el conserje al ritmo del meneo de sus caderas. Efectivamente el muy depravado no se media y le propinaba sendas estocadas en la boca. Incluso, el muy perverso le agarró la cabeza para darle impulso a sus penetraciones bucales―. Sienta como le culeo la boca, profe.

 

La profe buscó quedar de rodillas para poder usar sus manos para acariciar las velludas bolas del conserje en forma más cómoda. ¡Qué envidia me dio ver todo eso! Estaba tan excitada. Necesitaba un hombre.

 

En ese momento ocurrió lo inimaginable.

 

El cojo Juan dirigió la mirada al solitario director que, ignorante de mi presencia, ya se agarraba el paquete sobre sus pantalones. Me quedé de piedra cuando el traicionero conserje le hizo una seña indicando el cuarto donde yo estaba. La exacerbada excitación que sentía se debatió con un nerviosismo en un conflicto interno que casi hace estallar mis sentidos. Ahora puede sonar imposible de soportar. Ustedes dirán cómo no salí corriendo de ahí en ese mismo instante. Pero, entiendan, en ese momento estaba fuera de mí, observando a la humillada profe y su cochino abusador en un acto perverso y amoral que despertó todo el morbo de mi ser.

 

El director, extrañado, se asomó a través de la reja. Seguro no vio nada porque se giró hacia el conserje con las manos extendidas. Su esbirro, como pudo entre los estertores de placer que sentía al tener a la espectacular profesora practicándole la mamada de su vida, le indicó la vela que había sobre la mesa. El maduro director la tomó y avanzó hacia el cuarto, seguramente dispuesto a averiguar qué había ahí tan importante como para desviar su atención de tan excitante show.

 

La habitación se iluminó tenuemente cuando entró. Sentí como se detuvo de improviso, seguramente sorprendido ante lo que descubrieron sus ojos. No me atreví a mirarlo. Tampoco podía quitar la vista del morboso apareamiento bucal que el cochino cojo Juan practicaba con la profesora  Vivian. Al cabo de unos momentos el director dejó la vela sobre la mesa y me rodeó. Empecé a respirar mas agitadamente cuando sentí que sus ojos me quemaban. Yo estaba reclinada sobre la mesa, con toda la cola parada y mi espalda arqueada ya que mis pechos mantenían mis hombros en alto. Supe que debía verme tan sensual y sugerente como la profesora hace unos momentos. El hambre de morbo venció mi temor y me volteé a ver lo que hacía el director. Ese viejo estaba admirado mi culo y no le sacaba ojo de encima. De pronto se percató que lo miraba. Yo, al volver a escuchar los gemidos de la profe, volví a dirigir la vista al espectáculo. Debí darle a entender con eso que estaba a su disposición porque pude sentir que se agachaba tras de mí, a mirar bajo mi faldita. Recordé los pequeños calzones que me había puesto en la mañana, de seguro se veían increíbles en la postura que mantenía. Pensar en eso me provocó una excitación muy fuerte, que se apoderó de mis caderas, obligándome a parar aún más el culo. ―Para que lo vea mejor el muy degenerado ―me dije a mí misma―, ¡Mira esas tangas metidas entre mis nalgas, viejo caliente!, ¡porque este es el mejor culo de tu maldito colegio! ―Ardía en sensaciones que mezclaban rabia y lujuria.

 

Mientras, en la otra habitación, el conserje seguía metiéndole el pico en la boca a la hambrienta profesora Vivian, y yo, claro está, no perdía detalle.

 

―Mmmmmmm, ¡ah!, mmmmmmm ―gemía la profe.

 

―Eso, ¡chupa!, ¡chupa! ―la increpaba el cojo―. Deberías enseñarles a tus alumnas a comer pico, profesora chupa vergas. Luego me las mandas y yo les pongo nota a las muy putitas.

 

―¡Sí! ―le dijo de pronto la señorita Vivian―. Te las voy a mandar a todas para que te chupen esta rica pichula ―le aseguró para el deleite de mi morbosa excitación y asombro.

 

De pronto sentí un roce en mis muslos. Eran las manos del director, que subían lentamente por mis piernas. Me amasaban con cuidado, como si me fuera a romper si me apretaba más fuerte. Casi al llegar a mi cola se detuvieron. Me sentí aliviada; no tenía fuerzas para decir que no a esas exquisitas sensaciones. Sin embargo, el alivio se desvaneció muy pronto, y la lujuria se intensificó, cuando sentí como levantó mi faldita, para dejarla dada vuelta en mi espalda. Así mi culo quedó expuesto para él. No tardó en capturar mis tanguitas. Tirándolas hacia arriba, consiguió que se metieran por completo entre mis nalgas. Sentí como la tela usurpaba lo más íntimo de mi ser, a las ordenes de los deseos de aquel hombre mayor, un viejo que, según decían, tenia una tremenda verga ahí entre sus piernas. ―¿La tendrá parada por mí? ―me pregunté, dominada por ese ambiente cargado de candentes libidos.





Por unos segundos no sentí nada más. Seguramente admiraba mi parado y casi desnudo culo. De pronto, mientras seguía admirando la gran mamada que estaba que estaba recibiendo el cojo Juan, sentí unas pequeñas palmadas que, acompañadas de unos suaves apretones, hacían suspirar de excitación a aquel viejo detrás de mí. Los manoseos fueron subiendo de tono junto con los suspiros de placer del director. El magreo se volvió fuerte y los golpes me empezaron a arder en la virginal piel de mis posaderas. Imaginé que era papá, reprendiéndome por ser tan sucia y caliente, y aquellos cosquilleos de dolor se volvieron corrientes de electrizante placer. Empecé a menear el culo para la satisfacción del intruso que husmeaba donde no debía. Yo era una tierna adolescente. Tenia un novio apuesto que me quería. ¿Qué hacía ese viejo verde manoseándome la colita? ―Uff, de solo recordarlo me mojo como loca. Cuando terminé de escribir esto tendré que hacer algo al respecto.

 

Sin previo aviso, el director sacó violentamente las tangas aprisionadas entre mis nalgas, dejándomelas enrolladas a medio muslo. Así tuvo libre acceso a abrir mis cachetitos. Los amasó con indomita rabia para luego propinarme un húmedo y desesperado lengüetazo, que recorrió toda mi intimidad hasta la parte superior de mi rajita.

 

―¡Aaah!, no…, no ―gemí inconscientemente. Le pedí que parara con mi boca, pero mi culo no hacía más que pararse y hundirse más en su cara.

 

El viejo, dándose cuenta de mi sumisión, siguió chupando mi chorito, rajita y nalgas, mientras se excitaba con los tímidos gemidos que le pedían que se detuviese.

 

Mientras lamía mi intimidad, pude ver como el conserje le quitaba el miembro de la boca a la profe. Ella, descontroladamente, seguía sacando la lengua, como chupando el aire, como buscando el dulce que le habían quitado. El cojo volvió a gozar del culo que la profe mantenía parado. Las nalgadas esta vez fueron más fuertes que antes.

 

¡Plash!, resonaron en el sombrío taller.

 

Las caricias se volvieron violentas. El endiablado conserje había perdido el control.recibiendo el cojo Juan, sentí unas pequeñas palmadas que, acompañadas de unos suaves apretones, hacían suspirar de excitación a aquel viejo detrás de mí. Los manoseos fueron subiendo de tono junto con los suspiros de placer del director. El magreo se volvió fuerte y los golpes me empezaron a arder en la virginal piel de mis posaderas. Imaginé que era papá, reprendiéndome por ser tan sucia y caliente, y aquellos cosquilleos de dolor se volvieron corrientes de electrizante placer. Empecé a menear el culo para la satisfacción del intruso que husmeaba donde no debía. Yo era una tierna adolescente. Tenia un novio apuesto que me quería. ¿Qué hacía ese viejo verde manoseándome la colita? ―Uff, de solo recordarlo me mojo como loca. Cuando terminé de escribir esto tendré que hacer algo al respecto.

 

Sin previo aviso, el director sacó violentamente las tangas aprisionadas entre mis nalgas, dejándomelas enrolladas a medio muslo. Así tuvo libre acceso a abrir mis cachetitos. Los amasó con indomita rabia para luego propinarme un húmedo y desesperado lengüetazo, que recorrió toda mi intimidad hasta la parte superior de mi rajita.

 

―¡Aaah!, no…, no ―gemí inconscientemente. Le pedí que parara con mi boca, pero mi culo no hacía más que pararse y hundirse más en su cara.

 

El viejo, dándose cuenta de mi sumisión, siguió chupando mi chorito, rajita y nalgas, mientras se excitaba con los tímidos gemidos que le pedían que se detuviese.

 

Mientras lamía mi intimidad, pude ver como el conserje le quitaba el miembro de la boca a la profe. Ella, descontroladamente, seguía sacando la lengua, como chupando el aire, como buscando el dulce que le habían quitado. El cojo volvió a gozar del culo que la profe mantenía parado. Las nalgadas esta vez fueron más fuertes que antes.

 

¡Plash!, resonaron en el sombrío taller.

 

Las caricias se volvieron violentas. El endiablado conserje había perdido el control.

 

―¡Aaaaah! ¡Me duele! ―exclamó la profesora Vivian en respuesta―. ¡Tómame! ¡Poséeme de una buena vez, maldito! ¡Aaaaah! ¡Necesito que me la metan! ¡Méteme la pichula! ¡No importa que seas un asqueroso conserje! ¡Viólame! ―pedía en forma descontrolada, mientras meneaba el culo como una posesa.

 

El cojo, iracundo, le agarró el poto y empezó a meterle los dedos en su brillante vagina.

 

―¡No! ¡Ven! ¡Deja que me coma tu leche, miserable! ―rogó la profe, como si la intromisión en su íntima hendidura le hubiera devuelto la cordura.

 

De pronto sentí como el director separaba mis nalgas para empezar a hundir su lengua en mi pequeño agujerito posterior. No pude evitar empezar a gemir de nuevo, mientras el moreno conserje volvía a meterle la verga en la boca a la hambrienta mujer encadenada a sus pies.

 

―Qué cosita tan linda…, uuuuuuy, y además virgen. Qué grata sorpresa ―escuché la voz del hombre que provocaba cosquillas entre mis cachetitos.

 

Sentí como se apartó, dejándome con un vacío insoportable ahí donde había estado su lengua. Sus pantalones cayeron al suelo junto a mis pies. Me estremecí con los pequeños golpes que empezaron a caer sobre mis desnudas pompys. Eran provocados por algo duro y caliente, parecía una correa candente que dejaban caer sobre mi piel. No pude evitar sentirme paralizada por la excitación que recorría mi cuerpo.

 

Frente a mí, el cojo Juan no se cansaba de penetrar la boca de la profesora Vivian, que hambrienta, se daba a devorar sin compasión el bulto de carne negra que le ofrecían; lengüeteando las peludas bolas como si fueran de helado.

 

De pronto los tibios golpes se detuvieron y pude sentir que algo presionaba mi intimidad. Recobré el control sobre mí misma y me di cuenta de lo que aquel viejo maldito pretendía hacer. Apoyé mis manos en la mesa y traté de pararme, pero mi espalda chocó con la barriga del viejo director, que logró aprisionarme y mantener mi hermoso culito parado. Apenas me topé con aquella asquerosa barriga, sentí como dos manos aprovechaban la oportunidad de desabotonar rápidamente mi blusita. Cuando traté de detenerlas, me aprisionó con más fuerza para luego hacer saltar los últimos dos botones que aún quedaban abrochados. Continuó con mi brasier, el cual a los pocos segundos quedó en mi cintura, junto a mi faldita. Para sujetarme mejor, aquellas manos usaron mis jóvenes pechos para atenazarme, aprovechando de amasarlos y piñizcarlos a gusto, así también descubrieron mis paraditos pezones, los que torturaron desesperadamente.

 

―No, déjeme, por favor, señor director ―pedí en un lastimero susurro.

 

Volví a sentir que su aparato presionaba la entrada de mi conchita.

 

―¡No!..., no me lo meta, soy virgen..., por favor, no ―seguí pidiendo con palabras que se transformaban en gemidos.

 

Mis ruegos le hicieron perder el control y sin misericordia introdujo su miembro dentro de mí de un solo empellón. No sabía si era muy grande o simplemente el dolor que sentía se debía a la perdida de mi virginidad, pero aquello provocó una explosión en mi interior, dando rienda suelta a mis acalorados alaridos de placer y suplicas.

 

―Aaaaaaah. ¡Déjame, maldito! ¡¡No me sigas violando!! ―Sabía que no me haría caso, así que pedírselo me excitó de una forma enfermiza y potente.

 

Quizá lo adecuado en ese momento habría sido pensar en mi novio. Sufrir por fallarle, por no poder proteger mi virginidad para entregársela a él algún día. Pero no, no pensé en él. La persona que invadió mi mente, la persona a la que realmente le quería entregar mi virginidad ―en ese momento lo vislumbre tan claro como el agua― era a mi padre. Mis instintos de hembra, aún medio dormidos a mi temprana edad, me confesaron los inauditos deseos que tenia de que aquel hombre que me poseía fuera mi papi. Así que así lo imaginé, sin ningún miramiento, con todas las culpas hechas cenizas en el incendio que sentía dentro de mí, imaginé que era la verga de mi padre la que me penetraba, que eran las manos de mi papi las que me agarraban de las tetas para retenerme sumisa ante sus brutales estocadas.

 

Sufrí un orgasmo arrebatador. Me llevé una mano a la boca, asustada de proferir gritos que me delataran ante la profesora Vivian o que revelaran mis incestuosas fantasías al director.

 

―¡Mmmmmmm! ¡Pammmmmmmm! ¡Mmmmmmmmmmpi! ―sufrí, conteniendo el arrebatador placer que explotaba dentro de mí―. ¡Mmmmmmmm! ¡Rimmmmmmmmm! ¡Commmmmmmmpa!

 

Pero no pude aguantar. Me mentalicé para sacar de mi mente a mi papi y liberé mi excitación, so pena de asfixiarme si continuaba limitando mis gemidos.

 

―¡Sí!, señor director. ¡Dele, dele más fuerte! ..., ¡¡sígame desvirgando!! ¡violé mi conchita, que no volverá a tener otra igual, maldito degenerado! ¡¡Vamos, soy tuya!! ¡¡Soy suya!! ―gemí. De inmediato sentí una violencia extrema en los envistes del director.

 

Uuf, que fantasía estaba viviendo, abusada por el director de la escuela, un viejo verde, violador de profesoras.

 

Pero ni ese largo orgasmo me calmó.

 

―Siga culeando, señor director. Poséame, posea mi cuerpo ―seguí gimiendo sin control.

 

Hasta que por fin obtuve respuesta.

 

―Qué apretadita estás, putita. Estás demasiado rica, eres la mejor puta que he tenido. Y eras virgen, puta. ¡Oh! ¡Dios mío! Te acabo de desvirgar. ―Palabras dichas con pasión desenfrenada, con calentura pura e insana. Olvidando el dolor, empecé a menear mi trasero violentamente, siguiendo al unísono las fuertes envestidas de mi violador.





El maldito me soltó las tetas, dejándome caer sobre la mesa nuevamente. Así fue como pude ver como la profesora Vivian se tragaba toda la leche que el moreno conserje le echaba en la boca. Me preocuparon mis gritos, ya que no quería que la profe me escuchara, pero me di cuenta de que ella también estaba inmersa en su propio mundo, en su propio placer.

 

El cojo Juan le quitó el aún chorreante miembro de la boca a la extasiada mujer, la que parecía ida, como si apenas se recuperara de un fuerte orgasmo.

 

El moreno conserje la dejó ahí tirada y se acercó al pequeño cuartucho donde estábamos con el director. Se regocijó al verme casi desnuda bajo la luz de la vela, zarandeada por los embistes de su jefe. Se acercó y me ofreció su aparato para que yo también lo probara. Apenas lo vi frente a mí se me hizo agua la boca. Lo tomé con mi manita, sintiendo su rigidez, y lo atrapé con mis labios. Apestaba a sus mocos y a la saliva de la profesora Vivian, me gustó su sabor salado y viscoso, así que lo chupé de una manera aún más hambrienta que la profe. El sabor de su leche aún estaba vivo en aquella verga. Me encantaba, yo quería más, quería mi ración de semen para beber.

 

De pronto, el director sacó su miembro de mi cuerpo. Me volteé, angustiada por el abandono. Vi como el viejo me sonrió y salió del cuarto. Con mi mano le seguí dando placer al falo negro del cojo Juan y observé a través de la reja como el director, con su enorme verga erecta, se paraba detrás de la profesora Vivian, que se había quedado en cuatro patas. El maduro director se arrodilló y acariciándole la cintura y el culo, posicionó su gran miembro entre las nalgas de la pobre.

 

―¡Nooo! Prometiste que no me ibas a follar ―reclamó con desesperación la agitada profesora Vivian.

 

El director, en silencio, siguió acariciando el perfecto cuerpo de la profe que, desesperada y aún vendada, trataba de zafarse de sus garras. Mientras, una mano se aventuraba a hurgar en mi trasero, abriéndose camino hasta mi agujerito posterior. No tardé en sentir la intromisión de un dedo que se clavó lentamente, arrancándome gemidos que acallé volviéndome a introducir en la boca el pico del cojo Juan.

 

La carne negra y erecta me supo sabrosa. El glande aportaba con fluidos que sentía que se mezclaban con mi saliva, amontonándose en el insano contacto de esa felación, chorreando por el rígido mástil, recuperados por mi lengua, tragados por mi garganta, consumidos por mi cuerpo.

 

Cuando volví a mirar, el director ya envestía furiosamente detrás de la profe, que se quejaba silenciosamente como si no le saliera la voz. El viejo era implacable en sus arremetidas. Incluso la señorita Vivian había dejado su postura sensual para encoger su cuerpo, como aguantando a duras penas el empalamiento que sufría.

 

De improviso, el negro apartó su aparato de mi boca.

 

―¡No! ―reclamé―. Quiero leche…, quiero leche ―gemí desesperadamente.

 

―No te preocupes, si te portas bien te daré de beber toda la leche que quieras ―me dijo tiernamente, como si hubiera estado ofreciéndole un dulce a una niña a cambio de su complacencia.

 

El asqueroso conserje se empeñó en manosear mi trasero como lo hizo antes con la profesora Vivian.

 

―Eras virgen. Bueno, lo deduje por tu diario ―me dijo mientras estrujaba mis cachetitos y hundía sus dedos en mi trasero. Sentía que algo tibio escurría por mi muslo. Sabía que el viejo director no se  había corrido, así que concluí, por el comentario del cojo Juan, que lo que bañaba mis piernas era la sangre de mi virginidad violada.

 

De pronto, puso un pie sobre la mesa. Empecé a excitarme, pensé que, al ser tan bajo de estatura, necesitaba hacer esto para metérmelo. Sentí como la punta de su miembro recorrió toda la extensión de mi entrepierna, pero so se detuvo ahí, continuó su recorrido hasta que se detuvo en mi agujerito posterior. Sentí mucho miedo ante lo que evidentemente pretendía hacerme. Era muy diferente un dedo a una verga gruesa como la que él ostentaba.

 

—Cálmate, Paulinita. Recuerda que te prometí toda la leche para ti ―dijo al ver mi nerviosismo.

 

Yo, aún muy excitada, no podía evitar que mi cuerpo esperase con ansias el regalo prometido. La promesa de su elixir era la clave para mi entrega. El maldito empezó a presionar hasta que la punta de su miembro penetró mi virgen agujerito anal.

 

El dolor fue inaudito.

 

―¡Aaaaaaah!, déjame, negro maldito. ¡Aaaayyyy! ―Su intromisión degeneró mi placer en insultos y alaridos―. Deja mi culo..., ¡aaaayyyyy!, me duele. Deja mi culito, por favor ―le pedía, sabiendo que no me haría caso, sabiendo que yo no quería que me hiciera caso, sabiendo que me excitaba que no me hiciera caso y me continuara culeando.

 

El conserje, excitado por mis ruegos, arremetió, hundiéndome cada vez más su majestuoso miembro. Sentí como sus bolas terminaron golpeando mi chorito.

 

—¡Tomé, Paulinita, putita! ¿Esto no es lo que te gusta? ¡¿Acaso no quería que ese maldito obrero se la culeara ahí mismo en el bus?! ¡Aaaarrgh!, putita, qué rico está tu culo ―me increpó con malicia y pasión, mientras golpeaba fuertemente mis nalgas.

 

¡Plash!

 

¡Plash!

 

―¡¡Toma, perrita!! ¡¡Te has portado mal!! ¿Ah? ―se excitaba arremetiendo más fuerte contra mi culito ―¿Ah? ¡¡Te has portado mal!!

 

―¡Sí!, papi. ¡Sí! He sido una chica mala ―volví a extasiarme imaginando que mi padre abusaba de su preciosa hija.

 

Pensar en su leche me hacía agua la boca. Me di cuenta de que el sentirme sodomizada me extasiaba de placer. No sé si era el dolor o la idea de verme rebajada a ese punto por un hombre asqueroso como el cojo Juan, pero me gustó más que violaran mi culo que mi conchita.

 

El cojo Juan hacia lo que quería con mi cuerpo. Lo seguía manoseando y golpeando. llegó a mis tetas, obligándome a erguirme sobre la mesa. Como un animal se contorsionó hasta que alcanzó a chupar uno de mis pezones sin dejar de clavármela salvajemente.

 

―Aaaaaah..., ¡Eso, chupa, Papi! Aaaaaah. ¡Pero no dejes de perforarme el culo! ¡¡Eso, con fuerza!! ―balbuceé incoherencias.

 

Volví la vista a la profesora Vivian. Estaba tirada en el suelo, como inconsciente después de la bestial follada que sufrió. El director apareció junto a mí, con su gran aparato todavía duro. Aquella verga era aún más grande y esplendida que la del conserje. No cabía esperar menos, pues el viejo era el jefe. Y la traía agarrada como aguantando la eyaculación. Me la ofreció y yo la lamí. Pude sentir el sabor a hembra de la profesora Vivian. Era sabroso. Solo bastaron un par de lengüetazos para que explotara en mi cara. Sentí como el fluido tibio empapaba mi rostro. Sentí como escurrió por mis labios y se deslizó dentro de mi boca. Era espeso, y estaba delicioso. Traté, con desesperación, atrapar los restos de leche con mis manos y llevarlos a mi boca. El conserje aun poseía mi trasero con frenesí. Gocé devorando los restos de leche que quedaron en el ya flácido miembro del director.

 

―Eso, putita ―me decía el viejo―. Comételo todo.

 

Yo estaba desbordándome de placer. Escuchar sus insultos, recordar lo sucedido en el bus, imaginar a mi papi, probar los fluidos de la excitación de la profesora Vivian mezclados con el semen del director. Fue demasiado para mí. Reventé en un orgasmo bestial e infatigable.

 

―¡¡¡Aaaaaah!!! ¡¡¡Oooooooh!!! ―me consumí sin importarme quien me escuchara. En ese momento no existía, no importaba nada más que mi placer, que mi goce―. ¡¡AAAYYYYY!! ¡¡MMMMMMM!! ¡¡OOOOOOH!!

 

El conserje seguía envistiendo mi culito. Me estaba poseyendo como a una perra. De pronto, entremedio de mis gemidos de placer, sentí como salió de mí y, tomándome la cabeza, metió su miembro en mi boca.

 

Bebí toda su leche sin que se me escapara ni una gota. El reventar de su miembro, mezclándose con mi desesperada lengua, acompaño los últimos estertores de mi orgasmo, dejándome, al fin, exhausta.

 

 

 

FIN CAPÍTULO 3.

 


















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