CRISTINA CAPÍTULO 4

 



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Título original: Cristina Capítulo 4, Invadida por el deseo, de saga Cristina.

Dantes

 

CRISTINA

CAPÍTULO 4

 

El viaje de regreso a casa fue bastante más ameno que el de ida a la finca de mis padres. Pablo estaba menos decaído; al parecer, retomar nuestra vida sexual lo había terminado de convencer de que yo no sufría tan gravemente por la terrible experiencia que supuestamente había vivido. Desde su punto de vista seguro que tenía sus dudas al respecto, pero se las guardó; mal que mal, yo le había dicho, directa e indirectamente, que hablar de ello no nos haría bien a ninguno de los dos, así que tuvo el tino de seguirme la corriente y olvidamos las disculpas, los reproches y los cuidados excesivos; convencidos de que debíamos retomar nuestras vidas y seguir adelante. Bueno, la verdad, todavía lo sorprendía manteniendo la mirada sobre mí, como si me estuviera estudiando, tratando de entender como podía ser tan fuerte, o tan egoísta con mis sentimientos. Ante esto, me vi en la obligación de simular estados de melancolía que lo convencieran de que, si bien lo estaba superando de una forma muy estoica, tampoco era que yo no hubiera sufrido nada. Lo último que necesitaba era que su preocupación se convirtiera en reproche.

Llegamos tarde a casa, casi a media noche. Al día siguiente Pablo debía ir a trabajar. Me dijo que me llamaría cada hora para ver si estaba bien y me volvió a preguntar si no quería que nos mudáramos. Yo le insistí en que no quería cambiarme de casa, que ya sentía ese lugar como mi hogar y tenía “amigos” en el vecindario que me hacían sentir más segura que un nuevo barrio donde no conocería a nadie. Bueno, apenas y conocía a la señora Raquel y a un par de vecinas más; lo que realmente quería evitar era alejarme de don Tito.

Apenas pude dormir esa noche por la ansiedad. Cuando Pablo se fuera temprano volvería a quedarme sola. Estaba segura de que don Tito me visitaría y apenas y podía esperar el momento para estar con él a solas.

Llevaba un par de horas despierta cuando al fin sonó el despertador de Pablo. Estaba tan ansiosa porque se fuera pronto que le di un par de codazos en las costillas para que se despabilara del sueño y se levantara, recordándole que ya se había tomado varios días libres y que sería el colmo que llegara tarde esa mañana. Supongo que me encontró toda la razón porque no se demoró en levantarse y tomar desayuno. Luego me fue a ver a la cama y me volvió a preguntar si estaba bien. Le dije que no se preocupara, que en caso de cualquier cosa iría a tomar una taza de té con la señora Raquel. Me regaló una sonrisa con esa extraña mirada de admiración y desconcierto, me dio un beso en la frente y se fue.

Apenas escuché cerrarse la puerta de calle, salté de la cama y me fui a ver por la ventana como se subía al auto y se iba. Cuando lo perdí de vista, una sensación de libertad me inundo, haciéndome sentir como una quinceañera traviesa que planea una fiesta a escondidas de sus padres. Me fui a la pieza y abrí el closet. Elegí unas prendas de mi aguar de novia, unas piezas de ropa interior blancas y sexys que bien sabía le encantarían a don Tito. Después de asegurarme en el espejo de que me veía tan atractiva como me sentía, me fui a meter a la cama a esperarlo. Sabía que él estaría tan ansioso como yo por nuestro reencuentro. Habían pasado varios días en los que ni siquiera nos habíamos visto, y, pese a que solo habíamos compartido carnalmente un corto tiempo, yo sentía que nos conocíamos de una manera tan íntima que ambos no podíamos estar separados mucho tiempo sin extrañarnos.

Estaba ansiosa por discutir con él todo lo que había pasado. Aún tenía lagunas con todo lo sucedido, quería que me explicara que pasó después de que yo me desmayara ese hermoso día en que me hizo sentir como ningún otro hombre lo había hecho antes. También quería contarle todo lo que había conversado con mi hermana y decirle que estaba muy agradecida con él por rescatarme de un destino sin esas intensas pasiones que habíamos vivido juntos. Que después de sentir pena por Ana no había podido dejar de pensar que había estado viviendo, aunque no de forma tan extrema, un martirio similar, y ni siquiera era consciente de ello.

Me intrigaba, y me entusiasmaba mucho saber, qué diría don Tito cuando le contara del infierno que sufría mi pobre hermana. Quería escucharlo diciéndome que él con gusto la ayudaría. Lo imaginaba diciéndomelo con esa sonrisa malévola que tanto me excitaba. Incluso me había preocupado de sacarle a Ana unas fotos para mostrarle a don Tito lo atractiva que era. Parecidas como éramos, mi hermana era alta y curvilínea, quizá algo más gruesecita que yo, porque ella ya había sido mamá, pero en ningún caso fofa o descuidada, pues era amante de mantenerse en forma y bella para su marido. Un esfuerzo del todo desaprovechado si recordamos el mínimo ímpetu sexual de mi cuñado.

Me tapé hasta arriba. Quería que él sacara las ropas de cama y me descubriera casi desnuda esperándolo. Sentí calor, no sé si por la excitación que me dominaba o por lo grueso de las cubiertas. Me movía para cada lado, inquieta por la espera, que se hizo más angustiante con cada minuto.

Al fin dieron las diez de la mañana y me convencí de que no iba a venir. No pude seguir en la cama y me levanté. Me preguntaba por qué don Tito no aparecía. Me asusté al imaginar que algo le había sucedido durante el fin de semana. No sabía qué haría si el destino fuera tan traicionero y cruel para quitarme a mi macho tras haberlo disfrutado tan poco. Me puse aún más inquieta. Me di cuenta de que no podría quedarme todo el día sola en la casa, necesitaba hacer algo. Miré por última vez por la ventana, no vi nada, solo su casa cerrada. Enfadada, me puse una falda ajustada, un peto que dejaba a la vista un escote bastante pronunciado y unas sandalias de taco alto.

Y salí.

Así había llamado su atención en primer lugar. Así que quería que me viera saliendo a buscar miradas y piropos subidos de tono. Él sabía que me gustaban y sabría lo que necesitaba para aplacar mis fantasías. O eso esperaba.

Caminé lentamente de la puerta a la calle. Miré al frente, hacia su descuidada casa. Las ventanas estaban con cortinas y no se veía a nadie en el jardín. Un hombre se bajaba de una camioneta a dejar un encargo a la casa de al lado. Se me quedó mirando con cara de asombro, como si nunca hubiera visto una mujer como yo. Me dio nervios…, y algo más. Decidí que no me podía quedar ahí como estúpida, así que caminé calle abajo, hacia la calle más comercial, aquella que contaba con más transito de personas y en la que obtendría más miradas lujuriosas y palabras soeces. Como ya les he dicho antes, era un barrio del pueblo, así que la educación no era de muy alto nivel, y una mujer como yo, vestida de esa forma, podía convertirse en una bengala surcando un cielo estrellado.

El primero que se atrevió a decirme algo fue un vendedor ambulante que se bajaba de una micro, que apenas y disminuyó la velocidad para que él se bajara. El muy idiota se me quedó mirando de arriba abajo mientras me soltaba:

―¡Mamacita ricaaaaa!

Y luego chocó con un árbol, por el vuelo que traía al saltar de la micro en movimiento. Le pegó de costado, así que se desestabilizó y se dio una vuelta antes de quedar tendido en el suelo. No pude contener la risa, y reí a carcajadas cuando desde el suelo dijo:

―Todo por mirarla debajo de la falda, cosita.

Le hice un gesto con la mano, descartando su ocurrencia. Lo que pareció animarlo porque me siguió un par de cuadras diciéndome vulgaridades. Yo solo lo escuchaba cada vez más seria. De seguro el muy rufián pensó que me había enojado, cuando la verdad era que sus palabras ya estaban lejos de molestarme o de provocarme risa.

―Cuando quieras verga, mamacita, encantado te doy ―me dijo antes de subirse a otra micro a gritar sus dulcecitos.

―Pelado ―pensé―. No tienes verga como la de mi macho.

Pero mentiría si les dijera que el muy sinvergüenza no me excitó. Sus palabras habían ido subiendo de tono a medida que yo me mantenía impávida ante ellas. Sin embargo, ya fuera por falta de osadía, o de creatividad, el tipo nunca me llamó “puta”. Si lo hubiera hecho quién sabe en qué hubiera terminado esa mañana. Estaba prendida y enojada con mi macho, así que mis ansiedades perfectamente me hubieran traicionado. Pero no lo hizo, así que seguí caminando, buscando las palabras precisas, ansiosa por oír que alguien pudiera leer a través de mi ropa y reconocer cómo me sentía, que me lo dijera y me hiciera sentir así.

Muchos me dijeron palabras bonitas:

―Qué flor en este jardín de mierda.

―Un ángel no debería llamar al pecado así.

―¡Se escapó un maniquí!

Otros subiditas de tono:

―Esas piernas necesitan barilla, ricura.

―Te monto por más brava que seas, linda.

―Acurrúcame entre las tetas, mi amor.

Pero ninguno se ganó una sonrisa o una mirada insinuante. Ninguno me llamó “puta”.

Recordé al vago que se había atrevido a llamarme así el día que don Tito me violó. Ese día, si ese viejo no hubiera tenido el acierto de llamarme así, no habría tolerado las faltas de respeto ni el abuso de mi macho; y, por consiguiente, no habría experimentado los extraordinarios orgasmos que él me regaló. ¿Qué pensaría don Tito de ese hombre? ¿Se pondría celoso? Bueno, estaba molesta con él por dejarme poco menos que abandonada, así que esa posibilidad no me detuvo. Así que me encaminé al parque donde aquel pobre hombre había despertado a la zorra que dormía dentro de mí.

Los piropos, expresados a través de susurros en algunos casos, gritos en otros, no cesaron. Fueron dos o tres manzanas en las que las palabras soeces iban y venían. Incluso una señora que no conocía se me acercó y me advirtió que era peligroso andar así por esos lugares, me rogó, como si hubiera sido su hija, que me fuera a casa y no volviera a salir sin taparme un poco más.

A esas horas el parque estaba casi desierto. Algunos ancianos, cada tanto, aparecían sentados dándoles de comer a las palomas. Me sentí caritativa y piadosa cuando desperté la atención de algunos. De seguro muy pocas veces en su vida, y nunca a la edad avanzada que tenían, habrían podido disfrutar de un espectáculo como el que les di. A los más descarados los premié acercándome y preguntándoles alguna lesera sin importancia. Incluso, a uno que me miró con una expresión de vivo deseo le regalé unos minutos de mi compañía. Me senté a su lado y dejé que me admirara con descaro las piernas y el escote. El muy bribón me converso de su vida. Me aseguró que de joven había tenido una novia igual a mí.

―Con unas tremendas piernas y unas tetas enormes como esas ―me dijo, señalándome el escote mientras se relamía los labios.

―Debió de quererla mucho. De seguro lo traía muerto de pasión ―le seguí el juego.

―Aún siento esas pasiones, mija ―me dijo todo coqueto.

No sé si de verdad pensaba que tenía oportunidad de seducirme, pero decidí que lo mejor era dejarlo con esos sueños. Me despedí; aunque, antes de irme, dejé caer mi cartera al suelo y me incliné mostrándole toda la cola. El viejo estuvo a la altura de mi atrevimiento y me sorprendió dándome un buen agarrón. Me erguí de inmediato y miré para todos lados, no había nadie cerca, ningún testigo de su fechoría, así que lo miré, le guiñé un ojo y me fui.

―Venga, mija, quédese un ratito más ―me invitó cuando me iba―. ¡Tremendo culazo! ―me soltó cuando se dio cuenta que no volvería. Si hubiera partido por lo último, tal vez me hubiera quedado, recuerdo que pensé.

El parque era un área verde que hacía de berma central a una importante avenida de la ciudad. En algunos tramos era tan ancho como una manzana y tenía caminos interiores con muchos árboles y arbustos que brindaban cierta privacidad a los adolescentes que iban en la tarde noche a pasear con sus novias. Recorrí un gran trecho antes de perder las esperanzas de ver al viejo que buscaba.




Era pasado el mediodía cuando llegué a la intersección que daba fin al parque. A esas horas no había muchas personas caminando por ahí, así que tampoco había tenido el consuelo de la grosera atención de otros hombres. Miré mi reloj, hice una mueca con los labios y di media vuelta. Sentí varios bocinazos, pero no era lo mismo; ese sonido artificial no revelaba entusiasmo ni pasión, era tan solo la pantalla de un cobarde incapaz de estacionarse y acercarse a decirme las cosas a la cara.

Volví por el mismo parque, tan coqueta como la primera vez. El viejo que me había corrido mano se había ido. Quizá a masturbarse, lo más seguro a contarle a algún amigo la diosa que le había dejado tocarle el culo.

Iba tratando de decidir si ir a ver a don Tito o no, cuando escuché:

― Quiero lamer tu coño, puta. ―La misma voz carrasposa y malévola. Las mismas palabras que habían cambiado mi vida.

Me volteé, asustada. Ahí estaba, sentado en una banca, semi oculto por unos arbustos al costado de la vereda. Me di cuenta de que de ida había transitado por la vereda del otro lado del parque, por eso no lo había visto. El viejo tenía los ojos rojos y su canoso pelo estaba despeinado. Sobre la banca había una roñosa frazada, por lo que deduje que el muy borracho se venía recién despertando.

―Anda, puta, ¿no quieres una rica chupada de coño? ―me insistió al verme parada ahí, mirándolo con asombro―. Ven, mamacita, que te abro esas piernotas y te meto la lengua hasta el culo.

El vago me miraba con una expresión entre divertida y deseosa. Sus facciones estaban sucias y se le veía un moretón en el ojo derecho, como si no hace mucho hubiera estado enfrascado en una pelea. Sus ojos, inyectados en sangre, brillaban por las lágrimas que un arrebatador bostezo hizo emerger de ellos.

―¿Qué te pasa, puta? ¿Lo hacemos o no?

Esa insufrible palabra hizo estragos dentro de mí. Nerviosa, miré para todos lados. Una sensación de vulnerabilidad me dominó cuando me di cuenta de que no había nadie más a la vista. Hasta los vehículos que pasaban por la avenida treinta metros más allá parecían haber desaparecido. Me encontraba sola a escasa distancia de aquel sucio sujeto, que no dejaba de examinarme de arriba abajo, diciéndome un sinfín de leperadas que me encantaba escuchar.

―Anda, putita. Vamos para allá atrás ―siguió diciéndome y señaló un grupo de arboles y arbustos―. Ahí te pones en cuatro y me dejas lamerte la concha. Te prometo que te la langueteó como perro callejero, jajaja.

No sé qué pasaba por mi cabeza en ese momento, pero creó que de no haber sido por una señora que apareció a lo lejos, el viejo se hubiera aprovechado de mi pánico y me hubiera llevado a rastras tras esos árboles. Pues el muy canalla ya se disponía a ponerse de pie cuando el lento caminar de esa mujer se hizo patente. Y no trató de disimular su molestia cuando se dejó caer sobre la banca otra vez.

El miedo se convirtió en alivio cuando aparecieron otras personas por el otro lado, haciéndome sentir más segura. Cuando fui consciente de las intenciones de aquel asqueroso viejo mi cordura tomó las riendas de mi montura y salí cascando de ahí.

Iba muerta de nervios. Una extraña mezcla de temor, asco y excitación me dominaba. ¡¿Qué se había creído ese viejo?! ¿Acaso pretendía aprovecharse y llevarme a la fuerza tras esos arbustos? ¿Qué pretendía hacerme ahí? ¡A Dios gracias por esa oportuna señora! ¿Quién sabe cómo me hubiera tenido, qué me hubiera hecho si no salgo huyendo?, me decía a mí misma y me preguntaba a cada paso.

Mi entrepierna estaba húmeda y, pese a la escasa ropa que llevaba, sufría de un intenso calor. Caminé directo a casa. Las miradas indiscretas y los comentarios groseros volvieron a acompañarme, pero ya no causaban el mismo efecto en mí, no después de las brutales palabras de ese viejo pervertido. ―”Puta” “Putita” ―resonaban en mi cabeza con esa voz raída y turbia.

La perra dentro de mí estaba inquieta y me urgía volver a casa, pues estaba convencida de que don Tito me vería llegar e iría a verme. Sin embargo, cuando llegaba a la esquina de mi casa me encontré de frente con la señora Raquel.

―Buenos días, Cristina. ¿Cómo estás? ―me saludó muy alegre. Luego reparó en mi agitación y me miró con más seriedad―. ¿Estás bien?

―Sí, señora Raquel. Es solo que me apresuré en volver porque se me quedó el celular y Pablo me esta llamando a cada rato… Bueno, usted sabe ―mentí.

―Pero, Cristina…, después de lo que te pasó, no deberías andar así tan bonita en estos barrios ―me recriminó en voz baja, como si fuera más una confidencia que un reproche.

―¿Usted cree? ―me hice la tonta, mirándome como si no entendiera de que me estaba hablando.

―Pero, niña ―me dijo algo molesta―. Mira ese escote, mírese esa faldita tan cortita. Tiene que tener cuidado, no ve que por acá hay hombres bien malos. No todos son como su marido o el mío.

―Sí, tiene razón ―convine con ella para que no se enojara. No fuera que le diera por contarle a Pablo si yo no demostraba que había entendido su punto.

De pronto me di cuenta de que estaba frente a la persona que podría darme la información que tanto necesitaba. Tuve el impulso inmediato de preguntarle directamente por don Tito, su marido, pero me contuve, temí sonar muy ansiosa. Sin embargo, vislumbre la posibilidad de poder averiguar por mi misma lo que pasaba con mi macho.

―¿A dónde va usted? ―le pregunté luego, cambiando de tema con naturalidad. Es increíble como las personas ceden cuando les concedes la razón. Estoy segura de que, si no hubiera dado mi brazo a torcer con lo de mi atuendo, ella no me habría respondido y me habría insistido en que me fuera a casa a esconderme de los supuestos monstruos que habitaban por ahí. Pero, como había visto su consejo aceptado y la sabiduría que le daba su edad respetada, volvió a amenizar su tono de voz y jugó conmigo a intercambiar lo que ella suponía como trivialidades.

―Voy al centro a hacer unos tramites ―me dijo. Luego escuché con simulado interés cada detalle de lo que pretendía hacer en el centro, las razones del por qué debía hacerlas y hasta la conveniencia de hacerlas todas ese día.

Fue un cuarto de hora por lo menos en que, de entre todas las cosas intrascendentes que dijo, solo saqué dos conclusiones importantes para mis intereses inmediatos. Primero: la señora Raquel demoraría casi toda la tarde en ir al centro y hacer las múltiples diligencias que tenía que hacer, para después volver a la hora de mayor congestión. Segundo: nada de lo que me dijo me dio a entender que a don Tito le hubiera pasado algo fuera de lo normal. Así que, como buen holgazán sin trabajo que era, de seguro a esas horas estaría en su casa.

Entendido esto, no puse ninguna objeción cuando la señora Raquel me dijo que ya se le hacía tarde y que le había encantado verme, pero que tenía que irse. Me volvió a urgir para que regresara pronto a la casa y me advirtió que no saliera así de provocativa a la calle otra vez, y se encaminó a tomar la locomoción que la llevaría al centro. Alcancé a verla subir a un bus antes de perderme por la esquina.

Caminé con el ansia que venía acumulando durante todo el día hasta que llegué frente a mi casa. Como una bandida, esperé el momento en que nadie me viera y crucé la calle.

Me resultó chocante estar frente a la casa de don Tito. Pese a haberla visto miles de veces desde el otro lado de la calle, y a la cercana relación que había mantenido con él últimamente, se me hizo muy incomodo estar ahí en ese momento, como si estuviera en un lugar extraño, en un barrio desconocido, en una ciudad de otro país.

El jardín estaba bien cuidado. Las flores se repartían por todos lados sobre una tierra arada y fertilizada, y un par de arbolitos se arrimaban a unas varas puestas para ayudarlos a crecer derechos. La casa en sí, por otro lado, se veía desvencijada. La pintura estaba desteñida y algunas tejas del techo se veían rotas y parchadas con trozos de lata que poco aportaban a su apariencia. Los marcos de las ventanas y la puerta eran de madera antigua algo deformada por el pasó de inviernos y veranos que la humedecían y secaban en un implacable ciclo que la astillaba y retorcía. Me pareció obvio que doña Raquel se preocupaba del jardín, mientras que don Tito, el hombre de la casa, poco se preocupaba por mantener su hogar en buenas condiciones, ya fuese por escases de dinero o por falta de ganas.

Vencí la incomodidad que se mezclaba en mi vientre con aquella intensa ansiedad, crucé el jardín hasta la puerta, con los nervios a flor de piel, tragué saliva y miré para todos lados antes de levantar la mano y golpear. Me saltó el corazón cuando escuché los pesados pasos dentro de la casa.

―¡Pasa! ―escuché que gritó don Tito―. Esta abierto.

Tomé un gancho que hacía de tirante de la destartalada cerradura y tiré de él. La puerta se abrió.

Las casas del barrio habían sido construidas como parte de un proyecto del gobierno; luego fueron entregadas a familias sin muchos recursos, pero con la posibilidad de optar a un subsidio, así que la casa que arrendábamos con Pablo, aunque mucho mejor cuidada y con ciertas ampliaciones, tenía una distribución idéntica a la de todos nuestros vecinos. Así que el espacio que me encontré me devolvió cierta sensación de familiaridad, pese a que nunca había estado ahí.

Don Tito estaba sentado en un añoso sillón que miraba hacía la puerta de entrada donde me quedé parada. Examiné el lugar. La señora Raquel era una mujer hacendosa, eso se notaba. Todo estaba limpio y, pese a los limitados recursos con los que seguramente contaba ―incluido un marido holgazán―, había logrado hacer del interior de su casa un lujar ordenado y acogedor. Pensé que lo único que contrastaba con todo lo demás, era la despreocupación de don Tito por su aspecto. Tenía puesta una camiseta blanca opacada por el uso y unos jeans desgastados que Pablo hubiera usado solo para desempeñar labores de trabajo. Usaba unas chalas de campo y tenía los brazos apoyados en los respaldos del sillón. Sus dedos golpeaban sobre la descolorida tela, imitando el galope de un potro desbocado.

―Pasa, maraca ―me invitó.

Yo lo hice, no sé si por la sumisión que generaban en mí sus palabras o por el temor de que alguien me viera parada ahí, en el umbral de su hogar.

Cerré la puerta tras de mí y me acerqué a él.

―Lo estuve esperando hoy en casa, don Tito ―le dije―. ¿Por qué no vino?

Me miró con una expresión de enfado en el rostro. Se paró, caminó cansinamente hacia mí, me agarró del pelo bruscamente y me llevó hasta el borde del único aparador que tenían en el living.

―¡¿Qué hace?! ―le pregunté asustada.

Me empujó para dejarme semi inclinada y me levantó la falda. Quedé con el poto prácticamente al aire, pues lo único que traía debajo era el pequeño colaless que me había puesto para su satisfacción.

―Escúchame bien, perra ―me dijo parcamente, y me lanzó tremenda palmada sobre una de mis nalgas.

―¡Ah! ―grité de dolor. La piel me escoció―. ¡Perdón, don Tito! ―pedí, sin saber por qué.

―Acá el que manda soy yo ―me dijo amenazadoramente―. Voy a verte cuando quiero y para lo que quiera. ¡¿Está claro?!

Plafff, me pegó de nuevo, esta vez en mi otra nalga.

―¡Ah! Sí, don Tito ―acepté con premura, cerrando los ojos para soportar la tortura―. Lo que usted diga.

Plafff.

―¡Ay!

―Tú no vienes a mí a menos que yo te lo pida.

―Sí. Nunca más, ¡nunca más!

Plafff.

―Y cuando vaya a verte tienes que estar. ¡¿Escuchaste, puta?!




―Sí, don Tito. Siempre voy a estar ―dije, rogando porque me volviera a llamar así, así como me gustaba, así como me sentía―. Siempre voy a estar para lo que usted quiera.

Plafff.

―¡Aaah! ―gemí, esta vez con algo más que mero dolor.

―¿Dónde fuiste hoy? ―me preguntó con enfado.

Plafff.

―¡Aaay! Salí a pasear, don Tito.

―¿Sí? Pues yo te fui a ver. Tenía ganas de que una furcia hambrienta me chupara la pichula ―me reprochó.

Plafff. Cada vez más fuerte. Sentí arder mi cola.

―¡¡Aaah!! ―grité. Pero abrí los ojos y lo miré con cara de ternura dolorida. Por un momento no me importó nada más que saber que aquel bruto y machista me había ido a buscar. Y me sentí culpable por no haber estado para recibirlo como se merecía. Lo había esperado tanto, si tan solo hubiera tenido un poco más de paciencia.

―¿Me fue a ver? ―Quise oírlo otra vez, ilusionada como una quinceañera que se entera de un desinteresado sacrificio que su novio hizo por ella.

―¡Pues claro, puta! ―Plafff―. ¡Pero no estabas!

―¡¡Ay!! Lo siento, don Tito ―le volví a decir. Esta vez con sinceridad, no por temor a que me siguiera pegando, sino porque en ese momento realmente sentía que merecía mis disculpas por no haber estado en casa cuando él requería de hembra―. Perdóneme…

Plafff.

―…¡Ah! Le prometo que no volverá a pasar.

―Claro que no volverá a pasar, zorra ―me dijo tirando de mis cabellos y acercándose a gritarme a la cara―. ¡La próxima vez te botó como una perra callejera!

Lo miré con angustia. Sus golpes se habían detenido pero sus palabras me provocaron una angustia aún más cruel que el dolor lacerante de la piel de mis posaderas.

―Nooo, don Tito, por favor, noooo ―le dije con desesperación, meneando mi cabeza de lado a lado.

―Ya me oíste, puta. No vuelvas a pensar que te puedes mandar sola. ¡De lo contrario no te doy más verga! ―terminó la horrible amenaza que ya había previsto. Sus ojos estaban muy abiertos y su boca se quedó congelada en una tensa “U” invertida mientras me miraba iracundo.

―Nunca más, don Tito. Ya entendí, ya entendí ―acepté, muerta de miedo ante la sola idea de renunciar a lo que ese hombre era capaz de hacerme con su miembro viril.

Me soltó y, lentamente, volvió a sentarse en el sillón donde estaba. Tomó una botella de cerveza de litro que tenía en el suelo junto a él; bebió un largo sorbo, su semblante se relajó y volvió a mirarme, esta vez no con ira, sino con deseo. Sus ojos me recorrieron de pies a cabeza. Yo me mantenía medio inclinada contra el mueble, con el culo rojo al aire. Sentía los ojos tan húmedos como mi entrepierna.

Me volví y me erguí, alisando con mis manos la falda por delante y por detrás. Noté el tremendo bulto que se le había formado ya en los pantalones. Me estremecí al darme cuenta de que se había calentado castigándome, provocándome dolor.

―¿Es verdad? ―le pregunté, aún con la sensación romántica de una niña―. ¿Es verdad que me fue a ver?

―Pues claro, vecina ―me respondió. Extrañé sus groserías y su tono cargado de ira; pensé que me seguía castigando―. La fui a ver hace un rato. Entré con mi llave, fui a su dormitorio y no la encontré. Me entretuve un rato mirando las fotos que tienes con el cornudo imbécil de tu marido y luego me vine.

Me acerqué, me arrodillé junto al sillón y apoyé mis manos sobre su peludo antebrazo. Pensé en decirle que no hablara así de Pablo, pero temí que se volviera a enojar conmigo.

―Lo siento, don Tito. Lo esperé mucho rato, inclusive me puse bonita para usted ―le mostré mi escote―, pero como no llegó decidí salir como antes. Pensé que usted me vería y entendería que necesitaba verlo ―le expliqué.

―Jaja ―rio―. ¿Ah, sí? ¿Y cómo te fue?

―¿Cómo?

―Mira como andas ―Señaló mi peto y mi falda―. Saliste a calentar machos. ¿Cómo te fue? ¿Calentaste a muchos?

―Sí ―asentí entre avergonzada y orgullosa.

―Cuéntame ―Dio otro sorbo a su cerveza.

Sus ojos me miraban con interés. Recordé como me había usado cuando me sacó a pasear en microbús y comprendí que don Tito se calentaba imaginándome expuesta. No era de esos hombres inseguros que sufrían viendo a sus hembras admiradas por otros machos. Para él era satisfactorio ver lo que yo provocaba en otros tipos, pues estaba convencido de que yo le pertenecía y que podía hacer conmigo todo lo que los demás solo podían soñar. Su seguridad contrastaba tanto con la debilidad de Pablo como el tamaño de sus hombrías.

―Fui a comercio ―le empecé a contar―. Un vendedor ambulante chocó con un árbol por quedarse pegado mirándose. Del suelo mi dijo: “Lo que sea por mirar bajo su falda”, jijiji.

Él sonrió, como un padre orgulloso que escucha las anécdotas de una hija avispada y traviesa. Después le conté todo lo que me habían dicho al pasar. Traté de describir las caras y la forma en que me piropeaban. Incluso me puse de pie para mostrarle como me contoneaba delante de algún tipo con mala facha que suponía me diría alguna leperada.

―¿Te gusta que te digan cochinadas? ―me preguntó de pronto.

Lo miré sin saber que decirle. Me pareció una pregunta de más, puesto que a esas alturas ya le había contado a don Tito sobre mis salidas. Pero comprendí que recordarlo no era lo mismo que escucharlo. Era su ímpetu por conocerme, por dominarme, lo que lo encendía. Quería escuchar de mis propios labios las cosas que me excitaban, las fantasías que encendían mis deseos de puta.

Y me excitó la idea de desnudar algo más que mi cuerpo para él.

―Sí, don Tito, me gusta ―le confesé después de volverme a arrodillar junto a él―. Y me excité tanto que decidí ir al parque en busca del hombre que me convirtió en puta.

Don Tito me agarró del pelo otra vez.

―¡¿Qué dices, zorra?! Yo fui el que te transformó de una esposa infeliz a una putinga gozadora. ―Me miró enfadado, como si acabara de quitarle los honores de su hazaña o pretendiera arrebatarle los derechos sobre mi cuerpo. Me sentí orgullosa que mi macho luchara por mantenerme a su lado. Me gustó que le molestara que otro hombre fuera tan o más importante para mí que él. Estupideces de mujer, no pude evitarlo.

Me abracé al robusto brazo que me tenía agarrada.

―No, don Tito ―le dije para provocarlo un poco más―. Usted transformó mi cuerpo, ―Llevé mi mano sobre mis tetas, acariciándome por mi cintura hasta mis caderas y piernas―, haciéndome suya casi a la fuerza, y siempre será mi macho por eso. ―Lo miré y levanté mi mano para señalar mi frente―. Pero fue otro el que despertó la puta aquí.

―¿Quién? ¿Cómo? ―preguntó más intrigado que molesto.

―No le he contado todo acerca de mis salidas, don Tito ―le dije cuando me soltó el pelo―. El día que usted me fue a ver y me mostró lo que era ser poseída por un hombre de verdad, yo tenía el alma revolucionada, la mente embobada y el cuerpo hambriento de pasión. Usted no lo sabía, quizá lo intuyó, sí, ese fue su gran mérito, pero en realidad no sabía lo vulnerable que había llegado ese día. Fue por ese hombre, ese hombre y lo que se atrevió a decirme lo que me convirtió, ―deslicé mis dedos por mi mejilla, por mi cuello, hasta el pecho―, aquí adentro, en una puta.

―¿Quién? ―repitió.

―Un vago, un sucio y viejo vago del parque de avenida Central.

Vi como se le abrieron los ojos de asombro, y luego como esa malévola sonrisa reveló el interés que sintió por los detalles de mi confesión.

―¿Qué te dijo?

Lo miré con intensidad. De seguro vio a través de mí y se dio cuenta de cómo me ponía solo con recordarlo.

―”Quiero lamer tu coño, puta” ―le dije con pasión contenida. Decirlo me provocó sensaciones demasiado placenteras que ni siquiera intenté ocultar. ―Me llamó “puta” de una manera tan deseosa, tan salvaje e instintiva, que despertó algo dentro de mí. Fue como si un ariete de acero destrozara las puertas que mantenían encerrada a mi otra yo, a esa que la educación, la religión y las leyes sociales no escritas habían encerrado sin compasión.

Don Tito me miró, complacido por mis revelaciones. Supongo que de alguna forma se sintió dentro de mí. Sabía que le contaba algo que no le confesaría a nadie más y que me excitaba haciéndolo. Su expresión malévola que tantas cosas me generaba siguió torturándome, implacable.

―¿Lo encontraste?

Lo miré confundida.

―Al viejo vago ese ―me aclaró―. ¿Lo viste hoy otra vez?

―Sí ―asentí, temerosa por las sensaciones que volvieron a mí al recordar el pérfido encuentro―. Me volvió a decir groserías muy feas ―seguí hablando al verme presionada por la lujuria que irradiaban los ojos de don Tito―. Me dijo que quería chuparme la concha. Quería llevarme detrás de unos arbustos para meterse entre mis piernas y comerme el coño y el culo. Dijo que lo haría como un perro callejero; supongo que se refería a que lo haría con hambre. ―Con cada barbaridad que le contaba, don Tito abría más y más los ojos―. Y me llamó “puta” una y otra vez. ―Me quedé en silencio un momento, tratando de decidir si debía ser completamente honesta o no. Al fin decidí que no había otra forma de desahogar mis temores, de liberar las poco sosegadas sensaciones que sentí al verme amenazada por ese viejo―. Estaba congelada escuchándolo, don Tito, extasiada por sus palabras. Y el muy canalla me hubiera violado si no es porque aparecieron unas personas que evitaron que se me fuese encima.

―Y te hubiera encantado, ¿no?, ¡puta! ―me soltó don Tito con lujuria, y me agarró de las mechas otra vez―. Ven para acá. ―Desabrochó su pantalón con una mano mientras con la otra me mantenía a la espera de que su miembro estuviera fuera. Apenas lo liberó, me lo metió en la boca y empezó a agitar mi cabeza para sacarlo y volver a ensartarlo cada vez con más violencia.

La sentí hirviendo mientras su gorda cabeza chocaba con mi paladar.

―¡Chupa! ¡Chupa¡ ¡Puta!

La excitación me quemó por dentro. Había esperado tanto aquellos tratos que mi cuerpo se extasió de sensaciones perversas y deliciosas.

―¡Chúpame la pichula! ¡Puta! ―rugía don Tito―. ¡Come! ¡Come! ―me exigía y yo me tragaba todo lo que su deliciosa barra de carne expulsaba. Estaba tan sabrosa. El aroma a macho era fuerte como el agarre con que manejaba los sube y baja de mi cabeza.

Me la sacó un momento para dejarme respirar. Pero yo no quería, estaba tan rica y dura que no aguanté ni dos segundos y volví a comérmela. Esta vez llevé una de mis manos a agarrarla desde la base y masturbarla, todo para lograr que más y más de sus líquidos preseminales se desbordaran en mi boca.

―¡Eso! ¡Maraca! ¡Cómetela toda! ―Me soltó el pelo y se agarró al sillón. Todo por la desesperada mamada que me afané en darle. Es que estaba tan rica su pichula. La había echado tanto de menos. Incluso mis ojos, ya llorosos, se inundaron de lágrimas de felicidad y gozo mientras me la comía. Cuando cayeron por mi mejilla y acabaron colándose entre mis labios, y escurriendo por la tersa piel de aquel poderoso falo, se mezclaron con el sabor, también salado, de los viscosos fluidos de mi querido vecino.

―Aaaaaah. Qué rico. Si te viera tu marido, ¡puta! Aquí, chupándole la pichula a otro hombre.

Lo miré.




―Quéééé ricaaaa, don Tito. Quééé ricaaaaa su pichulaaaaa ―le dije, arrastrando las palabras, como drogada por los aromas y sabores que expelía su poderosa hombría.

―¡Puta! ¡Puta! ¡Puta! ―me soltó con ira y sin compasión.

―Aaaaaaahhh ―gemí y me la volví a echar a la boca sin dejar de mirar su expresión de malévola satisfacción―. Mmmmmmmm. Mmmmmmmm ―seguí con la boca taponeada―. Mmmmmm.

―Te gusta que te digan “puta”, ¿eh? ―sonrió.

Me la saqué de la boca, pero no dejé de masturbarlo. Me senté sobre mis talones a admirar la labor de mis manos, y lo que generaba en el cuerpo y rostro de don Tito, que sufría pequeños estertores con cada apretón con que ordeñaba su pichula.

―Ay, sí, don Tito. Me encanta que me digan “puta” ―acepté con voz temerosa, relamiendo mis labios para rescatar cualquier vestigio de pico que quedara alrededor de mi boca―. Ese viejo fue el primero que me llamó así. Fue tan revelador para mí, tan intensa esa sorpresiva sensación. Sentí como si su carrasposa voz tuviera filo y su fría hoja me recorriera desde la ingle hasta el cuello ―La excitación que sentí ahí entregada a los deseos de mi vecino, hizo que los recuerdos se volvieran más nítidos. Alimenté esas insanas sensaciones compartiendo aquella vergonzosa realidad que hostigaba mi consciencia―: ¿Qué mujer casada se calienta con eso?

―Pues una puta, una zorra. ¡Una vil puta! ―me respondió don Tito, inclemente.

―Aaaaah. Aaaaaah ―gemí, como si sus palabras me penetraran, como si tomaran la forma de un tremendo falo y me penetraran sin piedad―. Pero es un viejo cochino. Un vago. ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo me desnudó y supo lo que era? Aaaaay.

Miré la punta de su capullo. Ya había juntado un buen charco de lubricante que se aposaba cada vez que llevaba el prepucio hasta arriba. Me acerqué, mantuve el cuero de su pichula coronando su glande y hundí la punta de la lengua en aquellos pegajosos y tibios fluidos. La revolví y la metí en el beso que ofrecía su oscura piel.

―Ooooooooh ―gozó don Tito, y me acarició la cabeza, deslizando su pesada mano sobre mis cabellos, con delicadeza, como si viera en mí a una mansa mascota que gozaba sometida a sus más oscuras fantasías―. Es un tipo especial, un vidente, un iluminado ―respondió mis metafísicos cuestionamientos.

Bajé la mano que apretaba su verga. Su hinchada y tersa cabeza se vio bañada por un segundo por los fluidos que había mantenido atrapados en su punta. Fue una visión tan hermosa y tentadora que no pude hacer más que aprisionar con mi boca aquel húmedo capullo. Lo hice rápida, pero, a la vez, delicadamente, de tal forma que pude sentir como capturé todo ese blancuzco lubricante; barriéndolo al deslizar mis labios hasta la cúspide de aquella palpitante pichula.

―Uuuurrrrsssssh ―sorbí al final, para no dejar caer ni una gota de esa delicia.

―¡Qué rico, don Tito! ―dije sorprendida por aquel sabor tan fuerte. Y volví a masturbarlo, a ordeñar esa bestia para que me siguiera deleitando con esa cosecha proveniente de las bodegas más exclusivas de sus testículos―. ¡Qué rica su pichula! ¡Mi pichulón!

―A las buenas putas les encantan las buenas pichulas, vecina.

―Sí…, sí.

―Quiero que te imagines que esta pichula es la de ese viejo. Vas a premiar a ese iluminado ―me dijo lentamente, en un tono distorsionado por el morbo.

Lo miré. Respiré más acaloradamente cuando vi su expresión de insana calentura. Lo apreté más fuerte.

―Soy el vago del parque que te llevó tras los arbustos y te ofreció verga ―siguió dibujando en mi imaginación.

Miré su tremenda pichula― Aaah ―gemí y volví a mirarlo.

―¡Chúpala! ¡Puta! ¡Chúpala!

Se la volví a mirar. Estaba tan robusta y fuerte, tan caliente. La tomé con mi otra mano. Estaba helada, así que sentí su falo aún más candente. Don Tito se alteró por el cambio de temperatura. Dio un pequeño saltito y musitó un gemido. Yo lamí la mano que venía con restos y sabor a verga.

―Anda, furcia, ¡chúpala! Chupa verga de vago ―insistió.

La imagen de ese sucio viejo en el parque cobró forma en mi cabeza. Me miraba con ansias y sus ojos se tornaban rojos por las viles intenciones que tenía al tenerme ahí a sus pies. Su verga me golpeaba la cara mientras me exigía que abriera la boca.

―¡Chúpala, puta! Chúpale la pichula al viejo vago ―me insistió don Tito.

―Aaah…., aaaaah…, ¡Sí! ¡Sí! ―acepté, muerta de deseo, y la engullí, sin importarme que fuera un pobre diablo, sin importar que fuera el miembro de un extraño. Solo me importó el hambre que tenía, el ansia por sentir las contracciones de verga que anunciarían la descarga de semen, del delicioso elixir que debía alimentar mi cuerpo de puta―. Mmmmmm Mmmmmmm ―chupé sin dejar de pajearle la pichula.

―Aaaarrrgggh ―se quejó don Tito―. Aaaauuuuuh ¡Eso, puta! Aaaaarggggh.

Chupé con ímpetu devorador. Me la metía en la boca con violencia y generaba un vacío dentro de mi boca para absorber toda su esencia a pico. La lamía tratando de embetunarla de saliva, para luego volver a echármela a la boca y sorber la mezcla de mis babas con lo que escupía la punta de aquella manguera de macho.

A ratos, don Tito me agarraba de las mechas y me apartaba de ella. Yo quedaba con los labios remeciéndose y la lengua bailando en el aire, desesperada por seguir mamando. Él me llevaba la boca hasta sus bolas, donde yo seguía lamiendo y chupando. Los olores eran más fuertes ahí en su escroto, así que yo clavaba mi nariz entre sus peludos duraznos y aspiraba con fuerza, llenando mis pulmones de esencia de hombre.

―¡Eso, puta! Sórbeme los cocos ―vociferaba don Tito―. ¡Chúpame los huevos de vago!

Yo seguía. Estaba loca de hambre. Mi entrepierna, por su parte, estaba húmeda y desesperada porque se acordarán de ella. Echaba tanto de menos como yo a pichulón. Pero yo gozaba tanto con mis labores de puta obediente que me conformaba con los deseos insanos de mi macho y con el vago que me había prestado.

Estaba de rodillas a merced de la calentura de don Tito. Sobre el suelo de su casa, el que limpiaba la señora Raquel, su vieja y fea esposa, ahí me tenía, a su joven vecina, a la hermosa mujer del vecino que todos los días salía en traje al trabajo. Ahí tenía a su hembra, en su piso, chupándole las bolas, comiéndole su enorme pichula.

Sus bolas estaban bañadas y su verga brillante. Mi boca iba de aquí para allá donde él requería de sus húmedas caricias. Yo obedecía, contenta de tener un hombre de verdad que guiara mis labores amatorias.

No noté cuando, pero de pronto me di cuenta de que don Tito ya no me tenía agarrada obligándome a hacer nada. Era yo la que chupaba la verga y lamía sus bolas por propia voluntad y decisión. Él estaba casi desfallecido sobre el sillón. Sus ojos estaban blancos y sus manos se agarraban a los respaldos como garras de jaguar a un árbol.

―Aaaaaahhhhh ―casi mugía, extasiado de placer, del gozo que yo le estaba dando con mis labios y lengua―. Aaaaaayyyyyy. Ooooouuuuu. Aaaaaarrrrggggh.

Yo misma sentía mis labios escocidos de tanto chupar con aquella inusitada intensidad. Estaba tan rica aquella carne de hombre, de burro, si debiera catalogarlo por la sola dimensión de su miembro viril, que no me importaba nada más que sorber sus sabores y tragar sus jugos.

Y de pronto empezaron los estertores.

―¡Chupa, puta! Chupa mientras tu marido te ve comiéndote una pichula de vago― gimió como si fuera víctima de una tortura y hubiera recurrido a sus últimas fuerzas para insultar y desafiar al verdugo que lo atormentaba.

La verga empezó a vibrar y a rigidizarse con violencia, con tal intensidad que un par de veces se liberó de mi mano. Angustiada, volvía a capturarla. Tuve que agarrarla con ambas manos para dominar su ímpetu orgásmico. De un momento a otro, se puso a palpitar y unos segundos después empezó a regurgitar borbotones de viscoso y amarillento semen. El primer chorro fue a caer tres metros más allá, manchando la alfombra ubicada frente a la puerta. Pero fui rápida, ahorqué a la bestia y me la metí en la boca con fuerza para recibir en mi garganta todo el torrente de mocos que mi macho me regaló.

―Aaaaaaarrrrggggh ―farfulló de gozo contenido don Tito, después de la tercer o cuarta descarga―. ¡Aaaaarrrgggh! ¡Come! ¡Puta! ¡Aaaaarrrgggh! ¡Puta! ¡Comete mis mocos de vago!

―¡Mmmmmmm! ¡Mmmmmmm! ―emití desde mi garganta, mientras la simiente de don Tito se aglomeraba en mi boca. Lo junté todo, sintiendo su amarga y salada esencia. Mi lengua se agitaba contra el capullo, urgiéndolo a regalarle todo lo que tuviera para darle, como una golfa oportunista regalonearía a un viejo ricachón para sacarle hasta el último centavo―. ¡Mmmmmmm! ¡Mmmmmm!

―Aaaaaaaah…, aaaaaaaaah ―suspiró don Tito cuando dejó de mear semen en mi boca. Su respiración se volvió más relajada y profunda, como si acabara de correr una maratón y tratara de recuperar el aliento―. Aaaaah…, bien, puta. Muy bien. Cómo la chupa, vecina. Si Pablito te viera, Uyuyuiii.

Me saqué su pichula ya semi flácida de la boca, apretándola con mis labios, ordeñándola hasta arrebatarle la última gota de moco. Luego me erguí para que don Tito pudiera verme. Saqué la lengua cargada de su simiente, para mostrarle la cantidad de esperma que tenía; era tanta que casi se me cae un poco, tuve que alzar la cabeza violentamente para volver a echármela toda a la boca. Después miré a mi macho y, sin despegar la mirada de sus ojos, tragué ostentosamente de un solo trago toda su leche.

―Mmmmmm. Rico ―le dije, y saqué mi lengua para relamer mis labios, para que viera que no quedaba nada, que todo su semen estaba ya en mi vientre.

Mi hombre había eyaculado. Yo seguía con la sangre hirviendo, ansiosa de que mi viejo vecino usara mi cuerpo de todas las formas posibles.

―¡Qué puta más hambrienta! ―exclamó don Tito después de unos minutos en que me mantuve arrodillada a su lado como una buena perra.

―¿Le gustó, don Tito? ―quise saber. No pude evitar sonar coqueta y satisfecha de mí misma.

―Uf, ¿gustarme? ¿A qué macho no le gustaría tener una hembra así de hambrienta? ―Me palmeó la cabeza como si fuera una niña o una mascota.

Me sentí contenta. Lo había extrañado tanto. Por fin estaba con él, con mi macho, con mi pichulón. En ese momento no era capaz de decirle que no a nada de lo que me pidiera y estaba rezando porque me tratara como se le ocurriese. Estaba ansiosa por demostrarle que, así como él era mi macho, yo era su hembra, una hembra fiel y obediente dispuesta a satisfacerlo en lo que quisiera.

―Ese hombre. Ese miserable vago ―me dijo de pronto, con su mirada malévola más pronunciada que nunca, mientras me observaba y acariciaba mi pelo.―. Algún día tendrás que premiarlo. Un acierto tan grande no puede quedar sin recompensa.

Nunca esperé que me dijera algo así. Me quedé quieta sin saber que responder a eso, aguardando a que se riera, convenciéndome de que estaba bromeando. No lo hizo.

Don Tito se levantó y arregló sus pantalones. Se agachó a recoger la cerveza y se tomó lo que quedaba de una vez. Luego dejó la botella en la mesa y me tendió la mano para que me pusiera de pie. Me tomó de las manos y las llevó por sobre sus hombros, me abrazó por la cintura y me besó morbosamente, llenándome la boca con su revoltosa lengua, empapándome de olor a cerveza. Sentí sus labios apretujarse contra los míos con lentitud pasional. Como si yo fuera su novia, le devolví el beso, dejando que su lengua hurgara dentro de mi boca, dejando que sus babas se mezclaran con las mías. Me encantaba que él fuera más bajo y que yo anduviera con esas sandalias con taco. Tenía que inclinar mi cabeza hacia abajo para besar al viejo medio pelón de don Tito, mi macho. Sus manos no tardaron en llegar bajo mi falda. Capturó una nalga con cada una y las apretó con fuerza. Sentí sus rugosas garras directamente sobre la piel de mis cachetes, pues el pequeño colaless apenas y se escondía entre ellos, asustado por el ataque de esas extrañas manazas invasoras bajo mi falda.

Así me tuvo un rato, besándome con pasión y manoseándome con lujuria.




Llevé mi mano hasta abajo. Tuve que separarme un poco de él para poder llegar hasta pichulón y constatar sobre el pantalón que ya estaba duro. Me sentí orgullosa de mi macho y sonreí mientras la lengua de don Tito embetunaba de babas mis labios. Él aprovechó para agarrarme la teta y la apretó.

―Métamela ―le pedí tiernamente en medio del enredo de nuestras bocas―. Por favor, don Tito, metamelaaaah.

En ese momento me apartó, dejándome con la respiración agitada, muerta de angustia de hembra insatisfecha.

―No, perra ―me dijo con desprecio, dándome la espalda―. Ya me corrí. Confórmate con comerte mis mocos.

―Pero…, pero si la tiene dura ―musité, incrédula por lo que escuchaba.

Don Tito se dio vuelta, iracundo.

―¡¿Acaso crees que soy un puto imbécil como tu Pablito?! ―me increpó―. Ese pelotudo es tu marido, tu compañero. Él te pide las cosas por favor, te pide permiso para comprar un nuevo refrigerador o para salir a juntarse con los amigos maricones que debe tener. Yo soy tu macho y te habló como la puta que eres. Te culeo cuando quiero y de la forma que quiero. No tengo que darte explicaciones, tan solo te digo lo que quiero que hagas. Agradece que no te agarro a palmazos ―terminó diciéndome con la mano levantada.

Aquella reacción y esas palabras me dejaron más que clara la situación. Y extraordinariamente le encontré toda la razón. Admiré su hombría, su franqueza al decirme que no le apetecía usarme en ese momento. Me quedé muda, aún más deseosa que ese macho se decidiera a tomarme.

―Sí, don Tito ―acepté, sumisa. Luego torcí la boca como una niña que no se decide a hacer una pregunta incomoda―. Y…, ¿Cuándo cree usted que le darán ganas de estar conmigo?

El muy canalla me miró con esa sonrisa satisfecha.

―Hoy la Raquel se fue a hacer unas diligencias. Como es una mujer extraordinaria me dejó comida, pero la verdad no me apetece lo que preparó ―se quejó―. Ándate a tu casa a prepararme algo rico. Voy a ir a almorzar allá.

Me sorprendió y me alegró lo que me pidió. Tenía miedo a que no quisiera verme hasta el día siguiente. Y las ganas de estar con don Tito eran cada vez más fuertes. No quise decir nada. Ya era más de medio día y si me apuraba no demoraría mucho en prepararle algo.

―¿Qué esperas? ―me preguntó enojándose de nuevo al verme ahí parada―. Ya largo. Estaré en tu casa en una hora.

Me apresuré a la puerta.

―Espérate, puta― me detuvo. Me di vuelta a mirarlo, con la esperanza de que hubiera cambiado de opinión y quisiera usarme ya―. Sírveme en pelota. Solo ponte un delantal y tu sortija de matrimonio. Si la comida esta buena te meto la pichula en el culo de postre. ―Y me hizo un gesto para que me largara.

Crucé la calle como hipnotizada. Poco me importó que alguien me viera salir de su casa, solo pensaba en que podía hacerle para comer. Necesitaba que fuera algo rico. Sentí que hacerle algo apetecible para comer era tan importante como mostrarme atractiva para que me deseara como hembra.

Llegué a casa, pelé unas papas, las dejé hirviendo en una olla y me fui a duchar; quería que me encontrará limpia y perfumada cuando llegará. Me sentía exultante por la promesa de don Tito de visitarme. También me había pedido que usara solo un delantal, así que tenía grandes expectativas de que mi macho me poseyera. Elegí uno que tenía unos corazones estampados que era bastante pequeño. Me lo puse, lo único que usaba aparte de él eran las sandalias de taco alto. Me miré al espejo. El delantal apenas me llegaba a medio muslo y era tan angosto que no era capaz de alojar mis robustas tetas en su totalidad. Mis pezones quedaban al aire, uno por cada lado. Me lo amarré bien ajustado a mi cintura para que las formas de mi cuerpo se vieran tan curvilíneas como eran. Me volteé frente al espejo para ver cómo me veía por detrás. El tirante del delantal que colgaba de mi cuello apenas se veía pues mi pelo locubría. Decidí hacerme una cola, pues encontré que mi espalda y mi cintura desnudas se veían arrebatadoras luciendo solo el tirante que colgaba de mi cuello y el que estaba anudado por detrás, rodeándome por la parte más angosta de mi cintura. Las sandalias hacían que mi trasero se viera esplendoroso. Aún podía notarse lo sonrojado que lo habían dejado los palmazos de don Tito, pero me dio la impresión de que se veían aún más provocativos, como si se mostraran cándidos y dichosos por la posibilidad de alojar entre ellos a pichulón, el majestuoso miembro de mi macho.

Me fui a la cocina. Saqué un trozo de carne adobado que habíamos traído de la casa de mis padres. A Pablo le encantaba como cocinaba mi madre. Él le había pedido especialmente que le apartara un poco de esa carne para traer a casa. No me importó, abrí el pote y deposité su contenido en una fuente que metí luego al horno. Revisé que las papas estuvieran bien, apliqué un poco más de sal por si acaso y me fui a preparar la ensalada.

La mesa me quedó estupenda. Usé el mantel que manteníamos para ocasiones especiales y pues unos hermosos individuales que Pablo había traído para el día de los enamorados; sus colores alegres y las formas destinadas a adular el día del amor hacían un juego estupendo con los corazones del pequeño delantal con que cubría mi desnudez. Vacié una botella de jugo en un jarro mojado para que se viera todavía más refrescante, ubiqué el cubierto y los vasos muy ordenados junto a cada individual. Saqué la fuente de ensalada y la dejé tapada en el centro de la mesa. Di un paso atrás y admiré mi obra. Me felicité por la posición que había elegido para que comiéramos. En un principio había pensado disponer los cubiertos frente a frente, luego se me ocurrió que juntos, lado a lado, así don Tito podría darse el gusto de manosearme a placer, pero sería incómodo para conversar, para que me dijera todas las cosas que pretendía hacer conmigo. Así que había terminado por decidir un punto medio: nos dispuse uno en cada lado adyacente de la mesa, consiguiendo así estar lo suficientemente cerca para que las manazas de don Tito me alcanzaran sin privarlo de verme a la cara mientras me anunciaba las barbaridades que pretendía hacer conmigo.

Estaba todo listo. Tan solo debía esperar a que mi macho llegará. Miré la hora, ya se había cumplido la hora y entusiasmé al pensar que llegaría en cualquier momento.

Recordé como me había abierto con don Tito hacía un rato, contándole todo lo que me había pasado con el vago en el parque y lo que había vivido con él esa mañana. ¿Cómo lo había llamado don Tito? “Iluminado”, así lo llamó cuando le conté de aquel sujeto que había roto, sin querer y sin darse cuenta, todas mis barreras de defensa, entregándome en bandeja a los abusos que cometiera conmigo después mi macho. Y no solo lo llamó iluminado, sino que también me obligó a imaginarlo mientras me comía su verga y me dijo que algún día tendríamos que premiarlo, pues un acto tan significativo no podía quedar sin recompensa, sin una gratificación a la altura de aquella brillantez. ¿Estaría hablando en serio? ¡Qué ridiculez!, pensé, de seguro la angustia porque llegara pronto me tenía pensando aquellas atrocidades. Aquel viejo me generaba más miedo que otra cosa, y por muy agradecida que estuviera con él, me prometí que por ningún motivo iba a volver a buscarlo al parque.

Preferí olvidar todo eso. Mejor me imaginé comiendo con don Tito mientras le contaba la pobre situación de mi hermana Ana. Le contaría lo infeliz que era con su marido, que, por lo que ella me había confesado, había sido incapaz de llevarla al orgasmo. ―¡Y eso que ya tienen una bebé! ―me imaginé diciéndole a mi macho, indignada por el amargo destinó de mi hermanita. Luego le diría lo hermosa que era y le mostraría unas fotos, esperando a que naciera de él hacer algo al respecto.

Unos golpes en la puerta me sacaron de aquella ensoñación. ¡Por fin había llegado! Volé a abrir, pero me detuve un segundo antes de tomar la manilla de la puerta. ―Don Tito tiene llaves―pensé. Ceñí las cejas, extrañada y asustada. ¿Quién sería? Me miré, estaba casi desnuda. El entusiasmo estuvo a punto de llevarme a cometer una tremenda estupidez. No podía dejar que nadie me viera así.

Los golpes volvieron a remecer la puerta. Lentamente, temerosa de que quien estuviera llamando me escuchara, me acerqué a mirar por la mirilla de la puerta.

Di varios pasos atrás y llevé las manos a mi boca para ahogar un grito. ¡No podía ser! ¡Por Dios! ¡Era el vago del parque!

Me quedé congelada mirando la puerta. De pronto empezó a sonar la cerradura. Di otros pasos hacia atrás hasta que choqué con el costado del sillón de la sala. Casi quedé sentada con las piernas en el techo, pero alcancé a sujetarme y mantener el equilibrio. Cuando volví a levantar la vista, vi a don Tito que cruzaba el umbral de mi hogar seguido de aquel vago mugriento, que se quedó parado mirándome con los ojos inyectados en sangre de una hiena.

―¡Querida! ―me dijo don Tito alegremente―. Invité a almorzar a este pobre hombre. Está muerto de hambre.

comía su verga y me dijo que algún día tendríamos que premiarlo, pues un acto tan significativo no podía quedar sin recompensa, sin una gratificación a la altura de aquella brillantez. ¿Estaría hablando en serio? ¡Qué ridiculez!, pensé, de seguro la angustia porque llegara pronto me tenía pensando aquellas atrocidades. Aquel viejo me generaba más miedo que otra cosa, y por muy agradecida que estuviera con él, me prometí que por ningún motivo iba a volver a buscarlo al parque.

Preferí olvidar todo eso. Mejor me imaginé comiendo con don Tito mientras le contaba la pobre situación de mi hermana Ana. Le contaría lo infeliz que era con su marido, que, por lo que ella me había confesado, había sido incapaz de llevarla al orgasmo. ―¡Y eso que ya tienen una bebé! ―me imaginé diciéndole a mi macho, indignada por el amargo destinó de mi hermanita. Luego le diría lo hermosa que era y le mostraría unas fotos, esperando a que naciera de él hacer algo al respecto.

Unos golpes en la puerta me sacaron de aquella ensoñación. ¡Por fin había llegado! Volé a abrir, pero me detuve un segundo antes de tomar la manilla de la puerta. ―Don Tito tiene llaves―pensé. Ceñí las cejas, extrañada y asustada. ¿Quién sería? Me miré, estaba casi desnuda. El entusiasmo estuvo a punto de llevarme a cometer una tremenda estupidez. No podía dejar que nadie me viera así.

Los golpes volvieron a remecer la puerta. Lentamente, temerosa de que quien estuviera llamando me escuchara, me acerqué a mirar por la mirilla de la puerta.

Di varios pasos atrás y llevé las manos a mi boca para ahogar un grito. ¡No podía ser! ¡Por Dios! ¡Era el vago del parque!

Me quedé congelada mirando la puerta. De pronto empezó a sonar la cerradura. Di otros pasos hacia atrás hasta que choqué con el costado del sillón de la sala. Casi quedé sentada con las piernas en el techo, pero alcancé a sujetarme y mantener el equilibrio. Cuando volví a levantar la vista, vi a don Tito que cruzaba el umbral de mi hogar seguido de aquel vago mugriento, que se quedó parado mirándome con los ojos inyectados en sangre de una hiena.

―¡Querida! ―me dijo don Tito alegremente―. Invité a almorzar a este pobre hombre. Está muerto de hambre.

 

FIN CAPÍTULO 4.






 

 

 

 


Comentarios

  1. Gracias por continuar con esta placentera historia, Dulce. ¿Será que al igual, algún día continuarás aquí con las tuyas? Hacen falta.

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    1. Si, gracias por leernos, ya pronto se estar actualizando los míos debido a su momento y este será el lugar donde se ara el estreno mundial de las demás partes de mi historia

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