PAULINA CAPÍTULO 4
PAULINA
CAPÍTULO 4
Dantes
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derechos reservados.
Me acariciaron como si fuera una tierna
gatita y me ayudaron a vestirme con delicadeza. Al parecer me había portado muy
bien, porque ambos hombres me sonreían, con malicia, claro, pero también con
cierta aprobación, como si hubiera alcanzado con creces sus expectativas.
El Espacio de las Pequeñitas… :3 …
La profe Vivian seguía inconsciente en
el piso cuando el Director me acompaño fuera de ahí. Se asomó al patio para
asegurarse de que no hubiera nadie antes de hacerme salir y llevarme a los
baños de chicas.
Entré al lavado y me miré entre las
piernas. Una línea de sangre seca escurría por dentro de mi muslo derecho hasta
casi llegar a mi rodilla. Me sentía algo extraña, pero no adolorida. De pronto
le tomé el peso a lo que había pasado: Me habían convertido en mujer.
No podía creer que había perdido mi
virginidad a mis 13 años, en manos del
director de mi escuela. Era tan extraño. Siempre había pensado que la primera
vez que un hombre me hiciera el amor, lo haría en un lugar bello, la primera
noche de mi luna de miel. Ja, parece estúpido a estas alturas, después de todo
lo que he vivido, después de todo lo que he hecho y dejado hacer. Pero antes
era una niña, y, como cualquier chiquilla, yo soñaba con el príncipe azul que
sería el único amante de mi vida. Ahora soy más madura, conozco además la
experiencia de mi madre, y la verdad es que no me arrepiento de nada. Y les
aseguro que el sueño del príncipe azul aún está ahí, solo que este hombre tan
especial tendrá que entender, y aceptar, que no será mi primer amante.
Me limpié como pude el muslo y la
entrepierna, lavé mi cara y enjuagué mi boca. Sentí una extraña energía
recorrer mi cuerpo, como una mariposa que hasta hace poco no era más que una
oruga. ―¡Dios! ―pensé, mientras me miraba al espejo―. Estuve con el Director y
con el cojo Juan. Me tomaron como mujer y… ¡me gusto!
Cuando salí del baño, el Director me
estaba esperando.
―¿Cómo te sientes, pequeña? ―dijo con
cierta preocupación.
―Bien, señor.
―Quiero que entiendas que lo que acaba
de pasar debe quedar entre nosotros. ¿Entendido?
―Sí, señor ―respondí, algo intimidada
por la presión de su mirada.
―Perfecto. Ya verás que esto te traerá
más de algún beneficio. Siempre es bueno tener la protección del Director.
Asentí con los ojos muy abiertos. Él
quizá ni lo sospechaba, pero el único beneficio que deseaba en ese momento
estaba guardado dentro de sus pantalones.
―Ahora vete a casa. Yo me encargaré del
papeleo ―dijo. Luego me acarició la mejilla, me miró de una forma difícil de
interpretar y se encaminó a su oficina.
―¡Director! ―lo llamé. Él se dio vuelta―.
La profesora Vivian, ¿qué pasará con ella?
―Ella estará bien, no te preocupes.
―Sonrió―. Fue una buena chica, igual que tú. ―Y se fue.
Llegué a casa muy temprano, antes del
mediodía. Tenía miedo de sorprender otra vez a mamá con el vecino, pero gracias
a Dios no fue así. En la cocina encontré una nota de ella donde me informaba
que había tenido que ir a ver a mi tía y que me había dejado algo de comer en
el congelador porque seguramente iba a pedirle a papá que la pasara a buscar en
la tarde, después del trabajo. Fue una grata sorpresa, tendría el día para
descansar, escribir en mi recién recuperado diario y pensar en todo lo que me
había pasado.
Se me ocurrió que esa supuesta visita a
mi tía no era más que una excusa y que mi madre en ese momento estaba encerrada
en un motel con el viejo de don René. Sentí un arrebato de rabia junto a un
cosquilleo inquietante en mi vientre. Decidí olvidarme de eso, tenía mis
propios conflictos que me harían sentir bien, no quería abusar de la tragedia
de mi pobre madre usándola para exacerbar mi propio ímpetu sexual.
Tomé una larga ducha, que aproveché
para pensar en mis últimas experiencias. Cuando corrí la cortina de baño, me vi
reflejada en el espejo. Estaba tan hermosa, mojada y brillante. Mi piel
irradiaba un delicioso color canela, y mis formas emulaban a una perfecta diosa
griega. De pronto me indignó pensar que ese maravilloso cuerpo había sido poseído
por esos dos cerdos. ¿Cómo una jovencita tan linda podía haber sido poseída por
esa clase de hombres en un lugar tan vulgar y sucio? No era normal. Sinembargo,
tuve que admitir que me había gustado; y, si eso había sido una violación, un
abuso, no podía negar que me encantaba sentirme abusada. Era una extraña
sensación, aún más si pensaba en el tipo de hombres que la provocaban.
Me acaricié tratando de entender
aquella intensa excitación que me dominaba cada vez que recordaba aquellas
retorcidas sonrisas y asquerosos gemidos que mi cuerpo había inspirado. De
pronto comprendí que no me importaba si mi suave piel, si mis contorneadas y
largas piernas, si mi culo respingón y mis generosas tetas estaban destinadas a
satisfacer a esos malditos degenerados. A la mierda lo que pudieran pensar mis
compañeras si supieran que había tenido sexo con el viejo Director y el cojo
Juan. Además, yo no lo había buscado, y cuando comprendí en qué me estaba
metiendo ya era imposible dar marcha atrás; así que no me quedaba de otra, no
había razón para no disfrutar de ello.
Acepté que me excitaba sentirme usada.
Y que me aprovecharan aquellos hombres destinados a pasar sus vidas con mujeres
feas y gordas; hombres viejos, pobres o feos que nunca tendrían oportunidad de
gozar de una mujer como yo, pues esos hombres me calentaban aún más, no podía
negármelo a mí misma.
Y pensar en eso me alteró para peor,
seguí tocándome, imaginando a sujetos sin escrúpulos, a unos que no les
importara mi edad y supuesta inocencia. Me vi víctima de aquellos bribones y no
pude reprimir llevar mi mano a mi entrepierna y clavar un par de dedos dentro
de mi vagina. ―Es tan agradable ―pensé―, por qué negarlo si es tan… rico.
Fueron momentos muy placenteros en la
tina, pero decidí seguir con mi día libre en mi cuarto. Me vestí con un buso
ligero y un peto, y fui a buscar mi diario, tenía mucho que contarle.
Iba descalza a mi habitación cuando
sentí sonar el teléfono. Dudé si contestar o no, seguramente era mi papi que
llamaba a mamá, y no quería que supiera que había llegado temprano de la
escuela; lo más probable era que me daría alguna labor que hacer. Pero el
teléfono volvió a sonar después de un momento, insistente. Me imaginé que de la
escuela podrían haber llamado a mis padres para advertirles que había salido
temprano; y, de ser así, no contestar preocuparía mucho a papá y me terminaría
trayendo quién sabe qué problemas. Así que contesté.
―¿Angela? ―escuché. Era una voz de
hombre mayor.
―No, Paulina. Ella no está. ¿Quién
habla? ―pregunté, extrañada.
Un momento de silencio.
―Un amigo ―soltó al fin esa voz.
―¿Don René? ―se me salió.
―Eeeeh… Sí, muchacha, soy yo
―respondió.
Quise insultarlo y mandarlo a la
mierda, advertirle que dejara a mi madre en paz o que ya se las vería con mi
padre, pero me mordí la lengua; se lo había prometido a mamá y no podía
traicionarla. Así que decidí hacerme la tonta.
―Ella no está y no volverá hasta tarde
―dije.
―¿Estás sola?
Me asusté. Nunca imaginé que me podría
preguntar eso. Me calmé pensando que mi madre nunca le contaría a ese hombre
que yo estaba al tanto del abuso que cometía con ella. Rememoré la imagen de
ese sujeto en la cama de mis padres enculando a mi hermosa mamá sin ninguna
piedad y ¡me mojé!
―Sí ―admití, después de un momento de
duda.
Otro silencio, como si el muy canalla
estuviera pensando a toda velocidad. Quería cortarle, así que me apresuré a
terminar la llamada de una vez.
―Le diré que la llamó. Adiós ―y colgué.
Uf, me sorprendí agitada con la mano
sobre el teléfono. Abrí mucho los ojos, impresionada por lo increíblemente sola
e indefensa que me sentí en mi propia casa. Después de un momento, me reí,
divertida por las ideas locas que se me habían ocurrido. Me volteé, para irme a
mi habitación.
Volvió a sonar el teléfono.
Esta vez sí que di un saltó. Me paré
junto al aparato, mirándolo, tratando de decidir si debía descolgar el aparato
o no. Al fin llegué a la conclusión que no podría estar tranquila si no
contestaba.
―Aló ―dije.
―Paulina ―Era don René―. Disculpa, soy
yo, tu vecino, otra vez.
―Sí, dígame ―me envalentoné.
―Supongo que Ángela te contó que ya
hemos hecho las paces, ¿verdad?
―Algo me dijo, sí ―admití, aunque con
poca convicción―. Pero entiendo que mi papá aún no sabe nada. ―Supuse que
mencionar a mi padre le haría entender a ese hombre que no era bien recibido en
mi casa.
―Tiempo al tiempo, ya verás que con tu
padre pronto seremos buenos amigos.
«Sí, claro, maldito hipócrita ―pensé.»
―Bueno, tu madre me dijo que me podría
ayudar con un problemita que tengo…
―Pero ella no está ―lo interrumpí sin
mucha amabilidad. Luego me recompuse, pensando que ese hombre aún tenía forma
de desquitarse a través de mi madre―. Quizá mañana…
―Será tarde ―me interrumpió él esta
vez―. Es algo muy sencillo en realidad. Incluso creo que tú me puedes ayudar
mejor que tu madre.
Las piernas me flaquearon. Si ese hombre estaba al tanto de que mi madre había compartido conmigo su secreto, lo que me acababa de decir no era más que una
invitación a follar. Sentí que me
tiritaban los parpados y era incapaz de pestañar. Era impensado y excitante a
la vez. Ese tipo, nuestro detestable vecino, era más inapropiado para mí que el
mismo cojo Juan. No se llevaba bien con mi padre, abusaba de mi madre y era un
lote de años mayor que yo. Contra mi voluntad, me estremecí de incomoda
excitación.
―No creo que pueda ―dije.
―Si es un favor muy sencillo. Ya verás
que no te costará nada. Voy para allá. ―Y colgó antes de que yo pudiera salir
de mi asombró y me negara en rotundo.
Me quedé congelada ahí parada,
maldiciendo mi mala suerte, recriminándome por no haber sido más valiente y
haberlo mandado a la mierda de una vez. ―Pero mi madre ―pensé luego. Si ese
miserable canalla había sido capaz de torturarla obligándola a dejarse
sodomizar por su tremenda verga, era muy probable que le hiciera cosas peores
si se sentía insultado por mí. De seguro le haría daño a mi mami para
desquitarse conmigo. ¡Dios! ¡¿Qué iba a hacer?!
Estaba muy nerviosa y confundida, no
tenía idea de lo que quería ese desgraciado de mí. No podía quitarme de la
cabeza que el muy miserable había violado a mi madre, humillando a toda mi
familia, y lo seguía haciendo a través de chantajes, aprovechándose del miedo de
mi mami a que mi padre se enterara. Y lo más frustrante era que me excitaba. Es
que era un bastardo macizo, hijo de… su madre. Recordé su peludo cuerpo
martirizando a mi adorada madre, sobre la cama de mis padres. En ese momento
supe que, tarde o temprano, terminaría dejando que gozará también de mí.
Sonó el timbre. Sabía que solo podía
ser él. Me concentré para que mis piernas dejaran de tiritar, tomé aire para
inflar mis pulmones y fui a abrir.
Don René apareció tras la puerta,
sonriendo. Traía una chaqueta corta viento sobre una camisa que se le apretaba
en la barriga, y unos pantalones gastados que no se veían bien con sus
hawaianas. Era una indumentaria propia de un hombre desocupado.
―Hola, mijita—dijo con tono paternal―.
No sabes cuánto siento importunarte de forma tan sorpresiva, pero necesito que
me hagas un gran favor.
Don René, sin esperar a que lo invitara
a entrar, irrumpió en el living de mi casa y se sentó. Lo seguí aún muy
nerviosa.
―¿Así que tu madre te contó que hemos
hecho las paces? ―dijo, mirando para todos lados, como si fuera la primera vez
que entraba en mi casa. ¡Qué farsante!
―Sí ―le dije―. Dijo que estaba harta ya
de tanta pelea y que lo mejor era esforzarse en mejorar las relaciones con
usted ―le mentí. Estaba segura de que mamá no le había contado que yo sabía
todo lo que estaba pasando entre ellos, y debía mantener las cosas así―. Aunque
mi padre no tiene ni idea todavía.
―Sí, lo sé.
―Por eso pienso que usted no debería
estar aquí. Si mi papi se entera que estuvo en nuestra casa se enojará mucho
―dije para tratar de hacerlo entrar en razón.
Se inclinó hacia adelante, apoyó sus
codos en sus rodillas y alargó su cuello hacia mí.
―Si tú no le cuentas yo tampoco lo haré
―me dijo en un tono bajito, como si fuera un acuerdo secreto.
Yo me crucé de brazos, víctima de un
escalofrió.
―Ja. No me hagas caso, mija. Si tienes
razón, no debería estar acá poniendo en riesgo las buenas intenciones de tu
madre de reconciliarnos como vecinos. Pero tengo un problemita que me urge
atender.
―Sonó realmente convincente, pero yo
sabía que era un zorro astuto―. Angela me había dicho que me podría ayudar,
pero justo hoy no está. Es una lástima.
―¿Qué necesita? ―le pregunté. Sus
estúpidas explicaciones me traían sin cuidado.
No pareció ofenderse por mi actitud
cortante.
―Verás. Un amigo me ofrece un traje de
baño de mujer precioso, de una marca extranjera bastante exclusiva. Por lo
mismo no me lo vende muy barato que digamos. Pero tengo una sobrina que le
encantaría un regalo así. Mi problema es que no tengo cómo saber si le quedará
bien o no. Y, si se lo regalo y luego le queda grande o chico, perderé mi
dinero y ella quedará muy afligida porque no tendré como cambiar el traje de
baño por otra talla.
Debo confesar que me sentí entre
aliviada y decepcionada de que no me dijera “Estoy cachondo y necesito follar”.
Sin embargo, interioricé mis emociones y lo miré con desconfianza. Tampoco
entendía qué podía hacer yo para ayudarlo con el poco menos que extraño
problema que tenía.
―Tu madre me dijo que te pediría a ti
que te probaras el traje de baño ―me contó―. Y a mí me pareció una idea
fantástica, porque mi sobrinita se parece mucho a ti.
«Sí, cómo no ―pensé. Recordé la imagen
de mi cuerpo desnudo frente al espejo―. Hay muy pocas como yo. Y no me imagino
una pariente suya ni la mitad de hermosa, viejo verde.»
―Y usted quiere que yo me pruebe el
regalo de su sobrina ―comprendí.
―Exacto ―dijo―. De todas formas, tu
madre te lo iba a pedir. El gran problema es que mi amigo vendrá a buscar su
dinero hoy, pues viaja fuera del país. Y si no le pagó, se llevará el traje de
baño para tratar de venderlo en otra parte.
Ahí estaba. Si bien era un cuento
creíble, a vista de sus antecedentes, yo sabía que no era más que una gran
mentira, y, aunque ya empezaba a entender lo que pretendía don René, tampoco me
parecía tan terrible. No obstante, estaba segura de que había gato encerrado, y
no me atrevía a decir nada, pues temía que me saltara a la cara en cualquier
momento y me arañara la cara.
De pronto, don René se puso de pie y se
dirigió a la cocina.
―Disculpa, mija. Tengo algo de sed, te
robaré un vaso de agua, permiso ―dijo. No esperó mi aprobación y entró como
Pedro por su casa a la cocina.
Me pareció confianzudo de su parte,
pero agradecí los instantes a solas para seguir tratando de decidir qué debía
hacer. Pensé en llamar a mamá, pero supuse que si le contaba que ese hombre
estaba conmigo en la casa se pondría histérica. Haría un escándalo que bien
podría ponerla en evidencia con mi tía, y hasta con papá, si terminaba
anteponiendo mi seguridad a su matrimonio. Claro, ella no sabía lo que yo había
vivido los últimos días, pensaba que yo seguía siendo una jovencita inocente y
virgen. Por eso haría cualquier cosa por protegerme del abusivo de don René.
Así que no la llamé. Yo no estaba dispuesta a arriesgar nuestra vida familiar
por algo que ya había perdido, mi inocencia. Además, todo apuntaba a que
nuestro infame vecino no tenía intenciones tan perversas como se podría
esperar.
O eso pensaba hasta que don René volvió
de la cocina.
El viejo traía dos vasos de jugo en las
manos.
―Te traje un refresco para ti, mija. Lo
encontré en el refrigerador. Espero no te moleste ―dijo sin ningún atisbo de
sentirse culpable de su abuso de confianza.
A mi mente acudió de inmediato lo que
mi madre me había contado:
«…En ese momento entendí toda esa
extraña excitación. El muy puto me había drogado. Todo era una trampa para
violarme y, aun sabiéndolo, no pude luchar contra todo lo que sentía…»
Miré el vaso que el viejo me ofrecía.
Cuando no lo recibí, lo dejó sobre la mesa de centro y volvió a sentarse con el
suyo en la mano. De un solo sorbo se bebió todo el contenido de su refresco.
―Aaaah ―farfulló―. Está muy bueno. ―Y
dejó su vaso vacío junto al mío, que permanecía lleno sobre la mesa―. Y, ¿qué
dices, mija? ¿Me ayudarás?
―Eeeh… ―dudé, aún con la vista fija en
el vaso.
―Por favor. Solo te tomará unos
minutos. Hazlo por la paz entre nuestras casas ―insistió, haciéndose el
gracioso.
―¿Dónde está el traje de baño? ―le
pregunté, pensando que tendría que ir a buscarlo a su casa y eso me daría
tiempo para hacer algo… algo que aún no se me ocurría.
―Aquí mismo ―me sorprendió, sacando una
bolsa de papel del bolsillo de su chaqueta. Se puso de pie y me la ofreció.
Igual que al vaso, miré la bolsa con desconfianza, pero esta vez el viejo no la
apartó, sino que tuvo la paciencia de mantener el brazo estirado hasta que me
sentí tan presionada que la recibí.
Don René dio un paso atrás, pero no se
sentó.
Yo abrí la bolsa y, como si se tratara
de un escorpión venenoso, metí mi mano lentamente para sacar el traje de bañ…
¡Era un bikini! Y no uno cualquiera. Era un pequeñísimo traje de dos piezas. Un
tanga que más parecía colaless y un sostén que parecía hecho de tiras de tela.
Me quedé pasmada.
―Vamos, ve a ponértelo ―me dijo con
ansiedad.
Lo miré, y me di cuenta de su
disimulada excitación al pedirme que me pusiera aquella diminuta prenda. Me dio
algo de miedo al tenerlo ahí tan cerca de mí, entusiasmado y solicito. Pero
también empezó a aflorar esa extraña sensación que me azoraba cuando me
excitaba.
―Esta bien, don René ―dije al fin―. Me
lo probaré y le diré cómo me queda para que pueda regalarlo tranquilo.
―Excelente. Sabía que podría contar
contigo, mija ―me agradeció entusiasmado―. Anda, ve a cambiarte. Luego te sigo
para ver qué tan bonito te queda. ―Se sentó y se quedó ahí mirándome, frotando
sus palmas en sus muslos.
Me quedé de piedra. ¿Había escuchado
bien? Aquel asqueroso quería verme con ese diminuto bikini puesto. Y yo sola en
casa. Me imaginé casi desnuda con apenas esa diminuta prenda cubriendo mi joven
y esplendoroso cuerpo. Ese viejo quedaría enfermo de los nervios, sino
desquiciado, al contemplar mis formas adolescentes, mi piel inmaculada y mis
volúmenes en apariencia inexplorados.
―Pero… pero, don René ―balbuceé como
pude―. No…, no creo… pues que sea… prudente que usted me vea…
―Pero, mija ―me interrumpió extrañado,
como si estuviera en pleno derecho de exigir algo―, ¿cómo quiere que le
entregué ese bonito traje de baño a mi sobrinita si no estoy seguro de que le
quedará bien?
No supe que decir. No podía llegar y
decirle que yo sabía la calaña de degenerado que era, que sabía que había
violado a mi ingenua madre. Tampoco podía decirle de buenas a primeras que
estaba segura de que él se calentaría mirando mi cuerpo; que yo era demasiado
rica para dejarme admirar por un viejo decrepito, menos por uno que le había
hecho pasar tantos malos ratos a mi papi. Así que le dije la primera estupidez
que se me vino a la cabeza:
―Es que…, don René. Lo que pasa… es que yo… yo tengo novio. ―Me escuché insegura, lo sé, pero seguí, desesperada por encontrar una salida. ¿O por seguir
disfrutando de la presión de aquel
viejo? Ay, no lo sé―. Y a él no le gustaría que yo… Bueno, que yo me vistiera
así para usted.
―¿Qué dices, muchacha? Si es lo mismo
que fueras a la playa.
«Ninguna chica decente se pondría esto
―quise decirle, pero temí que se enfadara, que pensara que con eso estaba
insultando a su sobrina. Una que, por lo demás, ahora dudó mucho que exista.»
―Anda, no te compliques por leseras
―insistió más serio, como si en vez de pedirme algo me lo estuviera cobrando―.
Tu madre, y ahora tú, me prometieron que me ayudarían. Ella no aparece y luego
tú empiezas a buscar excusas. No creo que sea una buena forma de mejorar
nuestra relación de vecinos.
«No creo que sea una buena forma de
mantener un buen trato con tu madre ―entendí tras sus palabras.» Él no tenía
por qué saber la confianza que había entre mi madre y yo. Es muy probable que
mi propio estado de excitación me jugara una mala pasada y me hiciera ver
amenazas donde realmente no las había, pero me sentí chantajeada; y, por
consiguiente, abusada.
―Sí ―acepté―. Tiene razón. Pero sería
prudente que usted no le contara a nadie este favor. Ni siquiera a mamá. No me
gustaría que se le saliera con mi novio ―le dije, aunque en mi cabeza era la
imagen de mi papi la que veía, no la de mi novio. ¡Dios!, cuando empezaba a
pensar en mi padre era cuando mi cuerpo estaba experimentando sensaciones muy
intensas.
―Claro, preciosa ―dijo complacido―. No
te preocupes, que esto quedará solo entre nosotros. Ya le contaré a tu madre
que resolví mi problema de otra manera.
Apenas podía creer lo que estaba a
punto de hacer. Iba a desfilarle a ese viejo en bikini. Por un instante me
quedé ahí parada, imaginándome la cara que pondría don René cuando me viera
casi en toples. Me excitación creció junto a mi nerviosismo. De pronto vi el
vaso sobre la mesa. No sé cómo explicarlo, pero necesitaba tomarme ese jugó.
¿Qué sé yo? Simplemente me calentaba caer en su trampa, y, a esas alturas, con
mi papi en mi subconsciente, mi deseo de placer se volvió incontenible.
Me acerqué a la mesa, tomé el vaso de
jugó, lo miré con cierta angustia y me lo tomé de un solo tirón. Luego, ante la
mirada satisfecha de don René, dejé el vaso en la mesa y me fui a mi habitación
con la pequeña prenda en la mano.
Ya en mi cuarto me miré al espejo.
―¿Estás segura de lo que vas a hacer? ―me pregunté en voz baja. Tenía las
mejillas algo sonrojadas y los ojos me brillaban. ―Sí, hagámoslo ―me respondió
otra parte de mí. Esa que añoraba sentir cosas como las que había sentido esa
misma mañana, o cuando mi madre me había contado todo lo que le hizo don René,
el hombre que me acababa de convencer para que lo deleitara con mis formas de
adolescente.
El bikini era bastante bonito, debo
decirlo. Su escasa tela era muy suave y tenía una mezcla de colores caribeños
muy fuertes. Se me ocurrió que si cerraba todas las ventanas brillaría en la
oscuridad.
Me desnudé y me puse el bikini. Parecía
que estuviera en un cabaret para viejos verdes. La tanguita era muy pequeña;
por detrás parecía que estuviera desnuda. Y el sujetador, aparte de ser de por
sí muy osado, era además de una talla más chica, me quedaba muy apretado; mis
pezones casi se salían del borde de la tela que los cubría. Miré mi cuerpo en
el espejo y me pareció más bello que nunca. Me sentí orgullosa, y podía notar
en mi cara que me excitaba mirarme. Estaba radiante y exquisitamente deseable.
Escuché los pasos inquietos de don René
más allá del pasillo. Entreabrí la puerta de mi habitación y miré hacía la
sala. Al fondo pude ver al viejo que se había quedado parado junto al sillón.
En la mano tenía un vaso vació que examinaba con expresión satisfecha. Me
terminé de convencer de que ese jugo tenía algo; por un momento maldije mi
arrebato de niña rebelde, arrepentida de haberme aventurado a tomar de ese
vaso. Pero de pronto sentí un calor exquisito que nacía de mi entrepierna. Era
tan agradable que tuve que cerrar los ojos por un momento para sentir como se esparcía
por mi cintura, mis muslos, mis pechos. Hasta subió por mi cuello hasta mis
orejas, que de pronto se volvieron muy sensibles. Pensé que un simple susurro,
un delicado aliento que rosará mis lóbulos, me estremecería con la fuerza de un
huracán.
La sola idea de mostrarme así, casi
desnuda, ante don René, el viejo que chantajeaba y violaba a mi madre, me
acaloró aún más.
―¿Estás lista? ―escuché que decía don
René. Abrí los ojos y lo vi acercándose a mi habitación. Un impulso nervioso
hizo que cerrara la puerta. Retrocedí un par de pasos con las manos en mi
boquita, ansiosa, asustada, excitada. En ese momento reparé en unas sandalias
de taco alto que se asomaban de debajo de mi repisa de zapatos. Habían sido de
mamá y me las había prestado hace un tiempo para una función especial del
colegio. Nunca me las había vuelto a pedir y yo las terminé olvidando ahí bajo
mi mueble. No pude evitar preguntarme cómo me vería con ellos y me las puse
rápidamente.
―¡Espere un momento! ―dije, muerta de
los nervios.
Me miré al espejo. Me veía magnifica.
Esos tacos hacían que mi culo se viera realmente esplendoroso, parecía toda una
mujer. ―Pues desde esta mañana eso es lo que eres, Paulina. Lo que todo hombre
desea, una preciosa y joven mujer ―me dije.
Me volví, llena de una pasión indómita.
Ese hombre ahí fuera, ese viejo verde quería excitarse viendo mi cuerpo,
calentarse con la hija de la vecina que sometía contra su voluntad. Por qué así
era, ¿o no? Mi madre se dejaba hacer de todo por don René porque la
chantajeaba, no porque le gustará, ¿cierto? Recordé la forma en que mi mami me
contó lo sucedido en la casa de aquel viejo. Yo sabía que se había excitado
haciéndolo. También sabía que el último tiempo andaba más luminosa y jovial,
siendo que lo propio de una sufrida mujer abusada hubiera sido demacrarse y
apagarse. ¡Dios! ¡¿Qué estaba pensando?! De seguro era la droga, ¿cómo podía
pensar que mi santa madre disfrutaría del trato de ese viejo? ¡Si tenía a mi
papi como esposo!
―Papiiii ―musite en voz baja volviendo
a mirarme en el espejo. Me veía como una niña asustada que de pronto se había
convertido en toda una amazona. Incluso en forma inconsciente me había llevado
un dedo a la boca y mis ojos irradiaban angustia y temor por las fuertes
sensaciones que mi nuevo cuerpo de mujer estada sufriendo.
Se me ocurrió una idea morbosa y me vi
incapaz de contenerme.
―Solo un momento ―le pedí a don René.
―Está bien, muchacha, pero no demores
tanto ―me respondió del otro lado de la puerta el muy sinvergüenza.
Corrí como pude con esos tacos hasta mi
cómoda, abrí un cajón y saqué de él un par de coles. Mientras volvía al espejo,
me hice rápidamente un par de coletas, una a cada lado. Hace años que no me
arreglaba el pelo así. Cuando me vi reflejada, me di cuenta de que una cola me
había quedado más abajo que la otra, haciéndome ver aún más niña, aún más
inocente, increíblemente más provocativa.
«¿Qué haces? ―me dije―. Ay, no sé ―me
respondí con angustia―, pero ya no puedo evitarlo…, no quiero evitarlo. Lo
siento.»
Me acerqué a la puerta, respiré hondo…
y la abrí.
Él estaba esperándome. Al verme, su
expresión de burlona seguridad se quedó congelada en su rostro. Luego,
lentamente, sus ojos empezaron a abrirse y su sonrisa a desvanecerse. Fue como
si un artesano en greda hubiera puesto sus manos sobre su cara y le hubiera
levantado sus cejas y abierto su boca para lograr la representación misma del
asombro. Yo me quedé casi desnuda frente a él, en esos tacos altos, con esas
colas de niña y un semblante de coqueta inocencia. En la intimidad de mi propio
cuarto.
―Te… te… ves pre… preciosa, Paulinita
―balbuceo con mucho esfuerzo. Sus ojos no dejaban de recorrer mi cuerpo,
haciendo extrañas muecas, como si no acabara de creer que yo fuera de carne y
hueso―. Mi… mi sobrinita… no se… no se podría ver… tan… tan ric… tan bien como
tú ―acabo diciendo, pestañando con fuerza sobre mis jóvenes e inmaculados
pechos.
―¿Sí?, bueno, usted sabrá si se lo
regala o no. Entonces ¿ya puedo cambiarme? ―Y me dispuse a cerrar la puerta.
Pero su mano la atajó a medio camino.
―Espera, niña. Deja mirarte bien ―dijo
don René, al momento que pasaba junto a mí.
El viejo verde examinó el interior de
mi cuarto.
―Cierra la puerta ―me pidió, aunque a
mí me sonó como una orden.
Lo obedecí, cerré la puerta y me quedé
parada ahí, junto a ella. Un escalofrió recorrió mi columna y ese calorcillo
que a cada momento parecía hacerse más fuerte, de pronto fue absorbido por un
frío que me obligó a abrazarme. Mis manos empezaron a frotar mis brazos,
mientras mi cuerpo adoptaba una pose erguida, mis piernas se quebraban
coquetamente hacia adentro y mis hombros se elevaban. Era un atado de nervios,
y, aun así, mi entrepierna se inquietaba cada vez más.
El viejo se sentó en mi cama. Pude ver
mi diario tirado al alcance de su mano. Si lo abría y lo leía, se enteraría de
lo que me había pasado en el bus con ese obrero que me había obligado a
chupársela. Di gracias a Dios que aún no escribía en él todo lo que me había
contado mamá, pues se me había perdido, o, mejor dicho, me lo habían raptado.
Sin embargo, estuve segura de que con lo que encontraría en él le bastaría para
chantajearme. La idea me excitó. Esa maldita droga no me dejaba pensar con
claridad. Estuve a punto de entregárselo y decirle que con eso podría hacer
conmigo lo que quisiera, tal como yo sabía lo hacía con mi madre.
―Date unas vueltas, deja imaginarme a
mi sobrina ―me dijo, sacándome de esas estúpidas ideas.
«¡Qué bastardo! ―pensé―. Seguro que
también te quieres aprovechar de tu sobrina, viejo cochino.»
Estos descargos internos hacían poco
por mermar las cosquillas que sentía al verme expuesta frente a ese hombre. Comprendí
que no tenía más opción que seguirle la corriente. Me imaginé que si, a esas
alturas, me ponía brusca y lo dejaba con las ganas se desquitaría con mi madre.
Fue una medida desesperada para convencerme a mí misma que lo hacía por mi
mami, no porque tuviera irresistibles ganas de calentar a ese sujeto.
Caminé frente a él con inseguridad,
como una niña tímida que es obligada a pararse sobre un escenario. Pero lo hice
así porque sabía que el muy viejo verde no quería ver una puta, lo que ansiaba
ver era a una joven temerosa, a una niña inocente con cuerpo de odalisca. Era
un juego peligroso y grotesco, lo sé; y les aseguro que me da mucha pena
confesárselos, pero este es mi diario, y nunca mentiría en sus páginas. Puedo
culpar a lo que sea que haya puesto don René en ese jugo, o a las sensaciones
que arrastraba desde la mañana cuando el Director de la escuela me quitó la
virginidad, pero no puedo negar lo que pasó esa tarde, cuando me propuse
excitar de esa insana forma a don René, nuestro vecino.
Cada vez que le daba la espalda, a
través del espejo podía observar como el viejo me devoraba el culo con los
ojos. El calzón de ese bikini no tapaba nada por detrás, así que mis exquisitas
nalgas lucían desnudas frente a él. Y yo se lo meneaba, hacía como que cambiaba
de dirección, o como si me costara caminar con esos tacos y simulaba recuperar
el equilibrio doblando mi cuerpo, flectando mis rodillas, parándole la colita.
que mi culito estaba dispuesto a
aceptar el desafío, mal que mal, ya había recibido la tranca del cojo Juan con
gusto, aunque con mucho sacrificio.
―Está bien, Paulinita. Déjame verte de
frente ―me dijo de pronto.
Me di vuelta hacia él, e
incomprensiblemente me quedé con la mirada fija en sus pantalones. Su bulto era
enorme, y sentí unas ganas tremendas de liberar su cosa.
No sé qué me pasó. Dentro de mi cuerpo
ese calor se hizo más potente, cómo si le hubieran arrojado carbón, para que en
mí fluyera la energía de una locomotora.
«Vamos, abusa de mí pronto, viejo
maldito. Cómeme como te dé la gana. Solo tómame entre tus brazos y tócame, siénteme.
Anda, tírame a la cama, acaríciame, ¡hazme tuya! ―le grité dentro de mí, con la
respiración contenida, con la mirada pegada en sus pantalones, con la boca
salivosa de una perra hambrienta.»
―Qué bonito te queda ―dijo de pronto y,
luego de hacer un extraño gesto de incredulidad ante mis formas, se paró―. Ya
puedes quitártelo. ―Se dirigió a la puerta―. Yo espero afuera.
No comprendía qué pasaba. Me tenía en
sus manos y se iba a ir así sin más.
Lo odié más que nunca. Sentí hasta
celos de mi madre en ese momento. Estaba totalmente dominada por la droga, por
esas sensaciones acentuadas químicamente. No entendía por qué aquel hombre
había recurrido a las más viles artimañas para hacerse del cuerpo de mamá, y a
mí me dejaba ahí, casi en pelotas para él, como si no sintiera deseo alguno por
mi cuerpo. ¿Acaso era un acto de piedad? Pretendía con eso ¿qué?, ¿perdonarme
la vida? ¡Al carajo!, yo quería, yo necesitaba que se aprovechara de mí.
―¡Espere! ―lo detuve―. Eeeeh…, tengo
unos bikinis que me quedan muy bien, ¿sabe?... ¿No los quiere ver?, quizá a su
sobrina le gusten más que este ―le propuse casi con desesperación.
Me observó, esta vez a los ojos,
estudiándome. Miré ahí abajo. Era evidente la erección que tenía. Me deseaba,
lo sabía. ―No se vaya, por favor, no se vaya ―rogué para mis adentros. Cuando
volví a mirarlo a la cara, entrecerró los ojos, como si pretendiera atisbar
dentro de mí.
―Está bien ―dijo al fin―. Si estas
dispuesta a vendérmelo, prefiero comprártelo a ti. Te espero afuera.
Salió de la habitación.
No daba crédito a lo que había hecho.
Había tenido la oportunidad de librarme de él y en vez de dejarlo ir lo había
retenido a costa de seguir desfilándole casi en pelotas. No entendía que pasaba
por mi cabeza, solo tenía claro lo que sentía, lo que necesitaba.
Rápidamente me saqué el diminuto bikini
y me puse a buscar entre mis cosas los que usaba cuando era pequeña. Mientras
hurgaba por todos lados, pensaba que necesitaba que ese viejo verde abusará de
mí costara lo que costara, el muy maldito no podía dejarme con esa excitación
encima. Al fin encontré un bañador casi tan pequeño como el que me había pasado
don René. Me lo puse más que rápido, quedando tan expuesta como antes, sino
más. Esa cosita, al igual que el otro, se metía entre mis nalgas como un
pequeño tanga, pero arriba solo tapaba la mitad de mis pezones. Era todo blanco
y contrastaba contra mi piel trigueña de tono bronceado.
Me miré al espejo y rehíce mis coletas.
Las ubiqué más arriba y más parejas. Eso me quito algo de inocencia, pero no
mucha, y me hizo ver algo más segura, más coqueta. Estaba desesperada.
Me ubiqué frente a la puerta.
―Estoy lista, pase ―dije con la
respiración contenida.
Él abrió la puerta y se quedó en el
umbral, contemplándome. Esta vez no reaccionó tan sorprendido, pero sí muy
complacido, como si ya no temiera ocultar la satisfacción que sentía al verme
vestida como una exhibicionista. Y eso me gustó. Un estremecimiento de
excitación recorrió mi cuerpo al verme admirada por ese semblante confianzudo y
levemente abusivo. Pensé en qué sentiría don René al tenerme ante sus ojos toda
expuesta. Estábamos solos en la casa. No había nadie que pudiera ayudarme,
estaba a su merced. Él era un hombre ya mayor, incluso más que mi papi, y yo
era una adolescente tierna e inocente ―por lo menos a sus ojos―. Por si fuera
poco, ese viejo ya se las había arreglado para poco menos que esclavizar a mi
madre a través de un vil chantaje. Estaba segura de que tener a la hija de la
mujer que violaba cada cierto tiempo a su entera disposición debía insuflar aún
más su despiadada calentura.
«Vamos, ¿qué esperas? Lánzate sobre mí.
Despedaza esta imitación de bikini y hazme tuya. Anda, viejo verde, no te
defraudaré. Te la chupare como una buena chica ―le decía en mi cabeza, mientras
él estudiaba mi escultural anatomía.»
Era excitante dar rienda suelta a mi
imaginación, envalentonándome como una gata salvaje dispuesta a todo. Si bien
mi experiencia sexual había crecido increíblemente los últimos días, con lo que
me pasó en el autobús y en la escuela, no había sido yo la que llevara la
batuta en ningún momento. Por eso la ensoñación de volverme la hembra deseosa y
complaciente me generaba un sabroso placer, más con un viejo tan fuera de mi
lija como ese. Sin embargo, intuía que el muy canalla se excitaba con mi
inocencia, con mi ingenuidad. Así como a mí me había provocado caer en su
trampa, a él le generaba morbo jugar con mi faceta de niña buena. ―¡Eso es!―
pensé en ese momento. Era la única explicación que se me ocurría. Aquel viejo
disfrutaba abusando de mi inocencia, quizá tanto como a mí me gustaba que un
hombre mayor y feo se quisiera aprovechar de las bondades de una chica tan
atractiva como yo.
―Qué bonito que se te ve ese trajecito,
Paulinita. Te lo compraré ―dijo al fin, después de un buen rato de
deliberación.
―¡Espere!... ―lo detuve cuando vi que
pretendía volver a cerrar la puerta para darme el espacio para vestirme. Pero
ni siquiera había pensado qué decirle para retenerlo ahí sin quebrar el encanto
del pérfido cuadro que interpretábamos. De pronto volví a mirar su pantalón y
una descabellada idea se me ocurrió―… Tengo un traje de baño de hombre a juego…
¿No le gustaría pasear con su sobrina en la playa y que todos se dieran cuenta
de lo apegados que son, de todo lo que se quieren?
Se mostró divertido con la idea.
Supongo que sabía lo que estaba sintiendo. Seguro conocía los efectos de la
droga que me había suministrado. Pero aun así pude ver que le extrañaba mi
comportamiento. Lo más probable es que nunca habría anticipado una respuesta
tan desesperada de mi parte. Lo que esperaba era despertar en mí sensaciones
nuevas, que no sabría interpretar. Ignoraba que yo ya las había experimentado,
y no solo eso, sino que también sabía cómo calmar esa quemazón que ardía en
todas mis cavidades de hembra.
Por fin asintió con la cabeza.
―Ok ―me dijo―. Muéstramelo.
Yo no necesité nada más y volé a la
habitación de mis padres. Cuando pasé junto a él para salir de mi cuarto, pese
a que se apartó para dejarme pasar, se me puso la piel de gallina y me sentí
atraída hacia su humanidad, como si su cuerpo transmitiera cierta fuerza de
gravedad sobre el mío. Claro, ahora que lo pienso con más calma, seguro fueron
los tacos. Todavía no me sentía cómodo con ellos y además estaba muy nerviosa,
así que es perfectamente probable que me haya desequilibrado por el apuro que
llevaba. Aunque también es cierto que mi estado libidinoso daba para cualquier
cosa.
Busqué el traje de baño de mi papi más
parecido al que llevaba puesto ―uno blanco con rayas azules al costado― y volé
de regreso a mi cuarto con él en la mano.
―Tome ―le dije a don René y se lo pasé.
Él lo extendió frente a sí y meneo la
cabeza de lado a lado.
―Es muy pequeño, chiquilla.
Claro, ese viejo era bastante más
grueso y panzón que mi precioso papi. No lo había pensado, pero no me di por
vencida.
―Así parece a simple vista, pero yo
creo que le queda ―le mentí, para luego proponerle―: ¿Por qué no se lo prueba?
Don René puso cara de incredulidad y
volvió a mirar el traje de baño.
Estábamos tan cerca. Apenas podía
retener mis ojos. Mis impulsos me insistían para que mirara allá abajo donde de
reojo aún atisbaba la erección del viejo.
―Ande, pruébeselo ―insistí, juguetona,
coqueta, juntando mis manos frente a mí y balanceándome como una niña pidiendo
un juguete.
―Está bien, pero solo porque tú
accediste a ayudarme ―dijo, repasando mi escote y los bordes de mis pezones que
se asomaban fuera del bikini.
Se quedó mirándome, confundido.
―¿Qué pasa? ―le pregunté.
―Eeeeh…, ¿dónde me lo pruebo?
―Pues aquí, ¿dónde más?
Siguió confundido, mirándome con cierta
ansiedad. Fue en ese momento que comprendí su incertidumbre. O, mejor dicho,
entendí como quería seguir jugando. Ese viejo no tenía un pelo de tímido. Lo
había visto violar a mamá, a mí no me engañaba.
―Ay, don René, no se preocupe ―dije
divertida―. Yo siempre he visto a mi padre cambiarse de ropa. ―Los nervios me
carcomían. Ni yo pude creer lo que había salido de mis labios.
La duda de su rostro desapareció y en
su lugar se hizo presente una sonrisa poco menos que maliciosa.
Empezó a desabrocharse el cinturón.
Retrocedí un par de pasos, para darle espacio y poder ver de mejor manera la
protuberancia que tenía ahí en su pantalón. Sabía que él me miraba, pero no me
importó que notara las ganas que tenía de ver lo que traía escondido bajo la
ropa. Era obvio que se regocijaba con mi disimulado descontrol. Era lo que lo
calentaba, que hubiera caído en su trampa, que yo fuera una niña inocente que
no entendía por qué tenía tanta curiosidad por el cuerpo de ese hombre mayor.
De pronto, bajo esa panza de viejo,
afloró una enorme verga. Sin duda era como la recordaba, pero la vibrante
calidez y rigidez que despedía ahí, a escaso metro y medio de mí, hizo que la
verga que se plasmaba en mis recuerdos se convirtiera en poco más que en un
fantasma del pasado.
Apenas pude controlar el jadeo de mi
respiración haciéndola profunda y concentrada. Tragué la saliva que a
borbotones empezó a generarse en mi boca. Ni siquiera ahora que escribo estas
palabras puedo creer lo que mi cuerpo sintió al estar casi desnudo frente a ese
fabuloso órgano de hombre, uno que, por lo demás, había mancillado las
preciosas intimidades de mi adorada madre. Estuve a punto de arrojarme encima
del maldito viejo.
Don René trató de colocarse el bañador,
pero apenas le cruzó más arriba de medio muslo.
―No ves, pequeña. Te dije que estaba
muy pequeño ―dijo con cierto orgullo en la voz, irguiéndose para dejar su verga
apuntándome tal cual cañón de artillería.
Me quedé mirándolo, entre asombrada y
hambrienta. No sé lo que él habrá visto en mi cara, pero se quedó ahí, luciendo
su poderoso falo, como si entendiera que me lo debía después de haberle
desfilado casi en pelota.
Hasta que seguí dejándome llevar por el
morboso teatro que le estaba haciendo.
―Ay, don René. ¿Qué tiene ahí? ―señalé
con mi manita su enorme miembro―. Con eso ahí pues nunca le va a entrar el
traje de baño ―le aseguré, como si ese fuera el único impedimento para que la
prenda le quedara a la perfección.
Su pene era tan grande. Si ahora lo
comparo con el del director, diría que ambas preciosidades tenían dimensiones
bastante parecidas. Pero en ese momento, con la calentura a flor de piel, el
pico de don René me parecía el rey de las bestias.
―Lo siento, pequeña, pero no puedo
evitarlo ―se disculpó, levantando las manos. Luego se meneó violentamente hacia
los lados para que su falo chocara contra los costados de su cuerpo. El sonido
que provocó esa tremenda cosa al golpearse me transmitió su firmeza y potencia,
casi como si la estuviese tocando. ¡Qué ganas me dieron que me abofeteara con
ella!
―Uy, don René, ¿se encuentra bien? ―le
dije, simulando preocupación, como si la cosa que nacía erecta de su
entrepierna fuera una grave lesión.
―Uf, Paulinita, la verdad es que me
siento algo afiebrado ―me siguió el juego.
No sé si sabía que yo sabía que él
sabía… Jajaja, lo siento, era bromita. Pero de verdad así de extraño uno podría
interpretar lo que estaba pasando. Incluso ahora, más tranquila, no podría
asegurar si don René estaba jugando a hacerse el tonto o de verdad se había
tragado mi interpretación de niña inocente tratando de entender las extrañas
sensaciones que la quemaban por dentro cada vez que miraba esa hermosa barra de
carne.
En fin.
Me adelante hasta él y, sin dejar de
mirar su cosota, lo sujeté del brazo, como si temiera que se fuera a desmayar.
―Venga, tírese en la cama mientras se
le quita, no hay apuro—lo guie―. Yo nunca había visto un pene erecto ―mentí,
pues seguía convencida que mi inocencia lo excitaba. A mí, por cierto, el
teatro me estaba volviendo loca.
Lo recosté en mi cama. El espacio, más
de niña que de adolescente, con ropa de cama floreada y peluches, donde yo
dormía todas las noches, se contaminó de lujuria al verse contrastado por la
presencia de ese viejo verde que mantenía su verga erecta a plena vista.
―Gracias, Paulinita ―me dijo con voz
más perversa de lo que se podría esperar de un viejo convaleciente.
―¿Por qué se le ha puesto así? ¿Es por
mi culpa? ―le pregunté, mirando mi cuerpo aún vestido con ese diminuto bikini.
―Lo que pasa es que eres una jovencita
muy bonita ―me dijo, esta vez en un tono más paternal―. Mira ese precioso
cuerpo que tienes. No tiene nada que envidiarle al de una mujer.
Yo ya era una mujer, aunque hace muy
poco tiempo. Pero sus palabras, sus triquiñuelas perversas, no me molestaron
para nada. En ese momento era una niña que había dejado entrar un lobo en la
casa.
―Entonces es mi culpa ―dije muy
compungida, llevando las manitas a mi boca―. Lo siento mucho…, yo no sabía.
―Tranquila, Paulinita, ya verás que
estaré bien en un momento.
―¿Qué puedo hacer para ayudarlo? ―dije,
indignada conmigo misma.
―Nada, muchacha. Solo podemos esperar
hasta que se me pase. Sin embargo, para eso deberías vestirte ―dijo, señalando
mi cuerpo prácticamente desnudo.
Me quedé pensando qué decirle. No se me
ocurría ninguna excusa para entregarme a aquel viejo. Así que solo me hice la
tonta, la inocente. Seguí el juego.
―¿Eso se hace siempre que un hombre se
excita? La verdad yo sé poco de eso, pero me sentiría culpable dejándolo así
―le aseguré―. ¿No le duele?
―Solo un poco, mijita ―dijo como si
fuera mi abuelo. Luego me estudio con una mirada de canalla que no se la podía,
hasta que jugó sus cartas―. Existe un remedio más rápido, pero no sé si tú
estés preparada para ayudarme. Es lo que hacen las mujeres cuando un hombre
sufre una erección, y usted, Paulinita, es apenas una jovencita.
Me hice la compungida, como herida por
sentirme menos de lo necesario para hacerle frente a las dolencias que mi
descuido había provocado. Lo cierto era que ardía en deseo de demostrarle a ese
miserable que mi cuerpo era el de toda una mujer, y no de cualquier fémina,
sino el de una muy hermosa y candente; una que él no tenía derecho a poseer,
pero que el destino, ajeno a la justicia del hombre, había puesto al alcance de
sus perversiones.
―Solo dígame qué hacer ―desafié sus
dudas―. Ya verá que no lo decepcionaré. Seré su enfermera. ―No pude evitar
hacerme de un papel ficticio. Así funciona la mente de una niña, y gran parte
de mi personalidad aún es la de una niña―. ¿Quiere que me vista?
―No ―dijo de inmediato, y yo me sentí
tan emocionada como aliviada―, con este método ayuda que te quedes así. ―Miró
mis pechos. ¡Qué rico!―. Lo que pasa es que cuando un hombre sufre de esta
manera, una mujer puede aliviarlo haciendo que expulse un líquido blancuzco por
el pene, que se conoce como leche. Incluso hay mujeres, o jovencitas como tú,
que les encanta tomarse esta leche ―me explicó como si me contará un cuento.
Yo estaba ansiosa, solo quería chuparle
el pico al viejo degenerado. Caer en su trampa y participar en su juego me
había calentado de sobremanera. Para don René, yo era una niña inocente y
preciosa de la que iba a abusar por medio de engaños y aprovechándose de mi
supuesta disposición a ayudarlo. Para mí, él era el desgraciado que
extorsionaba de mi madre, el hombre que usaba a mi mami para satisfacer sus más
viles necesidades. Y no me cabía duda de eso, pues yo lo había visto con mis
propios ojos. Sin embargo, estaba muerta de la excitación. El saber las
canalladas que cometía contra mi familia de alguna forma aderezaba aún más mi
calentura. Su faceta de viejo verde se potenciaba con su condición de infame
violador. Me generaba estertores de placer.
―¡¿De verdad?! ―exclamé impresionada.
―Así es, pequeña ―confirmó, y luego,
como si de repente hubiera recordado algo gracioso, sonrió complacido―. Tu
mamita de seguro se la toma todita.
―No, ¿usted cree?
―Estoy casi seguro, Paulinita. Pero
tranquilita que eso es para las mujeres mayores.
Don René se quitó el traje de baño de
papá, que aún tenía atrapado a medio muslo, y su camisa. Quedó vestido solo con
unos calcetines con rombos en los pies, de los que usan los abuelitos. Así
mismo lo había visto encima de mi madre. Contemplarlo en ese momento, a escasa
distancia de mí, con su verga apuntándome como si fuera un instrumento que
señalaba el objeto de sus deseos, me provocó un escalofrió que calo hasta lo
más profundo de mi ser. Jamás me sentí tan expuesta y atraída. Don René abrió
la cama, levantando el cobertor y las mantas con diseños de princesa, y se
metió entre mis sabanas rosadas con florcitas blancas.
―Uuuyy, Paulinita, disculpa, es que me
dio frio.
―No se preocupe, don René ―le dije,
arropándolo―. Tápese bien para que entre en calor.
―Gracias, gracias. Pero las sabanas
están heladas ―se quejó.
―Ay, don René ―le toqué la frente.
Estaba ardiendo, aunque yo sabía que no tenía nada que ver con fiebre o algún
refriado―. ¡Está caliente! Por eso siente las sabanas heladas. ¿Quiere que le
traiga un guatero?
El viejo sonrió y levantó la ropa de
cama, invitándome a acurrucarme a su lado.
―No, muchacha. Mejor acuéstate aquí
conmigo, ya verás que me ayudas a entrar en calor mucho más rápido.
Estuve a punto de meterme sin más, pero
me contuve, si le iba a seguir el juego sería conveniente ceñirme a mi papel de
jovencita engatusada.
Abrí mucho los ojos y me llevé una
manito a la boca para aguantar una exclamación. Luego de un momento en que me
empeñé en parecer muy indecisa y complicada le dije:
―Pero… pero, no sé… Es que tengo novio,
don René ―dije muy avergonzada―. ¿Qué diría él? No creo que le guste que yo me
meta, así como estoy… ―señale mi cuerpo apenas cubierto por ese diminuto
bikini― …a la cama con otro hombre, aunque sea con usted, que tiene la edad de
mi abuelito ―exageré luego, porque me excitaba hacerlo parecer aún más viejo en
el juego y, para qué negarlo, para ningunear un poco al muy sinvergüenza.
―Pero, Paulinita, tu novio no tiene por
qué saberlo. Además, lo haces por una buena causa, para ayudar a que me sienta
mejor. ―Puso cara de decepción―. Bueno, ya sabía yo que eras muy niña para oder
ayudarme. Pero como dijiste que lo harías.
―Y lo haré ―le aseguré―. Soy su
enfermera.
―Una buena enfermera se esmeraría en
hacer sentir bien a su paciente ―apuntó, y luego volvió a levantar la ropa de
cama.
Dudé, pero al final ya no pude
contenerme y me metí a su lado. Lo hice despacio, como si no estuviera
convencida del todo, para que lo disfrutara más. Él me tapó, y yo me acurruqué
tímidamente a su lado. ¡Su cuerpo casi me quemó! Fue una sensación exquisita
sentir su piel velluda y entrecana en mi cuerpo joven y suave.
Don Benito se acomodó de lado hacia mí.
Yo me quedé de espaldas junto a él, mirando para cualquier lado, fiel a mi
papel de niña ingenua. Así como yo me había apegado a su cuerpo, el viejo se
dejó caer sobre mi costado y me abrazó, con su brazo y con su pierna. Nuestras
carnes se rozaron, y sus manos empezaron a recorrerme lenta y firmemente. Me
tenía atrapada en mi propia camita. Estábamos pegaditos entre mis sabanas de
niña, en mi cuarto, en mi casa vacía. Imaginé qué pensaría mi papito si me
viera así con el hombre que pasaba peleando con él. ¿Me castigaría? ¿Me golpearía?
¿Me daría de correazos? ¿Me mostraría lo que era estar con un hombre de verdad?
Aaayyy, que calor que sentí en ese momento.
―Paulinita, que calentita que estás ―me
susurró don René al oído, volviéndome a la realidad. Su voz era profunda e
irradiaba deseo. Empezó a lamer mi cuello y mi oreja.
―Ay, don René, ¿qué hace? ―dije sin
apartarme.
―Nada, pequeña, solo quédate
tranquilita que pronto me harás sentir mejor.
Me retorcí a su lado. No lo pude evitar, su cuerpo era tan cálido, y sus caricias tan apasionadas. Cerré los ojos y me dejé hacer. Solo traté de disfrazar mis
estertores de gozó con incomoda
aceptación, como si estuviera dejándolo hacer todas esas cosas por obligación,
no por gusto.
―Ay, don René. No sé si esto estará
bien ―dije.
―Tranquila, Paulinita. Tu camita está
tan calentita…, ya me siento mejor.
Pero yo sentía su cosa apretada contra
mi pierna. Parecía una barra de acero a punto de fundirse de lo caliente y dura
que estaba. Dejé que una de mis manitas quedara atrapada entre nuestros cuerpos,
y aproveché el refriego excitado de don René para poder tocar su cosa. Encontré
con una humedad candente. Al parecer, su verga lloraba de alegría al sentirse
libre de restregarse contra el cuerpo de una hermosa adolescente. Mis deditos
la acariciaron con ternura, como si fuera una criatura indómita a la que quería
demostrarle que no tenía nada que temer de mí.
―¿Te gusta, Paulinita?
Lo miré con cierta inquietud, con
temor, con pasión. Sabía de qué hablaba; mi mano ya abrazaba su grueso mástil
allá abajo, con el atrevimiento que le daba estar oculta bajo las sabanas, a
oscuras con esas formas invasoras que jamás habían estado en la intimidad de mi
camita.
―Sí ―musité. Sentí cierto alivio al
confesarlo.
Don René, como llevado por un ímpetu
irrefrenable, se adelantó tan violenta como delicadamente y empezó a lamer mis
labios. Yo no me aparté. Debí huir de sus besos como si fueran veneno, pero no
lo hice; me quedé ahí, suspirando, respirando de su aliento.
―Don René… No le cuente a mi novio, por
favor. ―Era un juego tan encantador.
Él dejó de lamer y me metió su lengua
en la boca. Fue un beso fuerte, agresivo.
―Mmmmm mmmmm ―gemí.
Una de sus manos por fin se atrevió a
tomar mi pecho. Sus gruesos dedos corrieron la escasa tela que lo cubría y se
apoderó de él con una parsimonia tan llena de energía que me hizo perder el
aire. Lo masajeó con delicadeza, aunque podía sentir la vibración de la pasión
contenida de ese magreo. Mi pezón no tardó en ser víctima de ese índice y ese
pulgar abusadores. Lo martirizaron retorciéndolo y tirándolo sin piedad.
―Aaaah ―gemí escapando un segundo de su
beso.
―¡Qué cosa más rica que eres, pendeja!
―Su voz estaba cargada de excitación. Me estremecí, ya no era el vecino que necesitaba
que lo ayudara, se había sacado la máscara, ahora era el hombre que abusaba de
mi mamita.
―No…, no…, Don René…, por favor… ¡No!
Mi cuerpo se dejaba, mi mente jugaba,
mi voz solo era la herramienta de la lujuria que dominaba mis acciones. Sabía que
el teatro de inocencia y rechazo lo calentaban tanto como a mí.
―¿Acaso no ibas a hacer lo que yo
quisiera para aliviarme? ―Lamió mis labios ―¿Acaso no ibas a ser mi
enfermerita?
―Ay, sí… ―Lamí su boca. Apreté su
verga―, sí, don René. Lo haré sentir mejor.
―Esa es mi Paulinita.
Nos fundimos en un beso lleno de pasión.
Sentía que mi cuerpo me rogaba que me pegara a ese hombre con fuerza. Nos
apretamos. Mi otra manita lo abrazó, atrayendo su macizo cuerpo contra el mío.
―Don René…, don René.
Empezó a lamer mi cuello, bajando hasta
que su boca recorrió mi pecho en busca de mi seno, como el hocico de un
cachorro que busca con desespero el pezón de su madre.
Se internó tan abajo que me vi obligada
a soltar el mástil de carne que estaba apretando.
―¡No! ―dije, esta vez con toda
sinceridad, al verme alejada de tan rígida y candente verga.
Pero don René reaccionó igual que
antes: como si no me hubiera escuchado.
Mamó de mi pecho con frenesí, y yo
sentí algo que nunca en mi vida había sentido. La boca del viejo chupaba mi
seno con hambre, como succionándome mi esencia. Nunca antes había dejado a un
hombre besarme ahí. Antes, cuando el director de mi escuela lamió mi
entrepierna y mi anito, pensé que nadie jamás podría hacerme sentir algo tan
rico. Pues me equivoqué, porque mi vecino, el maldito que obligaba a mi madre a
mamársela, me demostró que aún estaba lejos de experimentar todos los placeres
que un macho con experiencia le puede regalar a una mujer.
―Aaaaah. Uuuuuuh ―gemí mientras el
viejo, metido bajo mis sabanas de niña, me chupaba y me tocaba aplacer―.
Uuuuummmmh. Aaaaaah. Don René…, ¡qué rico!
Lo imaginaba como una bestia carnívora
dando rienda suelta a su hambre sobre mi cuerpo; como un ente lujurioso que
invadía mi cama y gozaba sin contemplaciones de mis carnes firmes y suaves.
De pronto sentí su cosota allá abajo,
esparciendo sus mucosidades en mi muslo, restregándose a escasa distancia de la
entrada sagrada de mi anatomía. Mi vagina palpitó, entusiasmada por la cercanía
de aquel falo reproductor.
No pude aguantar más. Me acomodé bajo
el robusto cuerpo de don René, y abrí mis piernas para rodear sus peludas
caderas. Mi conchita quedó desprotegida, a merced de aquella verga que había hurgado
ya en todos los recovecos de mi mami.
FIN CAPÍTULO 4.







Tienes otra forma de contacto? Me gustaria saber cuando continuas la saga del manjar del abañil y la de mi hermanita abriendose paso a un nuevo mundo. Te sigo desde hace años cuando empezaste los capitulos de tu vida
ResponderBorrarHola Eliza un placer el poder saludarte y agradecerte por seguirme todo este tiempo, el manjar del albañil se estrena la primera quincena de Junio para que estés al pendiente, este es mi telegram; Dulce Gamma +52 7721616190, si gustas envíame un msj solo dime que eres tu.
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