Cristina Cap 5
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CRISTINA
CAPÍTULO
5
Era una pesadilla. Mis peores temores habían cobrado
forma en el momento más inesperado. Ahí estaba yo, de pie, casi desnuda, apenas
cubierta por ese estrecho delantal de cocina, con mis pezones asomándose por
cada lado como criaturas temerosas que salen a ver quién merodea ahí fuera. Me
apoyaba contra el sillón, desesperada por aferrarme a algo que me sostuviera;
sentí la áspera tela del respaldo contra mis piernas, y mis manos, tras de mí,
se agarraban al respaldo, arañándolo, descargando de alguna manera la tensión
que me dominaba. Noté como mi pecho se inflaba y caía en un rictus que hacía
bailar mis pezones en un caprichoso espectáculo para aquel par de hombres,
ambos trúhanes, cada uno a su manera, pero ambos trúhanes al fin y al cabo;
que, a los ojos de cualquiera, no eran ni por asomo dignos de una mujer como
yo.
El
Espacio de las Pequeñitas… :3 …
Miré a don Tito, incrédula, aterrorizada. Su expresión no
reflejaba más que satisfacción. Mantenía esa sonrisa maquiavélica mientras me
miraba de pies a cabeza. El vago carraspeó, llamando mi atención. En el parque
me dio la impresión de que había estado a punto de atacarme; me estremecí al
darme cuenta de que en ese momento lo único que impedía que se me fuera encima
era la presencia de don Tito. El viejo inmundo aún mantenía esa expresión de
insana lujuria. Quién sabe qué pensaba mientras me veía. Supuse que me
recordaba, nos habíamos topado esa misma mañana, aunque yo andaba mucho más
tapada a esas horas. Sus ojos rojos se estreñían a momentos, como si su cerebro
tratara de calibrar lo que consideraba un sueño imposible. De seguro que yo me
había convertido en su fantasía platónica favorita desde la primera vez que me
vio, y en ese momento toda mi exquisita figura estaba ante sus ojos; A su
manera, aquel viejo estaba tan sorprendido como yo, y pronto se despabilaría y
tendría tantas ganas de ir tras de las delicias de mi cuerpo como yo de huir de
sus instintos depredadores.
―Querida, veo que no esperabas que llegará con compañía
―dijo de pronto don Tito, divertido. Luego se dirigió a aquel vago―: Así son
las mujeres, Pepe, cuando quieren pico se vuelven creativas. Jajaja.
El viejo ―que ahora sabía se hacía llamar Pepe― respondió
a las carcajadas de don Tito con un asentimiento nervioso y una sonrisa
desquiciada.
―Ven, mi amor ―me llamó luego don Tito, levantando la
mano hacia mí, haciéndome señas para que fuera con él.
Yo no quería despegarme del sillón. No quería acercarme a
ese hombre sucio y harapiento. Pero la mirada cariñosa de don Tito se
transformó en una dura amenaza que me obligó a renunciar a los pocos metros que
me separaban de ellos, una distancia que me hacía sentir nada más que una
ficticia seguridad.
―Eso, querida, sin miedo, no te pongas vergonzosa ―me
dijo don Tito, cariñosamente, mientras me rodeaba con su brazo y me acurrucaba
a su lado―. Te presento a don Pepe. Lo vi en el parque todo desvalido y decidí
hacer una buena acción el día de hoy: lo invité a almorzar conmigo ―me anunció.
Miró al viejo―. Don Pepe, le presento a Cristina, mi maravillosa esposa, una
mujer tan caritativa como hermosa.
Don Pepe clavó su mirada en mi pezón izquierdo, que
apuntaba, erecto, directamente a su rostro, y levantó su mugrienta mano para
saludarme. Temerosa como una niña frente a un desconocido, correspondí su
saludo. Al mismo tiempo que sentí sus ásperos dedos, su inmundo olor impregnó
mis fosas nasales, lo que me llevó instintivamente a apartarme de él, pero la
fuerza con que me retenía don Tito hizo que mi reacción pasara inadvertida para
el viejo, que seguía hipnotizado por mis tetas.
―¿Qué le parece, don Pepe? ¿Acaso no tengo suerte? ―le
preguntó don Tito―. Miré el mujeron que me puedo culear cuando quiera. ―Señaló
mi cuerpo, orgulloso.
El vago abrió los ojos como platos frente a las palabras
de su benefactor. Respondió tartamudeando:
―Sí…, sí, ca… allero. Muy…, muy bonita su eñora. ―Su voz
era carrasposa tal cual la recordaba de sus groserías en el parque. Sin
embargo, su tono no demostraba la misma seguridad. Pensé que la angustia que le
provocaba verme así de sensual y provocativa, o el miedo a que lo acusara de
haberme insultado en la calle llamándome puta, lo tenían inmerso en una
incertidumbre difícil de superar.
Ahora que lo rememoró, pienso que aquel pobre viejo
apenas y podía creer lo que estaba viviendo. Yo me veía exquisita, y, a decir
verdad, seguía encendida por todo lo que había vivido ese día. El miedo no
había hecho más que aderezar de una forma distinta aquellas necesidades de
hembra, esas que a don Tito le gustaba tanto poner al límite.
―Preciosa, miré no más. ―En eso don Tito me obligó a
darme vuelta. Yo no quería, recordaba perfectamente cómo se veían mi espalda,
mi cintura, mi trasero y mis piernas cuando me preparé frente al espejo. Sabía
que aquella cola de caballo con que había procurado despejar mis hombros y
cuello, no era más que la cumbre de una montaña de curvas esculturales, que
relucía una piel lisa y joven, apenas cubierta por esos pequeños tirantes que
sujetaban mi delantal de cocina. Pero mi macho no admitió desobediencia y me
dio vuelta para que el viejo pudiera admirar de primera mano la desnudes de mi
cuerpo.
―¡Miré el tremendo culazo que tiene! ¿Le gusta? ―dijo don
Tito y me pegó una buena palmada en mi nalga derecha.
No pude darme vuelta a ver la expresión de aquel vago.
Cerré los ojos del pavor de sentirme tan expuesta frente a un completo y
asqueroso desconocido. Sin embargo, arqueé mi espalda y paré la cola para no
avergonzar a mi supuesto marido.
―Ande, don Pepe, con confianza, dígame, miré que si no
Cristinita se nos ofende ―lo animó don Tito.
―Está muy linda su eñora, jefe ―dijo al fin el viejo.
―Buen culo, ¿cierto?
―Precioso.
―Es que es jovencita ―opinó don Tito, como si tuviera que
excusar mi belleza―. Y viera como le gusta andar levantando carpas por ahí. Miré
esas piernotas que tiene, cuando se pone faldita no pasa hueón que no se las
quedé mirando.
―Síííí, le creo, le creo ―aceptó el viejo ya más en
confianza.
―Y esta cinturita. ―Don Tito me acarició la espalda baja,
siguiendo la línea de mis caderas―. Suavecita como porcelana la muy condenada.
Luego me dio otro palmazo y me dejó ir. Volví rápidamente
junto al sillón donde estaba, buscando recuperar la escasa seguridad que me
daba proteger la desnudes de mi cola.
Don Tito se acercó a la mesa que había preparado para
nosotros y se sobó las manos.
―Guau, esto se ve delicioso ―dijo―. ¿Qué le parece, don
Pepe, ¿hace cuánto que no come algo tan apetitoso?
El viejo sin dejar de mirarme a mí, le respondió:
―Nunca eñor, en mi vida me he comio algo tan bueno.
Don Tito se rio ante la evidente hambre que denotaba el
viejo Pepe, que poco tenía que ver con la comida servida en la mesa.
―Ya, don Pepe, póngase cómodo no más. ―Don Tito se acercó
al vago, le ayudó a sacarse el mugriento chaquetón que traía puesto y lo tiró
al suelo―. Primero a darse una buena ducha que la verdad que anda bien
hediondito, mi amigo. ―Lo llevó hasta la puerta del baño, junto al pasillo, y
le hizo unas señas para que entrará.
El viejo lo miró a él y luego a mí. Era evidente que no
quería dejarme ahí, seguramente temeroso que cuando volviera yo estuviera más
cubierta y menos provocativa.
―¿Qué pasa, don Pepe? ¿Le tiene miedo al agua? Jaja ―se
burló don Tito al ver la renuencia que el vago tenía de entrar al baño.
―No, eñor, es que su eñora…, se ve tan bonita.
―Tranquilo, mi amigo. Mi Cristina tiene un corazón de
oro. Si a usted le apetece que ella le sirva el almuerzo así como está, ella
estará encantada de complacerlo ―le aseguró don Tito―. ¿Cierto, querida?
Ambos me miraron, el viejo con una cara de ilusión que
llegaba a dar pena. No supe que decir. Me sentía tan indefensa ante los
ansiosos ojos de aquel sucio sujeto que estaba desesperada por ir a vestirme.
―¿Cierto?..., ¡puta! ―volvió a preguntarme don Tito en un
tono bastante más autoritario.
Esa maldita palabra me estremeció. El tono y las
circunstancias con las que venía escoltada me provocaron un nudo en el
estómago. Me retorcí ahí donde estaba parada, juntando mis rodillas y arqueando
los hombros, como si la soez presión de mi macho fuera una llama que me
estuviera consumiendo.
―Sí, don Tito ―respondí al fin, presa de mi delirio.
Don Tito me hizo una señal con la cabeza que me hizo
entender que no era a él a quien debía complacer. Miré al viejo vago.
―Sí, don Pepe, no se preocupe que yo lo espero y le sirvo
así como estoy.
―¡Esa es mi putita! ―exclamó don Tito―. ¿No le dije, don
Pepe? Si a esta le encanta parar vergas. Se hace la inocente, pero le gusta más
que el chocolate.
El viejo agitó la cabeza con entusiasmo y luego entró al
baño. Don Tito lo siguió y escuché como daba el agua caliente.
―Tómese su tiempo y sáquese toda esa mugre, don Pepe. Y
olvídese de esa ropa maloliente. Cristina le traerá ropa nueva ―le dijo don
Tito antes de salir del baño.
Apenas cerró la puerta, me acerqué rápidamente a él y le
hablé aceleradamente en voz baja.
―¡¿Qué está haciendo ese hombre en mi casa?! ―quise
saber.
Don Tito me agarró del brazo y me llevó por el pasillo.
―No se me ponga salvaje, vecina ―me dijo una vez que nos
encerramos en mi habitación. Lo dijo con una burla satisfecha y confiada, como
un villano que cree que nadie puede interferir en sus planes―. Pensé que te
había quedado claro quién manda aquí. Hace un rato te dije que tendrías que
premiar al viejo del parque. Lo único que cambió fue que se me ocurrió hacerlo
hoy mismo y lo fui a buscar. ―Me miró más serio―. No me iras a decir que eres
una puta arribista que no puede darle algo de comer a un pobre desgraciado como
ese. ¿O acaso no es el mismo viejo que reconoció la puta que llevas dentro?
Pensé en mentir, en desconocer al vago que había
terminado de despertar mi nuevo ímpetu sexual, en gritarle a don Tito que ese
no era el hombre que me había llamado “puta” en la calle. Pero no lo hice, no
fui capaz de negarlo.
―Pero es que miré ―le hice ver, desesperada, señalando mi
cuerpo con las manos, tratando de encontrar otras razones para que mi macho
recapacitara―. Estoy casi desnuda… Y usted vio cómo me miraba. ¡Se le salían
los ojos!
―No me vengas con esas estupideces, Cristina ―me encaró,
molesto―. Mira con quien estás hablando. Te conozco mejor que tu marido, que tu
padre o tu madre. Sé lo que te provoca que te miren así. ―Rio y alargó una de
sus manos hasta mi pecho―. Se te nota en estos pezoncitos traviesos, tan
paraditos y duros que piden a gritos que jueguen con ellos. ―Tiró de uno de mis
pezones, y no me lo soltó hasta que me hizo gemir.
No supe que responder. Algo en mí no me dejaba
enfrentarme a él. Era como si mi cuerpo se extasiara con mi entrega, con mi
sumisión. Solo me quedé mirándolo por un momento, hasta que, resignada, bajé la
vista a sus pies.
―Así me gusta, puta ―Esa maldita palabra―. Ahora búscale
ropa al viejo Pepe. La que trae huele a mierda.
―¿De dónde quiere que le saqué ropa? ―dije, confundida.
―Pues la de tu maridito le sentará bien ―me dijo como si
nada―. El viejo es algo más chaparro, pero igual de fiambre que tu imitación de
hombre.
La forma en la que se refería a Pablo no era más que otra
manifestación de su bravura para mí. Una que me provocaba sensaciones tan
incomodas como gratificantes por lo demás. A esas alturas, después de todo lo
que había deseado compartir con don Tito y sus peligrosos juegos, no podía
decirle que no a nada; la sola intención de negarme que podía sentir no era más
que una herramienta para hacer que mi macho me reprendiera o me ignorara, para
sentirme todavía más de él, para sentirlo aún más mío.
―Ya me oíste ―me dijo al verme ahí disfrutando de su
forma de tratarme―. Búscale algo bueno, algo que el muy idiota de Pablo eche de
menos, jajaja. ―Y me dejó sola en mi dormitorio.
Excitada, me fui a abrir el closet. Saqué una chaqueta
gruesa de Pablo, una que le había regalado su madre hace tiempo, una camisa
escocesa y una camiseta de algodón. Luego busqué en los cajones y tomé unos
boxer y unos jeans que tiré en la cama junto a todo lo demás. Por último, desde
debajo del colgador de ropa, extraje unos bototos con forro que Pablo no
pensaría en usar hasta el invierno. Pensé que sería fácil explicar que hubieran
desaparecido, robados por mis supuestos violadores.
Junté todo y salí a la sala. Don Tito estaba parado junto
a la mesa bebiendo de una lata de cerveza, de esas de marca que Pablo mantenía
para darse un gusto de vez en cuando, y que seguramente había sacado de la
nevera sin pedirle permiso a nadie. Desde el baño se escuchaba el agua de la
ducha caer.
―Ya ―le dije mostrándole la ropa.
―Muy bien, Cristina ―me felicitó―. Eres una puta
caritativa, una buena puta. Jajaja.
Le sonreí tímidamente la ocurrencia. Se veía tan seguro,
tan contento, y quise pensar que yo provocaba eso en él.
Dejó de sonar la ducha del baño. Fue como si una cuenta
regresiva llegara a su fin. Miré asustada hacia la puerta, temerosa del hombre
que en cualquier momento saldría de ahí.
―¿Qué esperas? ―me increpó don Tito―. Anda, llévale la
ropa.
―¿Yo?
―Pues claro, puta ―me respondió algo indignado, como si
le hubiera preguntado si el cielo era azul o el agua húmeda. Pero luego bajó el
tono y, con semblante divertido, me dijo―: Así te desquitas y ves en cueros al
viejo. Jajaja. Ley pareja no es dura, ¿no?
Pensé en protestar, pero me contuve. Sabía que no
importaba lo que dijera, don Tito me obligaría a entrar al baño con ese hombre.
Caminé hasta la puerta. Sentí que mi cuerpo flaqueaba
ante lo que me esperaba ahí dentro; esa ansiedad que sentía cada vez que salía
a mostrarme a la calle me asaltó con inusitada intensidad. Mis pezones me
dolieron de lo tensos que se pusieron y mi entrepierna se humedeció. Un
hormigueo recorrió mi vientre hasta mi pecho, sin duda una mezcla de pánico y
deseo exhibicionista. Me quedé parada con la ropa que traía en los brazos,
amontonándola frente a mí como si fuera un escudo. Me volteé a mirar a don Tito
en un último intento de que se apiadara de mí. Mi macho me miraba con esa
maldita mueca villanesca que me hacía sentir tan indefensa. Sus ojos se
pasearon por mi figura, por mi espalda, por mis posaderas. Lo vi relamer sus
labios y más me excité. Tuve que complacerlo.
Acomodé la ropa en un solo brazo y toqué.
―Don Pepe ―llamé―. Le traigo su ropa. ¿Puedo pasar?
―Claro, eñora, pásele no más ―escuché su voz carrasposa.
Abrí y una nube de vapor se coló por los bordes de la
puerta.
El baño principal era bastante grande, pues había sido
ampliado por el dueño para poder meter en él una tina larga. Lo recordaba pues
fue una de las razones por las cuales habíamos decidido rentar la casa. Cuando
entré, evité mirar hacia la ducha, donde suponía que seguía secándose el viejo
vago. El gran espejo, empotrado a la pared sobre el lavamanos, estaba empañado
y se había convertido en un muro más. El ambiente era denso debido al vapor y a
la mezcla de olores a jabón, ropa sucia y humedad. En el suelo vi un cerro de
ropa oscura que deduje de inmediato era la maltrecha indumentaria que don Pepe
se había quitado. De reojo distinguí la silueta del viejo. Como pensé, aún
estaba dentro de la tina, secándose con la misma toalla rosa que yo había usado
hace un rato atrás, cuando me había bañado para esperar a mi macho.
De pronto sentí como la puerta tras de mí se cerró. ―¡No,
don Tito! ―grité en mi cabeza. No supe que hacer. Me asusté mucho, no me
atrevía a mirar al viejo ni de renunciar al escudo de ropa que traía en los
brazos.
―Eñora, muchas gracias ―escuché decir a don Pepe. Lo dijo
con el mismo tono seguro con que me había soltado todos esos improperios en el
parque. Seguramente, al verse solo conmigo, el muy desgraciado pensó que ya no
tenía nada que temer de mi macho, de mi falso y generoso marido.
Lo miré por instinto y sus ojos rojos y muy abiertos me
hipnotizaron. Lo vi como en un sueño, rodeado de una bruma que se difuminaba
lentamente. Su estructura era desgarbada y muy delgada. Se notaba que en su
juventud había sido un hombre de campo que trabajaba de sol a sol, pues, pese a
su evidente mala alimentación, sus músculos se marcaban sobre la escasa carne
que tenía bajo su oscuro pellejo. Sobre su cuerpo, su piel humeante se veía
bastante más tersa que sobre su arrugado y tosco rostro, expuesto al frio y al
sol de forma más constante que el resto de su sufrida anatomía.
Sus pupilas titilaban en un rictus esquizofrénico
mientras trataban de colarse por entremedio de la escasa ropa que cubría mi
figura. Pensé rápidamente en los deseos depravados que se arremolinaban en su
cabeza en ese momento, y no pude evitar mirar más abajo, ahí donde esos deseos
tenían más control sobre su cuerpo que su propia sensatez. Sin embargo, la
toalla con que se había estado secando colgaba de una de sus manos de tal forma
que sus partes íntimas quedaban a cubierto.
Nerviosa, dejé la ropa que traía sobre la tasa del baño.
Me gustaría decir que lo hice inocentemente, ignorante de lo que pasaría, pero
no sería cierto. La verdad es que lo hice para que me viera mejor, lo hice
sabiendo que el muy perverso podría admirar mis curvas de mujer casada con
mayor libertad, lo hice consciente de que se daría cuenta que me estaba
luciendo para él.
Me incliné con elegancia, flectando apenas mis piernas
para mantener la espalda recta y mi cola desnuda bien parada y provocativa.
Luego lo miré, aún en esa pose de puta. Lo vi admirar con cara de lobo muerto
de hambre el espectáculo de mis posaderas. Me fascinó la perversa locura que
destellaba de aquella mueca. Me deleitaba con esa insana experiencia, cuando me
percaté de un extraño volumen que afloraba bajo la toalla más abajo de su
cintura. Se me ocurrió que podía ser una de sus manos, pero de inmediato lo
descarté, pues me di cuenta de que una de ellas colgaba a su lado mientras la
otra sostenía la toalla que lo cubría.
No había duda, era su erección, la manifestación de sus
insanas necesidades de hombre; aquellas que había despertado con mi exquisita
figura, con mis formas de mujer, con mi atractiva belleza, con mi lujuriosa
sensualidad. Esos cosquilleos de pánico y ansiedad volvieron a fustigarme las
entrañas, haciendo que me incorporara con la inocencia de una niña sorprendida
en una travesura. Quedé con mis manos atrás y mis pezones erectos escapándose
por cada lado del delantal. Mi rostro debió reflejar el miedo y lo desprotegida
que me sentía, porque el muy canalla me miró con una sonrisa satisfecha
dibujada en la cara.
―A ute la vi esta mañana por el parque ―me dijo de
pronto. No respondí y el acentuó aún más su sonrisa―. ¿Su eñor sabe que anda
tan livianita de ropa por ahí?
Don Tito lo sabía, pero decidí responder como si el muy
canalla se refiriera con “mi eñor” a Pablo, mi verdadero marido, y dueño de la
ropa que le había traído. Así que negué tímidamente con la cabeza.
―Jaja. Yo conozco a esos tipos así. En el campo hay a
montones ―me explicó con algo de desprecio hacia sus recuerdos―. A los
atorrantes esos les da lo mismo como anden sus mujeres siempre que sea con su
permiso. ¿Cuántas azotainas le dará su mario ―Hizo un gesto con la cabeza hacia
la sala―, si sae lo que anduó haciendo en la mañana?
Volví a negar con un gesto angustiado. El viejo levantó la
toalla para secarse el hombro y su verga erecta quedó descubierta. Me llevé una
mano a la boca para enmudecer mi impresión. Era muy morena, larga como la de
don Tito, pero flaca como el pene común y corriente de Pablo. Sin embargo, su
capullo, su glande, era muy grande y rosado; y estaba coronado por un tajo rojo
a carne viva que parecía abrirse para mirarme cada vez que el falo se alzaba,
rígido, para hinchar, si cabe, aún más su cabeza.
Lo que insinuaba aquel viejo era descabellado. Pretendía
extorsionarme por lo que el suponía era algo desconocido para mi supuesto
marido. Sin embargo, decidí seguirle el juego. No sabía que le había dicho don
Tito cuando lo llevó a la casa, pero estaba segura de que mi macho no
permitiría que ese vil viejo me hiciera daño. También estaba convencida de que
ese juego que había inventado don Tito debía seguir jugándose, pues no quería
provocar su descontento, ni que me dejara sola otra vez, extrañándolo, añorando
el sentirme su hembra. Era parte de la entretención de mi hombre, y eso debía
satisfacerme. Así que me quede ahí, evidentemente asustada y temerosa,
esperando ansiosa que un grito de don Tito acabara con ese maldito encierro,
poniéndole fin a la picazón en mi entrepierna que aquel monstruoso falo perecía
estar oliendo.
―Eñora ―dijo de pronto el viejo después de mirar cada
milímetro de la piel que mi delantal dejaba al descubierto―. Séqueme la
esparda, por faor. Mire que los huesos ya no me dan tanto. ―Se dio vuelta y
dejó colgando la toalla de uno de sus hombros.
Sus nalgas me desconcertaron, pues no estaban arrugadas
ni caídas como cabría esperarse, sino que eran peludas y robustas, como si
fueran un territorio aparte del resto del flacucho cuerpo de don Pepe. Desde mi
vagina me recorrió un estertor que me sacudió, como un grito de añoranza por la
nueva verga que mi cuerpo había detectado y que se había escondido tras los
regordetes y belludos glúteos del viejo vago.
―Ande, eñora ―me insistió don Pepe―. Solo un pequeño
faor. Seguro que su mario no se enoja.
Yo sabía que don Tito no se enojaría. Recordé como había
disfrutado cuando esos abusadores me habían manoseado en el bus, y como me
había salvado después cuando habían pretendido abusar de mí. Así que,
lentamente, me acerqué a la tina, pensando que luego le podría contar a mi
macho como me había portado ahí encerrada en aquel baño, convencida de que en
cualquier momento podría gritar para pedir ayuda y ver como don Tito le daba
una buena paliza a ese viejo vago, poniéndolo en su lugar tal como lo hiciera
con el Cholo, ese maldito taxista que había querido embarazarme.
Todos estos pensamientos agitaron mi respiración. Miré la
ropa en el suelo y la pateé hacia un lado para darme espacio. Ahí junto a don
Pepe, detecté el olor a piel recién bañada que se mezclaba con la fetidez de
las prendas que acababa de remover con el pie. Su espalda morena se veía tersa
y algo sonrojada, don Pepe se había esforzado en restregarse y sacarse la
mugre. Pensé en las pocas oportunidades de bañarse que tenía el pobre hombre y
comprendí que no era de extrañar que las aprovechara de la mejor forma posible.
Tomé la toalla y empecé a secar las gotas de agua que
surcaban sus omoplatos y toda la extensión de su espina dorsal. Lo hice lenta y
suavemente, dominada por una sensación de timidez y nerviosismo. Y, si debo ser
sincera, invadida por una ansiedad morbosa, debido a la desvirtuada escena que
estaba viviendo. Estaba a pocos centímetros de asomarme y volver a ver la
extraña verga de don Pepe, pero me resistí, temerosa de que el viejo se diera
vuelta y me tuviera al alcance de sus brazos.
De pronto, no sé por qué, una de mis manos se posó
directamente sobre su espalda. Sentí su piel bajo mis dedos y me pareció más
suave y cálida de lo que esperaba. Mientras, con la otra mano, seguí secando
los lugares ya secos, una y otra vez. Después busqué su cintura, a la caza de
unas gotas aisladas, y luego por unas en sus caderas, y más abajo hasta sus
nalgas. Mi mano, sobre la toalla, sobó su glúteo. Lo palpé y comprobé su dureza
y la rigidez del vello púbico, que parecía haberse extendido de su escroto
hasta su trasero como una mala hierba. Ansié tocar esa piel peluda con mi mano
desnuda. Estaba a punto de dejar caer la toalla cuando se abrió la puerta de
golpe.
Me aparté como si fuera Pablo y no don Tito quien me
hubiera sorprendido tocándole el culo a un viejo desnudo. Don Pepe no fue menos
y se mantuvo de espaldas, ocultando la erección de su verga, que seguramente se
mantenía fuerte y ansiosa.
―¡Esa es mi mujer! ―exclamó don Tito desde la puerta, con
esa sonrisa llena de malévola confianza que tanto me provocaba―. Ya decía yo
que te estabas demorando mucho. Es que eres tan buena samaritana. ¿No le
parece, don Pepe?
―Eeh…, sí, sí, claro, eñor ―balbuceó nervioso el viejo.
Don Tito cambió su expresión, volviéndola más dura de
repente, como si algo lo hubiera molestado.
―Ya, pero no abusé de la hospitalidad que le hemos dado
―dijo a modo de advertencia―. Disculpe que se lo diga, pero viendo el mujeron
que tengo, debo tener cuidado, ¿no cree?
―Sí…, sí pueh ―aceptó el viejo, intimidado.
―Jajaja ―estalló don Tito―. Si estoy bromeando, amigo. Yo
sé que no sería tan desagradecido como pah faltarle el respeto a mi Cristina.
Menos estando yo aquí mismo. Así que aproveché no más, mire que a mi putita le
gusta ayudar a los necesitados, y hoy estoy de buenas.
―Gracias…, gracias, caallero ―dijo más relajado el pobre
hombre.
―Tranquilo, no se preocupe. ―Don Tito me miró y me
extendió algo que traía en la mano―. Aplícale crema a don Pepe, para que salga
fresquito. Los llamó cuando esté lista la comida.
Don Tito volvió a dejarme sola en el baño con don Pepe.
Miré el tubo de crema que me había pasado, era uno de crema humectante que
Pablo mantenía en nuestra habitación, y que usaba en esas ocasiones que sabía
tendríamos intimidad. Según la etiqueta estaba desarrollado para hombres y despedía
un olor a miel bastante suave.
Levanté la vista y me di cuenta de que don Pepe me
observaba. Ya nada quedaba del nerviosismo que mostró cuando don Tito había
entrado de sorpresa. Sus ojos de conejo volvían a recorrerme con intensidad
depredadora.
―Qué se ve rica así en pelota pah mí, eñora ―me dijo―.
Mire como me tiene. ―Y se volteó a y luego por unas en sus caderas, y más abajo
hasta sus nalgas. Mi mano, sobre la toalla, sobó su glúteo. Lo palpé y comprobé
su dureza y la rigidez del vello púbico, que parecía haberse extendido de su
escroto hasta su trasero como una mala hierba. Ansié tocar esa piel peluda con
mi mano desnuda. Estaba a punto de dejar caer la toalla cuando se abrió la
puerta de golpe.
Me aparté como si fuera Pablo y no don Tito quien me
hubiera sorprendido tocándole el culo a un viejo desnudo. Don Pepe no fue menos
y se mantuvo de espaldas, ocultando la erección de su verga, que seguramente se
mantenía fuerte y ansiosa.
―¡Esa es mi mujer! ―exclamó don Tito desde la puerta, con
esa sonrisa llena de malévola confianza que tanto me provocaba―. Ya decía yo
que te estabas demorando mucho. Es que eres tan buena samaritana. ¿No le
parece, don Pepe?
―Eeh…, sí, sí, claro, eñor ―balbuceó nervioso el viejo.
Don Tito cambió su expresión, volviéndola más dura de
repente, como si algo lo hubiera molestado.
―Ya, pero no abusé de la hospitalidad que le hemos dado
―dijo a modo de advertencia―. Disculpe que se lo diga, pero viendo el mujeron
que tengo, debo tener cuidado, ¿no cree?
―Sí…, sí pueh ―aceptó el viejo, intimidado.
―Jajaja ―estalló don Tito―. Si estoy bromeando, amigo. Yo
sé que no sería tan desagradecido como pah faltarle el respeto a mi Cristina.
Menos estando yo aquí mismo. Así que aproveché no más, mire que a mi putita le
gusta ayudar a los necesitados, y hoy estoy de buenas.
―Gracias…, gracias, caallero ―dijo más relajado el pobre
hombre.
―Tranquilo, no se preocupe. ―Don Tito me miró y me
extendió algo que traía en la mano―. Aplícale crema a don Pepe, para que salga fresquito.
Los llamó cuando esté lista la comida.
Don Tito volvió a dejarme sola en el baño con don Pepe.
Miré el tubo de crema que me había pasado, era uno de crema humectante que
Pablo mantenía en nuestra habitación, y que usaba en esas ocasiones que sabía
tendríamos intimidad. Según la etiqueta estaba desarrollado para hombres y
despedía un olor a miel bastante suave.
Levanté la vista y me di cuenta de que don Pepe me
observaba. Ya nada quedaba del nerviosismo que mostró cuando don Tito había
entrado de sorpresa. Sus ojos de conejo volvían a recorrerme con intensidad
depredadora.
―Qué se ve rica así en pelota pah mí, eñora ―me dijo―.
Mire como me tiene. ―Y se volteó a medias para mostrarme su verga erecta. La
tenía agarrada con su mano, apretándola fuertemente desde debajo de su
desproporcionado glande, como si fuera una peligrosa serpiente venenosa.
Mis ojos por puro instinto se clavaron en ella. Don Pepe
la remeció para mí.
―Ya pue, patrona, póngale crema. ―Su voz carrasposa sonó
ansiosa―. No ve que su mario anda de buenas.
La idea de tocar su cosa me estremeció. Dejé de mirarla,
desafiando la sucia insinuación de ese viejo. Pero mis pezones eran
traicioneros, no desfallecían de su tensión, muy por el contrario, como si
quisieran desafiar la capacidad de dureza que podía adquirir la tranca del
viejo, mis pezones se mantenían duros e hinchados como dos biberones nuevos.
El espejo, al bajar el vapor que se había acumulado en el
baño, ya estaba desempañado a medias. Me vi a mí misma, vestida con ese diminuto
delantal, junto al desgarbado cuerpo desnudo de aquel viejo. Éramos
diametralmente distintos. Yo, pese a estar fuera de la tina, me erguía unos
centímetros más alta que aquel maltrecho hombre. Mis formas, onduladas y
sensuales, no tenían nada que ver con los duros trazos que el esquelético
cuerpo del vago reflejaba en el espejo. Y su pellejo, pese a no ser tan
arrugado como hubiera esperado, si era oscuro y peludo; contrario al color
homogéneo y levemente canela de mi piel. En definitiva, mi juventud, mi crianza
y la acomodada vida que me habían dado mis padres, contrastaban grotescamente
con aquel viejo inculto y maltratado.
Algo provocó en mi esa dantesca visión. ¿Compasión?
¿Miedo? ¿Enferma excitación? No lo sé. Pero no fue del todo desagradable. Esa
sensación me hizo pensar en lo que debió sentir don Tito cuando nos vio.
Seguramente el mismo morbo que le provocó verme manoseada por extraños en ese
bus repleto de chusma.
Si bien mi macho me había vuelto a dejar sola con ese
vago, no lo hizo sin antes dejar patente que estaba ahí afuera atento a que don
Pepe no perdiera los estribos y tratara de abusar de nuestra “ayuda”. Eso me
hizo entender que yo tenía el control, que yo podía poner los límites que
quisiera, y que don Pepe no se atrevería a dar rienda suelta a sus impulsos
depredadores por muy caliente que estuviera. Eso me alivió, pues la sola idea
de ser presa de ese hombre me consternaba. Era tan antinatural que ni siquiera
me hice el ánimo de imaginarlo.
Pero no podía dejar todo así, no quería decepcionar las
fantasías de mi macho. Él quería que me portara como en el bus, eso le gustaba.
Apenas lo entendía, pero estaba segura de ello; don Tito disfrutaba viéndome o
imaginándome sumisa, entregada a otros hombres.
Así que no lo hice por el viejo Pepe, lo hice por don
Tito.
Apreté el tubo de crema como si fuera la verga de mi
macho y lo obligué a escupir su contenido sobre mi otra mano. Luego, ante la
atenta mirada del viejo vago, me incliné para dejar el tubo sobre la ropa
limpia que estaba amontonada sobre la tasa. Lo hice lenta y sensualmente, para
complacer las expectativas de don Tito. Y volví a erguirme de igual manera,
provocativa, candente. Junté mis palmas para compartir la crema entre ambas,
miré los ojos complacidos de aquel viejo infame y deposité mis manos sobre su
cuerpo. Cuando mis manos, una en su pecho y otra en su espalda, tocaron su
piel, el viejo amplió su asquerosa sonrisa.
―Aaah, qué rico, eñora ―me dijo cuando empecé a
masajearlo.
Él se mantenía de lado hacia mí. Supuse que lo hacía
teniendo cuidado de no dejar al descubierto su erección hacia la puerta, dado
que don Tito podía entrar de sorpresa nuevamente, y el viejo temía cómo
reaccionaría mi macho si lo viera así junto a su hembra. Eso me hacía sentir
orgullo y me excitaba. Ansiaba la hora en que don Tito me poseyera, y esos
deseos hicieron que mis ojos disfrutaran del ingrato espectáculo de las formas
íntimas de don Pepe.
Mi vagina deseaba recibir a Pichulon, lo extrañaba, anhelaba
recibirlo y fusionarse con su poder y rigidez. Sin embargo, Pichulon no estaba,
y a escasos centímetros de mí necesitada hendidura se balanceaba la verga
deforme de aquel sujeto que había sabido leer mis deseos, que había sabido
interpretar el secreto de mis paseos, el que me había llamado “puta” por
primera vez.
Toqué al viejo con parsimonia, dejando que el muy canalla
disfrutara de mis caricias, pese a que no tenía más derecho de recibirlas que
el beneplácito de mi macho. Recorrí su pecho y su vientre al unisonó que lo
hice con sus omoplatos y su espalda baja. Volví a inclinarme, como una geisha
complaciente, para alcanzar el tubo y obtener más crema de él. La deposité
sobre su cintura y la esparcí con la misma intensidad y lentitud. Sus caderas
quedaron suaves y perfumadas por el paso de mis manos.
Me senté sobre la ropa nueva del viejo, sobre la tasa; lo
hice con la espalda recta y la cola bien parada para complacer los ojos
desorbitados que me observaban, pensando que eso era lo que esperaba mi macho
de mí. Seguí fregando la piel de aquel viejo más abajo, donde se volvía cada
vez más peluda, bajé a masajearle su velludo culo con una mano, mientras
llevaba la otra hasta su muslo, evitando por muy poco el desquiciado falo que
blandía a escasos centímetros de mi rostro.
―Ya poh, eñora ―me dijo casi tiritando―. No sea puta
conmigo. No me dejé así. ―E hizo un gesto para hacer notar su erección.
¡Puta!, resonó en mis oídos y removió mi conciencia. Me
llamó “puta” sin ninguna misericordia, sin ningún respeto. Lo miré,
sorprendida, consternada, dominada. Él sonrió.
―¡Don Tito! ¡Ayúdeme! ¡Auxilio! ¡Por favor! ―grité en mi
cabeza sin emitir sonido alguno. Mis labios apenas y tiritaban ante los
instintos que había despertado en mí el miserable viejo.
Mi respiración se agitó. No me podía mover. Estaba
sentada frente a él. Mi cabeza estaba a la altura de su miembro. Lo miraba
rogando porque se apiadará de mí. ―No, no ―suplicaba para mis adentros. Se
volteó por completo hacia mí, dejando su verga apuntando a mi rostro, quedando
como un Dios griego ante una ninfa que le rinde devoción. Su sonrisa
maquiavélica se manifestó como un monstruo aún más terrible que la malvada
mueca con que mi macho me dominaba.
―Anda, puta, una pajita. Agárramela y frótamela como
maraca ―me dijo sin piedad.
Levanté mis manos lentamente y las apoyé en sus muslos.
Su mirada era penetrante. La ansiedad se proyectaba como si sus ojos expulsaran
rayos. Sentí como empezó a agitar levemente sus caderas, anticipando los
movimientos que haría cuando mis palmas rodearan su flaca y larga verga.
―Yo sé que quieres, puta, solo hazlo.
¿Cómo lo sabía? ¿Era tan evidente? ¿Se lo merecía? Sí, lo
merecía, porque me tenía a sus pies, como una puta.
Pero la puerta se estremeció por unos fuertes golpes. El
viejo volvió a esconder su erección y yo me volteé, asustada, temerosa de que
don Tito me sorprendiera rendida ante otro macho, a punto de acicalar con mis
caricias el miembro de otro hombre.
―¡Ya es suficiente! ¡Me dio hambre! ―gritó don Tito desde
fuera.
Miré a don Pepe. El muy pillo me guiñó un ojo. Sabía lo
que había estado dispuesta a hacerle, y eso pareció satisfacerlo tanto como si
lo hubiera hecho.
Me paré, la camisa escocesa, que era de Pablo y que ahora
pertenecía a aquel miserable vago, se quedó pegada en la humedad de mi vagina;
la arrastré conmigo por un instante antes de que cayera de nuevo sobre el resto
de la ropa. Me volví a mirarla. Era evidente la humedad que había quedado en
ella. Don Pepe puso un pie fuera de la tina y yo di un par de pasos hacia atrás
para darle espacio, para alejarme de él. El viejo tomó la camisa y se quedó
mirando la mancha de fluidos íntimos que se notaba sobre una de sus mangas. Me
observó con una sonrisa satisfecha y llevó la tela húmeda hasta su nariz para
luego inspirar intensamente sin dejar de mirarme.
Abrí la puerta y salí rápidamente de ahí.
Don Tito estaba sentado con otra lata de cerveza en la
mano. Había dado vuelta el sillón para que quedara mirando directamente hacia
en baño.
Estaba agitada y nerviosa. Cerré la puerta tras de mí y
me quedé apoyada de espaldas entre el marco y la puerta, con la manilla cazada
entre mis manos, como si hubiera dejado un animal salvaje encerrado en el baño.
―¿Cómo te fue, querida? ―me preguntó don Tito, después de
tomar otro sorbo de la cerveza de Pablo.
No le respondí.
―Jajaja ―rio con ganas―. Parece que estuvo movida la
cosa. ―Dejó la lata de lado, se levantó y se acercó a mí―. Mira como vienes ―me
susurró más serio―, toda agitada y sonrojada. ¿Qué hiciste ahí dentro, putita?
Apreté los ojos ante aquella maldita palabra. Su mano se
deslizó bajo el delantal y entre mis piernas. Sentí sus dedos hurgar en mi
excitada vagina.
―Aaah ―gemí casi tiernamente.
―Uuuyyy ―se sorprendió, a la vez que retiraba los
curiosos dedos y los olía, como si tratara de deducir el grado de calentura que
me había dominado―. Mira nada más, ¿acaso no te incomodaba que el viejo ese te
viera así? Mira lo incomoda que te dejó. ―Y metió sus dedos en mi boca.
Sentí el sabor de mi propia excitación.
―Chupa ―me ordenó.
Obedecí. Chupé los dedos que me ofreció, y absorbí los
restos de vagina que los impregnaban.
―¿Qué hiciste ahí dentro, puta? ―volvió a preguntar.
―Nada, nada, don Tito ―le dije apenas retiró los dedos de
mi boca.
―¿Se la chupaste?
Lo miré extrañada, indignada.
―Nooo ―le dije, asqueada.
Me besó. Me lamió los labios y luego me metió su lengua
en la boca. Sentí el bulto de su pantalón apretarse contra mis muslos y me
sentí feliz. Ese era mi hombre, mi macho, y me deseaba, lo sentía en la
erección de Pichulon, mi regalón.
―Me gusta que seas tan puta, Cristina ―me susurró
mientras lamía mi mejilla―. Puta cochina. ¿Cómo tenías de caliente a ese pobre
viejo? Anda, dime.
Solté la manilla de la puerta y lo abracé por el cuello,
dejando mis curvas, los volúmenes de mi cuerpo, a su entera disposición.
―Aaaaaayy. Me quería culear, don Tito. El viejo me quería
culear ―le confesé, para que se calentara, para que no aguantara más y soltara
a Pichulon para jugar conmigo.
Sus manos me agarraron el culo con fuerza y me mordió
delicadamente el cuello.
―Aaaaah ―gemí. Y me di cuenta de que le gustaba, que le
gustaba escucharme contarle todo lo que ese viejo cochino quería hacerme―. El
viejo me obligó a que lo masajeara con crema, don Tito. Y yo lo hice porque
usted me dio la crema, porque pensé que eso era lo que usted quería que
hiciera.
―Mmmm. Qué puta eres ―siguió diciéndome al oído, mientras
sus manos amasaban mis portentosos glúteos.
―Me miraba con cara de caliente, don Tito. Me miraba el
culo y las tetas. Aaaay. Miraba su culo, sus tetas, y las deseaba. Me quería
tocar. Aaaaaaaah.
―Es que estás tan rica, puta. ¡Qué ganas que Pablito te
viera masajeando a ese viejo! Y en pelota, así como estás. Ahora debe estar
trabajando, pensando que estás viendo alguna telenovela en la tele. Si supiera
que te tengo aquí, manoseándote, besándote. ―Me volvió a meter la lengua en la
boca. Lamió mis labios un momento. Le correspondí, gimiendo. Luego continuó―:
Si supiera que te dejé en pelota con ese viejo degenerado en el baño. Si
supiera que te ordené que hicieras de geisha y tú me obedeciste, ¡por puta!,
¡para ganarte tu ración de pichula!
―Sí, sí. Aaaaayy, don Tito, por favor, deme pichula, deme
Pichulon ―le rogué.
―Jeje, putita hambrienta ―me dijo con cariño―. Ahora no
puedo. No querrás que don Pepe salga del baño y te vea ensartada de verga por
el culo.
―¡No importa! ―insistí, entregada a su magreo, entregada
a sus groserías―. Métamela, métamela. Vamos a la pieza. Aaaaayyy. Encerrémonos
en la pieza.
―No, Cristina. ¿Tus padres no te enseñaron modales? ―me
reprochó―. ¿Cómo vamos a dejar a don Pepe solo, esperándonos, muerto de hambre,
mientras tú te comes la pichula de tu macho?
―No importa, don Tito. Aaaaaayy. Que coma solo, no nos
tiene que esperar. ¿Sííí?, por favor ―rogué―. Tómeme. Aaaaaah. Lléveme a la
pieza y métamela toda. ―Mi cuerpo se retorcía, atrapado ahí, entre el marco de
la puerta y la robusta anatomía de don Tito.
―No puedes ser tan descortés, mujer. ―Su tono denotó
extrañeza, como si le sorprendiera mi falta de decoró para con su invitado―.
Por lo menos deberíamos dejar la puerta abierta, para que el viejo vea cómo te
gusta la pichula...
―Sí. Aaaaaay. Bueno, don Tito. Aaaaaah, como usted
quiera.
―…, para que vea como comes verga por el culo. ―Me chupó
el cuello y uno de sus dedos se coló hasta mi ano, que no opuso resistencia,
sino que lo absorbió hasta la primera falange―. Para que te vea correrte con
una buena pichula clavada en el ano. ―Y lo revolvió para torturarme.
―Mmmmmmm. Aaaaaaaaah. Sí. Mmmmmmm. Sí, sí, que me vea,
que me vea. Aaaaaaaayy, pero lléveme, don Tito, por favor, lléveme y métamela.
―¿Y si al pobre viejo le da hambre?
―Aaaaay. Que venga a comer. La comida esta lista, don
Tito. ¡Que se la coma toda si quiere!
Don Tito, sin sacar el dedo que me tenía clavado en el
culo, me tomó de la barbilla con la otra mano y me obligó a mirarlo a los ojos.
―¿Y si aún así queda con hambre? ―me dijo con esa vil e
infame mirada.
Me congelé ahí donde estaba. Entendí el alcance de sus palabras
y me estremecí de miedo.
―No ―musité, incrédula ante la pregunta de don Tito.
Él sonrió, indescifrable, malévolo.
Estaba a punto de decirle que no estaba dispuesta a
dejarme hacer nada por aquel viejo inmundo cuando sonó la manilla de la puerta tras
de mí. Nos apartamos cuando don Pepe abrió la puerta y salió del baño.
Su apariencia había cambiado mucho con la ropa de Pablo
puesta. Toda le quedaba larga, pero no tan ancha como el sucio chaquetón con
que había llegado. Los jeans se veían doblados en sus tobillos y la chaqueta en
sus mangas.
La ropa,colorida, limpia y de calidad, no terminaba de
calzar con los rasgos duros y la barba rala y descuidada del viejo. Ahora que
estaba limpio, me fijé mejor en los notorios rasgos de campo de don Pepe. Sus
ojos hundidos y la nariz chata eran características propias de la ascendencia
indígena del hombre.
Sentí envidia al verlo ahí vestido mientras yo seguía
casi desnuda, cubierta solo con aquel diminuto delantal. Apenas toleraba ya su
presencia. La insinuación de don Tito me había indispuesto de una forma difícil
de explicar hacia ese viejo. Pese a que ahora no se veía tan intimidante como
antes, cuando llegó todo sucio cubierto con esos fétidos harapos, tenía todavía
más ganas de que se largara pronto de mi casa.
―Y bien, don Pepe, ¿cómo quedó? ―le preguntó don Tito,
que me tenía agarrada de la cintura con fuerza, como si temiera que saliera
huyendo―. ¿Cómo estuvo esa ducha?
―Muy buena, jefe ―le respondió el viejo, con un tono casi
servicial.
―¿Le gustó su ropa nueva? Le queda muy bien.
―Sí pueh, mucha gracia ―aceptó don Pepe, admirando su
nueva facha.
Yo guardaba silencio. No quería llamar la atención sobre
mí. Me sentía como un trago dulce en una mesa rodeada de borrachos, rezando
porque ninguno de ellos se fijara en mí, porque ya no habría vuelta atrás. El
espacio vacío que había dejado el dedo de don Tito en mi ano me recordaba lo
vulnerable y expuesta que estaba ante ese viejo, y lo necesitada que estaba por
las atenciones de mi macho.
―¿Qué le pareció el acicalamiento de mi putita? ―Don Tito
se comportaba como el mejor de los anfitriones, como si tuviera una deuda
eterna con ese extraño, o peor, como si quisiera pedirle un gran favor.
―Etraordinario. Le agradezco mucho a la eñora ―aseguró
don Pepe, posando sus ojos nuevamente en mí, en mi cuerpo, en mis robustas
tetas, en mis sinuosas caderas, en mis portentosos muslos. Junté mis piernas,
pues sentí que su mirada se escabullía bajo el delantal y se introducía en mi
vagina―. Muy agradecio, eñora, de verda. ―Hizo una leve reverencia. Llevó su
mano a su cabeza, como si pretendiera sujetar un sombrero que no tenía, pero la
volvió a bajar cuando se dio cuenta de lo ridículo que se vio.
―No se preocupe, don Pepe. ¿No le decía yo? Cristina es
un alma muy caritativa ―dijo don Tito―. No más mire como se quedó para usted.
―Me soltó la cintura y me hizo darme una vuelta completa para lucir mi
despampanante figura ante los ojos hambrientos del afortunado vago―. ¡Ya!
―exclamó mi macho, luego de un incómodo silencio―, a comer se ha dicho que
tengo mucha hambre. Anda, puta, sírvenos ―me ordenó descaradamente don Tito al
tiempo que me pegaba un sonoro palmazo en el trasero.
Salí corriendo a la cocina. Debí de verme magistral
apurando el paso sobre esos tacos altos, porque escuché como don Tito decía:
―¡Qué culo que tiene mi Cristina!, ¿no le parece, don
Pepe?
―Etraordinario. Etraordinario.
Entré a la cocina, me apoyé en el mueble y respiré algo
más aliviada. De pronto comprendí la situación en la que me encontraba y
maldije a don Tito y sus juegos. Pero no tenía otra alternativa, debía
servirles la comida, esperar que con eso el viejo se sintiera satisfecho y se
fuera. Luego podría dejar que don Tito me poseyera y me dejará satisfecha a mí
antes que llegará Pablo del trabajo y la señora Raquel de sus diligencias.
Puse a calentar de nuevo la carne que se había enfriado y
saqué un par de platos del gabinete de arriba. Me mordía las uñas esperando que
el horno volviera a hacer su trabajo cuando empezó a sonar mi celular en la
sala. Me asusté. De inmediato supe que era Pablo. Respiré hondo y salí otra vez
a la sala, otra vez casi desnuda, luciendo mis increíbles piernas y mis
curiosos pezones para la satisfacción de aquel viejo vago. Don Tito ya estaba
sentado a la mesa.
Y tenía mi celular en la mano.
Don Pepe ocupaba mi puesto tal como lo había dispuesto
cuando creía que almorzaría con Don Tito yo sola, así que el viejo estaba
sentado al costado de la mesa junto a su nuevo amigo y anfitrión. Me acerqué y
me quedé parada entre ellos, temerosa de que mi macho contestara por mí.
―Es tu hermano ―me dijo al fin, divertido, y me entregó
el aparato―. Dile que estás haciendo tu buena obra de la semana, pero
apresúrate, que tenemos hambre.
El teléfono dejó de sonar. Vi la pantalla, efectivamente
la llamada perdida era de Pablo, seguramente quería asegurarse de que estuviera
bien. Me estaba devolviendo a la cocina para devolverle la llamada cuando don
Tito me agarró la pierna y me atrajo de nuevo a su lado, entre el viejo vago y
él.
―Háblale aquí no más, puta ―me ordenó. Luego miró a don
Pepé―. Si la dejó irse a hablar a la cocina se queda pegada a ese maldito
aparato media hora ―le explicó.
La mano que me había agarrado la pierna subió rápidamente
a amasar mis posaderas. Don Pepe miró asombrado como la robusta manaza de don
Tito apretaba la carne de mis nalgas.
El celular volvió a sonar, esta vez en mis manos. Era
Pablo que insistía, seguramente muerto de la preocupación. Sabía que debía contestar,
de lo contrario mi verdadero marido, aún afectado por mi supuesta violación,
volvería a casa antes de tiempo y me encontraría dándoles de comer a ese par de
bestias, ¡y vestida como una vil fulana de cabaret!
―¡¿Qué esperas, Cristina?! ―exclamó molesto don Tito,
seguramente pensando lo mismo que yo. Y me plantó un fuerte palmazo en la
cola―. Responde o lo hago yo.
No esperé más. Acepté la llamada y apreté el celular a mi
oreja, para que la voz de Pablo no llegará hasta los oídos de don Pepe.
―Aló ―dije de la forma más natural que pude.
―Cristina, mi amor, ¿cómo estás? ―escuché a Pablo.
―Bien, bien, ¿cómo estás tú? ―le respondí, rezando porque
no se extrañará por no recibir un “mi amor” de vuelta.
―Me estaba preocupando porque no contestabas.
―Es que estaba en el baño ―me excusé, y mis ojos se
fueron involuntariamente hacia don Pepe. Pero el viejo no prestaba atención a
mi conversación telefónica; estaba maravillado viendo como don Tito me magreaba
las nalgas.
―Hoy ha sido un día de locos ―me empezó a contar Pablo―.
Esteban, el que debía cubrirme los días que me tomé para estar contigo, se fue
con licencia; así que tengo una tonelada de papeleo acumulado. Y mi jefe…
Apenas y me limitaba a entender que Pablo me estaba
contando sus problemas en el trabajo, pues mi atención la tenía capturada don
Tito, que me sobaba el culo con una fuerza de hombre recio, apretándomela y
amasándomela con la pasión propia de un macho deseoso. La voz de mi verdadero
marido no era más que la melodía de la morbosa escena que se desarrollaba en su
casa.
Observé la delirante expresión que tenía don Tito. El muy
pillo me manoseaba con habilidad, mientras me miraba con esa sonrisa burlona y
malévola. También se notaba que disfrutaba mirando el semblante anonadado de
don Pepe, que no dejaba de observar como las manazas de su anfitrión apretaban
a conciencia mis tremendos cachetes.
―…Y por si fuera poco ―seguía contándome Pablo―, llegó un
nuevo cliente al que se supone debemos darle prioridad…
Apoyé una de mis manos sobre el hombro de don Tito, ante
un fuerte apretón que me hizo perder el equilibrio y soltar un involuntario
gemido―: ¡Ah!
―¿Qué pasó? ―preguntó Pablo de inmediato.
―Nada, nada ―le aseguré al instante―. Me pegué con un
mueble, nada más.
―¿Estás bien?
―Sí, no te preocupes.
Don Tito le hizo un gesto a don Pepe, que sonrió
divertido. Se burlaban de mí. Pese a que no sabía toda la verdad, el viejo vago
se daba cuenta que no importaba quien estuviera al otro lado de la línea, no
podía llegar y decirle que estaba casi en pelotas en la sala con dos hombres y
que estaba gimiendo por el bestial magreo que uno de ellos me estaba dando en
el culo.
Pablo siguió hablándome de cosas que realmente no me
interesaban, mientras don Tito continuaba manoseándome delante de ese viejo,
que según me di cuenta, ya se agarraba el paquete a escondidas de mi supuesto
marido.
Miré a mi macho y me percaté que él hacía lo propio
apretándose el enorme bulto que se le había formado sobre el pantalón. Tuve que
cerrar los ojos ante las sensaciones que me provocó asimilar que esos dos
viejos estaban con sus vergas paradas, mirando mi torturado y desnudo culo
mientras hablaba con mi marido por teléfono.
―Llamó mi madre. Quiere que vayamos el fin de… ―seguía
recitando Pablo. Mientras, yo observaba sin poder hacer nada como esos
miserables abusaban de mi cuerpo. No podía salir de ahí. Algo me decía que
debía permanecer al alcance de esas manos hasta que terminara de hablar por
teléfono. Pablo, sin saberlo, me mantenía entregada a los deseos lujuriosos de
don Tito y de ese pobre viejo recogido de la calle.
De pronto sentí la insistente mirada de mi macho que me
llamaba. Sus ojos brillaban de lujuria. Al tener mi atención me sonrió. Supe de
inmediato que tramaba algo, algo sucio, algo morboso. Sabiendo que prestaba
atención a lo que haría, le hizo un gesto a don Pepe, invitándolo a tocarme,
invitándolo a manosearme mis jóvenes y robustas posaderas. Miré al vago.
Horrorizada, vi la sonrisa bobalicona que puso cuando don Tito insistió con
otro gesto similar para convencerlo de que iba en serio, de que no era broma,
de que de verdad lo estaba invitando a tocarle el culo a su mujer.
Me tapé la boca para no gritar cuando el viejo Pepe
levantó su huesuda mano para tantear una de mis nalgas. Sus dedos helados y su
palma rugosa se apoyaron tímidamente sobre la parte inferior de mi glúteo. Lo
apretó suavemente un par de veces y luego lo levantó ligeramente, como si
estuviera catando la firmeza de mis carnes. Sus ojos se abrieron como platos
mientras gozaba del tacto de mis formas de mujer. Lo vi tragar saliva, como si
de pronto se hubiera dado cuenta de que estaba en presencia de una Diosa, que
era tan hermosa como deseable.
―…No es que estemos obligados a ir, pero también ira mi
hermano…
―¡Dios mío! ―quise gritar. Traté de apartarme, de huir de
esas callosas manos, pero don Tito me sujeto, entregándome a aquel viejo
depravado.
Don Tito se inclinó para acercarse a don Pepe y hablarle
en voz baja:
―¿No le dije? ¿Qué le parece el tremendo culo de mi
hembra?
El viejo vago casi lloraba de la emoción, o, mejor dicho,
de la calentura que estaba sintiendo. Tanto que fue incapaz de articular
palabras para responderle a mi macho, solo movió su cabeza, asintiendo como un
esquizofrénico, sin despegar la vista de las deformaciones que provocaba en mis
glúteos a través de sus apretones cada vez más apasionados y potentes.
―¿Estás con alguien?
No podía dejar de mirar como don Pepe me tocaba. Estaba
aterrorizada, hipnotizada por el morbo insano de los juegos a los que don Tito
le gustaba entregarme.
―¡¿Cristina?!
Moví la cabeza, como volviendo a la realidad. ―¡Pablo!―
me dije. Demoré aún unos instantes en volver a entender que Pablo estaba al
teléfono.
―¿Amor?, ¿estás ahí?
―Sí, sí, ahora sí te escuchó ―le respondí, tratando de no
demostrar las emociones que estaba sintiendo―. Se cortó, no sé qué pasa con la
señal.
―Te preguntaba si estabas con alguien.
―No…, no, es problema de la señal seguramente ―le mentí.
Don Tito no fue menos que don Pepe; amasó la nalga de su
lado con tal pasión, que don Pepe consideró que tenía permiso para hacer lo
mismo con la suya. Así que ambos, uno en cada una de mis posaderas, apretaron y
sobaron a placer, disfrutando de mi culo como niños que no resisten aplastar y
estirar un nuevo juguete de goma.
―¡Qué culazo tiene esta puta! ―exclamó don Tito, esta vez
sin medir el tono de su voz.
Tapé con la mano el micrófono del celular, pero supe que
no había sido lo bastante rápida cuando Pablo se quedó en silencio.
―Sí, jefe. Está muy rico el poto de su eñora ―le
respondió el viejo Pepe a mi macho.
―Alo, ¿Cristina?
No respondí.
―¿Amor? ¿Me escuchas?
―Lo tiene bien trabajado la puta ―opinó don Tito y luego,
sorpresivamente me quitó el celular de las manos y lo dejó sobre la mesa, aún
con la llamada abierta.
―¡¿Cristina?! ¡Alo! ―escuché a Pablo, esta vez mucho más
lejos.
―Estas ancas sí que da gusto manosearlas, ¿no le parece,
don Pepe?
Cerré los ojos y me tapé la boca con ambas manos.
―Sí pueh, jefe. No eh que es joencita la eñora. Tiene
buen culo.
El magreo en mis pompas era frenético.
―Alo, alo, ¿me escuchas?
―¡Culazo, mi amigo! ¡Un culazo! A veces me despierto en
la noche y la pilló con este poto tirado pah mi lado. No la pienso dos veces y
le meto toda la pichula entremedio de estas nalgotas ―se vanaglorió don Tito,
como un hombre que presume de su agresivo actuar ante la provocación de otra
persona. Luego me propinó una fuerte nalgada que resistí bajó las manos que
ahogaban mis gemidos.
―Aaaaaalo.
Don Pepe miró con ansias mi culo. Don Tito leyó sus
deseos.
―Ande, don Pepe, dele no más, si a esta potranca le gusta
que la azoten ―le dijo mi macho y le dio otro tremendo palmazo a su nalga.
El viejo vago no demoró en imitar las acciones de su
anfitrión, y empezó a probar el gusto de propinarme golpes como si fuera una
yegua floja.
¡¡Plaff!! ¡¡Plaff!!, empezaron a escucharse las nalgadas.
Mis pobres nalgas sufrieron el martirio del maltrato de aquellos viejos
depredadores. Mi entrepierna se inundó y mis labios se apretaron aún más fuerte
para que Pablo no me escuchara gritar de placer.
¡¡Plaff!! ¡¡Plaff!!
―Alo. ¿Cristina?. Maldita señal. Alooooo.
FIN CAPÍTULO 5.
Continuara……
Titulo original: Cristina Capítulo 5, Invadida por el
deseo, de saga Cristina.
Autor: Dantes
Fuentes de referencia
Relatos Dantes. (2019). Cristina capítulo 5, Invadida por
el deseo, de saga Cristina. Recuperado de; https://relatosdantes.com/






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