PAULINA CAPÍTULO 5

 




PAULINA

CAPÍTULO 5

Dantes

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Título original: Paulina Capítulo 5 de saga Paulina, Inocencia Perversa.

Dantes

Publicado originalmente en www.relatosdantes.com

2019

 

PAULINA

CAPÍTULO 5

 

Estaba sola en casa con el hombre que abusaba de mi madre a escondidas de mi padre. Al principio había tenido miedo de que el muy canalla se desquitara con mamá si no participaba en su juego. Sabía que esa estupidez del regalo no era más que una absurda patraña para aprovecharse de mí, pero me había dejado arrastrar por sus engaños y sus desvergonzadas peticiones.

 

El Espacio de las Pequeñitas… :3 …

 

Sé que es difícil de creer. Ahora que escribo esto, a altas horas de la noche, escondida bajo las mismas sabanas donde cometí estos pecados, pienso, o trato de convencerme, que todo lo que hice nació de la necesidad de proteger a mi madre. No de un maltrato mal intencionado de don Rene en venganza porque yo no me entregara a sus deseos, pues la verdad es que él nunca me amenazó con algo así, no directamente por lo menos. Pero sí por tratar de proteger el secreto de mamá, que ya no era solo de ella, sino que también mío. Porque eso pasa cuando te cuentan un secreto; no solo la otra persona se arriesga a confiar en ti, en tu discreción, también tú arriesgas contaminarte con toda la responsabilidad que conlleva esa información. Por eso la gente a veces prefiere no saber. Lamentablemente yo no fui tan sabia.

Pero aún no logró convencerme. No logró creer sin ninguna duda que esas fueran las únicas razones del por qué hice lo que hice. No puedo mentirles. Las palabras en este diario son tan sagradas para mí que deben reflejar cabalmente la verdad de lo sucedido. Incluso abstenerme de compartir con ustedes estas dudas sería una falta muy grave para el compromiso que tengo con mi querido diario. Así que debo confesar que el temor por el destino de mamá y nuestra familia no fue lo único que me llevó a entregarme a ese viejo miserable. También fue mi propia sed de placer. Esa mañana había sido convertida en mujer por dos tipos infames y desalmados, y me había gustado. Es más, cuando llegué temprano de la escuela y me encontré con que estaría todo el día sola en casa, lo primero que pensé fue en ir a mi cuarto a escribir mi experiencia y masturbarme rememorando todo lo que me había pasado. En ese momento, cuando mis sentidos estaban a mil por haber experimentado hace tan poco su primer orgasmo de pleno apareamiento, es que don René me atacó.

¿Me entienden? ¿Entienden mi desconsuelo, mis dudas? Traicioné a papá tanto como mi mamá. Ella tiene la excusa de aquella sucia treta que usaron para engatusarla y luego chantajearla. Pero yo, ¿de verdad puedo aferrarme a la excusa de proteger a mi familia? ¿Puedo culpar a ese vaso de jugo?

Pero volvamos a lo que pasó en mi cuarto. Uf.

Bueno, quedé en que ese viejo se metió en mi cama y me convenció para meterme con él. Claro, apenas me acosté a su lado, don René, desnudo como estaba ―a excepción de sus calcetines de abuelito― se abalanzó sobre mí y me empezó a apretar contra él y a besar casi contra mi voluntad. Después, como ya dije, caí víctima de mis propios deseos y, lisa y llanamente, empezamos a besarnos como dos noviecitos apasionados. Después atacó mis pechos y fue demasiado para mí.

No pude aguantar más: me acomodé bajo el robusto cuerpo de don René y abrí mis piernas para rodear sus peludas caderas y dejar mi conchita a merced de aquella cosa erecta.

―Ay, pendeja… Abrásame, abrásame ―dijo, volviendo a lamer mi oreja.

Sentí arder mi entrepierna. Como si tuviera un sonar en mi cabeza, casi vislumbre su falo a centímetros de mi vagina, que apenas y estaba protegida por esa ya empapada tanguita de niña. Pensé que tales sensaciones debían de ser provocadas por la droga. Me sentía tan excitada, tan deseosa de aferrarme al cuerpo de ese hombre, que no pude creer que mi libido por si sola pudiera tenerme en ese estado.

―Uuuuy…, no, por favor, don René. No, no…

La sabana nos tapaba hasta el cuello. Hacía un calor enorme ahí abajo, pero era tan sabroso sentirme acurrucada junto a ese viejo abusador que ni pensé en destaparnos. Él debía sentir un morbo similar al estar en pelotas entre mis sabanas porque no hacía más que tomar los cobertores y subirlos cada vez que algún movimiento inesperado corría la ropa de cama.

Sentía su cuerpo pesado sobre mí. Su robusta anatomía parecía aplastarme, y su panza rodeaba toda mi cinturita mientras yo acariciaba su espalda a la vez que me dejaba chupar el rostro. Nuestros alientos se fundieron en uno, y nuestros jadeos parecieron componer una melodía tan armoniosa como vibrante.

―Pendeja…, qué suavecita…, qué rica que estás ―dijo el viejo―. Si tu papito viera como te tengo, Paulinita.

―¡No!, don René, por favor…, no le diga a mi papi ―le rogué, realmente asustada―. ¡Por favor!

Él se apartó y me miró. Luego sonrió. Maldije mi estupidez. El viejo había notado que esta vez no jugaba, y vio el miedo reflejado en mi rostro. Supo de inmediato que me daba lo mismo mi novio. El que realmente me importaba era mi papi. Temí incluso que viera a través de mi deseo y se diera cuenta como reaccionaba mi cuerpo frente a todo lo que tenía que ver con papá.

―Ya, mi enfermerita. Tranquilita ―dijo el viejo mirándome a los ojos―. Tu papito no tiene por qué saber qué haces estas cositas de mujer grande.

―¡¿Qué cosas?!

―Pues estas, mi cosita rica. ―Don René hizo un gesto hacia nuestros cuerpos bajo las sabanas―. Ayudar a un hombre a deshinchar su cosa.

―Pero yo no hago estas cosas ―protesté―. Esta es la única vez, para ayudarlo a usted que se puso malito con mi bikini.

Mi simulada inocencia lo descontroló. Me metió la lengua en la boca y me apretó aún más fuerte. Una de sus manazas se metió por allá abajo y me agarró mi culito, para apretarlo y masajearlo a placer.

―Mmmmmm, Mmmmmm ―gemía yo bajo su húmedo atracón.

Hasta que pude voltear la cara, solo para sentir su lengua hurguetear en mi oreja y lamer mi cuello.

―Aaay, don René… Don René… Aaaaah.

―¡Qué culito rico que tienes, pendeja! ―exclamó el viejo, como si no pudiera creerlo―. Su mamita lo tiene más grande, pero usted, mijita, lo tiene más formadito y durito. ¡Un culazo de pendeja!

Era una clara referencia a la macabra relación que mantenía con mi madre. Si la ignoraba sería parte de ese morboso secreto. Y una cosa era ser cómplice de mi madre y otra muy distinta era serlo de ese hombre desalmado, que usaría mi silencio quién sabe cómo. Así que decidí, tanto para protegerme como para seguir en mi papel de inocente jovencita, mostrarme sorprendida con todo lo que me estaba diciendo.

―¿Por qué…, por qué, don René… le anda mirando la cola a mi mamá?

―¡Porque esta rebuena tu mamita, pendeja! ―me dijo sin ningún miramiento. Me di cuenta de que estaba ido de excitación―. Ella tiene tantas ganas de que seamos amigos con tu papi que se porta tan bien como tú cuando yo necesito ayuda con mi cosota.

Me lo iba a decir. Me di cuenta de que ya era tarde, nada de lo que hiciera o dijera lo detendría, el muy sinvergüenza me enrostraría que mi madre se encamaba con él a espaldas de papá.

―¡No! No le creo, don René ―me retorcí entre sus brazos―. ¡Es mentira!

―Es verdad, pendeja. A tu mamá me la he culeado varias veces ya. Y vieras tú como le gusta a la muy zorra.

Sus palabras calaron hondo en mi indefensa libido. Sentí sus palabras como latigazos cargados de lujuria, que remecieron la poca cordura que me quedaba.

―Aaaaah…, don René… ―Mi respiración era agitada―…, por favor…, don René… ―Lo miré a los ojos con semblante agónico―…, por favor…, métamela…, métamela.

El viejo me miró con deleite pervertido.

―Métamela, don René, por favor…, métamela.

Metió una de sus manazas entre nuestros cuerpos. Pude sentir como corrió la tanguita y acomodo su hinchado glande entre mis labios vaginales.

―¿Te lo ha hecho tu noviecito? ―me preguntó luego. Yo respiraba muy rápido, como una conejita atrapada.

―No, no ―respondí con sinceridad, evitando mirarlo porque sabía que no era toda la verdad que esperaba con su pregunta.

Lamió mi mejilla hasta mis labios.

―Eso, mi pendeja. Tranquilita, ya verás lo rico que se siente ―me susurró.

Empujo despacio, logrando que su glande quedara encajado dentro de mi cuerpo.

―¡AAH! ―grité.

Me sujeto con fuerza. Su mano ya no debía mantener el apuntalamiento de su verga, así que volvió a sujetarme, como si yo pretendiera escaparme.

―Tranquila, Paulinita. Será despacito, te lo prometo. ―Y dio otro empellón.

―¡AAH! ―Era grande, tanto o más que la del Director.

―Uuyuyuiii, pendeja, qué angostita que estás. ―Su cabeza aplastaba la mía. Su boca en mi oreja―. Ahí siento tu telita.

Yo sabía que no podía ser. Sabía que el muy sádico lo decía para excitarse más haciéndome ver que me desvirgaría, que sería el primer hombre en poseerme. Él no tenía como saber que hace pocas horas otro viejo verde había ganado ese puesto, y yo no lo sacaría de su error. Estaba excitada y todo lo que me decía y me hacía me tenían al borde del orgasmo. ¿Qué mujer puede decir que fue desflorada dos veces? Esa idea me hizo sentirme aún más entusiasmada con todo lo que me hacía don René.

―Te voy a convertir en mujer, Paulinita, ¿puedo?

Silencio. Mi respiración agitada. Su lengua metiéndose en mi oreja.

―¿Puedo?

Un pequeño empujoncito.

―¡Ah! Sí…, sí. Don Re…

Sus caderas se clavaron entre mis piernas.

―…¡¡¡AAAAAHHHH!!! ¡¡¡AAAAAHHHH!!! ¡Me duele! ¡AAAAHHH!, ¡don René! ¡Me duele, me duele!

―Shiiiiii, Paulinita, tranquilita, mi amor, shiiiii ―Su abrazo fuerte, sus caderas en pausa―. Acostúmbrate. Estoy dentro, cosita. Te la tengo adentro…, pero falta todavía. Vamos despacito.

―¡No, no, no! Por favor, sáquela, sáquela.

De verdad me dolía, aún más que esa mañana. No pensé en nada más que sacármelo de encima, pero no podía.

Empujó otro tanto, firme, duro.

―¡¡UH!! ―ahogué un grito.

Empecé a resistirme, a tratar de escapar de su abrazó, a pegarle en el peludo pecho con mis manitas desesperadas.




Clavó más profundo.

―Aaaaayyyy…―gemí como si fuera a perder la consciencia.

―Ya te rompí la telita, Paulinita.

Mis piernas ya no lo abrazaban, estaban inertes, abiertas, derrotadas.

―Aaayyyyy…

Otro empellón.

―¡AH!

Y otro.

―Aaaaaaaah…

Y otro.

―…noooooo…

Y otro. Tenía los ojos cerrados, pero escuchaba su respiración. Sabía que estaba conteniéndose, sabía que ya no había manera de librarme de su sed de hembra, de su instinto de apareamiento.

―…, por favor…, don Ren…

Y otro poco más.

―Aaaayyyy…, señor, ya no más, por fa…

Uno bien fuerte, inmisericorde. Sentí sus bolas peludas entre mis nalgas. Mis ojos se fueron a blanco.

―¡¡¡AAAAAH!!!

―Eso, pendeja. Te la tengo toda adentro. La aguantaste toda ―afirmó con asombro―. ¡Qué rico!, Paulinita. Igual que tu mamita, me la aguantaste toda. Son unas zorras de primera. Jajaja. ―La algarabía del viejo era evidente. Sus caderas lo demostraron, pues esta vez no se quedó quieto, sino que empezó a revolver sus caderas para dejármela alojada bien hasta el fondo.

―¡¡AAAAYYYY!! ―volví a proferir. La última estocada fue como una inyección de adrenalina. Mi desfallecimiento tortuoso desapareció y volví a batallar como una presa desesperada en las fauces de un implacable depredador. ―¡¡AAAAH!! ¡¡NO!! ¡¡Sáquemela!! ¡Sáquemela, don René, por favor!! ¡Piedad!

Pero mis ruegos fueron inútiles. Don René empezó a sacármela de a poco solo para volver a clavármela cada vez con más ímpetu y crueldad.

―Toma, pendeja. Para que veas lo que le doy a tu mamita. ¡Toma! ¡Toma!

 

―¡¡Ah!! ¡Ah! ¡¡Ah!! ¡Ah¡ ¡Ah! ¡AAAAAYYYY!

Me sujetaba mientras me culeaba. Me lamía la cara mientras yo gritaba. Me masajeaba el culo mientras me retorcía.

Hasta que dejé de pegarle. Hasta que agarré su cabeza con mis manitos y le metí la lengua en la boca. Hasta que mis piernas recobraron su brío y fueron a abrazar el rechoncho cuerpo que se remecía sobre mí. La droga debía de fluir como lava ardiendo en mis venas. El dolor se fue y dio paso a un placer extraordinario.

―¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Ah! ¡Uh! Don René…, ¡qué rico! ―musite entre jadeos y gemidos―. Dele, dele, dele.

―Eso, pendeja. ¡Toma! ¡Toma! ―Sus estocadas ya no se medían. Sus embestidas remecían mi camita como los arrebatos de un toro descontrolado azotarían un bote de remos.

Abría mis piernas lo más que podía, tratando de que don René se metiera aún más adentro. Él cazó con una de sus manazas mi pecho izquierdo. Lo apretó y masajeó.

―¡Qué buenas tetas que tienes…, Paulinita! ―me dijo con pasión, sin dejar de arremeter contra mi cuerpo.

―¿Le… ¡Ah!, le gustan… ¡Ah!, don… ¡Ah! René?

―Son bien ricas, mi amorcito…, Uuuuh, ¡toma!, ¡toma! No son… tan grandes como las de tu ma…mita, pero son más duritas… ¡Toma! ¡Más jóvenes!

Metió su lengua en mi boca y yo se la chupé como si fuera la de mi papi. La droga. Esa maldita droga. Nuestras lenguas se abrazaron en una lucha cruenta y húmeda. Sorbí su saliva como si fuera la miel más exquisita.

―¡Mmmmm! ¡Mmmmm! ―seguía emitiendo mi garganta con cada empellón de ese viejo peludo―. ¡Mmmm! ¡Mmmmm!

―¡Eso, mi perrita! Siente toda mi verga. ¡Toma! ¡Toma! ―me dijo con pasión cuando se despegó de mi boca.

―Don René ¡ah! Dele, dele ¡ah!

―Te gusta tanto como a tu mamita.

―¡Ah! ¡No! ¡Ah!

―Sí, pendeja. Esta misma cosota se la meto a tu mami.

―¡No! ¡Ah! ¡Mentira! ¡Ah! ¡Ah! ¡No! ¡Ah!

―Jajaja. Le gusta tanto que hasta ella misma me va a buscar para que se la meta ―me torturó―. Me ruega que la deje chupármela. ¡Toma!

―¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!

Mi camita crujía por la violenta lucha que se vivía sobre ella. Los cobertores, por el vaivén de nuestro coito se fue deslizando hacia un lado, hasta que cayó al suelo, dejando a la luz el robusto cuerpo velludo de don René, que no dejaba de subir y bajar a un ritmo cada vez más frenético.

No pude evitar pensar que era la primera vez que me acostaba con un hombre. Antes, en el bus y en el cuartucho de mantención de la escuela, me habían usado con la ropa puesta, en lugares incomodos, en posturas poco íntimas. Sin embargo, en ese momento, el maldito vecino me tenía prácticamente desnuda en mi camita de niña, mientras él, también encuerado, se agitaba follándome, abrazándome, pegando su cálida y peluda piel de viejo a mis formas de adolescente, a mi piel suave y tersa. Me hacía gemir en la intimidad de mi cuarto, en una postura que nos obligaba a pegarnos como si fuéramos uno. Sí, fue la primera vez que me sentí realmente poseída, realmente éramos dos amantes teniendo sexo tan perverso como sabroso. Yo era poco más que una niña y él era un viejo sinvergüenza que se afanaba por clavarme su cosota dura.

―¡Toma! Uuuuuuh, mmmmmm. ¡Toma! ―empezó a refrenar sus estocadas.

―No… noooo. ―Yo seguía negándome a creer que mi mami buscara a ese hombre. Pero en el fondo lo sabía. Esa exquisita experiencia, el sentirlo tan grande dentro de mí, sobre mí, era algo que ninguna mujer podría olvidar. Por eso mi madre no se había desplomado, por eso andaba por la vida más feliz, más jovial. Lo había terminado disfrutando como una posesa, igual que yo. Lo pensé en ese momento y lo pienso ahora, mientras escribo estas palabras.

Abracé aún más fuerte a don René. Lamí su sudor y lo apreté con mis piernas. Ese hombre hacía feliz a mi madre. Se lo merecía. ¿Por qué lo hacía mejor que mi padre? No lo sé, pero estando ahí, ensartada por la vergota de aquel viejo, me prometí interrogar a mamá. No la dejaría tranquila hasta saber por qué papá no podía complacerla como lo hacía el vecino.

Don René apoyó sus manos en la cama y se irguió sobre mí. Miró mis pechos. Subían y bajaban al unisonó de mi respiración. Aún sentía la vergota de ese viejo en mi interior. Miré hacia abajo y pude ver como bajo su barriga nacía un grueso falo de carne que se ensartaba entre mis piernas. Sabía cuan largo era, así que tenía una idea bastante clara de lo que aún mantenía dentro de mi cuerpo. Me sorprendió la capacidad de mi vagina. Era la de una adolescente, pero comía como la de toda una mujer.

―Ay, don René, ¿qué pasa? Siga, por favor, siga ―le rogué, al mismo tiempo que acariciaba su peludo y entrecano pecho.

Él sonrió y volvió a arremeter con movimientos lentos. No se dejó caer sobre mí, así que los dos fuimos testigos de cómo mi vagina absorbía el descomunal grosor de su tranca. No sé si fue la droga, no sé si fue la excitación, pero en ese momento me pareció que la tremenda verga que me metía don René tenía el grosor de mi brazo. No me explicaba como mi conchita podía tolerar tamaña irrupción, pero lo hacía. Mis labios vaginales se veían muy tersos, como si fueran estirados en su máxima extensión para poder dar paso a don René. Y todo se veía tan húmedo. Parecíamos máquinas diseñadas para funcionar en forma precisa una con la otra.

Don René la sacó completa. Pude ver su glande ensalzarse con nuestros fluidos en la entrada de mi cuerpo, junto al escaso vello púbico que enmarcaba mi zorrita. Sentí un vacío enorme, como si me hubieran hecho un lavado de estómago o una liposucción (aunque nunca me han hecho ninguna de las dos cosas, pero supongo que así se hubiera sentido), como si me faltara algo, como si necesitara algo con lo cual no podría seguir viviendo.

―Noooo ―musite con ternura dolida―. Por favor, don René, deme más…, por favor. ―Acaricié su pecho con mi manita.

Él volvió a meterla de un solo tirón.

―¡Aaaaaaaaaah! ―gemí, esta vez sin dolor, sino con una sensación de completa satisfacción al sentir esa tremenda cosa de nuevo en mi interior―. Qué rico, don René. ―No pude retener una sonrisa.

Cerré los ojos y me concentré en las sensaciones que venían de mi entrepierna. Don René no tardó en lamer mi boquita. Yo lamí su lengua―. Mmmmmmmm.

Fue tierno, rico, pero cortó. Se movió un poco sobre mí y luego volvió a alzarse para quedarse, esta vez, entre sentado y arrodillado entre mis piernas.

Acaricié su barriga. La textura de sus gruesos pelos no me desagradaba, era como si el sentido del tacto me recordara que el hombre que compartía la cama conmigo era un macho viejo, un tipo que no merecía el manjar que se estaba comiendo, un sinvergüenza que abusaba de la inocencia de una bellísima joven que había encontrado sola e indefensa en su casa.

―¿Qué pasa, don René? ¿Ya se siente mejor? ―le pregunté, volviendo a mi papel de enfermerita preocupada.

―Ay, pendeja, solo quiero mirarte un poco ―me dijo, mordiendo las palabras, conteniendo la pasión que le generaba mi cuerpo―. Sácate esa cosa. ―Señalo la parte de arriba del bikini, que a esas alturas estaba corrido al costado de mis tetas. Lo obedecí, me lo saqué por sobre la cabeza. Luego él agarró la tanguita y con las dos manos la hizo pedazos para luego arrojar los restos al suelo. Yo hice un gesto de asombro―. No te preocupes, ya te dije que te lo voy a comprar, jajaja. Así te quería tener, en pelotita en tu camita. ―Sus gruesas manos recorrieron mi abdomen y mis pechos―. Qué suave. Mira lo duro que me tienes, Paulinita. ―Me agarró de la cintura y me atrajo hacia sí, dándome otro buen empellón.

―Aaaaaah ―gemí con cara de niña afligida.

―Uuuufffff. Uuuuuy ―musitó él con los ojos apretados, mientras tiraba de mí para seguir empalándome.

―Aaaah Uuuuy Aaaaaah.

Siguió acariciando mi piel, hasta que llegó a mis piernas. Me tomó cada una por la parte de atrás de mis rodillas y muy despacio las llevó hasta sus hombros. Soltó una para tomar mi tobillo. Me sorprendí cuando llevó mi pie hasta su rostro y empezó a chuparlo. Sentí unas cosquillas deliciosas. Me mostró como jugaba con su lengua, para luego meterse mis deditos completos a la boca, chupándolos como si fueran mis pezoncitos. Pensando en esto, tomé mis pechos y estiré mis pezones. Él me vio complacido, sin dejar de embetunar mi pie con su saliva.

Luego abrazó mis piernas contra su cuerpo y fue dejándose caer sobre mí.

―Ay ay ay ―empecé a dar grititos cuando me doblé como una muñeca de trapo. El problema no era que forzara mis piernas contra mi propio cuerpo; práctico gimnasia y soy bastante flexible. Lo que detonó mi nerviosismo y aumentó las pulsaciones de mi corazón, fue la sensación de que aquella verga gigante se adentraba aún más profundamente en mi conchita, hasta un lugar inexplorado y aún muy estrecho―. Ay ay ¡ay! ¡ah! ¡Ah! ¡AAAh! ¡¡AAAYYY!!

Me dolió mucho otra vez. Las lágrimas afloraron a mis ojitos sin que yo pudiera hacer nada. El viejo era muy pesado, nada podía hacer contra aquel brutal apuntalamiento.

―Sniff sniff, aaayyyy, don René, no, no, aaaaayyy.

Un rudo empellón me llegó hasta el alma.

―¡¡¡AAAAAH!!!

Gracias a Dios se quedó ahí, manteniéndose en las profundidades, pero sin arremeter con sus caderas.

―Mmmm, zorrita. Esto sí que es increíble. Me la aguantas patitas al hombro, jajaja.

―Aayyy aaaayyyy. Sniff sniff. ―Mis gemidos eran lastimeros.

El muy sádico empezó a apuntalarme, a presionar con sus caderas, haciendo que su verga me exigiera al máximo.




―No, sniff… No, sniff, ¡aaayyy! Don René ay ay. No, por favor, aayyy, ya no, ya nooo oh oh sniff.

―Tranquila, pendeja, que ya te acostumbras ―me calmó el muy miserable de una forma que me pareció diabólica―. Ya verás que te gusta.

El abusivo me tenía atrapada. Con sus brazos impedía que yo pudiera sacar mis piernas de sus hombros. Impotente, lo veía encima de mí; su expresión calenturienta, sus ojos inyectados en sangre. El viejo parecía disfrutar de mi sufrimiento. Comprendí que para él era parte de mi desvirgamiento.

El movimiento de sus caderas volvió a remecer mi camita. El rechinar del catre se hizo frenético otra vez, y comprendí que su verga me taladraba sin piedad. Abusaba de mi cuerpo y disfrutaba de mi sufrimiento. Era el maldito que no le importaba más nada que su satisfacción, que su calentura. No le importó violar y extorsionar a una mujer casada; tampoco le importaba abusar de las apretadas e inexpertas formas de una jovencita inocente y supuestamente virgen.

―¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ay! ¡Ah! ¡Ay! ―empecé a gemir. Algo diferente al dolor empezó a nacer de esas viles estocadas. <<la droga ―pensé―. La droga en el jugo>> Di gracias a Dios por haberme decido a beber el contenido de ese vaso. El extremo dolor que había sentido se estaba transformando en un gozo de la misma intensidad―. ¡Ah! ¡Uh! Mmmm ¡Ah! ¡Sí! ¡Ah! Uf ¡Así! ¡Aaah!

―¡Eso, pendeja! ―exclamó don René al verme gozar―. ¡Cómetela toda! ¡Toma! ¡Toma!

Y sus estocadas fueron más firmes, más profundas, como si de verdad pretendiera partirme en dos. Eran deliciosas.

―¡Qué buena que estás, Paulinita! Cuando me culeé a tu madre voy a pensar en ti, preciosura.

―Sí, don René, dele bien duro ―le solté―. Hágala sufrir por infiel, por maraca.

―Jaja. Sí, pendeja, le voy a dar por el culo hasta que grite piedad.

Ideas morbosas se arremolinaron en mi mente. Ya no era dueña de mis acciones. La droga hacía estragos en mi cordura, en mi morbo que se volvió insano, amoral.

―Quiero verlo, don René ―dije sin medir las consecuencias que podrían acarrear mis palabras―. Quiero ver cuando le rompa el culo a mi mami. ¡Quiero ver como se la culea!

Él no lo sabía, pero yo ya lo había visto hacerlo. Sin embargo, las perversas sensaciones se acentuaron de solo pensar que podría verlos sin esconderme. Con ellos follando, sabiendo que yo los estaba mirando. Me excitó mucho imaginar a mi madre gozando y gimiendo, con las piernas abiertas recibiendo el increíble falo de don René. ¿Qué sentiría mi mamita si yo estuviera desnuda a su lado, esperando mi turno? Ay, qué calentura que sentí.

―Lo que tú quieras, pendeja ―me soltó el viejo después del momento que se tomó para superar la impresión que le provocaron mis palabras, mi sucia solicitud―. Ya verás cómo convenzo a tu mamita para que te mostremos como culean los buenos vecinos, jajaja.

Sabía que ese “convenzo” era en realidad un “obligo”. Mi pobre mamita no podría negarse a nada de lo que le pidiera ese desvergonzado si no quería que mi papito se enterara que se había acostado con él. Y eso más morbo me provocó. ¿Mi madre sería capaz de sacrificarme? ¿Sería capaz de dejar que ese viejo abusara de mi inocencia? Si yo se lo pedía, si yo le rogaba que lo hiciera para salvar nuestra familia, lo haría. Estuve segura de eso, y me excitó de una forma sanguinaria.

―¡Ayyyy!, don René. ¿Y después me va a culear a mí? ―le pregunté con los ojos llorosos, con mi carita compungida―. ¿Me la va a meter en frente de mi mamita?

―Jajaja… Si tú lo deseas, pendeja, te voy a meter la tranca recién salida de la concha de tu madre… Uuuuuh, sííííí. ―Don René cerró los ojos como imaginándose aquella pérfida escena. Se le dibujó una sonrisa y supe que disfrutaba de esa tropelía no solo por su evidente atrocidad, sino también porque planeaba hacerlo de verdad.

Sus estocadas siguieron implacables sobre mi conchita. Yo recibía el peso de su cuerpo que no dejaba de rebotar sobre mí. Lo sentía tan adentro, tan profundo. Quise quitar las piernas de entremedio para besarlo, para pegarme a su robustez, para fusionarme en su carne. Pero él no me dejaba, me seguía apuntalando con ferocidad. Sus gordas bolas chocaban contra mis nalgas cuando me la clavaba toda. Sus pelos gruesos me hacían cosquillas ahí cerca de mi anito. De pronto tuve la desquiciada ocurrencia de pedirle que me probara por detrás, que me abriera el culo como lo hacía con mamá. Por suerte, pese a la droga, entré en razón y me mordí la lengua. De seguro esa ocurrencia, en esa sacrificada pose, me hubiera mandado al hospital.

―¡Qué buena que estás , pendeja! ―decía el muy maldito mientras lamía la parte de atrás de mis rodillas―. Sabes a dulce de durazno, chiquilla sabrosa.

―¡Ah! ¡Uh! Mmmmm ¡Uh! Rico, rico, don René ―gemía yo, muerta de gozo―. Métamela como a mi mami.

―¿Cómo a tu mami?

―Sí, por favor.

―Ven acá ―me ordenó, saliendo de mí.

―¡No! Quiero más…, quiero más ―rogué.

Tiró mis piernas para un lado y me obligó a darme vuelta. Quedé de boca en la cama; de espalda a él, con mis piernas atrapadas entre las suyas. Traté de mirar que estaba haciendo, ansiosa porquevolviera a poseerme, angustiada por la posibilidad que pretendiera dejarme ahí, sin más, insatisfecha, pero me sostuvo la cabeza con una de sus manazas, sometiéndome como si fuera su juguete, su esclava.

―¡Qué rica que eres, Paulinita! ―Su otra mano recorrió mi espalda hasta llegar a amasarme mis glúteos―. ¡Qué culito más bonito! Y tú piel, pendeja de mierda, no puede ser más suave, más tersa. ¡Qué niña más linda, por Dios!

―¿Le gusto, don René?

―¿A quién no le gustarías, pendeja? De seguro tus compañeritos andan locos por meterte mano ―me dijo el viejo. La satisfacción de ser él, y no otro, el que me metía mano como quería se le notaba en la voz―. Si supieran que te dejas culear por este viejo que tienes por vecino no lo podrían creer, jajaja.

―¿Cuánto le gusto?

―Mucho, preciosa, mucho.

―¿Más que mi mami?

―Uy, difícil pregunta ―dudó. Su mano seguía paseándose por mi espalda, mi cintura, mis caderas y mi culo―. Ayayay, pendeja, qué rica que estás… Es que tu mami también está rebuena. Ella tiene más culo, más teta. Es más grandota la puta. Pero tú, cosita, eres más suave, más tersa, más joven… Más hembrita. No…, no, zorrita. Las dos están demasiado buenas. Tendrás que hacer merito para que te prefiera antes que a la furcia de tu mami.

―Métamela ―fue lo único que dije.

El viejo rio, satisfecho. Soltó mi cabeza y con las dos manos abrió mis nalgas y deposito entre ellas su tremenda tranca erecta. Luego se dejó caer sobre mí y me empezó a puntear, haciendo que su cosota de refregara ahí en todo el largo de mi rajita. Sentí la dureza y la humedad de su pene rozar mi anito. Esta vez sus peludas bolas chocaban y hacían cosquillas allá en mi conchita, pues abrí un poco las piernas para que su escroto se deslizara entre ellas.

―¿La sientes, cosita? ¿Sientes cómo me la tienes?

―Aaayyy…, sí, don René…, qué rico.

―Eso, mi pendeja…, mmmmm. A tu mamita también le gusta sentirla entre los cachetes del culo.

Paré la colita cuando escuché eso, ansiosa por portarme a la altura de mamá. Él contraatacó apretándose contra mí, haciendo su punteo más intenso, más poderoso.

Don René cogió las tapas y volvió a taparnos. Las sabanas rosadas volvieron a cubrirnos, haciendo aún más íntimas las insanas fricciones que practicaban nuestros cuerpos. El viejo volvió a lamer mi oreja, a morder mi cuello, a meter su lengua entre mis labios. Yo me esforzaba por voltear mi cabeza y abría mi boquita para recibir sus asquerosos besuqueos. Sus manazas acariciaban el borde de mis tetas, que, como globos, se deformaban hacia los costados de mi cuerpo. Yo, con mis manitas, me sujetaba del colchón, disfrutando y aguantando el restriego de ese viejo cuerpo, las caricias y el punteo de mi despreciable vecino.

―Mmmmm. Mmmmmm ―musitaba tratando de morder esa tranca con mis cachetes―. Mmmmmm. Métamela, por favor, métamela.

Don René hizo un movimiento más extenso hacia abajo, dejando que su hinchado glande abandonara mi raja y callera justo entre mis labios vaginales, que lo recibieron con júbilo. Cuando el viejo volvió a puntear, su verga ya no se acomodó entre mis cachetes, sino que se abrió paso nuevamente a través de mi conchita.

―¡Aaaaaaaaaah! ―gemí, sintiendo el sabroso dolor de ser abierta nuevamente por esa tremenda cosa―. ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaah!

―¡Toma, pendeja! ―me dijo como con rabia―. Ahí la tienes toda metida.

―¡Aaaaaah! Mmmmm. ¡Ayayayayayyy!

―Tienes una concha mágica, Paulinita. Se siente cada vez más apretada.

―¡Ayayayayayayyy! ¡Aaaa… aa… aaa… aaah! ―grité como pude, porque tanto gozo me quitaba la voz. A momentos no podía ni respirar―. ¡Aaaaa… aaa… aaa… aaah!

El viejo no tardó en volver a arremeter con violencia, sin compasión; bombeándome, martirizándome, torturándome con placeres infinitos. Su barriga se frotaba contra mi delineada espalda mientras se remecía sobre mí. Me babeaba toda la cara mientras yo gritaba con cada arremetida de sus gordas caderas.

―¡Aaah! ¡Uuuh! ¡Mmmm! ¡Aay! ¡Aaaah!

―Eso, pendeja, sufre, sufre.

―¡Ayyy! Don René…, ¡Aah! ¿Ya se…, ya se siente mejor? ¡Aaah! ¡Uuuuh!

―Ya pronto, maraquita, ya pronto. ¡Toma! ¡Toma! ¡Cómetela toda!

―Démela, démela ―le pedí, imaginándome lo maravilloso que sería si se la pudiera amputar y dejármela ahí para siempre―. ¡Ah¡ ¡Ah! ¡Démela! ¡Ah! ¡Hasta dentro! ¡Ah! ¡Uuuuh! ¡Hasta dentro!

―¡Toma! ¡Toma!

―¡Igual que a mi mami! ¡Aaaah! Don René…, ¡igual que a mi mamá!

―Cómetela…, zorrita… ¡Igual que la puta de tu madre! ―me gritó, y se quedó clavado hasta la más profundo de mi ser―. ¡Aaaaaah! ¡Oooooouuurrgg! ―Y empezó a descargar su simiente dentro de mí.

Fue demasiado. Estaba sola en casa; en mi cuarto decorado aún como si fuera el de una niña; aplastada boca abajo por el robusto y viejo cuerpo del hombre que abusaba y extorsionaba a mamá a cambio de sucios favores sexuales. Ambos cubiertos con mis sabanitas de algodón, rosadas y con figuritas de flores blancas. Estaba desnuda, sin nada de ropa, y los pelos gruesos y entrecanos del viejo me picaban ahí donde nuestro sudor se fusionaba. Estaba retenida, sometida bajo su ataque, bajo sus esfuerzos copulatorios. Y el muy maldito me decía a viva voz que así mismito se culeaba a mi mamita. Fue demasiado. Me fui…, me fui en un orgasmo casi agónico.

―¡Don…, don Re…! ¡Aaaaaaaaaah! ¡Aaaaaaaaaah! ¡Aaaaaaaaaah! ¡Qué aaaaaaah! ¡Ricooooo! ¡Aaaaaaaaaaaah! ―gemí descontrolada.

―¡Ooooorgh! ¡Aaaaah! ―soltaba el viejo al ritmo de sus descargas de semen.

Sentí como mis entrañas se inundaban de aquel fluido hirviente. Era la primera eyaculación que absorbían mis ovarios. Don René, en muchos sentidos, de verdad que fue mi primer hombre―. ¡Oh! ¡Uh! ¡Orgh! ―Fue desfalleciéndose sobre mí.

―¡Aaaaaaaaaah! ¡Aaaaaaaaaah! ¡Aaaaaaaaaah! ―seguía yo.

Largos minutos después de que el viejo yaciera sin fuerzas sobre mi espalda, mi cuerpo seguía convulsionándose bajo él. Mis caderas seguían elevándose como podían tratando de clavarse en su ingle.

Mi boca chupaba desesperadamente uno de los regordetes dedos de su mano, mientras musitaba gemidos y exclamaciones de placer.

―Aaaaay, aaaaaaah, mmmmmmmm. Uuuuuy.

Poco a poco el interminable orgasmo me fue abandonando, dejándome cansada y satisfecha, como nunca antes.

Como pude, me salí de debajo del viejo y lo abracé.

―Don René…, qué rico.

―Sí, pendeja…, estuvo muy bueno.

―¿Ya se siente mejor?

Levantó su cabeza y me miró extrañado.





―Sí, pequeña, gracias, ya estoy mejor.

Sonreí como una niña orgullosa por mi proeza; de seguro de una forma muy coqueta, porque el viejo fue incapaz de reprimir una expresión que me pareció en extremo malévola.

Me besó. Metió su lengua con menos frenesí, pero con un cariño cálido y puro.

―No, don René. Esos besitos son para mi novio ―le dije con coquetería.

―A la mierda tu noviecito, pendeja. Ahora yo seré tu novio.

―¡No! ¿Cómo se le ocurre? Usted es muy viejo.

―Y eso ¿qué tiene? Tu mamita está casada y de todas formas se la meto cuando quiero, jeje.

Me acurruqué contra él.

―Bueno, don René.

Él se volteó para quedar frente a mí y volvió a meterme la lengua en la boca. Yo me dejé. Una de sus manos se metió bajo mi cuello para abrazarme los hombros y la otra se fue a estrujar mi culito. Sentí como me atrajo para volver a pegar nuestros cuerpos desnudos. Me sorprendí cuando su cosa, nuevamente gigante y dura, se apretó contra mi vientre.

Me despegué de él, asustada.

―¡Don René! ¿No me dijo que ya estaba bien?

―Jaja, pendeja, ya aprenderás, como tu madre ya lo hizo, que yo estoy bien solo cuando tengo la tranca parada.

Volvió a abrazarme y a lamerme el cuello. No tardó en bajar hasta mis pechos, donde se dio a la tarea de chupar como un muerto de hambre. ¡Qué delicia! Volví a bendecir la droga. Pensé que con razón ahora mi madre andaba vestida más livianita de ropa, pues mi cuerpo ardía de tal manera que tuve la sensación de que nunca se apagaría del todo.

―Estas tetas que tienes ―dijo el viejo mientras admiraba el magreo que una de sus manos propinaba sobre mi teta derecha―. Son perfectas―. Se llevó el pezón a la boca y me apretó el seno como si quisiera sacarle leche.

―Ay ay ―gemí, tratando de apartarlo, temerosa que terminara lastimando mi ubre―. Cuidado, don René, más despacito.

―A tu madre le encanta que les saqué lechita, jeje. ―me dijo, mirándome provocativamente.

Dejé de empujarlo y cerré los ojos. No podía ser menos que mi mami. Quería ser tan hembra como ella. En mi turbia imaginación latía fuerte la idea de consolar a mi papi, y quería, necesitaba, ser tan o más complaciente que mamá.

―Está bien, don René, cómaselas como quiera.

El viejo volvió a echárselas a la boca con frenesí. Fue rico; no tardé en abrazarme a su canosa cabeza para atraparla entre mis tetas, para sentir su bocotá hambrienta sorberme por todos lados.

―Qué tetitas más ricas.

El viejo empezó a darme vuelta. Su boca recorrió el borde de mi teta hasta mi axila, para luego pasar a lamerme la espalda. Con su manaza me agarró desde la parte de atrás de mi muslo y me obligó a parar la cola hacia él.

―¡No! ―exclamé, asustada de que quisiera meterme su cosa por el culo.

―¡Cállate, pendeja! ―me gritó y me plantó una sonora palmada en la cola.

―¡Ay! ―reclamé, pero me quedé quieta, dándole la espalda, entregada a sus sucios magreos.

De pronto el viejo se arrimó contra mi espalda, llevó su mano hacia abajo y posicionó su tranca de nuevo entre mis labios vaginales. Sentí un alivio tremendo al darme cuenta de que no pretendía encularme.

―Toma, pendeja ―me susurró en la oreja.

Fui parando la colita al mismo tiempo que don René iba enterrando su gruesa verga en mi conchita. Lo hizo despacio, así que pude sentir otra vez como centímetro a centímetro esa tremenda cosa se fue abriendo paso entre mis carnes. Fue como si me desvirgara de nuevo, increíblemente sabroso.

―No lo puedo creer, pequeña. ¿Tu concha hizo un pacto con el diablo o qué? Te sientes tan apretada como la primera vez. ―Aunque sus palabras podían significar reproche, su voz irradiaba asombro y satisfacción ante la incapacidad de mi chorito de mantener la dilatación de sus paredes.

―Lo siento, don René.

―Jaja, pendeja, tranquilita que ese es un don muy valorado, sobre todo para un viejo calentón como yo. ―Me mordisqueo el cuello. Luego fue a lamer mi oreja y me preguntó:

―¿Te duele?

La verdad era que sí, pero era un dolor sabroso, muy caliente y rico. Sin embargo, sabía lo que el muy degenerado quería escuchar.

―Ay, sí, don René…, por favor…, hágalo despacito ―dije, girándome hacia él con cara de dolor y miedo―. Se siente igualito que la primera vez.

―¡Dios mío!, qué zorrita más rica. ―Su lengua se metió en mi oreja.

Sus manos me tomaron de la cintura y me dio un buen empellón para dejarme

clavada su verga hasta las bolas.

―¡¡¡Aaaaaaah!!! ―grité más para satisfacerlo que por dolor.

―Uuuuuh. Toma, pendejita, toma.

Me agarró más firme de mis caderas y sin piedad empezó a someterme a una culeada desgarradora. Tuve que apoyar mis manitas en la pared para poder aguantar la arremetida del viejo. No podía creer el ímpetu con que me sometía. ¿Acaso no había acabado tan solo hace unos minutos? ¿De dónde sacaba fuerzas? Pero no tardé en comprenderlo. Era un viejo verde que había estado excitado conmigo y con mi madre desde hace tiempo, desde que llegamos a ese barrio. Por si fuera poco, para el encularme.

―Toma, pendeja ―me susurró en la oreja.

Fui parando la colita al mismo tiempo que don René iba enterrando su gruesa verga en mi conchita. Lo hizo despacio, así que pude sentir otra vez como centímetro a centímetro esa tremenda cosa se fue abriendo paso entre mis carnes. Fue como si me desvirgara de nuevo, increíblemente sabroso.

―No lo puedo creer, pequeña. ¿Tu concha hizo un pacto con el diablo o qué? Te sientes tan apretada como la primera vez. ―Aunque sus palabras podían significar reproche, su voz irradiaba asombro y satisfacción ante la incapacidad de mi chorito de mantener la dilatación de sus paredes.

―Lo siento, don René.

―Jaja, pendeja, tranquilita que ese es un don muy valorado, sobre todo para un viejo calentón como yo. ―Me mordisqueo el cuello. Luego fue a lamer mi oreja y me preguntó:

―¿Te duele?

La verdad era que sí, pero era un dolor sabroso, muy caliente y rico. Sin embargo, sabía lo que el muy degenerado quería escuchar.

―Ay, sí, don René…, por favor…, hágalo despacito ―dije, girándome hacia él con cara de dolor y miedo―. Se siente igualito que la primera vez.

―¡Dios mío!, qué zorrita más rica. ―Su lengua se metió en mi oreja.

Sus manos me tomaron de la cintura y me dio un buen empellón para dejarme clavada su verga hasta las bolas.

―¡¡¡Aaaaaaah!!! ―grité más para satisfacerlo que por dolor.

―Uuuuuh. Toma, pendejita, toma.

Me agarró más firme de mis caderas y sin piedad empezó a someterme a una culeada desgarradora. Tuve que apoyar mis manitas en la pared para poder aguantar la arremetida del viejo. No podía creer el ímpetu con que me sometía. ¿Acaso no había acabado tan solo hace unos minutos? ¿De dónde sacaba fuerzas? Pero no tardé en comprenderlo. Era un viejo verde que había estado excitado conmigo y con mi madre desde hace tiempo, desde que llegamos a ese barrio. Por si fuera poco, para el muy maldito, saber que éramos la mujer e hija del hombre que se peleaba con él cada cierto tiempo debía de generarle un morbo no menos poderoso que follar con una jovencita increíblemente hermosa en su propia camita de niña.

―¡Aaaah! ¡Aaay! ¡Aaay! ―empecé a gemir. Luego a gritar―. ¡¡¡AAAH!!! ¡¡¡OOH!!! ¡AAAH!!!

―¡Toma! ¡Toma! ¡Toma, Paulinita!

La cama volvió a remecerse bajo el delicioso martirio de mi cuerpo. Los fuertes brazos de don René me alzaban contra su regordeta anatomía al mismo tiempo que me apuntalaba con violencia. En la habitación resonaba el rítmico sonido del choque de nuestros cuerpos.

―No me acabo de creer que te la comas toda, pendeja de mierda ―me decía admirado el muy canalla―. Uf uf uf uf ―acompañaba sus arremetidas.

Plap Plap Plap Plap, resonaba cuando mi culito chocaba con su ingle. Me soltó las caderas y fue a agarrarse de mis tetitas para darse impulso y mantener el frenético mete y saca.

Me mordió el cuello como un tigre que se aparea con su hembra, sometiéndome mientras me penetraba con soberbia.

Su energía era sorprendente para un hombre de su edad. La calentura que lo dominaba debía de ser enorme, y me sentí dichosa de ser la causa de los increíbles deseos copulatorios que demostraba aquel viejo. Pensaba en ello cuando se me ocurrió que quizá don René no solo aprovechara sus drogas para someter a sus vecinas, era probable que también tuviera acceso a alguna sustancia afrodisiaca que usaba en él mismo. Pero luego miré mi cuerpo. Vi como mi esbelta figura de adolescente, voluminosa solo donde la naturaleza dota a las ninfas más exóticas, se remecía por la violenta arremetida de aquel hombre mayor. Mis pechos saltaban por el impulso copulatorio o se aplastaban bajo sus ásperas manazas. Mi cintura perfecta contrastaba con sus formas gruesas; y mis generosos y musculados glúteos parecían hincharse cada vez que la presión de sus embestidas chocaba contra ellos. ―No ―me dije―. ¿Qué hombre podría necesitar viagra o cualquier otra cosa si puede darse el lujo de someter a una jovencita como yo? No hay otra razón, no existe una droga que pueda excitar más que mi cuerpo, más que mi entrega.

―¡Aaah! Don René. ¡Eso, don René! ¡Aaah! ¡Qué rico! ¡Uuh! ¡Dele! ¡Dele! ―le solté, comprometiéndome con su placer, con su energía de macho―. ¡Meta! ¡Meta! ¡Aah! ¡Ah!

―¡Toma! ¡Toma! ―me devolvía con rabia―. ¡Cómetela toda! ―Su voz sonaba disgustada, violenta.

Entendí como podía generarle aún más placer y no dudé en regalárselo.

―¡Ay! ¡Me duele, don René! Mmmmm snif ¡Ayyyy! ¡No! ¡por favor! Snif, no sea bruto, aaaayyyyyy, no, no, no. Ayyyyy ―le solté de pronto, al mismo tiempo que me ovillaba como una perra maltratada y apoyaba una de mis manitos en su barriga como tratando de apaciguar sus violentas acometidas―. ¡Ay! ¡Ay! ―proferí como si me estuviera partiendo en dos. Escondiendo mi cara, disfrazando el increíble gozo que sentía con un lloriqueo de dolor.

Que maravilloso fue sentir que ni se dio por enterado de mi sufrimiento. El viejo me propinó una sonora nalgada al mismo tiempo que seguía descargando arrebatadores empellones contra mis pompas. Por un momento me imaginé qué pasaría si ese hombre se decidía a poseerme por mi culito. Mis ojos se abrieron como platos de solo pensar en el dolor que sentiría si ese espadón de carne fuera blandido entre mis nalgas.

Don René ya no pudo más. Me agarró de mis cachos como si fueran las riendas de una yegua, y me forzó a abandonar la posición fetal que había adoptado. Tuve que erguirme para que él me rodeara con sus robustos brazos y volviera a morderme el cuello. Sus empellones se hicieron más cortos y potentes.

―Uuuubbh. Uuuuubbh ―sentí que profería con sus dientes clavados en mi piel, a la vez que su grueso cañón volvía a descargar en mis ovarios potentes chorros de abundante semen―. Uuuuubbh. Mmmmmmmm. Oooooh.

Disfruté de su orgasmo con la claridad que no había podido antes por mi propio éxtasis. Esta vez fui plenamente consciente de cada arremetida convulsiva que sus caderas me propinaron, así como de las extraordinarias sensaciones que sentí en mi exigida vagina cuando el exceso de semen dentro de mí explotó al exterior, empapando mi escaso vello púbico.

―Ooooooh Mmmmmmm ―siguió gimiendo con esa respiración pesada y profunda que despide un hombre después de una faena agotadora. Me llenó de orgullo ser capaz de exigir así los esfuerzos de un macho.

Don René siguió acariciándome largo rato. Era como si no se cansara de disfrutar de la suavidad de mi piel y de las sinuosas formas de mi cuerpo. Yo estaba

Excitada y rogaba porque ese viejo volviera a sorprenderme con su inagotable virilidad. Pero no me atreví a pedírselo; muy dentro de mí, el temor de que quisiera tomarme por atrás como lo hacía con mi madre retuvo mi ímpetu lujurioso. Además, me gustaba hacerme la niña abusada, la jovencita inocente que había caído en sus garras. Era una sensación constante de placer que en ese momento atribuí a la droga. Ahora, la verdad, no estoy tan segura de ello, pues al rememorar estos acontecimientos debo confesar que me he excitado, y mucho ha tenido que ver ese juego morboso de inocencia que practiqué con el degenerado de mi vecino.




Pero bueno, como les contaba, no me atreví a pedirle que me siguiera follando, preferí dejarlo a la suerte. Lamentablemente mi apuesta no salió como esperaba, pues el viejo, después de un buen rato de gemidos fatigados y caricias cada vez más tristes decidió que ya era suficiente.

―Ya me siento sosegado, Paulinita ―me dijo en un tono menos malvado y mucho más añoso del que esperaba―. Te has portado muy bien. Eres una jovencita realmente hermosa.

―Gracias, don René ―dije con el tono más inocente y compungido que pude adoptar.

―Tranquila, preciosura, que no le diré nada a tu mamita de cómo me ayudaste hoy.

No dije nada, era lo que esperaba, ni a él ni a mí nos convenia compartir con nadie lo que había pasado.

El viejo me agarró de la mandíbula y me obligó a girar la cabeza para propinarme un baboso beso. Fue cariñoso y grotesco a la vez. Fue extraño. Yo sabía que él ya estaba saciado ―su gallarda herramienta descansaba inerte entre mis piernas―, y supongo que él era consciente que los efectos de la droga aún vibraban quemando mis venas. Así que lo que él empezó casi a la fuerza lo tuvo que terminar de la misma forma, obligándome a despegarme de su boca como si fuera una cría destetada de las ubres de su madre.

―Guauu, pendeja, ¿qué diría tu novio? ―dijo cuando al fin me calmé. Mi respiración se había vuelto a agitar.

―Aaaaaayyyyyyyy ―musite tristemente cuando se apartó de mi lo gusto para que su lacia manguera saliera de mi cuerpo.

―Uf, ¿qué tienes en esa zorrita que no deja de apretarse cada vez más? ―me preguntó sorprendido.

―Lo siento, don René.

―Ya te dije que no lo sintieras, pequeña, que sea así es por lo menos un don divino. Mira que cada vez que te la meta va a parecer que te desfloro, preciosa.

Me di vuelta y me abracé a su robusta y peluda anatomía. Él se quedó de espaldas y puso sus manos en su nuca. Cerró sus ojos y se quedó ahí, reposando con una enorme sonrisa en la boca.

Era el hombre que violaba a mi madre y que cada vez que podía peleaba a grito limpio con mi padre, haciéndolo perder los estribos cada vez que nos miraba a mi madre y a mí con evidente desfachatez. ¿Qué diría mi papá si supiera que ese viejo verde ya había gozado de todos los placeres carnales que su esposa y su hija podían dar? Me estremecí al pensar en eso. Amo a mi padre y de verdad sería una verdadera tragedia que decidiera abandonarnos por nuestro comportamiento inmoral. Más ahora que por fin había aceptado los impulsos de hembra que mi progenitor despertaba en mí.

Estudié a don René con la tranquilidad que me daba verlo descansar con sus ojos cerrados. Su gruesa anatomía no me pareció para nada desagradable. La droga era milagrosa. Su barriga peluda congeniaba perfectamente con sus muslos gruesos y sus brazos macizos. Era un hombre fuerte, no era de esos hombres gordos y flácidos entregados al sedentarismo. Don René de seguro había practicado algún deporte o trabajado en algo que requería fuerza, porque se notaba que bajo su piel guardaba una poderosa musculatura. Me sentí una hembra afortunada.

Mi ropa de cama estaba toda revuelta. Noté el contraste, no solo de ella, sino de toda la decoración de mi cuarto, con mi viejo vecino. Todo a nuestro alrededor inspiraba juventud y color. Mis afiches de bandas musicales y de películas taquilleras; mi mesa de estudio con cubierta de vidrio estampado y mi silla de moderno diseño; mi peluda alfombra y mis floridos almohadones. Todo hacía ver a ese hombre cincuentón totalmente fuera de lugar. Y a mí me encantaba, me atraía la inconsecuencia de su apariencia física contra mi perfecta anatomía, contra mis esbeltas y suaves formas de moza, de joven mujer.

En su pecho sus canas se volvían más abundantes, y no pude retener el impulso de acariciarlo con mi manito, rascándolo suavemente, enredando mis deditos en sus gruesos vellos, sobando con ímpetu su pecho y su barriga como si fuera un peluche rechoncho y tierno.

―Mmmmmm ―musitó con mis caricias.

No pude contenerme y mi lengüita fue a por la tetilla rodeada de pelos canosos que tenía a mi alcance. Jugué con ella unos momentos hasta que mi boca sintió que quería probar esa carne. Chupé esa areola masculina con delicada pasión.

―Uuuuuyyyyyy ―respondió mi maduro amante. Levanté la vista y ahí estaba, mirándome con ojos fascinados―. Eres una niña traviesa, ¿eh?

Mi pierna se fue más arriba de él, mi manito sobó un poco más impetuosa su voluminoso abdomen. Sonreí sin dejar de lamer su tetilla.

―Paulinita, ¿Qué diría tu noviecito? ―me dijo, mordiéndose el labio.

―No lo sabrá, don René ―le conteste, traviesa―. Además, usted dijo que también sería mi novio.

―¿Te gustaría?

―Solo si me deja ser su enfermerita cuando se sienta malito. ―Mi manito calló sobre su flácida verga, para recalcar las dolencias que ansiaba sosegar.

―Jeje. A tu mamita también le gusta ayudarme. ¿Qué le voy a decir?

―No sé, don René. ―lamí su tetilla―. Usted decide.

―¿Ah, sí?, pues demuéstrame por qué debería decidirme por ti, pendeja.

Su rostro irradió malicia y me hizo estremecer.

Lamí y chupé su pecho. Al principio lo hice con delicadeza, con sensualidad. Luego me volví más brusca, más descontrolada.

―Mmmmm, Aaayyy, mmmmmm ―musité, aferrándome a su cuerpo, relamiendo su pelo en pecho.

Seguí recorriendo su torso hasta su barriga. La chupé al mismo tiempo que rascaba con mis deditos, amasando su abdomen, probando con mi boca hasta su ombligo.

Miré más abajo. Ahí estaba su larga verga, flácida y embetunada en fluidos. Parecía una serpiente desfallecida, pero cualquier serpiente, sino un espécimen de una especie grande y poderosa. Seguí recorriendo con mi lengua hasta que llegué a las proximidades de aquella colosal criatura. Sentí el sabor a semen en los restos de fluido que mi boca recogió en su frenesí lamedor. Me pareció delicioso y más ganas me dieron de atacar a aquella cosa dormida. Quería limpiarla de todo lo que la cubría. Incluso, con un poco de suerte, podría sorber alguna gotita de semen que aún estuviera atrapada dentro de ella.

―Don…, mmmmm, don René.

―Sí, pequeña.

Una de mis manos estaba en su muslo y la otra en su barriga. Levanté mi cabeza para mirarlo desde allá abajo.

―¿Se la …, se la…, se la puedo chupar? ―le pregunté como si una respuesta negativa fuera el fin del mundo para mí.

Un momento de silencio. El viejo me miró con fascinación malévola. Levantó su mano y me acarició la cabeza. Luego jugó con una de mis coletas mientras se mordía el labio.

―Por favor…, don René, por favor ―insistí.

―Claro, Paulinita, muéstrame lo que sabes hacer.

―Ay ―dudé con la misma cara de niña insegura―, no se enoje si no lo hago muy bien.

―Jaja, ¿por qué? ¿No lo has hecho antes? ¿A tu noviecito?

―Nooooo. Él quería, pero a mí me daba vergüenza verle su pene.

―Jejeje. No te preocupes, corazón, estoy seguro de que lo harás muy bien.

Sonreí.

―Gracias, don René ―le dije relamiéndome los labios.

Apoyé mi cabeza sobre su abdomen. Sentí sus gruesos pelos apretándose contra mi mejilla y me quedé mirando su tremenda cosa, que aún yacía flácida a escasos centímetros de mi rostro. Con la mano que me quedó libre fui y agarré aquella lánguida verga, y la oriente hacia mi boquita. Era tan larga que, pese a estar apoyada casi en el ombligo de aquel viejo, su glande chocó con mis labios.

―Mmmmm ―musité cuando mi lengua empezó a limpiar la pegajosa cabeza.

Bajé otro tanto cuando sentí que su capullo estaba lo suficientemente lustroso, y relamí su tronco. La cosa se me escapaba, al ya no tener rigidez, cada vez que mi lengua la empujaba se acomodaba un poco más allá, obligándome a seguirla hacia donde se acomodaba. Me divertía siguiéndola; metiéndome bajo ella para alcanzar la humedad de viscosos fluidos que se escondían ahí. También bajé hasta sus gordos testículos y los lamí aún con más ímpetu. Ya en su escroto, sentí unas ganas irrefrenables de meterme una de sus bolas a la boca. Apenas pude, pero sentí sabroso el escozor de su grueso vello púbico cuando mi lengua jugo sobre su superficie dentro de mi boca. Don René debió de sentir rico porque apoyó una de sus manazas sobre mi cabeza y me obligó a quedarme ahí, besando su bolsa de cocos durante mucho rato.

Cuando se cansó, guio mi cabeza a seguir con un tratamiento similar en todo el largo de su manguera. Su verga no daba muestras de recuperar su rigidez, pero yo disfrutaba mucho de su lánguido estado.

―Uf, qué rico, pendeja ―me dijo.

―¿Le gusta?

―Me encanta ricura.

―A mí también, mmmm. Está sabrosa su cosa.

Una mezcla de sabores se arremolinó en mi boca. Podía distinguir el salado semen y la viscosa y más neutra esencia de mujer con que yo misma había aportado. Recordé que ya había sentido algo parecido; había probado los restos de zorra de la profesora Vivian a través del pene del Director; también mi propio sabor a ano de la tranca del cojo Juan. No pude decidir cual me gustaba más. Todos esos gustos tenían su cuota de morbo, y ninguno parecía menos sabroso que el otro. Pero en ese momento distinguí algo especial, un sabor algo metálico que no sabía distinguir. No me desagradaba, pero mi subconsciente parecía reconocerlo. Era una sensación parecida a cuando buscabas una palabra que sabía que conocía, pero no podía recordar. En fin, era delicioso recoger todos esos fluidos de la piel de don René.

Sus caricias me recompensaban. A veces tiraba de mis cachos para llevarme de aquí para allá, presionando mi cabeza cuando quería que chupara, tirando de mi pelo cuando quería que lamiera. A veces me resistía, como ansiosa por quedarme en sus testículos o afligida por volver a meterme su desinflado glande dentro de la boca.

―Oooooooh, pendeja, come, come ―me decía a ratos, cuando no resoplaba como toro.

Yo gemía para demostrarle que me excitaba comer de su miembro:

―Mmmmmm, oooouuuh, mmmmm.

Abría mi boca muy grande y trataba de meterme toda su verga. Como estaba flácida, fácilmente podía recibirla hasta la mitad. Sentía como su carne se apretaba dentro y yo la mordía delicadamente y relamía, absorbiendo hasta los despojos más ínfimos de nuestro coito.

Lamí y chupé mucho rato. Sin embargo, aquella verga no se endurecía. La agarré de la base y empecé a agitarla para ayudarla a reactivarse, pero don René me apartó la mano.

―No, pendeja ―me dijo―. No quiero que se me paré. Me calienta que me la chupes así, toda flácida.

―Bueno, don René. ―Seguí chupando, obediente. Me excitaba obedecerlo, aunque me extrañaba el raro gozo del viejo.

―Me gusta verte chupando verga blanda ―me dijo luego―. Me hace pensar que te gusta tanto el pico que no te importa que este duro o no. Uf. Chupa, pendeja, chupa.

―Está rico, don René. Me gusta su pico ―le dije para complacerlo.

―Eso, uf, ooooooh. No sabes cuánto me cuesta aguantarme la erección.




¿Sería cierto? ¿Un hombre podía retener la erección al mismo tiempo que sentía placer? No lo sé, pero pensé que don René no era el tipo de hombre que se excusaba con sus mujeres.

Amasé sus testículos y me di cuenta de que su escroto había aumentado de volumen, como si ya estuvieran cargados de semen. Esto me animó y seguí con mi faena bucal. De verdad que estaba rico y no me cansaba de meterme todas esas carnes blandas en la boca, relamiendo por todos lados como una complaciente y sumisa amante.

Mi mano no se quedaba atrás, aparte de amasar esas bolas, rasguñaba sus muslos y acariciaba, como si estuviera ansiosa por agarrar esa tranca que le habían prohibido apretar.

Don René se sentó más arriba en la cama y yo seguí su cuerpo para seguir mi faena. No tardé en darme cuenta de que lo había hecho para que sus manos alcanzaran mi cuerpo, pues empezó a masajear mis pechos y mi espalda; a ratos hasta se estiraba para apretarme una nalga. Yo respondía parándole la cola.

Dejé por un instante su verga y subí a lamer sus tetillas. Él se mostró extasiado por mi hambre. Me dejó hacer. Me dejó lamer su pecho mientras me toqueteaba y gemía.

―Uuuuuf, pendeja, qué buena que estás. Quién diría que eres más golosa que tu mamita.

―¿De verdad? ―dije entusiasmada―. ¿Lo hago mejor que mi mamá?

―Sí, Paulinita. Tu madre no acostumbra a chuparme así, por todos lados.

Sonreí y encantada bajé a echarme a la boca su cosa flácida.

―Aaaaaah ―soltó don René, estirando las piernas, rigidizando los dedos de los pies.

Aunque no estaba dura, tenía la punta ensalzada de fluidos. Lo sorbí todo. Estaba delicioso.

Empecé a lamer sus muslos; sentí ganas de devolverle la mano, de bajar hasta sus pies y lamer sus dedos duros como si fueran pequeñas vergas, pero me detuvo a medio camino. Tiró de mis cachos y me llevó violentamente hasta su verga.

―¡Ay! ―grité, pues me dolió el tirón de pelo. Pero fue lo único que pude proferir porque don René me metió su cosa flácida en la boca―. Mmmmm.

―¡Toma, pendeja! ¡Tomate tu leche! ¡Aaaaarrrggh! ―se retorció el viejo.

Increíblemente, de la punta de su pico empezó a brotar un abundante chorro de semen. Era como si se estuviera orinando en mi boca, porque, a diferencia de la potencia que sentí antes en mis ovarios, ese chorro era expulsado sin interrupción, como si fuera un largo y lento estertor de sus músculos perineales. Luego vino otro, y otro.

―¡Ooooooh! ¡Cómetela toda, pendeja! Aaaaarrrrgggh ―Su cuerpo estaba rígido y me tenía cazada contra su miembro.

―Mmmmmmm. Mmmmmm ―gemí con la boca llena, arrimándome a su desnudez, ansiosa de sorber todo lo que salía de su verga.

Fue tan extraño. No sentí nada de asco. Fue sabrosísimo sentir como esa cosa flácida se reventaba en mi boca. Me sentí mágica, aún más que cuando don René me advirtió acerca de la fascinante capacidad de mi conchita de volver a apretarse después de follar. Fue como si fuera capaz de hacer llover en un día despejado.

Masajeé las bolas de don René, instándolas a liberar todo su contenido en mi boquita.

―Mmmmm. Mmmmmmm. ¡Mmmmm! ―me lo tragué todo.

―Aaaaah. Aaaaaaaaaah ―quedó tendido al fin don René sobre mi camita.

Yo seguí chupando hasta que me apartó.

―Ya, pendeja, para, para ―me dijo―. Ya está bien… Ven acá. ―me atrajo con suavidad y me quedé abrazada a él bajo su hombro.

Nos tapó con las sabanas rosadas con florcitas blancas.

Estuvimos en silencio un buen rato. Él respiraba cada vez más tranquilamente, recuperándose de su última eyaculación.

―Eres extraordinaria, pendeja ―me soltó de pronto.

―Gracias, don René.

―Jejeje.

Un momento después me separó de él con cariño, como si temiera que estuviera durmiendo y no quisiera despertarme. Se sentó al borde de la cama y empezó a vestirse.

―¿Ya se va? ―le pregunté

―¿No viste la hora que es, Paulinita?

Miré el reloj de mi velador. ¡Eran pasadas las cinco de la tarde! Habíamos pasado casi toda la tarde en ese lujurioso juego. No lo podía creer. Mi padre siempre llegaba a casa un poco antes de las seis. Si debía ir a buscar a mamá llegaría un poco después. Pero solo si mamá lo había llamado para que la pasara a buscar.

Me entró un pánico tremendo. Mi madre, o peor, mis padres podían llegar en cualquier momento.

Desesperada me paré y me fui al baño a darme una ducha. Estaba segura de que mi mamá se daría cuenta de todo lo que había pasado si me encontraba en esas condiciones, hedionda a sexo. Podía ser que hasta reconociera el olor de ese viejo que la violaba a ella. Yo sabía que no lo olvidaría nunca en la vida.

Cuando volví a mi cuarto, don René ya no estaba. Me sentí un poco frustrada, quería decirle algo, aunque no estoy segura qué. Quizá insultarlo y decirle que se fuera al diablo; quizá besarlo y decirle que lo había pasado muy bien.

Me vestí y me apresuré a ventilar mi habitación. Saqué otro juego de sabanas del mueble y lo dejé sobre mi mesa mientras sacaba las rosadas con flores blancas. Al levantar la sabana di un saltito hacia atrás y llevé las manitos a mi boca.

 

En mitad de la sabana había una buena mancha de sangre.

 

 

 

FIN CAPÍTULO 5.

 

FIN…….




 

 

 


Auto: Dantes

Relatos Dantes. (2019). Paulina – Cap V. Recuperado de; https://relatosdantes.com/

















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